Análisis
Claude Mythos: cuando los modelos de IA se convierten en instrumentos de poder geopolítico

El nuevo software de Anthropic se presenta como una herramienta para explotar vulnerabilidades en ciberseguridad, pero legitima la guerra económica con China, la captura tecnológica y la dependencia estadounidense.
Uno de los centros de datos de Google.
Uno de los centros de datos de Google.
13 may 2026 06:00 | Actualizado: 13 may 2026 07:03

El presente es indisociable de la lucha geopolítica y económica por la inteligencia artificial, pero casi nadie imagina su vida fuera de los modelos comerciales lanzados por las grandes tecnológicas. El capital estadounidense dispone de un enorme poder cultural e ideológico para determinar el futuro de la civilización humana, pero también para alterar el funcionamiento de la política, la economía e incluso de la guerra. La tecnología es el arma imperial por excelencia porque tiene dos caras. Gracias a sus interfaces mercantiles, escriben el porvenir de la humanidad en nuestros cerebros, mientras viajan por los centros de datos, cables submarinos, cadenas de silicio, chips y materiales raros que alimentan los medios de producción del capitalismo digital.

En el siglo XXI, el mythos ha sido sustituido por el telos. Que Anthropic haya utilizado ese nombre para anunciar su arma más avanzada resulta elocuente porque el nombre del relato fundacional, Mythos, coincide con la finalidad teleológica que busca este modelo de inteligencia artificial de frontera: replicar a escala virtual el orden mundial occidental imaginado y presentar como inevitables los planes geoeoconómicos de Washington en la nueva Guerra Fría, esta vez frente a Beijing, un enemigo mucho más poderoso que la Unión Soviética.

Si Anthropic no presentó su producto como de uso masivo es precisamente porque es una pieza clave en las cadenas de producción, con implicaciones para la soberanía de muchos países

Al igual que en el pasado siglo, la batalla siempre ha estado en el control invisible de infraestructuras a gran escala, estándares técnicos y capacidad de anticipación. Mythos concentra además la facultad de inspeccionar y explotar vulnerabilidades en ciberseguridad de empresas y gobiernos. Los datos son alarmantes. En 2018, el tiempo medio para explotar vulnerabilidades tras descubrirse era de 830 días; en 2024 la mediana cayó a solo 4 horas. En 2026, con Mythos, se explotarán antes de que la empresa afectada o el público sepan que existen.

Pero si Anthropic no presentó su producto como de uso masivo, sino como una capacidad restringida para un círculo reducido de 40 socios corporativos en el marco del proyecto Glasswing —compuesto por Google, Amazon, Apple, JPMorganChase, Nvidia o la Agencia de Seguridad Nacional (NSA)—, no es solo porque sea una pieza clave en la defensa ante los ataques de hackers extranjeros, con implicaciones estratégicas para la defensa de muchos países y empresas. Lo que convierte a Mythos en un instrumento de dominio geopolítico no es solo la protección empresarial, sino el control de las cadenas de producción y los cuellos de botella de la inteligencia artificial.

Por esta razón, de momento solo han podido acceder quienes ofrecen servicios de este tipo, y por lo que hasta la Casa Blanca ha rechazado ampliar el acceso de esta tecnología a 120 entidades. Mientras, el Pentágono lo utiliza para mejorar sus sistemas de armamento autónomo y vigilancia de la población. Pese a la retórica de seguridad, defensa e innovación, esta es una forma de decir que Occidente necesita guardianes tecnológicos, que China es la amenaza principal, y que la inversión masiva en defensa es el nuevo sentido común.

El nuevo momento Sputnik es una gigantesca parodia de tecnobros megalómanos con las mejores armas de la historia a su disposición. Parece imposible de creer que un pitch tan mediocre y creepy como el desplegado en La república tecnológica por el cofundador y CEO de Palantir Technologies, haya alcanzado tanta publicidad en los medios de masas, pero al parecer los nerds de The Big Bang Theory han dejado de hacer chistes para escribir la doctrina militar de Occidente: las estrategias de comunicación y relaciones públicas para fomentar la sensación de inseguridad ha funcionado a la hora de vender sus modelos de guerra inteligente. Los ejércitos, los cuerpos de policía y los ministerios de Defensa en la órbita transatlántica corren sobre sus servidores, o demandan los misiles matemáticos que ofrecen.

Pero lo más importante: a las empresas estratégicas estadounidenses les interesa que exista una infraestructura capaz de integrar, medir y explotar mejor la información disponible, creando asimetrías con las competidoras chinas. Algo así como una unidad de mando conjunta, liderada por Estados Unidos, emerge como la única forma de conservar las ventajas geopolíticas en la coyuntura contemporánea.

Si la filosofía de Jürgen Habermas trató de superar el Holocausto entendiéndolo como una “ruptura civilizatoria” (Zivilisationsbruch) marcado por la experiencia del nazismo y del que extraer lecciones para pensar la emancipación, los filósofos de Silicon Valley, con Peter Thiel y Alex Karp a la cabeza, ambos lectores de Habermas y la Escuela de Frankfurt, pero también el grupo que compone el fundador de Anthropic, Dario Amodei, han creado una versión regresiva de la ilustración para bloquear cualquier impulso revolucionario.

Las élites tecnológicas han convertido la catástrofe que ellos mismos diagnostican en una mercancía cuyo remedio solo resulta rentable mientras persistan las enfermedades

Según estos capitalistas de riesgo, Occidente ha sucumbido a las promesas igualitarias de la democracia liberal, representadas por los activistas climáticos, los movimientos feministas, queer, migrantes o antirracistas, lo que habría desembocado, junto con en el auge de China como nodo central de poder mundial, en la incapacidad de proteger los valores nacionales. Las abstracciones de los tecno-oligarcas para explicar el declive imperial no se focalizan en las lógicas de acumulación internas que desestabilizan el capitalismo estadounidense, sino que han encontrado un chivo expiatorio, y han convencido al planeta de que la única forma de salvarse son sus tecnologías.

Mythos sintetiza buena parte de los sueños húmedos solucionistas. Las élites tecnológicas han convertido la catástrofe que ellos mismos diagnostican en una mercancía cuyo remedio solo resulta rentable mientras persistan las enfermedades (las luchas geoeconómicas con el enemigo). Están obligadas a alimentar sin descanso las amenazas cuya neutralización vendrá después a través de las plataformas de Anthropic o Palantir, pero también de Google, Microsoft o Amazon. Es lo que Evgeny Morozov analizó hace nueve años con el modelo de ciberseguridad de Silicon Valley, pero aplicado a la guerra económica contemporánea: solo Washington puede resolver los problemas de desarrollo económico de los países, como el acceso al suministro de energía o minerales, al crédito financiero en dólares o criptomonedas, a componentes de alta tecnología como los chip y semiconductores, o a modelos de datos.

Un mito provocado por las relaciones públicas

Es cierto que los filósofos de Silicon Valley han estudiado teoría crítica y no cuesta observar que devoran las novelas de alta fantasía de J.R.R. Tolkien, célebre por crear la Tierra Media, pero sus lecturas casi siempre tienen un único cometido. Redirigir la política de inversión del complejo militar-industrial. El mejor ejemplo es Palantir, que usó el lema “Salvad la Comarca” para firmar contratos con el ICE, el Ejército, el Departamento de Defensa, la CIA y otras agencias gubernamentales. Thiel presume de saber la trilogía de El Señor de los Anillos de memoria. JD Vance dijo que Tolkien era su autor favorito. De hecho su start-up, Narya Capital, hereda el nombre de uno de los tres anillos mágicos de El Señor de los Anillos. Lo mismo ocurre con hasta cinco empresas de Thiel: Valar Ventures, Mithril Capital, Rivendell One o Lembas. Y por supuesto Palantir Technologies, en honor a los palantiri, las piedras que permiten la telepatía. El cine de Hollywood lo retrata constantemente: se perciben como creadores de tecnologías mágicas que se elevan sobre el resto de mortales, como los héroes sociópatas de Ayn Rand en La rebelión de Atlas, el otro libro favorito de Thiel.

En Reflexiones sobre la violencia (1908), Sorel indicaba que los mythes (mitos) son “la forma en que los hombres que participan en los grandes movimientos sociales imaginan su actuación bajo la forma de imágenes de batallas que aseguran el triunfo de su causa”. Cuando Silicon Valley produce narrativas sobre lo que Mythos “es” y “puede ser”, los titulares periodísticos funcionan como creadores de mitos en sentido soreliano, aunque sin el componente épico de la clase obrera: organizan las expectativas de los inversores, crean ventajas de seguridad para las empresas y determinan la política de defensa de los Estados. El mito emerge como la expresión de una voluntad colectiva de actuar sobre el mundo en crisis por parte del empresariado tecnológico y del trumpismo, reforzando las dependencias tecnológicas y enfrentándose a China.

En El moderno príncipe, Gramsci recoge explícitamente esta categoría soreliana para leer a Maquiavelo. Allí donde Sorel sitúa la huelga general sindicalista, Gramsci coloca al partido como organizador concreto de la voluntad colectiva. En este sentido, las narrativas tecnológicas en torno a Mythos operan como dispositivos de producción de hegemonía cultural que articulan el consentimiento popular y garantizan la dirección intelectual al proyecto orgánico del capitalismo estadounidense.

Durante la Guerra Fría, la ventaja no se construyó únicamente con las armas que facilitaba el desarrollo satelital o espacial, sino con sistemas de captura, sabotaje y control

Bruce Schneier, una de las voces críticas más respetadas en seguridad informática, escribió en su blog que aquella presentación fue, ante todo, una operación de relaciones públicas, y que había funcionado porque decenas de periodistas se dedicaron a repetir sus argumentarios sin ponerlos a prueba. Algo que sí hizo el laboratorio AISLE a los pocos días, publicando un experimento que analizaba las vulnerabilidades exhibidas por Anthropic como prueba de la singularidad de Mythos (un fallo de hace 17 años en FreeBSD, otro de hace 27 en OpenBSD) y las comparó con las que ofrecían otros modelos abiertos, pequeños y baratos.

El resultado es que los ocho modelos testados fueron capaces de encontrar el bug de FreeBSD, incluido uno de 3.600 millones de parámetros, con un modelo que cuesta once céntimos por millón de tokens y cabe en un ordenador portátil. La capacidad sobrenatural de Mythos, al alcance de cualquiera con una tarjeta de crédito.

Más allá de que las funcionalidades sean las prometidas o no, asistimos a la construcción de un bloque histórico que necesita crear formas de ver el mundo que permitan controlar las infraestructuras sobre las que se erige la inteligencia artificial. Esta ofensiva política se libra en dos frentes simultáneos. Hacia fuera, fabrica la ficción de un orden mundial occidental amenazado por China, Rusia, los países de Oriente Medio o América Latina de modo que pueda justificar subsidios públicos, contratos militares y un mayor control geopolítico. Hacia dentro, organiza una vanguardia de innovación capitalista que coloca al tejido empresarial bajo el mando de Estados Unidos, quien coordina y planifica la estrategia de batalla económica.

Del momento Sputnik al momento Mythos

Pocas piezas de software nacen tan cargadas de historia. Durante la Guerra Fría, la ventaja no se construyó únicamente con las armas que facilitaba el desarrollo satelital o espacial, sino con sistemas de captura, sabotaje y control de las infraestructuras terrestres: la supremacía tecnológica también tenía que ver con quien podía atacar los sistemas de cifrado, detectar radares enemigos, interceptar satélites, construir túneles de escucha y desarrollar grandes programas científicos reorientados hacia la inteligencia aplicada a operaciones militares sensibles.

Mythos se inscribe en esa tradición que tanto material ha dado a la ciencia ficción dominante: emerge como un eslabón central en una cadena de suministro de inteligencia artificial y ciberseguridad que Washington administra como ámbitos sobre los que ejerce un poder soberano, fijando quién entra al mercado, en qué condiciones, a qué precio, y cuya función última es producir “dependencias sistémicas” hacia su modelo industrial-militar.

El trauma que lo explica es, efectivamente, la tensión irresuelta de la Guerra Fría. La idea de que libre mercado y democracia son necesarios, utilizada durante décadas para aplacar a los movimientos anticapitalistas del siglo pasado, se ha derrumbado, y las paranoias autoritarias y cartelísticas vuelven al primer plano.

Mythos se inscribe en la amenaza de que un país pueda quedarse ciego ante el enemigo si no compra el dispositivo más avanzado que le ofrece el complejo militar-industrial estadounidense

Conviene echar la mirada hacia atrás porque en los episodios menos narrados de aquel periodo ya estaba inscrito el patrón que hoy se reescribe sobre Mythos. Uno de los más decisivos fue el llamado Black Friday: el 29 de octubre de 1948, en plena edificación del orden de posguerra, la Unión Soviética cambió de un día para otro todos sus códigos y sistemas de cifrado. El aparato angloestadounidense, que llevaba años leyendo en tiempo real el tráfico militar y diplomático del bloque oriental, se quedó a oscuras. El resultado fue la pérdida de capacidad para espiar conversaciones, anticipar movimientos y disponer de una lectura en tiempo real del adversario.

En 1949 se creó la Armed Forces Security Agency, y en 1952 esa agencia se transformó en la NSA debido al pánico de poder perder el control. La arquitectura contemporánea de la inteligencia artificial nace en parte como reacción a un apagón provocado por el rival. Mythos se inscribe en la amenaza de que un país pueda quedarse ciego ante el enemigo si no tiene acceso al dispositivo más avanzado que le ofrece el complejo militar-industrial estadounidense. Hasta el ministro de Economía, Carlos Cuerpo, lo entendió al defender que Europa tenga “acceso temprano” a Mythos para “descubrir cuáles son las vulnerabilidades existentes y protegernos ”.

Otro episodio de índole similar fue la carrera por descifrar los radares soviéticos, un trabajo en las sombras compuesto de frecuencias, patrones y ruido electromagnético. A lo largo de los años cincuenta y sesenta, la CIA y la NSA se obsesionaron con cartografiar esa capa invisible mediante puestos de escucha distribuidos a lo largo del perímetro soviético, desde Kirkenes en el Ártico noruego hasta TACKSMAN I y II en el norte de Irán. Entender cómo veía el enemigo el campo de batalla era la condición primera para decidir por qué frente atacar, qué maniobras evitar y qué mentiras contarle al sistema de defensa enemigo sobre tus movimientos. La operación se completó con CORONA, el primer programa de reconocimiento satelital, que alteró para siempre la relación entre Washington y Moscú al permitir mirar dentro del territorio enemigo sin tener que pisarlo.

En todos estos casos, el patrón es el mismo. La hegemonía estadounidense no descansa sobre armas espectaculares, sino sobre infraestructuras silenciosas de captura, escucha y representación del adversario. Mythos no es una excepción. Donde antes hubo cifrados, radares, satélites y túneles, hoy hay modelos capaces de encontrar exploits [secuencia de comandos que aprovecha un fallo informático], concentrar conocimientos sobre el software crítico y reorientar el mercado de la inteligencia artificial. El espionaje industrial siempre ha sido parte de la competencia económica. Ahora está integrado en las paredes de Anthropic.

Lo que esto nos dice es que la tecnología ha dejado de ser la herramienta de soft power que reinó durante el último cuarto de siglo. Ahora no se trata de exportar una estética de apertura, conectividad o libertad —la invocada “aldea global”—, sino de maquinaria de alto componente tecnológico que reorganiza la soberanía digital de todo el planeta mediante el acceso restringido, la vigilancia de vulnerabilidades y la alianza con un puñado de actores económicos capaces de convertir esa capacidad en un instrumento de poder hegemónico.

En las palabras de Morozov sobre la Pax Silica: “es el intento de convertir las cadenas de suministro de la inteligencia artificial y los semiconductores en una arquitectura de pactos, listas negras y bloqueos... la disciplina de que los chips, los minerales, la energía, la logística y la infraestructura de computación en la nube se encuentren bajo las condiciones que dicte Washington”. De lo contrario, habrá represalias.

Cuando Malasia anunció que acogería su estrategia nacional de IA en las infraestructuras de Huawei, bastó una declaración pública del asesor presidencial David Sacks para que diera marcha atrás en 24 horas

Cuando el holding chino Wingtech intentó consolidar su control sobre la europea Nexperia, La Haya invocó una ley de la Guerra Fría sin uso durante 73 años para intervenir la compañía y suspender a su CEO chino. Cuando la empresa emiratí G42 intentó construir su infraestructura nacional de IA con hardware y software de Huawei, la Casa Blanca amenazó  con la retirada de los chips de Nvidia para que aceptara desinvertir por completo en la firma de 5G china, sentar a Microsoft en su consejo de administración y someterse al orden tecnológico estadounidense. Cuando Riad quiso adquirir 35.000 chips Nvidia para su nueva campeona nacional de IA, la Casa Blanca exigió las mismas medidas como condición a la licencia: sustitución del stack chino, salida del personal chino y venta de las participaciones tecnológicas chinas. Cuando Malasia anunció que acogería su estrategia nacional de IA en las infraestructuras de Huawei, bastó una declaración pública del asesor presidencial David Sacks —“el crypto zar”— para que diera marcha atrás en 24 horas.

Mientras tanto, en mayo de 2026, la Comisión Europea avanzó en la eliminación gradual de equipos chinos en 18 sectores críticos, una operación que la propia Cámara de Comercio China cifra en 367.800 millones de euros de coste para los próximos cinco años, con Alemania asumiendo prácticamente la mitad de la factura.

La dirección orgánica del Imperio

Llevado a sus últimas consecuencias, este argumento revela una forma de coordinación cartelística entre el capital global y el aparato estatal, sintetizado en la inteligencia artificial, que ha empujado al Pentágono, a Silicon Valley y a Wall Street a operar como una estructura de mando unificada que decide sobre las posiciones de sus aliados en la batalla contra China. El resultado, sostiene Morozov, es “un Estado americano altamente organizado, altamente agresivo, altamente concentrado, capaz de movilizar todos los aspectos de la sociedad y de la industria en una planificación de largo alcance que no se veían desde el final de la Guerra Fría”.

El ecosistema de acuerdos que rodea a Anthropic –con inversiones simultáneas de Google, Amazon, Microsoft, fondos soberanos del Golfo e inversores financieros globales– materializa de alguna forma esa coordinación que en último término sirve a los intereses del Pentágono. Seamos claros al respecto: el único conflicto abierto entre Anthropic y el Estado norteamericano es sobre los términos de integración en el aparato militar, no sobre si sus modelos debería integrarse (Claude fue utilizado en Venezuela para secuestrar a Nicolás Maduro y también en el diseño de los bombardeos a Irán, pese a la prohibición de Trump).

La disputa con el Pentágono no cuestiona el uso de estos modelos para la vigilancia masiva o el armamento autónomo en términos morales, sino en términos de “madurez técnica”: el modelo aún no está listo para desplegarse en contextos militares sin producir consecuencias no deseadas. Cuando lo esté, las fricciones éticas darán lugar a la negociación de contratos militares. Así ha ocurrido con el resto de empresas tecnológicas estadounidenses. Y con ello, llegará una nueva forma de dependencia global hacia las redes del Pentágono: el país aliado que no puede librar su próxima guerra sin los modelos de predicción de una empresa estadounidense; cuyos ejércitos, cuerpos policiales y ministerios cedan la soberanía sobre los asuntos nacionales al stack militar.

Pero captar la lógica que articulará Mythos en alianza con el Estado conviene reconocer en Anthropic tres capas superpuestas, cada una con un cometido distinto dentro de un mismo proyecto de dirección orgánica del nuevo orden militar estadounidense.

El Pentágono, Silicon Valley y Wall Street operan como una estructura de mando unificada que decide sobre las posiciones de sus aliados en la batalla contra China

La primera capa es la del cómputo, y se refiere a los servicios en la nube de almacenamiento y conectividad. Las grandes tecnológicas son proveedoras de la materia prima de Anthropic e inversoras en una relación que se retroalimenta. Google ha comprometido hasta 40.000 millones de dólares en equity —10.000 millones desembolsados de inmediato a una valoración de 350.000 millones, y otros 30.000 millones condicionados a hitos de rendimiento—, mientras que Anthropic gastará 200.000 millones en Google Cloud a lo largo de cinco años. Amazon replica esta misma estrategia: 8.000 millones en equity, con hasta 25.000 millones adicionales y un compromiso de gasto de hasta 100.000 millones en infraestructura AWS. Microsoft también, pero con 5.000 millones en inversión a cambio de 30.000 millones en gasto comprometido en Azure.

Los tres grandes proveedores de servicios en la nube han convertido a Anthropic en su cliente más valioso al mismo tiempo que han entrado en su accionariado: el primero necesita capacidad de cómputo; los segundos justificar la escala de inversión en infraestructura que de otro modo sería difícil de defender ante sus propios accionistas y ante el mercado de valores. ¿Tecnofeudalismo? Estamos ante empresas privadas organizadas por el Estado para capturar los beneficios comerciales de la dependencia sistémica a la inteligencia artificial en todo el mundo.

La segunda capa es la del capital financiero global, el dinero que circula en el mercado de capitales en un momento donde el sector tecnológico es el único que alberga esperanzas de aumentar beneficios y reducir costes gracias a los desarrollos de la inteligencia artificial. Entre septiembre de 2025 y febrero de 2026, Anthropic cerró dos rondas de financiación de un tamaño sin precedentes –13.000 y 30.000 millones de dólares, respectivamente–, las más grandes después de las de OpenAI. Ambas operaciones colocaron a BlackRock, el mayor gestor de activos del mundo, y a Blackstone, el mayor fondo de capital privado, entre los inversores.

La banca de inversión entró a través de dos vías. En mayo de 2025, JPMorgan, Morgan Stanley, Citibank, Goldman Sachs, Barclays, Royal Bank of Canada y Mitsubishi UFJ concedieron a Anthropic una línea de crédito de 2.500 millones; meses después, JPMorgan, Goldman Sachs y Morgan Stanley reaparecieron como inversores, conformando un núcleo bancario con posiciones simultáneas en deuda y patrimonio. El último movimiento de Wall Street ocurrió en mayo de este año. Blackstone, Goldman Sachs y Hellman & Friedman invirtieron 1.500 millones en Anthropic para desplegar los servicios de Claude en las empresas donde tienen inversiones. 

Los fondos soberanos asiáticos completan la capa financiera: GIC, el fondo soberano de Singapur (con participaciones en Airbnb, ByteDance, Grab o Alibaba), co-lideró la última ronda junto al fondo estadounidense Coatue; Temasek, también singapurense (con apuestas previas en Zoom, NVIDIA, Bayer o Visa), entró como inversor secundario. Anthropic se ha convertido en una empresa demasiado grande para caer, demasiado interconectada con el capital global para ser regulada.

Mythos no es solo el nombre de un producto comercial. Es el nombre de la tecnología que hará que el poder económico de Washington y el Pentágono parezca inevitable e invisible

La tercera capa es la del capital soberano del Golfo, que trata de consolidar sus posiciones geopolíticas en el terreno de la inteligencia artificial. En julio de 2025, un memo interno de Dario Amodei filtrado a los medios marcó un giro respecto a la postura de 2024 —cuando había rechazado capital saudí por motivos de seguridad nacional— y defendía la apertura al capital emiratí y catarí pese a admitir que enriquecería a “dictadores”. La posición oficial fue que dicho capital sería estrictamente financiero, sin derechos de gobernanza. El Qatar Investment Authority entró en la Series F, convirtiéndose en el primer fondo soberano del Golfo en la empresa.

MGX, el vehículo de inversión en inteligencia artificial de Abu Dabi creado en 2024 por Mubadala y G42, también accedió al accionariado y ahora es inversor en los tres grandes laboratorios frontier de Occidente (OpenAI, xAI y Anthropic) con el objetivo declarado de alcanzar cien mil millones de dólares en activos bajo gestión en IA.

Los fondos soberanos del Golfo están comprando su acceso al stack tecnológico americano como una forma de consolidar su alineamiento político con Washington en la arquitectura que determinará quién tiene acceso al poder de cómputo y la energía en la próxima década: es el dinero paciente y en grandes cantidades, no sujeto a los límites regulatorios y dispuesto a desplegarse a la velocidad que exige la carrera tecnológica.

La empresa que se presentó al mundo como una corporación progresista, orientada al beneficio público, será la empresa de inteligencia artificial más capitalizada de la historia, con el capital soberano de Abu Dabi, Singapur y Qatar en su accionariado, los tres mayores hiperescaladores como proveedores e inversores, la banca de inversión global como accionista y cliente, y el aparato de defensa occidental como regulador geopolítico. Mythos no es solo el nombre de un producto comercial. Es el nombre de la tecnología que hará que el poder económico de Washington y el Pentágono parezca inevitable e invisible.

En estos primeros compases del ciclo de desarrollo capitalista de la inteligencia artificial, los caminos que esta tecnología puede tomar están abiertos a la lucha política. Cuál termine imponiéndose dependerá de qué posiciones logremos hegemonizar y, sobre todo, de las instituciones políticas y económicas que seamos capaces de construir para desafiar la única ideología que hoy avanza sin resistencia.

Silicon Valley
Palantir: la empresa más peligrosa del mundo
Palantir fusiona las herramientas de control, los beneficios de la guerra, la apuesta tecnológica del capital para escapar de su crisis y la ideología totalitaria en una serie de productos que se han expandido por todo el planeta.
Guerra fría
'Pax Silica': cuando el imperio deja de fingir
Estados Unidos no ejerce su dominio a través de la innovación, sino por cárteles de chips. Ha abandonado el teatro del libre mercado y gobierna a través de servidores y nubes.
Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra en tu cuenta.
Cargando...
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...