Elecciones del 26 de mayo
El voto no es el final

Sin ganas de aguarle la fiesta electoral, debe saber que eso de elegir gobierno cada cuatro años no significa que usted participe en la vida política de su país.

Extremadura vota
Foto: Laura Prieto.

publicado
2019-05-21 11:29

Tal vez usted crea que con su voto, ejercido libre y democráticamente (como señala el manual) ya ha cumplido con ese deber de ciudadanía responsable que está llamada cada cuatro años a depositar en una urna de cristal transparente, para que se vea que no hay trampa ni cartón, una papeleta de colores junto a la de millones de votantes más, en un reconfortante acto de conformidad y unión cósmica universal, como quien un domingo señalado acude al colegio electoral de zona después de misa, con la comunión en el cuerpo y limpito de pecados, en compañía de cónyuge y vástagos recién pasados por la bañera, perfumados, planchaditos y vestidos de guapo, a quienes la oportunidad la pintan calva para aleccionar con el gesto de entregado cumplimiento de los preceptos del Estado: así se vota, hijo mío. Mira bien cómo lo hacen tu padre y tu madre porque en un futuro tú también podrás votar. Tú decidirás el Gobierno de tu nación, de tu comunidad, de tu pueblo.

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Allá usted con sus creencias pero, sin ganas de aguarle la fiesta electoral, debe saber que eso de elegir gobierno cada cuatro años no significa que usted participe en la vida política de su país, ni mucho menos, sino que más bien otorga plenos poderes a un grupo determinado de personas, a quienes no conoce y en su mayor parte sin ideas políticas pero sí con mucha ambición, para que gestionen (algunos) y mangoneen (otros) los asuntos públicos, siempre bajo la premisa de “sabemos qué es lo mejor para ti”, una fórmula que les permite hacer lo que muchas veces acaba siendo lo peor para usted, pero lo mejor para ellos y sus amigotes.

Quedemos, entonces, en que con esto de votar una vez cada cuatro años usted cree que ya ha cumplido. Tal vez haya votado al tuntún, unas veces izquierda y otras derecha (o las dos al mismo tiempo, que de todo hay, oiga), o a los del centro porque hay quien dice –la candidez es patrimonio de los inocentes- que en el justo medio está la virtud, y porque usted, después de todo, es también de esos o de esas que, cuando le piden su opinión sobre los recortes en la sanidad pública, las pensiones o los derechos laborales, o alguien le da la suya, se apresura a dejar claro que es una persona “apolítica”, es decir, de esas que no se meten en discusiones dialécticas y lo mismo le da ocho que ochenta, aborrecen la disconformidad y se dejan llevar siempre por la corriente, a pesar de que el agua esté contaminada y huela a perros muertos, no vaya a ser que usted y los suyos acaben en boca de los demás, pasto de la murmuración. Al fin y al cabo usted nunca leerá al comunista Gramsci -¡ni puta falta que le hace!- ni aquello que escribió antes de que acabara en la cárcel, precisamente por escribir cosas como éstas, de que “vivir significa tomar partido” y que la indiferencia “es el peso muerto de la historia”.

Vote usted al candidato o candidata de su elección, guíese por su sentido de la estética y lo agraciado o agraciada que haya salido en la foto, con la sonrisa puesta, colores vivos, pose de seguridad y carisma, aunque no conozca o no haya leído (en ocasiones ni existe) el programa electoral de la candidatura elegida, porque como ya sabe: si usted no vota por el programa, es que el programa es el candidato.

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Siga usted así, y será tan feliz como refleja en su perfil de Facebook o de Instagram. No se signifique políticamente y deje al albur de las urnas la garantía de una vida digna. No se ponga usted en evidencia si ve que el partido elegido con su voto no cumple con lo prometido después de haberla metido y pisotea los derechos de los demás, que son también los suyos propios, aunque usted no lo sepa o le de igual, como cuando quienes nos gobiernan cuelgan pancartas de Refugees welcome (¡qué bonitas y solidarias quedan en los balcones de los ayuntamientos!) al mismo tiempo que incumplen con las obligaciones y compromisos de acogida a la población refugiada o prohíben a barcos como los de Open Arms hacer tareas de salvamento marítimo. Mire usted hacia otro lado. Al fin y al cabo la historia de los Derechos Humanos es mucho más corta que la historia de su condición como siervo y esclavo, con la que anda tan contento, tan contenta, y no hay nada que no se pueda arreglar dentro de cuatro años, cuando se le pida de nuevo el voto.

Mientras tanto, aquí paz, y después gloria.

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