Ceuta: pequeños infiernos dentro del purgatorio

Los testimonios de muchos jóvenes varados en las calles, descampados y playas de la ciudad autónoma coinciden en el mal trato de las fuerzas del orden y en su lucha por salir adelante fuera de Marruecos.
Ceuta 060 - 8
Dos personas en la playa del Trampolín sentadas junto al mar. Jaime Cinca

La situación en Ceuta, después del cruce a nado de más de 80.000 personas procedentes de Marruecos por el Tarajal —de las que unas 70.000 ya habrían vuelto— continúa siendo de extrema complejidad. La gran mayoría de ellas, aún sin una ubicación asignada por las autoridades, continúan durmiendo repartidas entre los diferentes campamentos improvisados diseminados por diferentes espacios de la Ciudad Autónoma, como la playa de El Trampolín, Loma Colmenar, las calles del barrio El Príncipe o el polígono del Tarajal, entre otros. 

Decenas de menores varones continúan deambulando sin saber dónde alojarse y sin derecho a ninguna comida; mientras que las mujeres y las niñas y adolescentes están siendo alojadas por su situación de extrema vulnerabilidad ante las decenas de agresiones de diferente índole reportadas. Si bien se van habilitando nuevos espacios para intentar sacar a las personas de la calle, aún hay miles de ellas sin alternativa. 

A partir de esta semana está previsto que unas mil personas puedan ser alojadas en un nuevo campamento que se está habilitando en las inmediaciones del puerto, después de que el Ministerio de Transportes tomara el control a pesar del rechazo de las autoridades locales. La puesta en marcha de estas nuevas instalaciones —que tomarán la forma de 40 carpas—, en la zona oeste del puerto y al lado de unos depósitos para barcos, ha despertado la ira de una pequeña parte de la población ceutí. Mientras, las personas en situación de calle intentan sobrevivir al día a día con la esperanza de poder ser trasladados.

Delante de la puerta del Mercadona, Tamim nos cita para el día siguiente a las 10h. Quiere hablar de su caso y dice que allí mismo, que él duerme en esa playa, concretamente la de la Almadraba —dice señalándola— No está en la del Trampolín —la más abarrotada—, ni en el polígono del Tarajal ni en Loma Colmenar, algunos de los enclaves donde miles de personas —entre ellos decenas de menores varones—continúan malviviendo a la espera de una alternativa. Frente a las puertas del supermercado del empresario Juan Roig, centenares de chavales hacen cola para entrar a comprar enseres: los guardias de seguridad los dejan entrar en pequeños grupos, normalmente de dos o de tres.


Ha pasado casi un mes y medio desde la llegada de entre 80.000 y 100.000 personas a Ceuta; un mes y medio en el que las autoridades españolas han respondido de manera improvisada y desorganizada. Cinco semanas tras lo que la mayoría de medios han tachado de “invasión”, la situación continúa siendo preocupante en la Ciudad Autónoma. 

Hace apenas unas horas se ha sabido que los hechos del 30 y 31 de julio serán investigados por la Audiencia Nacional, pero eso Tamim no lo sabe; tampoco sabe que el Gobierno central ha tomado el control del puerto y que está poniendo en macha unas carpas para dar cobijo a unas mil personas. Hace un mes que viste la misma ropa, que come de lo que consigue en la calle o, si tiene suerte, lo que le llega del reparto de Cruz Roja o de No Name Kitchen. Subiendo una de las cuestas desde la playa de la Almadraba, y tras cruzar el cementerio musulmán, 300 mujeres y niños siguen esperando en la improvisada carpa de Sidi Embarek, puesta en marcha gracias a la organización vecinal y el empeño de Karima, Abdellah y Fátima. Hay dos baños químicos y ninguna ducha; tampoco hay agua corriente.

Microhistorias de pobreza y resistencia

Tamim va cambiando de lugar donde pernoctar, pero siempre se mantiene en esa zona. “Da igual, porque apenas duermo”, cuenta. Tiene un hermano menor de edad que aún no ha sido reubicado y una hermana de 25 años; también en situación de calle. A la hermana, que apenas sabía nadar, la tuvo que remolcar durante casi todo el trayecto hasta llegar a Ceuta. Él es el el mayor de los tres y por las noches vigila que nadie —concretamente las autoridades policiales y militares— les intente amedrentar. A veces lo consigue y a veces no. Cuenta que los militares le han apaleado en una ocasión y que ya no cuenta con un móvil con conexión. “Este es el que tengo ahora”, dice mientras muestra uno de los antiguos, sin acceso a internet. Durante el día, los hermanos hacen cola en algunos de los campos habilitados para menores y mujeres, para ver si hay suerte.

Desafortunadamente, la situación de Tamim y sus hermanos es el pan de cada día en la Ciudad Autónoma. Trabajador de centralitas telefónicas, su objetivo para quedarse en España tiene un nombre concreto: el de su hija de siete años, a la que hace dos que no ve y con la que hablaba cada día a través de videollamadas hasta que los militares le reventaron el móvil delante suyo.

Son muchísimas las vecinas de Ceuta que, preguntadas explícitamente, rechazan la violencia policial y el griterío fascista que inunda las teles estos días al tiempo que critican al Gobierno de Sánchez

Cuando habla de ella se impacienta, se emociona, se enfada. “Llamaba mucho a la madre, para ver cómo jugaba, cuándo comía, para verla crecer”. Quiere que su historia se conozca por si desde los medios se puede hacer algo. Tamim ya ha vivido en algún momento en España, también ha pasado por Italia y por Francia. Fue en este último país donde fue cogido por las autoridades y devuelto a su Marruecos natal.

A., de 15 años, espera a que el médico que está con las Brigadas de Apoyo Mutuo cure a su amigo. Lleva las rodillas vendadas. Preguntado sobre qué le ha sucedido, el amigo mira al suelo. No hace falta insistir porque se intuye qué ha ocurrido. El desgaste y el acoso está siendo usando como estrategia para que los chicos se vuelvan a Marruecos de manera “voluntaria”. A. dejó los estudios durante la adolescencia y empezó a trabajar en una fábrica de montaje, por un sueldo de 350 euros al mes. “No hay esperanza en Marruecos, no hay nada que hacer”, dice con tristeza. “¿Has llamado a tus padres para decirles que estás bien?”, pregunta esta periodista. “Les llamo cada día, sí”.

Ceuta 060 - 4
Una persona muestra sus heridas durante su estancia en Ceuta. Jaime Cinca


Esta también es la historia de otro chico que cruzó: cobraba 100 euros al mes por trabajar en una barbería, así que cuando le llegó por redes sociales que la frontera estaba abierta, no dudó ni un minuto. Ni siquiera avisó en el trabajo. Ahora se aloja cerca de la playa del Trampolín, uno de los nombres propios de esta crisis, pero “alejado del resto”, porque no se quiere “meter en problemas”.

Los relatos de vida que estos días se escabullen por las calles y las playas ceutíes son parecidos y singulares al mismo tiempo. Siempre hay detalles que llaman la atención, como en el caso de S., de origen bengalí y partidario de la condenada a muerte Sheik Hassina. Si bien llegó el 26 de julio junto a otros compañeros de la misma nacionalidad, en el documento de retorno que le obliga a volver a Marruecos, se dice que llegó el 30 de julio. Algunos de sus compatriotas sí han podido empezar el proceso de asilo, pero ese no ha sido su caso. Asegura, afectado, que bajo ningún concepto puede volver a Bangladesh, que lo “matarán”.

Una incertidumbre que hace mella

Si se tuviera que definir a Ceuta, esa sería “incertidumbre”, una palabra que usan tanto los ceutíes como los recién llegados cuando se les cuestiona qué va a pasar. Los chavales, aquellos del norte de Marruecos que chapurrean el castellano, preguntan a los periodistas de manera insistente qué va a suceder, que si han “dicho algo” desde el Gobierno. Algunos profesan auténtico fervor por Pedro Sánchez y confían en que solucionará la situación pronto. En otros, el cansancio provocado por la mala alimentación y la intemperie empieza a hacer mella. Se muestran desanimados. Comparten algo: no están dispuestos a volver a Marruecos, a pesar de que algunos de ellos hayan firmado documentos de retorno voluntario sin saber lo que firmaban y debido a la ausencia de intérpretes durante los primeros días.

Entre los ceutíes también hay inquietud. Los que gritan, —y mucho—, los de las pulseritas, son una parte de la sociedad, quizás la más visible gracias a los medios de derecha y de extrema derecha, que amplifican y enarbolan su mensaje hasta la saciedad. Sin embargo, hay una masa silenciosa que, además de sentir preocupación, siente empatía hacia los recién llegados. Son muchísimas las personas que, preguntadas explícitamente, rechazan la violencia policial y el griterío fascista que inunda las teles estos días. Reconocen que el Ejecutivo de Sánchez ha actuado tarde y mal, pero también cuestionan la posición y los pasos dados por el presidente ceutí Juan José Vivas (PP) y la postura del Partido Popular, quien se ha negado en banda a, en sus comunidades, recibir a las personas migrantes.  Respecto a los chavales, sienten “pena”. Eso se hace patente en cualquier terraza del centro de la ciudad, donde algunos de los chicos deambulan por la noche con el fin de llevarse algo a la boca. La gran mayoría de ellos son menores.


Son las diez y media de la noche, y en la terraza de El Tremendo, uno de los bares de bocadillos y pizza más populares del enclave, un chaval de los que llegó a nado se acerca pidiendo para comer. A menudo es la misma gente de las mesas la que se levanta para ofrecerle bandejas de patatas fritas, bebida o trozos de pizza. El chaval acaba con tantas bandejas de patatas —incluidas en el menú de los bocadillos—que tiene que dejarlas. Se lleva varias botellas de agua, un Aquarius y un par de latas de Coca-Cola sin abrir. No es nada para la complejidad de lo que sucede estos días en la Ciudad Autónoma, pero constituye un relato alternativo al que la ciudadanía de la península se está acostumbrado a ver en los medios de masas; porque es en el matiz desde donde se puede explicar la complejidad de lo que ocurre estos días aquí; no desde la brocha gorda, la polarización y el miedo.

Ceuta
Mohamed Mustafa
“Si se considera invasores a quienes migran, se justifica cualquier tipo de violencia”
El portavoz de Ceuta Ya! , que ha sido objeto de amenazas y violencia, alerta contra las fracturas que el discurso del odio está dejando en una sociedad atravesada por la desigualdad, mientras que se normaliza la vulneración de derechos.
Ceuta
Entre la espera y la esperanza: miles de personas migrantes en Ceuta aguardan para ser realojadas
Decenas de menores varones continúan deambulando sin saber dónde alojarse y sin derecho a ninguna comida, mientras que mujeres, niñas y adolescentes están siendo alojadas por su situación de extrema vulnerabilidad.
Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra en tu cuenta.
Cargando...
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...