Feminicidio
Asun Casasola: “Algunas noches sueño que no ha ocurrido”

Asun Casasola Pardo (Villamuriel de Cerrato, 1957), lleva 36 años de operaria en la cadena de montaje de Interal, fábrica de Lezo (Gipuzkoa). Es enlace sindical de CC OO, cinéfila y aficionada a viajar. También es la madre de Nagore Laffage, asesinada durante los Sanfermines de 2008.

Asun Casasola Laffage
Asun Casasola mira una foto de su hija, Nagore Laffage, en el que fue su cuarto Jone Arzoz

publicado
2017-12-01 10:56

Asun Casasola Pardo nació en Villamuriel de Cerrato (Palencia) en 1957. Su madre, ama de casa, y su padre, jornalero, emigraron a Irun cuando ella y su hermana tenían ocho y seis años respectivamente. Estudió para Auxiliar Administrativo y Técnico de Comercio Exterior pero no llegó a ejercer. Lleva 36 años de operaria en la cadena de montaje de Interal, fábrica de Lezo (Gipuzkoa) que cuenta con 200 trabajadoras, y se dedica a la elaboración de alimentos. Es enlace sindical de CC OO, cinéfila y aficionada a viajar. También es la madre de Nagore Laffage, asesinada durante los Sanfermines de 2008.

¿Te has movido mucho estos últimos años?
Ya lo creo. He viajado lo que no está escrito: para ir a encontrarme con otras víctimas, para promocionar y presentar Nagore, el documental que hicimos con Helena Taberna... El primer lunes de mes voy a Pamplona a la concentración que organizan Andrea y Lunes Lilas contra la violencia de género y, que en julio dedican a mi hija. Pero, vamos, he sido y soy muy viajera.

¿Por dónde?
Estuve unos cuantos años recorriendo Europa en un autobús-litera. Lo organizábamos un grupo de diez mujeres de Arbes, nuestro barrio. Nos íbamos las madres con las hijas y los hijos. Sin hombres. Nos llevábamos la comida, ¡hasta los melones! Recorrimos Italia, Francia... una vez llegamos al lago Ness.

Autoorganización y apoyo mutuo para el ocio...
Siempre he reivindicado mi autonomía y la de las demás. Cuando fui madre yo ganaba 40.000 pesetas y 25.000 se las daba a una mujer para que cuidara de mis hijos y me echara una mano en la casa. Algunas amigas me decían que ellas por 15.000 pesetas no se levantaban a las cinco para ir a una fábrica, pero yo nunca permití que mis familiares cargaran con labores que no les correspondían. Cada una tiene que asumir las consecuencias de sus decisiones. Ahora no es fácil porque ya no puedo ni conducir.

¿Por qué?
Tomo ocho pastillas diarias. Por la mañana para el azúcar, para la tiroides, un Lexatín y un Cymbalta; después de comer un Lexatín; y por la noche un Noctamid, un Lexatín y un Deprax. Y hay temporadas, como ahora, en las que doblo la medicación... porque sin ellas no podría ni levantarme de la cama.

¿Y cuál es el pronóstico?
No lo sé. Yo todavía necesito ayuda. Tengo estrés postraumático nueve años después. Voy al psicólogo y al psiquiatra. No lo he superado: algunas noches sueño que no ha ocurrido. Pero cuando me ha tocado estar con otra gente que ha pasado por lo mismo, he visto vidas hechas añicos, porque no han tenido la suerte de encontrar a colectivos feministas que les ayudaran como me pasó a mí. Frente al asesinato de un ser querido, si te quedas sola, con tus cuatro amigas, estás perdida.

La gente que te rodea, ¿ha estado a la altura?
Bueno, en general han predominado las sorpresas agradables. Nos dio su apoyo Txingudi Feminista y tuvimos cinco abogados en el juicio: el de la familia, el del Ayuntamiento de Irun, el de las Juntas Generales de Gipuzkoa, el del Ayuntamiento de Pamplona y el del Instituto Navarro para la Igualdad. El pueblo se volcó, mi fábrica cerró ese día en solidaridad. Miles de personas nos dieron su cariño. En realidad, yo no sabía qué esperaba, porque nunca estás preparada para algo así. Solo hubo una persona que me decepcionó. Una mandataria del PP del País Vasco, vecina de la localidad.

La ley actual considera que para que un asesinato sea considerado violencia machista, víctima y verdugo tienen que ser pareja o haberlo sido antes.
Sí, es muy triste.

¿La sociedad avanza más rápido que la justicia?
Creo que sí. Cada vez hay menos hombres que justifiquen la violencia contra las mujeres, que rían las gracias machistas o que compadreen con quienes consideran inferiores a las mujeres.

¿No es muy optimista?
Yo lo creo. Y lo veo muy claro en los talleres que hacemos con los adolescentes en los centros educativos. Se proyecta el documental que estrenamos en 2010, y luego abordamos la violencia de género desde distintos ángulos. Al principio, hace años, hablaban sobre todo las chicas, pero de un tiempo a esta parte cada vez participan más chicos en el debate, y adoptan posiciones públicas claras y tajantes. Expresan desazón, rechazo y vergüenza por el machismo que detectan. Ese es el camino: la vergüenza tiene que cambiar de bando.

¿Nagore se parecía a ti?
Sí. Era una mujer inquieta, reivindicativa y apasionada.

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