Fascismo o “ultraderecha”: no puede volver lo que nunca se fue

Llevamos una temporada aguantando a los medios de comunicación del régimen promocionar y aupar a un partido al que califican de “extrema derecha”, Vox, partido que, como el bigote de Ortega Lara, recuerda más a un fascista orgulloso de los años setenta que a ninguno de estos partidos también calificados como de “ultra derecha europea” que poco a poco van tomando posiciones en el viejo continente.

insignia falange
Insignia de la Falange encontrada el pasado año en la excavación Álvaro Minguito

Politólogo e integrante del SAT


publicado
2018-10-19 21:29:00

Promocionando, sí. Pese a las palabras, aparentemente duras, reflejadas en muchos medios digitales, la publicidad, aunque negativa, siempre es publicidad. Todo, pese a que según todas las encuestas VOX sigue sin tener un protagonismo ni siquiera palpable, no pasando del 1% o del 1.2% según qué sondeo. Un ejemplo que ilustra la sobredimensión proyectada hacia este partido de ultras del régimen monárquico: PACMA tiene mayor intención de voto, pero ningún medio lo toma en consideración, ni publica 15 noticias diarias comentando cada detalle sobre la lucha contra la tauromaquia.

El régimen se renueva. El PP, acorralado por la corrupción, imputado incluso como partido, puede no resistir a los próximos juicios populares en forma de elecciones. Esto lo saben quienes inflaron la contabilidad B del Partido Popular, quienes sostuvieron y promocionaron al partido por vías legales e ilegales, dignísimos empresarios todos ellos (y que por cierto, de los que no oímos mucho hablar por estos medios tan “democráticos”), por lo que les urge, visto el gran trabajo realizado con una población española que parece retroceder en esto de tener educación política (en según que zonas), cambiar las manzanas de un cesto podrido al cuadrado, hacia uno que, además de estar casi completamente limpio en estos ámbitos (aún no han tenido tiempo de delinquir demasiado por falta de poder real), apuesta por prácticamente volver a una suerte de “franquismo democrático” adaptado a la realidad de un siglo XXI netamente español “muy españoles y muchos españoles”.

Hablábamos de “extrema derecha”, como fenómeno al que se refieren los medios de comunicación con saña. “Extrema derecha” como moderna palabra que reinventa, una vez más, el vocabulario político a la medida de las necesidades del régimen. Hablar de “ultra derecha” o de “extrema derecha” tiene una doble utilidad: por un lado, disfraza un régimen fascista con la aparente pluralidad dentro de las derechas, por otro, evita el “coco”, hablar del fascismo, coco del que todo pseudoperiodista trata de huir, pues hablar de fascismo supone hacer un ejercicio intelectual que presupone la caracterización del Estado caduco español como tal, es decir, como un estado fascista.

El fascismo no es una opción política. El fascismo no es un partido, ni una institución. El fascismo es el fin mismo del capitalismo, es la desembocadura del capital, es el destino inevitable de unos poderes económicos que están dispuestos a acabar con el planeta Tierra y con sus pueblos con tal de mantenerse en el poder, sin importar que al final de este camino no quede nada que gobernar. El fascismo es rechazar las consecuencias del imperialismo, del globalismo y de la contaminación a gran escala (la inmigración forzosa de masas de población hacia territorios con mayores posibilidades de subsistencia), sin rechazar el origen mismo de estos problemas: el capitalismo, el imperialismo, la guerra de rapiña, la falta de democracia real en ámbitos internacionales. Es el egoísmo a gran escala.

Fascismo es obligar al PCE a renunciar a todo por lo que luchó durante el franquismo para poder presentarse a elecciones, es cooptar y reflotar un PSOE casi moribundo con grandes campañas mediáticas para evitar que el PCE ganase elecciones y orientar al electorado a posiciones más asumibles por el gran capital (hoy podemos ver a Felipe González pasearse con su yate como cualquier hijo de obrero), fascismo es cerrar periódicos, ilegalizar partidos, que un partido al servicio de las mayores corruptelas de Europa elija a dedo a la mayor parte del Tribunal Supremo o del Constitucional o crear organizaciones terroristas con elementos de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado para llevar a cabo ejecuciones “extrajudiciales”. Fascismo es torturar, es asesinar personas en la frontera disparándoles a bocajarro y que nadie asuma ninguna responsabilidad, es armar a una monarquía totalitaria y ultrareligiosa que se limpia el culo con los Derechos Humanos, como la saudí, para provocar uno de los mayores desastres humanitarios de los últimos decenios en Yemen, llegando a bombardear a ciudades de su propio estado por protestar por las masacres, mientras algunos de estos dignísimos empresarios españoles se pasean por Riad camelando a sanguinarios por un contrato para hacer trenes de alta velocidad mientras en Extremadura siguen con una red ferroviaria del siglo XIX. Fascismo es el feminicidio, es minusvalorar todo lo que no sea un hombre blanco, hetero, rico y español (y según de qué zonas); es construir hoteles en lugares de alto valor ecológico y echar a las personas de sus casas, ya sea con precios abusivos, bien con hipotecas trampa. En este juego están todos los que no se atreven a caracterizar al Estado español como lo que es, todos aquellos que, agraciados con una responsabilidad política, callan realidades y se limitan a gestionar miseria, y a justificarla.

Decíamos que España es un estado fascista. Estado fascista que se instauró tras el fallido Golpe de Estado de 1936 y la guerra que acabaría en 1939. Nuevo estado, nueva bandera, nuevo himno, nuevas instituciones, todo ello instaurando un nuevo régimen que rechazaba frontalmente a una república democrática con vocación federal, institucionalizando un nuevo reparto de poder entre los que siempre, absolutamente siempre, gobernaron España, exceptuando aquel corto espacio de tiempo republicano. Monárquicos, eclesiásticos y fascistas de nuevo cuño se repartían un Estado que nunca dejó de ser visto por estos elementos como algo patrimonial. Viene de lejos, dicha patrimonialidad es practicada ya en los cristianísimos reinos de Castilla y Aragón, en los Estados alemanes, en América y allá donde la monarquía (alemana, nunca española, no olviden) fue capaz de clavar su pica.

La llamada “transición democrática” es problemática desde el punto de vista de la segunda acepción. La democracia no es un régimen donde cada cuatro años se vota y ya. La democracia exige de otros mecanismos, exige una revisión profunda de las formas reales de ejercer el poder y un reparto equitativo de las mismas: medios de comunicación, libertad de reunión y manifestación, libertad de opinión, igualdad de derechos, mecanismos de reparto justo de la riqueza, libertad religiosa, igualdad sexual, legalidad acorde con los valores democráticos, unas instituciones que respondan a dicho rango, etc.

Sin embargo, la policía de Franco, con sus jerarquías, sus métodos y sus formas, lo único que tuvo que hacer para convertirse en una policía democrática es ir al sastre y cambiar de color el uniforme. Militares (como el tan de actualidad estos días Guardia Civil golpista Tejero junto a su ilustre hijo cura, qué pareja tan ejemplar de lo que estamos comentando, por cierto), jueces, fiscales, funcionarios de carrera y administradores de todo tipo y rango dentro del Estado español, así como un amplio etcétera pudieron dar luz a un supuesto sistema democrático sin hacer ningún esfuerzo ni revisión de sus formas de trabajar, de su personal, de su organigrama, de sus funciones ni prácticamente del objetivo final de tanta parafernalia: mantener el status quo económico y legal de quienes perpetraron aquella infame agresión a los pueblos y gentes de España.

Ese IBEX 35 que nunca está contento con ninguna medida que tímidamente beneficie a la mayoría social, está copado por empresas creadas y/o beneficiadas durante el franquismo y por supuesto que ayudaron a hacer de España un solar de sangre y fuego. Ese es el IBEX 35 que hoy decide que las manzanas ya no rinden lo mismo en un Partido Podrido y que a lo mejor deberían diversificar sus inversiones políticas en otros cestos “renovados”, bien C´s, bien VOX. Esos empresarios, tan respetadísimos por todos los medios (Público te vende la moto del izquierdismo mientras te señala lo progresista que es el Banco Santander o lo verde que es Iberdrola), siempre salen impunes por los mismos, limitándose estos a criticar tal o cual partido, sin criticar (por supuestísimo) el fondo mismo del problema: el poder económico instaurado a sangre y fuego va a defender sus intereses a sangre y fuego, si fuera necesario, no les quepa ninguna duda.

Estos poderes económicos, fuertemente enlazados con intereses empresariales potentísimos a nivel internacional que, por cierto, no dudaron en ensalzar y promover las carreras políticas y bélicas de personajes tan pintorescos como Adolf Hitler, Mussolini o Franco (y una retahíla importantísima de caudillos militares y golpistas que en la llamada Época de Entreguerras se hicieron con el poder por las buenas o por las malas en casi toda Europa), son los primerísimos interesados en defender lo que ellos caracterizan como inquebrantable unidad de España. ¿Por qué?
España es un estado plurinacional. Es evidente que existen realidades sociales y nacionales que hacen de este un territorio complejo, donde siempre existió una tensión importantísima que produjo toda clase de experiencias a nivel territorial a lo largo de la historia conocida. La clase empresarial dominante, conocedora mejor que nadie de estos hechos (pues dependen de esta realidad para mantener sus privilegios), es consciente que para que este estado, que no dudo en calificar de fascista, sea democrático, dos pasos son fundamentales y están íntimamente relacionados: reconocer dicha diversidad permitiendo que sean las partes las que libremente formen el todo y repartir la riqueza entre todas sus partes y gentes.

Reconocer la diversidad es romper con la idea uniformadora y patrimonialista de España. Es romper con el estado fascista español, democratizándolo, porque es reconocer que los pueblos son sujetos políticos, con derechos políticos, que tienen el derecho natural de reconocerse a sí mismo como tales y actuar para defender sus intereses nacionales como cualquier hijo de vecino hace cuando lucha por sus derechos. Esto requiere, entre otras cuestiones, reconocer el derecho de autodeterminación de cada una de las partes que conforman el Estado español. Por otro lado, democratizar también es reconocer que la economía de un estado no es el patrimonio de unos cuantos que decidieron invertir en un golpe de estado para defender sus egoístas intereses de clase. Democratizar es reconocer que la tierra no es un bien patrimonializable, que los medios de producción son un bien común que debe repercutir en el común y que la economía debe estar al servicio de las personas, de todas las personas, y no al servicio de los inversores.

En definitiva, no surge ninguna extrema derecha, lo que hay son fascistas que, en una nueva vuelta de tuerca con la historia, abandonan el fallido globalismo para volver a la ideología antidemocrática, represora y oscurantista de siempre: patria, cruz y corona. Para ello solo tienen que financiar una nueva marca política, y esperar que los peces piquen el anzuelo, un anzuelo formado por una ingente cantidad de publicidad y medios de comunicación, cuyos propietarios están tan interesados en mantener sus privilegios de clase como el IBEX 35. Frente a estas posiciones oscurantistas, las fuerzas antifascistas deberían proclamarse como las grandes defensoras de la democracia en un sentido real y amplio, deberían alzar su voz en solidaridad con los pueblos del Estado, rechazar una España forjada en el unitarismo violento y apostar por una economía al servicio de la gente.

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Ante la nueva extrema derecha es necesario volver a discutir qué es el fascismo, a través de confrontar abiertamente su fondo más oscuro, que hermana nuevos y viejos fascismos.

1 Comentario
#24864 18:30 22/10/2018

Me daréis palos pero me toca corregir, bajo mi punto de vista coma 2 cosas de un artículo que globalmente me gusta:
- si voX (partido que detesto) es extrema derecha, podemos es extrema izquierda. Y tampoco la extrema izquierda ha sido nunca ejemplo de democracia.
- lo del cristianismo culpable de todo deberíais yo me conformaría con que lo tratéis igual que al islam.

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