La revuelta de las ‘cucarachas’: la juventud india pone al gobierno de Narendra Modi en jaque

En poco más de dos meses, la juventud articulada en torno al Cockroach Janta Party se ha convertido en un actor político central, con millones de jóvenes exigiendo rendición de cuentas al gobierno, en un escenario de desigualdad y paro juvenil.
Cockroach Janta Party
24 jul 2026 06:22

El 12 de mayo de 2026 miles de estudiantes hervían de indignación. El examen que habían hecho unos días antes, el 3 de mayo, había sido anulado después de que se descubriera que se habían filtrado las respuestas. No era un examen cualquiera, se trataba del National Eligibility cum Entrance Test (NEET), una prueba a la que se habían presentado 2,5 millones de estudiantes con el objetivo de acceder a las universidades de medicina. La competición era dura y el tiempo y la energía empleados para superarla, ingente: los candidatos competían por solo 130.000 plazas. La noticia de la anulación y la repetición del examen motivó no solo protestas en la calle, si no el suicidio de más de 20 estudiantes.

El 15 de mayo, ante las protestas, Surya Kant, jefe del tribunal supremo de la India, criticó a los jóvenes que habían participado en las protestas o las habían filmado para subirlas a las redes sociales, llamándoles cucarachas y parásitos. Con sus palabras, el juez daba forma a la indignación de millones de jóvenes. El 16 de mayo, Abhijeet Dipke, un periodista de treinta años con formación en comunicación y relaciones públicas que estudiaba en Boston, decidió apropiarse del insulto sin saber aún que estaba creando todo un movimiento.

Así el Cockroach Janta Party (CJP) emergía en las redes sociales convirtiéndose en estandarte de una generación harta. El CJP planteaba un objetivo razonable, la rendición de cuentas de quienes habían provocado toda aquella frustración y dolor, exigiendo la dimisión del Ministro de Educación Dharmendra Pradhan. En estos días de julio, el partido ya es conocido en todo el mundo tras acampar durante un mes en la plaza Jantar Mantar, un lugar tradicional de protesta en Nueva Delhi, y acabar marchando el pasado lunes 20 hacia el Parlamento. También lo ha puesto en primer plano la brutal represión con la que sus protestas han sido respondidas. 

Tras poco más de dos meses de existencia, el movimiento de las cucarachas ha trascendido el ámbito educativo e incluso generacional y ha puesto en riesgo el que parecía un sólido y determinado gobierno, el que lidera Narendra Modi al frente de su partido el Bharatiya Janata Party (BJP), y que se impuso con mayoría absoluta en 2014, gracias a un amplio uso de las redes sociales en donde difundió una mirada nacionalista y neoliberal, similar a la de otros líderes en auge en los últimos años. 

Se trata del mismo Modi que el 23 de julio, en esas mismas redes,  enunciaba —para apaciguar a la misma población a la que primero había ignorado y después reprimido—: “Nada es más importante que el futuro de la juventud”.  La respuesta no se hizo esperar: Dipke, con la ironía que desde el principio ha sido seña de identidad del movimiento, compartía una foto del ministro de Educación, con el mensaje: “hola, mi nombre es Nada”.

Hasta el mismo lunes 20 de julio el gobierno no se había prestado a ninguna interlocución con el movimiento. Finalmente, el ministro de sanidad JP Nadda, se reunió durante la semana con algunos de sus representantes, un encuentro que fue tachado de “pérdida de tiempo” por parte de los jóvenes que intervinieron. La noche del lunes, la policía irrumpió en Jantar Mantar golpeando a los manifestantes con la intención de terminar por la fuerza con las protestas. Las imágenes de violencia que trascendieron en las redes llevaron al movimiento a reafirmarse en mantener las protestas. Según Human Right Watch la represión se habría cobrado decenas de heridos y detenidos. 

Según Oxfam, India es uno de los países más desiguales del mundo, con un 1% que posee el 40% de la riqueza, y un 50% que accede apenas al 3%

Un sistema que desprecia a la juventud

En octubre de 2025, las periodistas Soutik Biswas y Antriksha Pathania  se preguntaban “¿Por qué la generación zeta india no sale a la calle?”. El análisis, publicado en BBC, remarcaba cómo a diferencia de lo sucedido en los años previos en varios países, muchos de ellos asiáticos —Nepal, Tailandia, Bangladés— la juventud india no parecía dispuesta a irrumpir en las calles a pesar de afrontar también una brecha con el poder político y sufrir en primera persona, en forma de pobreza y desempleo, los límites de un crecimiento macroeconómico que no se refleja en las vidas de la población. 

Las autoras ensayaban una hipótesis: en primer lugar, tras doce años de inmersión en el nacionalismo de Modi, aderezado con altas cuotas de represión, la juventud temía ser tachada de antinacionalista. En segundo lugar, la diversidad de castas, realidades territoriales, género, y la descentralización del poder, dificultaba organizarse en torno a objetivos políticos compartidos. Pasados pocos meses, la realidad contestaba al análisis con una rebelión espontánea sobre objetivos fáciles de compartir: la falta de futuro y la sensación de que los gobiernos les están faltando al respeto.

La sociedad india ha experimentado en los últimos años dos fenómenos paralelos que han generado las tensiones que subyacen al estallido de las cucarachas:  De un lado cuenta con una población más formada que nunca, con más de ocho millones de titulados al año que enfrentan un 40% de desempleo. Debajo de esos números hay una realidad aún peor, pues muchos de los trabajos son precarios: autoempleo en condiciones de subsistencia. 

En India los jóvenes componen el 80% del desempleo, considerándose una generación que vive “en espera” de una oportunidad. Por lo que se revuelve frente la última “burla del gobierno”. Los estudiantes deben además enfrentar un sistema educativo altamente privatizado en el que la educación y la formación en un mercado laboral altamente competitivo se ha convertido en un negocio extractivista más.

Por otro lado, según Oxfam, India es uno de los países más desigualdades del mundo, con un 1% que posee el 40% de la riqueza, y un 50% que accede apenas al 3%. A pesar de la imagen de austeridad personal de Modi, lo cierto es que el gobierno no ha hecho mucho por afrontar esa desigualdad.  Desde el 2014, mientras que las corporaciones ha incrementado ampliamente sus beneficios, la generación de puestos de trabajo no ha crecido apenas y su calidad se ha deteriorado. 

Las cucarachas que señalan al elefante

Antes de que el 15 de mayo el juez acuñara el nombre que acabaría, en un giro irónico, dando identidad a millones de jóvenes en el país, memes y bromas circulaban ya por las redes sociales: el lenguaje de la Generación Z para cuestionar la parafernalia de un poder que cada vez perciben más lejano. Dikbe fue hábil en captar el irónico hartazgo de tanta gente que se sumó por millones a las redes sociales de su partido. Su regreso al país fue visibilizando más el movimiento, captando el apoyo de la sociedad más allá de las personas afectadas o los círculos estudiantiles. La huelga de hambre anunciada el 28 de junio por Sonam Wangchuk, un activista por el derecho a la educación con una mirada ecologista, daba al movimiento un referente más allá de las inquietudes generacionales. Pero si algo amplió su proyección y arrastró a más gente a la calle fue la represión sufrida el pasado lunes 20 de julio.

Las imágenes de policías apaleando a activistas, incluyendo mujeres o niños, llenaron las redes sociales del país, a pesar de los intentos de censura por parte del gobierno, empujando a personas ajenas al conflicto inicial a sumarse a las protestas. La solidaridad se ha traducido a su vez en el envío de comida desde todo el país, como ya pasara en movilizaciones anteriores en Indonesia o Nepal. Sin embargo, el nivel de represión sufrida ha despertado todas las alarmas, con el propio Wangchuck interrumpiendo su huelga de hambre el 23 de julio ante el temor de una escalada violenta.

Con sus banderas de One Piece, sus memes y su humor irreverente, las cucarachas han plantada cara a un gobierno que se veía imbatible

Mientras las calles han estado efervescentes la oposición ha intentado canalizar el descontento: su líder, Rahul Gandhi, era detenido el martes en una sentada ante la residencia del primer ministro, a quien describió como “el primer ministro más anti-juventud que la India ha tenido jamás”.  Gandhi, acompañado de otros diputados del Partido del Congreso pidió cuentas por la brutalidad de la policía, y, en consecuencia, la dimisión del Ministro de Interior Amit Shah. Un día después, la policía impedía a más de cincuenta parlamentarios provenientes de distintos partidos de la oposición, visitar a Wangchuck en el hospital, tenían la intención de entregarle una carta donde se le pedía que abandonara la huelga de hambre. 

Los apoyos no solo han venido de los partidos en la oposición: intelectuales, líderes del movimiento por la tierra o incluso famosos de Bollywood han mostrado su respaldo a los reclamos de los estudiantes. Con sus banderas de One Piece, sus memes y su humor irreverente, las cucarachas han plantada cara a un gobierno que se veía imbatible. Han de confrontar una terrible paradoja: la creciente desigualdad que corrompe el país concentra el capital y con él, el poder. Las experiencias previas a su alrededor han tenido resultados desiguales con un déficit en común: mientras la experiencia compartida de precariedad, despojo y desprecio moviliza, es difícil sostener el cambio. 

La sociedad india no se ha estado quieta: movilización agrícola, sindical y ahora juvenil. Y del mismo modo que el activista Wangchuk defiende toda una revisión de la educación pública desde una enfoque ecologista,  propuestas que piensan en otras formas de redistribución que pasan por el decrecimiento, o quienes apuestan por una renta básica frente a la desigualdad. Está por ver qué futuro tendrá el movimiento frente a una realidad cada vez más evidente: que en el modelo de crecimiento en el que avanza India no hay futuro para las personas, y los jóvenes son los primeros en señalar el elefante en la habitación.

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