Fascismo
Ahoztar Zelaieta: “La ultraderecha campa a sus anchas en la Ertzaintza”
“La Ertzaintza se ha convertido en un reality”, dijo Ahoztar Zelaieta casi al empezar la presentación en Arroka Herri Tailerra. En la academia de Arkaute, quienes aprueban la oposición pasan por un sociograma, una prueba en la que los aspirantes se puntúan entre ellos respondiendo a preguntas como “¿Con quién saldrías a patrullar?” o “¿Con quién no afrontarías una situación de riesgo?”. Nueve puntos positivos, nueve negativos y un máximo de tres por cabeza. El libro lo compara con Gran Hermano, porque abre la puerta a alianzas y juego sucio entre compañeros, y recuerda que ELA denunció en 2019 que el método eliminaba al triple de mujeres que de hombres.
En la charla, el autor habló de “juegos de todo tipo”, de relaciones que se empujan para luego romperlas y de proceso de selección en la academia de Arakuti en manos de muy pocas personas que “imponen su ley”.
El acto servía para presentar Quo vadis, Ertzaintza? Anatomía de una deriva ultra (Txalaparta, 2026). Zelaieta ha firmado buena parte de lo que Hordago ha publicado sobre la policía autonómica, desde los 22 millones adjudicados a empresas israelíes y a sus distribuidoras hasta las conexiones de Euspel con Vox y Desokupa. El título lo toma de Txapela, el boletín interno de la sección de ELA en la Ertzaintza, que en 2013, cuando el primer Gobierno de Iñigo Urkullu quiso reorganizar el cuerpo, denunció “la brutal centralización funcional y la acumulación de poder” con una parábola sobre la Guardia Pretoriana. Trece años después la pregunta sigue abierta, ahora con un convenio que, según fuentes sindicales, hace de la Ertzaintza “la policía mejor pagada” y “con más derechos” del Estado.
Anomia abajo, anemia arriba
Zelaieta parte de un relevo generacional que nadie en la dirección de la Ertzaintza ha gestionado. Las primeras promociones, que mandaron durante cuatro décadas, se han marchado por la puerta grande. Solo en 2024 se jubilaron 444 agentes, y en 2025 se fue el último ertzaina de la primera promoción que seguía en activo. De las hornadas siguientes de veteranos, dice el autor, unos “se están poniendo de perfil”, otros buscan “la poltrona” y otros se han ido a la seguridad privada. El libro sigue el rastro de varios de esos mandos “pata negra” del PNV hasta la Oficina Central de Inteligencia, el llamado “CNI vasco”, o hasta consultoras de ciberseguridad.
Para nombrar el vacío que queda, Zelaieta tiró de sociología. Habló de anomia, “una falta de norma brutal”, y añadió enseguida: “Si la institución sufre de anomia, el consejo directivo de la Ertzaintza sufre de anemia, no tiene fuerza para nada”. Ese consejo lo forman diez mandos que deberían pensar un modelo policial “más próximo a la ciudadanía”, abrir debates o hacer autocrítica. No lo hacen, según el autor, porque “hay otros lobbies internos, asociativos, plataformas y sindicatos corporativos que les han comido totalmente la tostada”.
A esa falta de norma se suma la impunidad heredada. Por la muerte de Iñigo Cabacas, alcanzado por un pelotazo en Bilbao en 2012, solo se condenó a un agente, Juan José De Pablo. El Tribunal Supremo ratificó la pena en 2021, cuando ya estaba jubilado, y el expediente disciplinario quedó suspendido para siempre. “Nunca hubo un cese, nunca hubo una dimisión, nunca hubo una repercusión jurídica, política o social contra la cúpula policial”, resumió Zelaieta. Los que entran ahora toman nota. “Los jóvenes ertzainas de entre 20 a 30 años entienden que ese es el modelo a seguir”, dijo, y el libro le pone nombre a ese mecanismo, aprendizaje vicario.
“Nunca hubo un cese, nunca hubo una dimisión, nunca hubo una repercusión jurídica, política o social contra la cúpula policial”
Las cifras del libro apuntan en la misma dirección. En 2017, el informe del Instituto Vasco de Criminología de la UPV/EHU recogió 336 casos de tortura atribuidos a la Ertzaintza, ninguno con condena. Entre 2020 y 2025 la Consejería sancionó a once agentes por agresiones, y ninguna de esas faltas se calificó como muy grave. En los carnavales de Tolosa de 2025, Xuhar Pazos perdió la visión de un ojo por el impacto de un proyectil foam. Tenía 16 años. Y eso es solo lo que llega a denunciarse, insistió el autor: “Todo criminólogo sabe, y la Ertzaintza lo sabe perfectamente, que los delitos conocidos no son más que la punta del iceberg”. Lo dijo de la violencia y lo dijo también de los “narco-ertzainas”, con cinco agentes detenidos entre 2020 y 2025 por asuntos relacionados con el tráfico de drogas.
Un cuerpo partido en lobbies
Sobre ese terreno, Zelaieta describe una Ertzaintza desmembrada en grupos de presión. “Ya no hay un partido que imponga una ideología o un tipo de actividad policial concreta”, explicó. El más ruidoso es Ertzainas en Lucha, nacido en 2023 después de doce años sin convenio. En mayo de ese año llevó a la calle en Bilbao a 2.000 agentes, según el Ayuntamiento, de una plantilla de 7.771. Se mueve alrededor de la Brigada Móvil y desde el principio se le acusó de copiar el modelo de JUSAPOL, la plataforma a la que llaman el “Vox policial”, con portavoces afiliados a Euspel, como contó Hordago cuando varios agentes plantearon crear la asociación.
Enfrente se colocó Ipar Haizea Taldea, cinco jubilados de la primera promoción que pedían “restaurar el principio de jerarquía”. Entre ellos está Jorge Aldekoa, que dimitió como jefe de la Ertzaintza en 2018 salpicado por el operativo en el que murió Cabacas y que antes había sido recolocado como asesor del Plan de Modernización de la Brigada Móvil. La iniciativa no prosperó. “Es totalmente minoritario, no tiene fuerza”, zanjó el autor.
Alrededor hay más siglas. La Asociación de Ertzainas Mila Esker se constituyó en 2021 con sede en Arkaute. La revista Erria la sitúa “cercana a la ideología ultra”, y sus fundadores acudieron de uniforme en 2023 a una gala en Madrid para recibir una condecoración de una entidad cuyo secretario es Luis Alfonso de Borbón, bisnieto del dictador. Euskotar Ertzain Abertzaleen Elkartea, creada en 2018, agrupa al sector jeltzale y lleva años avisando de que la tendencia ultra en el cuerpo “no es coyuntural, es estructural”.
La asociación de la Escala Ejecutiva reúne a unos 80 intendentes, comisarios y subcomisarios, y en mayo de 2023 se sentó con Ertzainas en Lucha en el frontón de Miribilla y selló con ellos un acuerdo para “trabajar” juntos. “Ertzainas en Lucha no se puede simplificar diciendo que son ultras y que son números”, advirtió Zelaieta. “Hay frikis, hay gente resentida con los sindicatos, hay huérfanos del PNV y hay también muchos mandos”.
“Aunque la ultraderecha en Euskal Herria parlamentariamente es residual, la representación es muy grande en la Ertzaintza”
Completa el mapa la sección vasca de la International Police Association, fundada en 1998, cuyo primer presidente fue José Antonio Varela, cabeza del “clan de los extremeños” que copó la cúpula con Patxi López. Varias de estas entidades tienen su sede en comisarías o en la misma academia de Arkaute, “con el aval total de los responsables políticos”, según Zelaieta.
A buena parte de ellas las une la atracción por el universo policial de la ultraderecha, y no se esconden. Desokupa presenta como jefe de instructores a Octavio de Paula, un ertzaina destinado en Irun que dirige también una plataforma de formación que dice colaborar con Euspel, SIPE y JUPOL. Gorka Lucena, uno de los portavoces de Ertzainas en Lucha, se manifestó junto a Macarena Olona, que después felicitó a Euspel por su victoria y celebró “el calor negro de la Brigada Móvil” tras las cargas contra los antifascistas que protestaban por un acto de Falange en Gasteiz el 12 de octubre de 2025.
“Aunque la ultraderecha en Euskal Herria parlamentariamente es residual, la representación es muy grande en la Ertzaintza”, resumió Zelaieta. Y a mediados de 2025, el consejero de Seguridad, Bingen Zupiria, admitió que en cinco años no se había abierto un solo procedimiento disciplinario por exhibir símbolos de extrema derecha durante el servicio.
De quinta fuerza a primera
Las elecciones sindicales dibujan la misma curva. ELA ganó las primeras, en 1993, con el 50% de los votos. En 1998 ya mandaba ErNE, con casi el 50%, y a partir de 2001 entraron SIPE y Euspel, sindicatos corporativos que crecieron sobre una idea que Zelaieta resumió así: “Los ertzainas no se afilian solo por ideología, se afilian por lo corporativo”. Euspel tenía 400 afiliados a finales de 2014. En 2015 absorbió al sector crítico de ErNE, en 2017 pasó de quinta a cuarta fuerza y en 2022 a tercera. En marzo de 2026 fue el más votado, con 1.732 votos y 20 representantes, después de ser el único que no firmó el convenio 2025-2028 que ErNE, ESAN y SIPE pactaron con la Consejería. ErNE perdió el 42% de sus apoyos y ELA se quedó con un solo representante, “muy sola en el esfuerzo de construir otro modelo policial”. Según el libro, casi uno de cada cuatro agentes de la plantilla votó a la fuerza más alineada con Ertzainas en Lucha.
“La dinámica de Ertzainas en Lucha se veía venir en el año 2017”, sostuvo el autor. Los lazos con el sindicalismo policial español también vienen de antes. En 2021, Euspel, SIPE y ErNE se sumaron en Madrid a la manifestación de la plataforma “No a la España insegura”, junto a unos 40 colectivos de policías y guardias civiles. Para Zelaieta, ahí los vínculos dejaron de ser “colaterales” y pasaron a ser “estructurales”.
“Mucho ordenador, mucho aparato de escucha”
La respuesta oficial a todo esto fue la tecnología. Zelaieta lo parodió así: “No tenemos presencia en la calle, no tenemos fuentes, estamos siempre escondidos esperando a una hiperreacción. Bueno, al menos tengamos controlada digitalmente a toda la ciudadanía”. Desde 2013 la Ertzaintza ha ido llenando su arsenal de herramientas de hipervigilancia, muchas de fabricación israelí, como el sistema de intervención de comunicaciones de Verint, cuyo expediente está declarado secreto. La agencia Cyberzaintza, a la que el Gobierno Vasco quiere inyectar 50 millones, encargó su estrategia a PwC, cuyo socio responsable en la zona norte es Asier Atutxa, hijo del exconsejero de Interior Juan Mari Atutxa.
El remedio, según el autor, trajo “más enfermedad, más podredumbre”. Puso como ejemplo la carga contra los miembros de la Flotilla Global Sumud que volvían a Loiu después de pasar por la custodia israelí. Hubo cuatro detenidos y unas imágenes que dieron la vuelta al mundo. “Vergüenza de Policía vasca”, escribió la relatora de la ONU Francesca Albanese. Los activistas denunciaron haber sufrido “las mismas tácticas brutales normalizadas por las doctrinas de seguridad israelíes” y presentaron una querella contra la Ertzaintza y el consejero Zupiria. “Mucho ordenador, mucho aparato de escucha, mucho seguimiento tecnológico”, dijo Zelaieta, “pero cuando llegan unas personas, todos los planes se van a la mierda”. Y entonces, añadió, aparece lo de siempre: “Falta de prevención, cero diálogo, impunidad”.
“Los nuestros”
Ya en el turno de preguntas, un asistente tomó la palabra en euskera. Dijo sentirse “como un marciano” en ese mundo y preguntó si lo que acababa de oír era algo propio de Euskal Herria o una tendencia global, a la vista de Vox y JUSAPOL o de lo que pasa en Estados Unidos. Pidió también que todos los ertzainas escucharan aquella charla. “Pues de hecho ya la han oído”, le contestó el autor, porque a una presentación de su anterior libro, La Ertzaintza que viene, habían ido dos agentes de Información.
“El PNV pensaba que por ponerles la txapela iban a ser diferentes, pero un cuerpo armado, impune y opaco, al final desarrolla las mismas derivas ultraderechistas”
Para responder, Zelaieta habló de su abuelo, gudari y del PNV, que veía a los ertzainas como “los nuestros que iban a desplazar, no reemplazar, a policías nacionales y guardias civiles”. Esa idea sirvió durante décadas para presentar a la Ertzaintza como una policía “del pueblo”, mientras su bunkerización levantaba su propio ecosistema de impunidad.
A su juicio, ocurre lo mismo que en la mayoría de los cuerpos de seguridad occidentales cuando se aíslan de la sociedad a la que dicen proteger y empiezan a verla como una amenaza. Citó a los sindicatos policiales franceses, alineados en su mayoría con Le Pen. “El PNV pensaba que por ponerles la txapela iban a ser diferentes, pero un cuerpo armado, rodeado por mala praxis y opacidad, al final desarrolla las mismas derivas ultraderechistas en cualquier parte del mundo si no hay un control democrático real”.
El libro se cierra con el retrato que la Ertzaintza hace de sí misma, el de una policía “comprometida con la sociedad a la que sirve”, “abierta y cercana a todas las personas”, que actúa “con transparencia”. “Podríamos darle la razón”, escribe Zelaieta, “pero entonces todos estaríamos equivocados”.
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