Opinión
¿Por qué odian tanto a Pedro Sánchez?
Durante la crisis económica, Zapatero cayó hasta un 3,3 % en el CIS pero el que era su contrincante, el líder de la oposición, Mariano Rajoy, obtenía entonces un 3,2. A pesar de estar rozando lo que en mi época de estudiante se consideraba un Muy Deficiente, el pueblo español, en su sabiduría, premió a Rajoy con una holgada mayoría absoluta. Rajoy no defraudó las expectativas: durante su mandato consiguió rebajar aún más su valoración hasta dejarla en un histórico e inalcanzable 2,9, El peor registro de la historia de nuestra democracia y uno de los más bajos de las democracias europeas.
Se repite a menudo que la democracia está en crisis, sin embargo, millones de personas siguen acudiendo disciplinadamente a votar aunque suspendan con notas humillantes a casi todos los candidatos. Hay algo conmovedor en esa fidelidad al ritual democrático. Se parecen a esos aficionados que no abandonan a su equipo aunque juegue rematadamente mal: acuden al estadio, sufren noventa minutos, se encabronan y luego dedican el lunes a poner a caer de un burro al entrenador y a media plantilla.
Pero una mala valoración no equivale al odio. Rajoy estaba pésimamente valorado, pero nunca tuve la sensación de que fuera un hombre odiado. El odio no consiste solo en sentir antipatía. La propia RAE añade un ingrediente decisivo: hay que desear el mal al otro. Y no creo que quienes detestaban políticamente a Rajoy le deseasen una desgracia. Pedro Sánchez, en cambio, rara vez baja del 4 y suele ser, además, el dirigente mejor puntuado entre los principales líderes nacionales. Sin embargo, la frontera del odio se cruza con demasiada frecuencia.
Yo jugaba de niño con otros niños que hoy son figuras relevantes del PP gallego. Aunque ahora no tenemos trato, no los recuerdo con antipatía y mucho menos con odio. De hecho, incluso me podría tomar un café con alguno y discrepar afablemente porque hay una base de respeto mutuo y vieja camaradería. En fin, que el odio es cosa seria. No se siente por cualquiera ni por cualquier razón.
Lo odia la chavalada que grita en los campos de fútbol y también antaño amables ancianitas de Cáritas que hasta ayer jamás habían entrado en política
Pero con Pedro Sánchez la cosa cambia y las mínimas formas de decoro se han perdido hace ya mucho. Y de un modo, casi diría que transversal: lo odia la chavalada que grita en los campos de fútbol y también antaño amables ancianitas de Cáritas que hasta ayer jamás habían entrado en política y hoy se convierten en furibundas militantes del antisanchismo de WhatsApp. Lo odian en los restaurantes de postín y en los bares de menú.
¿Y por qué? ¿Cuál es su pecado? Podemos concretar las causas de la desafección hacia otros presidentes —su gestión de la crisis, el rescate bancario, la corrupción—, pero ¿cuál es la razón del odio a Sánchez? Sus odiadores no suelen explicar sus razones. Más bien, parece que justifican sus insultos con otros insultos en una espiral creciente cuyo inicio no queda claro del todo. Es un misterio.
No parece que la situación económica pueda motivar tal inquina. En muchas áreas presenta indicadores muy favorables y algunos de los sectores más críticos figuran también entre los más beneficiados. La pensión máxima, por ejemplo, ha aumentado casi 10.000 euros anuales durante el sanchismo, y son conocidas sus cifras de empleo y salario mínimo. Se dirá entonces que la verdadera razón son Ábalos, Koldo, Santos Cerdán o la vivienda. Pero esas explicaciones llegaron después. El odio ya existía y necesitaba argumentos con los que justificarse. Funcionan más como coartadas retrospectivas que como causas originales. Si mañana desaparecieran todos esos problemas el odio seguiría intacto. Da la impresión de que el odio a Sánchez nace en otro lugar. Y no creo que se le reproche gobernar mal, de hecho, sospecho que parte de la irritación la generan también los datos positivos de su gestión.
Lo imperdonable es haber pactado con la anti-España, haber concedido la amnistía a los protagonistas del procés que, a juicio de algunos, escaparon de su merecido castigo
¿Qué queda entonces si no se trata de gobernar mal? Lo imperdonable. Y lo imperdonable es haber traicionado una idea de España. Haber pactado con la anti-España, haber concedido la amnistía a los protagonistas del procés que, a juicio de algunos, escaparon de su merecido castigo.
Porque el problema nunca fue únicamente el procés, el problema era el castigo. El Estado debía escarmentar al independentismo para que ninguna generación futura volviese a intentarlo y la humillación de sus dirigentes tenía un valor ejemplarizante. No bastaba con derrotarlos: había que convertirlos en tenebrosa advertencia.
Se atribuye al General Espartero la frase de que es necesario bombardear Barcelona cada 50 años. La leyenda es falsa, pero ha permanecido como símbolo de una vieja pulsión en la historia de España por disciplinar a Cataluña. El procés ofreció para muchos la ocasión perfecta para hacerlo y la respuesta penal, policial y judicial no solo perseguía unos delitos dudosos; sobre todo pretendía restaurar una determinada concepción de la autoridad del Estado. La amnistía de Sánchez rompió el guion, y en lugar de ver a Puigdemont esposado se nos presentó negociando en un sofá como un interlocutor político respetable.
Odiar a Cataluña me convertiría en un nacionalista español rencoroso, odiar a Sánchez, por el contrario, en un patriota constitucional
El odio a Sánchez, en realidad, esconde el odio al independentismo, a Puigdemont, a Junqueras, a la estelada, pero resulta más respetable odiar a Sánchez que reconocer una animadversión casi identitaria hacia Cataluña. Odiar a Cataluña me convertiría en un nacionalista español rencoroso, odiar a Sánchez, por el contrario, en un patriota constitucional.
Por eso tiene una parte incómoda y difusa. Y como la verdadera causa no se puede decir, sus odiadores nunca acaban de explicar muy bien sus razones. Se expresa en canciones, insultos cada vez más desaforados y tiene hasta una función de reconocimiento: crea un sentimiento de comunidad, de sociedad secreta que comparte la misma contraseña. Pero precisamente la desmesura de los exabruptos, esa competición por elevar la cota de energumenismo, delata en su desproporción la existencia de un motivo oculto.
El odio a Sánchez es un odio vicario. Y la cárcel que le desean es la cárcel que no ha tenido Puigdemont. Por eso, no me cabe duda de que intentarán encarcelarlo.
Si hay un sector que, sin duda, le guarda una mayor aversión, este es el de la judicatura, que se ha sentido desautorizada en el núcleo mismo de su función
De hecho, si hay un sector que, sin duda, le guarda una mayor aversión, este es el de la judicatura, que se ha sentido desautorizada en el núcleo mismo de su función. La Ley de Amnistía, cuyo solo anuncio motivó furibundas críticas y protestas, se ha interpretado como una impugnación de su papel constitucional, pero sobre todo como una derrota corporativa. Las asociaciones judiciales, en un tono apocalíptico, llegaron a calificar la amnistía, sin conocer siquiera su contenido, como “el principio del fin de la democracia”, una “abolición del Estado de Derecho” o una forma de “anular al Poder Judicial”. Todo ese esfuerzo policial, judicial y penal fue desactivado por una decisión parlamentaria.
Los jueces están acostumbrados a que sean ellos quienes corrijan a los políticos, no al revés. Para llegar a magistrado hay que superar una oposición durísima; al Congreso, en cambio, llega casi cualquiera. Que una mayoría parlamentaria deshiciera el mayor proceso judicial de las últimas décadas fue vivido por muchos como una humillación profesional. Humillación profesional, por cierto, que las sucesivas desautorizaciones recibidas desde de la justicia europea no han contribuido precisamente a mitigar. Esa herida no ha cicatrizado y es un hito en nuestra democracia. Porque, si bien no era la primera vez que se retorcía la ley para doblegar a los nacionalismos periféricos, sí era la primera en que un partido de Estado impedía el correctivo. Y eso cierta parte de la judicatura no parece dispuesta a tolerarlo. En su lógica punitiva, ahora toca escarmentar a quien frustró el escarmiento: al PSOE.
Los procesos contra el hermano de Sánchez o Begoña Gómez constituyen la siguiente manifestación de ese odio vicario: una venganza por delegación
Así las cosas, los procesos contra el hermano de Sánchez o Begoña Gómez constituyen la siguiente manifestación de ese odio vicario: una venganza por delegación. Puede que Junts tenga buenas razones para distanciarse hoy del gobierno, pero la libertad de algunos de sus dirigentes la va a pagar con la suya la mujer del Presidente. Y luego, quizá él. Pedro Sánchez pasará; y cuando pase, el odio a Cataluña volverá a exhibir su verdadero rostro.
Opinión
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