Opinión
La agonía de los estrechos o la decadencia de un imperio: Irán o lo imposible

Pensando que el cerco sobre los iraníes perjudicaría su potencial militar y, de paso, daría una buena bofetada a los chinos, las genialidades de Trump han suscitado el enojo de sus aliados árabes y europeos.
Acción Greenpeace petróleo Trump
Acción de Greenpeace contra los combustibles fósiles y las guerras que generan en la plaza de Colón de Madrid, el pasado 23 de abril.

Arabista en la Universidad Autónoma de Madrid.

26 sep 2026 06:00

Es 27 de febrero de 2026, un día antes de iniciarse la campaña militar de Estados Unidos y el régimen de Tel Aviv contra Irán: el precio del petróleo Brent ronda los 63 euros el barril; y la gasolina sin plomo 95 —la más utilizada en Europa—, a 1,5 euros el litro. El diésel, a 1,44 euros. Los estadounidenses pagan el galón de gasolina (1,78 litros) a 2,90 dólares. El estrecho de Ormuz está abierto y ningún barco paga nada a cambio de transitar por las aguas regionales e internacionales del golfo. El mar Rojo, salvo incidentes aislados entre los hutíes de Yemen y sus rivales, también. El presidente de Estados Unidos ha ganado, en 2025, 2,2 mil millones de dólares.

Llegamos al 22 de septiembre de 2026: la llamada guerra contra Irán continúa; se ignora en qué etapa ni quién está ganando, porque todos han conseguido sus objetivo, los cuales, también, ignoramos. Sí sabemos que el barril de Brent está en los 90 euros, el litro de sin plomo 95 rozando los dos euros y el galón de gasolina en Estados Unidos, a 4,48 dólares de media (6,1 en algunos estados como California), frente a 5,85 el diésel (más de 7 en los surtidores californianos). El estrecho de Ormuz está casi completamente cerrado y el de Bab al-Mandeb, en el mar Rojo, otro tanto. La economía mundial está al borde de una crisis de “consecuencias imprevisibles” (es lo que dicen algunos economistas cuando no saben muy bien qué decir), con algunos países sufriendo ya estallidos de protestas sociales por la carestía de la vida.

Mientras, los Drumpf (el nombre original en alemán de la familia del abuelo, dueño de un burdel en Seattle; emigró de Baviera en 1885 para sustraerse al servicio militar obligatorio, como haría su nieto décadas después para evitar el alistamiento para la guerra de Vietnam alegando razones médicas) han ganado entre 1,5 y 4 millones de dólares durante los seis meses de guerra gracias a sus inversiones en el sector energético. La industria armamentística estadounidense, mientras, también, ha obtenido pingües contratos para armar a numerosos gobiernos atemorizados por el peligro de un conflicto planetario, y ha conseguido, de paso, que casi todo el mundo invierta a raudales en material bélico.

La campaña iraní, un desastre imposible de camuflar

Un buen negocio, ¿a que sí?. Pero con eso no se ganan elecciones, porque al electorado estadounidense, y en general al occidental, que se mate a miles de personas inocentes en Irán, Palestina, Líbano o donde sea no le afecta demasiado; pero la gasolina, ¡ay, no me la toquen! Las perspectivas del partido republicano, que ha permitido al presidente actual comportarse con una estupidez arrogante sin antecedentes, son desastrosas para las elecciones de medio mandato, a principios de noviembre próximo. Ni siquiera las mentiras del presidente, a quien cada vez se hace menos caso, han conseguido camuflar el desastre.

Si el ejército estadounidense no está reanudando hoy los ataques masivos contra objetivos militares y económicos iraníes es porque Teherán ha inutilizado la mayor parte de las bases estadounidenses en la región de Oriente Medio desde donde lanzaban sus ataques

Contra todo pronóstico, Teherán ha resistido las acometidas estadounidenses e israelíes, y ha conseguido neutralizar las maniobras de índole diversa de Washington para desestabilizarlo. Si el ejército estadounidense no está reanudando hoy los ataques masivos contra objetivos militares y económicos iraníes no es por motivos de estrategia o para permitir un nuevo proceso de negociaciones sino porque, así de simple, los iraníes han inutilizado la mayor parte de las bases estadounidenses en la región de Oriente Medio desde donde lanzaban sus ataques.

A lo largo de los últimos meses, han derribado decenas de aviones tripulados y drones y han puesto en fuga a su armada. Les faltan misiles para destruir la resistencia del ejército iraní y, además, no saben qué es lo que los chinos, rusos y norcoreanos están aportando a los iraníes. Las consecuencias de la estupidez norteamericana son de tal dimensión que el embargo aplicado sobre Teherán, que está destrozando sin duda la economía iraní, amenaza al mismo tiempo con arruinar a las monarquías árabes afines a Washington, que tampoco pueden exportar petróleo o gas, como Teherán, y se ven privados de importaciones fundamentales para su industria. Pensando que el cerco sobre los iraníes perjudicaría su potencial militar y, de paso, daría una buena bofetada a los chinos, las genialidades de Trump han suscitado el enojo de sus aliados árabes y europeos, temerosos de que la persistencia del mismo puede dar lugar a un desastre planetario, como estamos comenzando a ver.

La extensión del conflicto iraní a la península arábiga, tras los bombardeos de los hutíes yemeníes a los oleoductos y refinerías saudíes, ha reducido la capacidad de producción del principal exportador mundial

No podía ser de otra manera: los errores nacionales del imperio —particulares no, porque Trump y su camarilla han ganado mucho dinero— han provocado el cierre de los dos estrechos por donde pasa entre el 30 y el 40% del comercio marítimo mundial. La extensión de un conflicto, el iraní, que nadie controla ya, a la península arábiga, tras los bombardeos de los hutíes yemeníes a los oleoductos y refinerías saudíes, ha reducido la capacidad de producción del principal exportador mundial, lo que unido a los ataques ucranianos a los centros petrolíferos rusos ha expulsado varios millones de barriles de petróleo diarios del mercado internacional (Rusia era el segundo exportador mundial).

La aceleración de la decadencia del imperio

Trump no sabe o no quiere defender a sus aliados saudíes, ni puede contener a los ucranianos, a quienes ha pedido varias veces que ataquen lo que sea menos los depósitos de combustible rusos. No le han hecho caso. La verdad, casi nadie está haciendo caso a quienes muchos llaman “abuelo pedorro”, ni siquiera un sector de los republicanos que se desentienden de él para no perder sus asientos en las cámaras parlamentarias o sus despachos de gobernadores.

Lo peor lo tienen que pasar los ciudadanos iraníes, privados de alimentos y productos básicos por mor del embargo y la inflación galopante, y no digamos la pobre gente de Gaza y Palestina en general frente a las hordas del colonialismo sionista

Es tal el desastre que está generando esta Administración, que ha acelerado la decadencia de un imperio cuyos representantes consideran que el final del mundo está cerca, pero que él se ha portado muy bien, “nada tiene que temer” por tanto —secretario de Defensa ahora llamada Guerra, Hegseth—. O dicen que “nunca había salido tanto petróleo” —salvo el iraní— de Ormuz como hasta ahora (el de Estado, Rubio); o que Estados Unidos debe su existencia misma a Israel (Huckabee, embajador estadounidense en Jerusalén, para quien el régimen de Tel Aviv “tiene un derecho bíblico sobre Palestina”). Y así con todo.

Que los ayatolás hayan resistido el empuje de este hatajo de descerebrados no tiene mucho mérito. Lo peor lo tienen que pasar los propios ciudadanos iraníes, privados de alimentos y productos básicos por mor del embargo y la inflación galopante, y no digamos la pobre gente de Gaza y Palestina en general frente a las hordas del colonialismo sionista a quien Trump está dando rienda suelta. Lo que sí tiene mérito es la estupidez de nuestras sociedades, que asistimos entre desconcertados y apáticos a los estertores ridículos de una bestia exangüe. Y con el depósito de gasolina, sin comerlo ni beberlo, deslomando a millones de familias.

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