Explotación laboral
Tu algoritmo se ha comido mis derechos

Las formas de explotación han crecido en la última década al ritmo de la economía basada en herramientas digitales. Varios sectores se han transformado en este tiempo, a la vez que se desconectaba a las personas trabajadoras de las formas clásicas de conflicto.

Glovo trabajador
Un trabajador de Glovo espera para recoger un pedido. Álvaro Minguito

publicado
2019-01-01 06:50

España es el país con el mayor porcentaje de trabajadores pobres de la UE. Lo dicen los informes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), partiendo de datos de 2015. El 14% de los hogares en los que hay al menos una persona trabajadora viven bajo el umbral de la pobreza. En la Comunidad de Madrid, un 13,2% de la población asalariada está en riesgo de pobreza y exclusión social, y 400.000 hogares viven con menos de mil euros al mes, según un estudio de Comisiones Obreras. Desde 2009, la renta media ha caído desde los 36.401 euros hasta 32.451.

La fina lluvia de la recuperación económica ha llegado a través de empleos de baja calidad: la externalización, las subcontratas, los falsos autónomos, los contratos temporales, los turnos partidos, las jornadas polivalentes o directamente contratos en fraude de ley han reducido las brutales cifras de paro con las que se comenzó la década. A estos modelos se ha unido la expansión de un tipo de economía llamada “colaborativa”. En la práctica, un tipo de empleo que pide, de partida, que los trabajadores tengan que pagar para empezar a trabajar, aportando sus propias herramientas laborales y asumiendo los riesgos inherentes al modelo.

El 14 de diciembre el sindicato CGT convocaba una concentración en la Puerta del Sol, en Madrid, contra las nuevas fórmulas de explotación laboral. Su principal objetivo era que trabajadores de Amazon, Deliveroo, Inditex o Uber y Cabify se conociesen y se pusieran en contacto para organizarse, “para luchar contra la explotación laboral que estamos sufriendo, cuestión nada sencilla si tu puesto de trabajo es un coche, una bici o cualquier sitio conectado a internet”, decía Julio Fuentes, secretario de Organización de la Federación de transportes y comunicaciones del sindicato CGT.

el viejo nuevo modelo

Algoritmos, aplicaciones y plataformas en internet están sustituyendo a los despachos de recursos humanos y a los modelos de consumo tradicionales, pero se mantienen dos constantes: el interés de las multinacionales en maximizar sus beneficios y que, al final de la cadena, los seres humanos siguen siendo necesarios. El telemárketing es el más veterano dentro del campo de las tecnologías de la información creadas a partir de los años 90. Hoy, las teleoperadoras que atienden los pedidos y servicios de estos modelos empresariales cobran de media menos de 800 euros al mes. A pesar de que pueden atender en un día cientos de llamadas, en turnos partidos de cuatro a ocho horas.

“Teleoperadoras, porque es un sector feminizado, y por eso de los más precarios”. Lo explica para El Salto Madrid, Rocio Camacho, representante de Telemarketing de CGT. “Más del 80% somos mujeres, sufrimos mucho estrés cogiendo llamadas constantemente, sin parar, sin tiempo para respirar”.

Concentración en Puerta del Sol contra explotación laboral
Cientos de personas secundaron la convocatoria del 14 de diciembre de CGT. David F. Sabadell

Trabajan para multinacionales como el Santander, ING, Orange, Vodafone, pero también para órganos de la administración como la Agencia Tributaria o el teléfono de Atención al Ciudadano 010. “Hacemos lo mismo que los trabajadores de los bancos digitales, pero por menos de la mitad. En un banco puedes cobrar más de 2.000 euros y nosotras unos 800 por el mismo trabajo, con el mismo programa informático que los del banco. Sacamos adelante el trabajo de las multinacionales y nos parten la vida con turnos partidos y sueldos de miseria”, dice Camacho. Más de 80.000 personas trabajan en telemárketing en España, casi la mitad en Madrid. Solo la empresa Konecta, del grupo Santander, la más grande de España, tiene a 25.000 trabajadoras.

Es difícil calcular el número de riders que trabajan para las empresas no convencionales de mensajería, pero las fuentes consultadas coinciden en que no bajan de cuatro millares. En Madrid, mensajeros de Deliveroo o Glovo han llevado comida a domicilio o paquetes con contenidos comprados en internet a decenas de miles de hogares en las fechas navideñas. Cobran por pedalear hasta sus destinos una media de cuatro euros por entrega.

“Deberíamos ser asalariados. Hemos presentado varias denuncias por despido improcedente, la empresa lo llama ‘desconexión’”, explica Martini Correggiari, de Riders en Lucha. Pero las formas de pelea en los tiempos del algoritmo tienen modos de castigo empresarial nuevos: “Nos desconectan de la plataforma, y ya está”. El primer juicio en España tras una denuncia colectiva contra Deliveroo comenzó el 17 de diciembre, con más de 500 personas citadas. Correggiari insiste en que van a seguir denunciando que son falsos autónomos.

Amazon

El gigante Amazon es quizá el mejor reflejo de la innovación en la explotación laboral y es, sin duda, pionero de este modelo, que puso en marcha a través de la mecanización de su sistema logístico en 2005. “Amazon es una multinacional que se ha hecho con el negocio de internet y cada día gana más dinero, pero en sus nuevos almacenes trabajan falsos autónomos. Les pagan 14 euros por repartir con su coche privado algunos paquetes, solo un par de días por semana, con su pareja al lado porque les hacen responsables de la mercancía”, denuncia Moisés Fernández, del comité de empresa del almacén de Amazon de San Fernando de Henares.

Es un nuevo modelo que cambia la relación laboral con los trabajadores, controlan los ritmos de trabajo exhaustivamente; no negocia con sus trabajadores, impone. No se sienta a negociar, deja pasar el tiempo”. Así define la situación Fernández. El pasado 23 de noviembre, la huelga de sus trabajadores provocó un “viernes negro” en el centro de Amazon de San Fernando, coincidiendo con el día de las compras conocido como Black Friday.

La empresa simboliza un nuevo tiempo en la protesta en los centros logísticos, pero también una vieja constante: la dimensión de su modelo de negocio permite que la multinacional haya amenazado en varias ocasiones con que sus centros europeos pueden cubrir la demanda en caso de que Madrid aumente la conflictividad.

Los modelos más implantados han seguido la tendencia. En Inditex, el gigante textil del gallego Amancio Ortega, “también se introducen las nuevas tecnologías en detrimento de los trabajadores”, explica Aníbal Maestro, de CGT Zara Madrid. “Es un sector muy precario, y el avance de los nuevos sistemas de digitalización hace que los trabajadores estorbemos y apuesten por las máquinas, que ni protestan, ni se ponen enfermas”. En Navidad, la multinacional gallega ha introducido cajas automáticas de autopago en su tienda de Bravo Murillo: “La fórmula es clara, más beneficios para la empresa, menos esperas para el cliente, pero el dependiente sobra. Así hacen sus cuentas, sus matemáticas”, apunta Maestro, que se pregunta: “¿Sobramos los 2.500 empleados de los 52 establecimientos de Madrid?”.

En Primark también faltan dependientes y también consideran a sus trabajadores “colaboradores”. Del 10 al 16 de diciembre, en la cuarta planta de Gran Vía 32, las trabajadoras de atención al cliente recibieron algunas reclamaciones de consumidores pidiendo a la multinacional “que se contrate más personal durante el periodo navideño por la excesiva carga de trabajo a la que se enfrentan los empleados”.

Algunos trabajadores confirmaron a El Salto Madrid que había recibido esas quejas. La multinacional respondió a la petición de información de El Salto con un correo electrónico, sin responder específicamente sobre la tienda de Gran Vía, y con estas palabras: “Primark promueve la igualdad de oportunidades y ofrece diferentes tipos de contratos para que nuestros colaboradores puedan conciliar su vida profesional y personal”.

Algo parecido ocurre por Navidad en Carrefour. “Por estas fechas en algunos comercios regalan a sus empleados descuentos en sus productos. Van en un sobre dirigido a sus colaboradores”. Lo cuenta Natacha Sánchez, de CGT y trabajadora de Carrefour Leganés. “A los que están contratados por 20 horas, a lo mejor les hacen trabajar 30 horas. Te mandan por WhatsApp los turnos de la semana, pero el mando intermedio te lo cambian de un día para otro, cuando tendrían que ser calendarios de trabajo trimestrales”, denuncia.

Han desarrollando fórmulas de negocio 2.0 basadas en técnicas para esquivar la normativa laboral y minimizar sus obligaciones con la Seguridad Social. El modelo sigue persiguiendo el de los trabajadores “interruptor”, cuya vinculación con la empresa depende solo de la conveniencia de esta última. Entre enero y noviembre de 2018, el 81,9% de los contratos firmados en la Comunidad de Madrid fueron de carácter temporal. La llamada “economía colaborativa” o, de forma más precisa, gig economy (economía de “bolos”) ha creado un tipo de empleo en el que no se cobra —mientras se está pendiente de una aplicación— y que pretende romper el poder de negociación de los sindicatos.

“Todos estamos siendo amenazados por estas nuevas formas de explotación laboral. Cada vez más empresas se están inspirando en ellas”, explicaban desde CGT durante la concentración del 14 de diciembre. 30 años antes, la mayor huelga general desde la restauración de la democracia conseguía que el PSOE de Felipe González aparcase un Plan de Empleo Juvenil que iba a abrir las puertas de la temporalidad, la inseguridad laboral y el trabajo precario. Las nuevas fórmulas de explotación laboral suenan con la misma música que se consiguió interrumpir aquel día del invierno de 1988.

Amazon
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7 Comentarios
Club d alterne metafísico 9:06 25/5/2019

La calidad d vida stá en volver a los orígenes: vivir en el campo con el modelo autosubsistencia, plantando lechugas, tomates y criando pollos. Esas formas d explotación laboral nos llevan al suicidio social y personal

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#28999 9:03 11/1/2019

Buenas, yo escribo esos algoritmos en mi trabajo. Lo primero decir que me gusta y es mi pasión desde que soy pequeño. Lo segundo decir que no son mis algoritmos los que te quitan el trabajo, es tu falta de preparación en áreas competentes del mercado.

Hay miles de cursos gratuitos a cerca de cómo hacerlo y muchas vacantes en el sector muy bien pagadas. Te animo a cambiar

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Elunga 14:47 3/1/2019

Cada artículo que leo de este diario me da la alegría de haber encontrado un medio de comunicación justo, crítico y afín a los que siempre hemos estado abajo del todo... gracias Salto!!!

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#28692 2:52 3/1/2019

Hay otras multinacionales en las que desde hace más de 20 aňos, se trabaja así, como las quejas de ahora, con turnos que se dan la semana antes, que se vuelven a cambiar el día anterior, sin tener ni un fin de semana libre en todo el año, con turnos algunos días solo de 2 horas o de hora y media, trabajando a veces solo 12 horas a la semana y hasta menos. Y la crisis no ha durado 20 aňos......y ni inspección de trabajo, ni gobierno, ni sindicatos han hecho nada por evitar esa precariedad

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#28665 15:49 2/1/2019

Muy buen artículo, solo una cosa idiomática: ¿Riders? ¡RECADEROS! de toda la vida del Universo, recaderos en lucha para poder llenar minimamente su hucha. Si empezamos a escribir en spanglish regalamos al imperialismo yanki nuestra lengua. Dicen: Hemos presentado varias denuncias por despido improcedente, la empresa lo llama ‘desconexión’”; ¡desconexión? como dicen los indepes .cat "desconexión de Expaña". Se ve que la cosa hoy dia es hablar raro, lo de al pan pan y al vino vino deben dejarlo para Marcelino. ¿Riders? What a fuck? ¡RECADEROS! leñe, recaderos de toda la vida. Ahora son Recaderos 2.0 falsos autónomos, verdaderos subempleados. Me voy a hacer trabajador autómata, ya que al las empresas parecen no bastarles ya los autónomos. SHIT !

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#28636 11:24 1/1/2019

“Es lo que hay” nos repiten desde pequeños. En el colegio, en el instituto y más tarde la universidad. Nos presentan la realidad como algo inmutable, algo que hay que aceptar y no intentar transformar, como un dogma religioso. Sin embargo, esta realidad se hace pesada y cada vez más ajena a nuestros intereses. Nos vemos atados a una rutina que odiamos, a trabajos esclavos que nos desnaturalizan y nos enferman física y mentalmente. Nos roban los mejores años de nuestras vidas y sólo alcanzamos a decir: “Es lo que hay”.

Si quiero una vivienda o alimento necesito de dinero, para conseguir dinero necesito de trabajar, tal es el mantra del sistema capitalista. ¿Trabajar para producir qué? ¿Para beneficio de quién? ¿Aportando qué a la sociedad? Se nos presenta el trabajo como una acción voluntaria, que dignifica al ser humano, que le otorga libertad e independencia. Asistimos, incluso, a discursos de partidos autodenominados comunistas que nos hablan de la lucha por el derecho al trabajo ¡derecho! Como si hubiera opción a no hacerlo, a vivir sin dinero. Karl Marx lo dejó bien claro: “Su trabajo no es, así, voluntario, sino forzado, trabajo forzado. Por eso no es la satisfacción de una necesidad, sino solamente un medio para satisfacer las necesidades fuera del trabajo. Su carácter extraño se evidencia claramente en el hecho de que tan pronto como no existe una coacción física o de cualquier otro tipo se huye del trabajo como de la peste.” Nos hablan también de trabajo digno, de mejores condiciones laborales. Sin embargo, debemos asumir que no hay nada de digno en trabajar, en vender cuerpo y alma para poder sobrevivir. ¿Se imaginan un esclavo en el Antiguo Egipto celebrando que el capataz de la obra de la pirámide ha decidido sustituir el látigo de siete puntas por uno más convencional? “¡Salario mínimo interprofesional de 900 euros!” grita hoy entusiasmada la socialdemocracia. No, nuestras vidas no valen 900 euros, nuestra libertad no está al alcance del salario mínimo.

Es el propio concepto de trabajo asalariado, su centralidad en el sistema capitalista, el que debemos poner en cuestión, no sus condiciones más o menos benévolas. Hablamos de centralidad porque es el trabajo quien determina qué rol jugamos dentro de la sociedad, a qué bienes tenemos acceso, con quién, cómo y cuándo nos relacionamos. El trabajo es capaz de contaminar y destruir nuestros lazos afectivos más íntimos con nuestras familias, amigos o parejas. Todos conocemos este drama en nuestro día a día; el padre que tiene turno de noche y por el día no puede hacer otra cosa que dormir y que grita enfadado cuando sus hijos corretean por el pasillo haciendo demasiado ruido. La joven pareja de jóvenes que aunque trabaja en turnos de 10 horas no alcanza a pagar un alquiler, cuando coinciden en un su piso de la periferia se miran y no saben qué decirse. La madre soltera que compagina su maternidad con dos trabajos, uno fregando portales y otro de camarera en un bar. El amigo que trabaja en un almacén, con una espalda de octogenario por cargar durante horas cajas, que te dice que no puede quejarse, que al menos tiene un empleo. También cabe acordarse de los llamados “ninis” aquellos parias que subsisten como pueden, sin trabajo, desplazados y demonizados por una sociedad que te valora en función de tu vida laboral, todos aquellos que al no estar capacitados para incorporarse en plenas facultades al mundo laboral se les margina: drogadictos, alcohólicos, enfermos mentales, ancianos con pensiones ridículas, parados de más de 50 años que no volverán a trabajar. Podría continuar dando ejemplos pero todos los conocéis, todos la hemos visto, la eterna lucha por el pan nuestro de cada día.

Lo decía Heráclito, padre de la dialéctica, nada existe sin su opuesto. Por ello, cuando hablamos de “tiempo libre” nos referimos al elemento contrario al “tiempo de trabajo”. A un periodo en el que no estamos bajo la coerción del “tiempo esclavo”, es decir, de la jornada laboral. Si aspiramos a liberarnos tenemos la obligación de negar esta contradicción, debemos llegar a tal punto en el que no tenga sentido especificar que un periodo de tiempo es “libre” puesto que el tiempo de esclavitud, el trabajo asalariado y su centralidad hayan sido abolidos. Desde el marxismo nunca debemos caer en la trampa de romantizar o glorificar la clase obrera. Repetir viejas consignas estajanovistas de super-obreros orgullosos de producir más que nadie, poner flores en el altar del mismo dios que nos ata con cadenas, el dios trabajo, jamás nos traerá ninguna libertad. El trabajo asalariado es coercitivo, es una violencia ejercida por una clase contra otra y como tal debe ser entendido y abolido. Ser miembro de la clase obrera no es ninguna panacea, quien enarbola su condición de esclavo sin querer transformarla no ha entendido nada.

La vida es otra cosa y hay que luchar por ella. De nada vale levantar una barricada si no sabemos cómo vivir tras ella, si no dibujamos un horizonte enteramente nuestro hacia el que caminar todo habrá sido inútil. Abolir el trabajo asalariado significa también abolir nuestra condición de esclavos asalariados, romper con nuestro actual “ser social” y, por tanto, transformarnos enteramente como seres humanos. Significa también construir nuevas relaciones en lo más cotidiano, tanto entre nosotros como con la naturaleza, que no se basen en la más pura mercantilización.

Hay quien leyendo esto se preguntará: ¿Cómo conseguiremos aquellos bienes y servicios que necesitamos para vivir si no es a través del trabajo? No se trata aquí de que el ser humano deje de producir en términos absolutos, sino que deje de hacerlo en beneficio de una clase parásita que se llena los bolsillos con el sudor de los que trabajan. Porque la producción hoy en día sólo obedece a la competitividad del mercado y a los designios del dios dinero, no a satisfacer las necesidades reales de aquellos que producen la riqueza misma. Pensar la producción colectivamente, reclamar de cada cual según sus capacidades y dar a cada cual según sus necesidades debe ser nuestro lema de vida.

De acuerdo con las cifras del sindicato LAB son 68 las personas que, sólo en Euskal Herria, han perdido la vida en su puesto de trabajo este 2018. Otros, en cambio, morimos en vida en jornadas laborales interminables y condiciones inhumanas. Sin ver ni a familia ni a amigos, visitando mensualmente la consulta del psiquiatra y atiborrados de antidepresivos y ansiolíticos. No, no es casualidad el aumento exponencial del consumo de psicofármacos como tampoco lo es el de las cifras de suicidios, aunque estas son cuestiones que bien merecerían un artículo aparte.

Nos están matando, minuto a minuto, y desde nuestra catatonia sólo alcanzamos a decir: “es lo que hay”. Es hora de abrir una reflexión en torno a nuestro modo de vida, de armar una teoría política realmente revolucionaria que ponga en cuestión absolutamente todo. Negar nuestro actual día a día es el primer paso para recuperar las vidas que nos han arrebatado.

La vida es otra cosa y nos la han robado, recuperémosla.

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#28647 24:07 1/1/2019

Guau, esto es lo que pienso cada día al salir del curro y nunca supe expresar tan bien

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