Opinión
La organización anti-ICE y las contra-instituciones basadas en el cuidado

Las redes de respuesta rápida y la ayuda mutua no son caridad; son infraestructura compartida para el cuidado colectivo y la supervivencia.
ICE Minnesota - 5
Foto: Lorie Shaull. CC BY-NC
Artículo de Rashida James-Saadiya
9 feb 2026 06:00

El panorama político de Estados Unidos —y nuestras vidas cotidianas— están cada vez más moldeados por la represión y la violencia, amplificadas por un ciclo mediático diseñado para mantenernos con miedo en el presente, inciertos sobre el futuro y agotados. El cansancio no es un efecto secundario de este sistema: es una de sus herramientas fundamentales.

En la era del agotamiento, resistencias compartidas

El año pasado, escribí que los ataques de Donald Trump estaban diseñados para agotarnos. Durante el último año, he visto a las comunidades construir movimientos y adaptar su organización bajo esta realidad. La administración Trump y las instituciones alineadas con ella —incluyendo el Proyecto 2025— han llevado esta estrategia a sus límites. El caos destinado a quebrantarnos, sin embargo, ha revelado lo que realmente cuesta —mental y físicamente— vivir dentro de un sistema construido sobre la crisis y el desgaste.

Las comunidades no han respondido con una mejora de las estrategias individuales, sino que  han cambiado la forma en la que se lleva a cabo la resistencia: se han alejado del mito del activista-héroe solitario y se ha evolucionado hacia una resistencia compartida. Como nos enseñó Grace Lee Boggs, “los movimientos nacen de conexiones críticas, más que de masa crítica”.

Organizadores y vecinos han expandido estrategias de cuidado, educación política y acción colectiva, arraigadas en la experiencia vivida y reconstruidas repetidamente en respuesta a la escalada de violencia estatal

El agotamiento político ha adquirido un nuevo significado, y ya no se trata de una lucha personal, sino de una lucha en un terreno compartido —producido por sistemas opresivos y que requiere respuesta colectiva. La pregunta ha pasado de: ‘¿Cuánto más podemos cargar?’ a ‘¿Qué hay que cambiar para que menos personas tengan que cargar tanto?’.

Como nos recuerda adrienne maree brown: “Lo que practicamos a pequeña escala establece el patrón para todo el sistema”. Organizadores y vecinos han expandido estrategias de cuidado, educación política y acción colectiva, arraigadas en la experiencia vivida y reconstruidas repetidamente en respuesta a la escalada de violencia estatal y los cambios abruptos de políticas.

Las respuestas conjuntas a la violencia estatal

Los círculos de aprendizaje surgieron no como grupos de estudio abstractos, sino como espacios de preparación colectiva. A través de comunidades, campus y movimientos —desde Intro to Worldbuilding, un espacio de aprendizaje reflexivo contínuo ofrecido por Resonance Network; hasta las enseñanzas organizadas por estudiantes a través de Students for Justice in Palestine; hasta la educación política moldeada por Critical Resistance e Interrupting Criminalization— espacios descentralizados que se han convertido en sitios de análisis político local y global. Los participantes han examinado la complicidad de Estados Unidos  en la violencia internacional, han rastreado la represión de la disidencia estudiantil y los movimientos de protesta, y han situado las luchas presentes dentro de historias más largas y transnacionales de resistencia.

En momentos diseñados para confundir y abrumar, el análisis compartido se ha convertido en una forma de poder que permite moldear respuestas a la violencia estatal

Más que compartir información, se ayuda a las personas a pensar juntas y determinar qué se exigirá en los próximos años. En momentos diseñados para confundir y abrumar, el análisis compartido se ha convertido en una forma de poder que permite moldear respuestas a la violencia estatal. En ciudades que enfrentan intensas redadas contra los y las migrantes, las comunidades y sus aliados han conseguido construir redes de respuesta rápida para proteger a los y las vecinas señalados por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). Voluntarios y voluntarias se han organizado para acompañar a los vecinos a los tribunales y les han ayudado con el apoyo legal; en las redes de ayuda mutua se han hecho circular materiales informativos sobre derechos y se ha proporcionado comida, ropa y otros artículos esenciales.

Todo esto no ha sido fruto de la caridad. Han sido las contra-instituciones, aquellas infraestructuras diseñada para mantener a las personas conectadas, informadas, cuidadas y protegidas en un sistema construido para fragmentarlas y aislarlas. Esto  también se ha extendido al cuidado de la salud. El ICE ha cercado clínicas y hospitales —lo que ha llevado a muchas personas a tener que posponer cirugías, evitar la atención urgente o a renunciar al apoyo prenatal—. Frente a esto, miembros de la comunidad y trabajadores de la salud han intervenido y han coordinado sistemas de escolta hacia las clínicas, han organizado transportes y han conectado a pacientes con entornos de atención seguros, llenando los vacíos dejados por el miedo, la criminalización y el abandono estatal. Esto es lo que exige el marco de la desigualdad: colectividad, coordinación y compromiso para mantenernos seguros unos a otros.

Resistir a lo que viene

Sigo volviendo a imágenes de campus universitarios repartidos por todo el país, en el contexto de la liberación palestina. Los estudiantes comenzaron a integrar el cuidado y el descanso en la arquitectura de sus movimientos —no como algo secundario, sino como estrategia—. Había equipos médicos haciendo guardias; y los voluntarios y voluntarias de bienestar y cuidado infantil hicieron posible una participación más amplia. Los y las organizadoras trataron el sueño, la comida y la regulación emocional no como lujos,sino como condiciones para proteger la plenitud de nuestra humanidad y nuestra capacidad de permanecer en la lucha. La tarea ahora no es brillar más o más rápido, sino construir la capacidad colectiva para resistir a lo que viene.

Esa misma lógica es visible más allá de las puertas del campus. En Minnesota, en medio de la intensificación de los ataques federales contra la población migrante, Stand With Minnesota se ha convertido en un centro dirigido por voluntarios que organiza ayuda mutua, recursos legales y respuesta colectiva, al tiempo que ofrece un punto de acceso para quienes enfrentan la aplicación de la ley y para quienes buscan apoyarlos.

Lo que comenzó como respuesta de emergencia ha perdurado como infraestructura cotidiana, vinculando supervivencia, daño ambiental y responsabilidad colectiva

En Chicago, The Love Fridge, fundado durante la pandemia de COVID-19, continúa abordando el acceso a alimentos y la inequidad a través de una red de refrigeradores comunitarios gratuitos, redirigiendo alimentos comestibles lejos de los vertederos y hacia vecindarios que sufren el apartheid alimentario. Lo que comenzó como respuesta de emergencia ha perdurado como infraestructura cotidiana, vinculando supervivencia, daño ambiental y responsabilidad colectiva. A través de estos contextos, el cuidado no se enmarca como caridad o bienestar personal, sino como una estrategia diseñada para reducir daños, sostener la participación y hacer posible la resistencia. 

Nuestra resistencia debe moldearse para lo que viene: un sistema que se desliza hacia el autoritarismo abierto, la normalización de la violencia masiva y una represión que ya no es episódica, sino continua. Este último año ha dejado algo innegablemente claro: este sistema está diseñado para agotarnos —a nosotros y a los  movimientos. Lo más subversivo que podemos hacer es negarnos a desaparecer. Negarnos a que nuestra capacidad de imaginar la liberación desaparezca. La pregunta ahora no es cuánto más podemos exigirnos, o cuánto tiempo podemos sobrevivir en aislamiento, sino si podemos construir la capacidad de aguantar —de cuidarnos y protegernos los unos a los otros— porque todo lo que viene depende de ello.

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