Opinión
La cruz que no significa nada (y lo significa todo)

Una reflexión sobre la persistencia de la simbología fascista en el espacio público y la complicidad de la mediocridad política que la mantiene en pie.
Cruz Caídos Cáceres foto
La Cruz de los Caídos de Cáceres. Fotografía: https://www.cronistasoficiales.com/
26 may 2026 07:01

Lo primero es el olor.

Madera ardiendo, sí, pero debajo de eso, algo más dulce y más horrible: el dulzor concreto de la carne quemada, un olor que, una vez lo conoces, ya no puedes olvidar jamás. Un olor que se instala para siempre en el fondo de la garganta. La cruz es enorme, quizá de seis metros de alto, y ahora está completamente envuelta en llamas, crepitando y escupiendo brasas en la sofocante noche de Misisipi. Y bajo su luz anaranjada se distingue el árbol. El roble. Y balanceándose debajo, el cuerpo. Un hombre. Lo que fue un hombre. Ahora una brasa negra.

Se llamaba John. O James. O Tom.

Ya casi da igual, porque los hombres que están allí, iluminados por el fuego, se aseguraron de que dejara de importar. Se aseguraron de que el nombre de aquel hombre, su identidad, su vida entera, fueran tragados por la historia igual que el fuego está devorando la cruz. Permanecen mirando con la satisfacción plácida de quienes creen, creen de verdad, que lo que hacen es justo. Que la cruz ardiendo detrás del cuerpo colgado de un hombre negro es un símbolo de su fe. De su herencia. De su rectitud. De su cultura.

Y junto a ellos, inevitablemente, están las figuras secundarias: el ayudante del sheriff que espera un ascenso, el banquero local que protege su posición, el administrativo que toma nota de los nombres correctamente y por triplicado, esas almas mediocres que huelen oportunidades en el humo.

Ahora imagina que, generaciones después, alguien mira una fotografía de aquella escena y dice: la cruz no significa odio. Significa sacrificio. Significa comunidad. Lleva tanto tiempo formando parte del paisaje que ha perdido su significado original. A estas alturas es, sencillamente, parte del decorado.

Ahora imagina que, generaciones después, alguien mira una fotografía de aquella escena y dice: la cruz no significa odio. Significa sacrificio. Significa comunidad

A esa persona la llamarías monstruo. O mentiroso. O ambas cosas.

En Cáceres, España, también hay una cruz.

Fue inaugurada el 11 de mayo de 1938 —detengámonos un momento en esa fecha y hagámosla girar lentamente bajo la luz—, dos años después de un golpe militar ya hundido hasta el cuello en sus propias atrocidades, vitoreado por Hitler y Mussolini, dirigido por generales que hablaban abiertamente de exterminio, de limpieza, de una cruzada sagrada para purgar España de la enfermedad de la democracia y la libertad. La cruz fue inaugurada por Pilar Primo de Rivera —hija de un dictador, hermana de otro, jefa de la Sección Femenina de Falange, una mujer que era menos una persona que una dinastía del fascismo hecha carne— mientras, en ese mismo instante, cerca de 200.000 presos republicanos se pudrían en los campos de concentración franquistas sobre suelo español, mientras a maestros de escuela los fusilaban en olivares, mientras los cuerpos de poetas y sindicalistas eran arrojados a fosas sin nombre que el Estado pasaría los siguientes ochenta años asegurándose de que nadie pudiera abrir.

La llamaron la Cruz de los Caídos.

Querían decir sus caídos. Los que cayeron hacia delante, bayoneta en frente, sobre el cuerpo de una república democrática. No eran precisamente sutiles con esto. La sutileza pertenece a un mundo de matices y claroscuros. La sutileza pertenece a un mundo sin absolutos, pertenece al bando perdedor.

Querían decir sus caídos. Los que cayeron hacia delante, bayoneta en frente, sobre el cuerpo de una república democrática

Y la Iglesia católica, autoproclamada guardiana de las palabras apócrifas de un carpintero de Nazaret, bendijo con entusiasmo toda aquella magnífica carnicería. Sacerdotes, hombres de fe, alzaban el brazo en saludo fascista junto a generales que llamaban sacramento al asesinato de civiles. Los obispos lo llamaban cruzada. Cristo, al parecer, estaba perfectamente conforme con todo aquello. Porque la cruz, claro, también es un símbolo religioso, y eso es precisamente lo que vuelve este truco tan elegante, tan repugnante y tan impecablemente basado en la fe: cuando la política se vuelve incómoda, te refugias en lo sagrado y, de pronto, cualquiera que proteste ya no se opone al fascismo, sino que blasfema.

Y aquí es donde la obscenidad alcanza algo parecido a la perfección.

En 2004, cuando los saludos brazo en alto y las charlas sobre la pureza racial parecían reliquias de películas de la Segunda Guerra Mundial, el Ayuntamiento de Cáceres vota por unanimidad retirar la cruz. Por unanimidad. Todos los partidos, todas las manos levantadas, incluido el PP —el Partido Popular, el mismo partido que hoy presenta recursos judiciales de once páginas para mantenerla en pie eternamente—. Rafael Mateos, hoy alcalde del PP y valeroso defensor del monumento, era aquel día el propio portavoz de su partido. Votó a favor de retirarla. Después se fue a casa. Después no hizo nada.

Incluso en 2020, presionado de nuevo por el Gobierno central, Mateos declaró: los acuerdos deben respetarse, la ley debe cumplirse. Todos los partidos asintieron con gravedad. Nadie se movió. La cruz siguió allí, como siempre siguen estas cosas, clavada en la rotonda como una muela podrida que nadie quiere arrancar. Porque los monumentos no se preservan solos. Siempre hay alguien que descubre que protegerlos tiene ventajas. Toda herencia autoritaria crea su propia segunda escalera: una vía más silenciosa hacia arriba para quienes son demasiado cautos, demasiado mediocres o demasiado ambiciosos como para subir honestamente por la primera.

Entonces volvió el olor acre de los incendios de la extrema derecha.

No con botas militares —aprendieron de la historia, o al menos de sus fracasos de relaciones públicas—, sino con trajes a medida, pactos de coalición y cláusulas enterradas en la letra pequeña de los acuerdos de gobierno. Las dictaduras no se sostienen principalmente gracias a monstruos. Los monstruos son demasiado raros. Se sostienen gracias a estructuras de recompensa. Gracias a un suministro interminable de hombres corrientes dispuestos a traducir la crueldad en procedimiento si el procedimiento les ofrece ascenso.

Los politólogos que estudian el deterioro democrático tienen un nombre para la gente que hace funcionar esta maquinaria: los perdedores leales, loyal losers. No fanáticos ideológicos. No creyentes incendiarios. Solo operadores de nivel medio que comprenden, con el pragmatismo lúcido del mediocre, que el trabajo sucio es donde están las oportunidades profesionales.

Los politólogos que estudian el deterioro democrático tienen un nombre para la gente que hace funcionar esta maquinaria: los perdedores leales, loyal losers. No fanáticos ideológicos. No creyentes incendiarios

La protección de la Cruz de los Caídos quedó blindada dentro del acuerdo que entregó la presidencia de Extremadura a María Guardiola. Una línea en un contrato. Una transacción. Vosotros os quedáis la cruz, nosotros el gobierno. Y el alcalde Mateos —el hombre que dos veces votó y dos veces dijo que la cruz debía desaparecer, un hombre cuyas posiciones anteriores hoy parecen las cenizas de una cordura temporal— presenta sus once páginas de cinismo con notas al pie y conserva el cargo. En algún punto entre el apartado 4.7 del Real Decreto y el registro de protección urbanística, el asesinato político masivo se convierte en un problema de zonificación.

Y ahora, con toda la cara, con abogados, con notas al pie, argumenta que la cruz ha sido resignificada. Que una nueva placa instalada en 1984, sustituyendo la inscripción falangista original por las palabras «La ciudad de Cáceres, en memoria de sus hijos muertos por la Patria», de algún modo ha lavado más de ochenta años de significado grabado en la piedra. Que la cruz ya no significa aquello para lo que fue construida. Que ahora significa algo para todos.

Para todos.

La audacia abre el cielo en canal. Un monumento levantado en triunfo sobre los cadáveres de los derrotados, inaugurado en una ceremonia dirigida por un icono falangista, reconvertido ahora en memorial compartido, en reliquia cívica, en pieza inocente de patrimonio a la que solo podrían oponerse unos izquierdistas histéricos. Admiten el origen —tienen que hacerlo, aparece en sus propios documentos legales— y, en la siguiente respiración, argumentan que ya no importa. Que el tiempo lo cura todo. Que una nueva placa lo arregla. Que el olor de la carne quemada acaba desapareciendo y que, al final, lo único que queda es madera, humo, una cruz en mitad de un campo que ya no significa absolutamente nada.

Y aquí el artículo tiene que detenerse y morderse su propia mano. Porque existe otro argumento. Uno más duro. Más feo.

Sales del Centro Genocida de Choeung Ek, en Camboya, o de los campos interminables de Birkenau, en Polonia, y el primer impulso es prenderles fuego, echar sal sobre la tierra, asegurarte de que no quede un solo ladrillo encima de otro. Que esos horrores desaparezcan. Y luego, paulatinamente, el impulso se invierte. Comprendes que los campos y los lugares de exterminio deben permanecer. Que la incomodidad es precisamente la cuestión.

Elimina las pruebas y entregas a los revisionistas exactamente lo que necesitan: un pasado higienizado, un país capaz de mirarse al espejo sin estremecerse, nietos de verdugos libres para construir la mitología de que tampoco fue para tanto, de que el abuelo que llevaba caramelos en el bolsillo no pudo haber hecho esas cosas, de que había orden, de que la gente tenía trabajo, de que los trenes llegaban a su hora, de que los pantanos… ya sabes cómo termina esa frase.

Que el olor de la carne quemada acaba desapareciendo y que, al final, lo único que queda es madera, humo, una cruz en mitad de un campo que ya no significa absolutamente nada

España nunca tuvo su Núremberg. Franco murió en la cama abrazado a su fetiche momificada: la mano amputada de Santa Teresa de Jesús. Sus jueces siguieron sentados en los tribunales. Sus apellidos siguen vivos en el Tribunal Supremo. Sus fosas comunes continúan, en su mayoría, sin exhumar; los huesos siguen dentro de la arcilla. Y una parte creciente del electorado español apoya hoy de manera abierta a un partido que ni siquiera se molesta en ocultar su desprecio por la democracia liberal, por la prensa libre, por las minorías, por la propia legitimidad de la democracia moderna nacida cuando el dictador por fin murió. La amnesia no es accidental. Fue cultivada. Y las investigaciones sobre cómo funciona realmente el deterioro democrático a pie de calle nos dicen quién la cultiva. Rara vez son los fanáticos de arriba. Son los frustrados y los mediocres de en medio, aquellos para quienes la segunda escalera de la lealtad siempre compensa más que la primera escalera del mérito, quienes convierten el sistema en duradero.

Franco construyó uno. Orbán construyó otro. Toda democracia que retrocede acaba construyendo el suyo. El truco no está en encontrar fanáticos. El truco está en crear una carrera profesional para los insuficientes, los de bajo rendimiento, los frustrados y los mediocres.

Fue el precio de la Transición, ese celebrado pacto de mirar hacia delante y nunca hacia atrás, de cambiar justicia por estabilidad y dejar a los muertos en las cunetas para que los vivos pudieran, por fin, ver películas que la censura no hubiera mutilado. Así que quizá retirar la cruz sea exactamente lo que quieren. Un entierro ruidoso. Un paisaje blanqueado. Una ciudad capaz de presentarse ante el mundo sin el incómodo recordatorio de piedra de aquello que aplaudió, de aquello que construyó, de aquello que nunca terminó de desmontar. Y además poder reclamar el papel de víctima por el camino.

Pero, aun así, existe una diferencia fundamental entre Auschwitz y un monumento de victoria.

Los campos fueron construidos para exterminar. Hoy permanecen como acusación, como herida, como los ojos abiertos de los muertos negándose a cerrarse. La Cruz de los Caídos fue construida para celebrar. Hoy permanece como una fanfarronada, un pecho hinchado, una afirmación renovada cada mañana por el simple hecho de seguir plantada en mitad de la ciudad: que el bando vencedor ganó, sigue ganando y seguirá ganando, gracias, aquí mismo, en la rotonda de entrada.

El humo ahora resulta asfixiante.

Eso es lo que están luchando por preservar.

No el patrimonio. No la memoria. No la fe. No el complejo, terrible y necesario acto de enfrentarse al pasado.

Solo la victoria.

Imagínalo con claridad, porque la claridad es lo único que no pueden sobrevivir.

Una cruz, ardiendo con una llama eterna, en mitad de una rotonda de una capital provincial conservadora, adormecida y abrasada por el sol. Coches rodeándola camino del trabajo, camino del colegio, quizá incluso camino de misa de domingo. Viejos sentados en las terrazas que ni siquiera levantan la vista. Jóvenes mirando el móvil, a quienes les han dicho que no significa nada, que simplemente está ahí, que siempre ha estado ahí, que cuestionarla es extremismo mientras conservarla es moderación.

La llama nunca se apaga. Se aseguran de ello, con abogados, con recursos judiciales, con pactos de coalición, con once páginas de cinismo anotado al pie, con la insistencia paciente, ensayada y absolutamente desvergonzada de que una cruz en llamas es un símbolo de paz.

El humo sigue oliendo igual.

Siempre ocurre así.

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