Elecciones autonómicas
El enemigo a las puertas

En lugar de reafirmarse en sus ideas y echar balones fuera, las izquierdas deberían plantear una responsabilidad colectiva frene al auge de la ultraderecha, una autocrítica que condujese hacia una política también colectiva. Urge en ese sentido desarrollar instrumentos y estructuras para la guerra cultural y recuperar la conexión con las clases populares de Andalucía, donde se ceba la abstención y donde cada vez interpelan menos las ideas de izquierda.

insignia falange
Insignia de la Falange encontrada el pasado año en la excavación Álvaro Minguito
Ibán Díaz

Investigador del Departamento de Geografía Humana de la Universidad de Sevilla.


publicado
2018-12-06 10:00

La victoria de la derecha en Andalucía, que le abre por primera vez las puertas del gobierno autonómico, es un momento inmejorable para que cada uno en las izquierdas reafirme sus tesis y culpe a todos los demás. Externalizar la responsabilidad se nos da muy bien. Los de Podemos a IU, los de IU a Podemos, los de la verdadera izquierda a Podemos y a IU, los que dicen que están en la calle a los que están en las instituciones, los que están en las instituciones a los que no votan, y así...

¿Alguien debe tener la culpa? Pues sí, pero creo que sería más productivo pensar en la existencia de una responsabilidad colectiva de la izquierda. Tampoco estaría de más quitar un poco de hierro al asunto. Sabemos que lo que ha habido, por un lado, es una redistribución del voto de derechas, que ha implicado una radicalización del mismo (sin duda, preocupante). Por otro, una desmovilización del voto de izquierda y, muy notoriamente, del voto popular, que es una tendencia de largo aliento y que tampoco debería extrañar a nadie.

Podríamos optar por no darle tanta importancia a la cuestión de voto. No obstante, mi impresión es que la gente de izquierdas, incluso aquella que suele mostrarse abiertamente hostil al voto, siente el resultado de las ultimas elecciones como un fracaso, y habría que reflexionar por qué.

La victoria de la derecha y su radicalización ha sido el refrendo institucional de las banderas de España que empezaron a asomar en los balcones en octubre del año pasado

En mi opinión hay aspectos que escapan a la propia actividad y al propio voluntarismo del activismo y la militancia izquierdista en Andalucía. La victoria de la derecha y su radicalización ha sido el refrendo institucional de las banderas de España que empezaron a asomar en los balcones en octubre del año pasado. Y el resultado electoral no debería haber sorprendido tanto, si las encuestas no hubieran errado de forma tan grosera (como viene siendo habitual en el último tiempo). De hecho, el palo no ha sido ni tan grande como se podría haber esperado.

Lo cierto es que la disputa política del Estado en los últimos años viene condicionada por la cuestión nacional. Y este es un tema en el que últimamente a Andalucía solo se la interpela desde la derecha. Desde los nacionalismos del norte, Andalucía siempre ha jugado un papel negativo. El prejuicio del norte contra el sur en la península está bastante generalizado, y dentro de la lidia territorial, Andalucía tiende a sintetizar todos los aspectos que en el norte se repudian del Estado español. Sin duda, los discursos racistas de este tipo no son defendidos por la izquierda independentista más coherente, pero forman parte de cierto sentido común políticamente transversal en el Estado. Esta representación negativa de Andalucía dentro de la izquierda parece verse refrendada ahora, con los 12 parlamentarios de Vox, pero también era así cuando se votaba masivamente al PSOE.

Diría que el proceso independentista en Cataluña, realidad económica y política frente a la que el andaluz históricamente ha sentido siempre un cierto agravio comparativo, ha generado su contrario, un nacionalismo español que en el marco político simbólico del estado solo puede ser instrumentalizado por la derecha. Mientras, la izquierda más coherente, que obviamente tiene que apoyar el derecho a decidir, se queda en una posición extremadamente vulnerable a la crítica y alejada del sentir popular. Creo que resulta evidente aquí que es necesario jugar la carta identitaria en un sentido populista. Levantemos de hecho lo ha intentado, puede que con una convicción cuestionable, y los resultados muestran que, por ahora, no les ha funcionado. Lo cierto es que la izquierda en Andalucía carece de infraestructuras para hacer frente al PSOE y a la derecha en la guerra cultural. Y este es un aspecto que se debe trabajar de forma urgente.

La tendencia es a que el voto de izquierda sea un voto de clase media. Y esto no es una novedad, sino que era algo que ya le pasaba a Izquierda Unida cuando Podemos todavía no existía

Otro problema, que se suma al anterior, es la progresiva pérdida de identificación de la izquierda con las clases populares. Hablo de la izquierda en sentido amplio, la institucional y la no institucional, y no incluyo al PSOE. La demografía del voto muestra bastante bien cómo el voto a Levantemos se vincula a ciertos estratos de clase media con nivel de formación elevado. Se detecta en la distribución por municipios y queda aún más claro en la localización en las grandes ciudades. La izquierda manda en los típicos barrios de clase media de los profesionales bohemios (el casco norte de Sevilla, por ejemplo). También mantiene su peso en localidades y barrios con una fuerte tradición izquierdista, cuya alineación procede prácticamente de La Transición y más allá. Casos como los de Trebujena, Los Corrales o Marinaleda, o los de los barrios obreros más militantes de las grandes ciudades. No obstante, la tendencia es a que el voto de izquierda sea un voto de clase media. Y esto no es una novedad, sino que era algo que ya le pasaba a Izquierda Unida cuando Podemos todavía no existía.

Tampoco es que el voto popular se haya ido a la extrema derecha, algo de lo que todos nos alegramos. La demografía del voto de Vox es muy parecida a la de Levantemos, aunque los datos gruesos nos privan de identificar lo que sin dudas son perfiles laborales notablemente diferentes en uno y otro caso. El voto popular sigue vinculado invariablemente al PSOE, queramos o no. Y es también en los barrios obreros y en las comarcas más empobrecidas donde más se ha cebado la abstención. ¿Es este un voto desmovilizado de colectivos que se identifican con la izquierda? ¿O es un colectivo huérfano de afiliación política que podría ir a cualquier parte? Por lo pronto, es evidente que la izquierda no está llegando a esos sitios. Y eso es crucial. Diría que el voto popular, es más relevante en Andalucía que en otras partes del Estado, donde el voto del profesional progresista puede tener mayor peso demográfico, por la sencilla razón de que la estructura sociolaboral es distinta (estoy pensando obviamente en el nordeste de la península y en Madrid). Puede ser una buena noticia el que gran parte de esa afiliación política no tenga dueño. La mala noticia es que nadie puede asegurar que, aunque la ultraderecha no haya causado furor en los barrios obreros, no lo vaya a hacer en el futuro, desde la posición privilegiada que le concede el haber entrado en las instituciones. Entonces, otro deber pendiente de la izquierda es intentar llegar ahí. Lo cual no es un capricho de viejo marxista (que lo soy), sino una cuestión vital para cualquiera al que le preocupe el devenir político de Andalucía (y creo sinceramente que, dentro de la izquierda, no le importa a nadie más que a los andaluces, y no a todos). Aquí creo que sería clave, no lanzarle la bola a otro para seguir justificando los mismos errores y entender que la izquierda extraparlamentaria tiene los mismos problemas que la parlamentaria para comunicarse con las mayorías en Andalucía, y especialmente con las clases populares.

Intentando ver el vaso medio lleno, el auge de la extrema derecha puede ser un buen aglutinador de las ideas de izquierda. Si los viejos discursos fascistas pueden funcionar masivamente en la posmodernidad, también pueden hacerlo los discursos anti-fascistas. Puede ser un buen momento para abandonar posiciones tibias, que tampoco han dado grandes resultados, y lanzarse a una política de guerra cultural que no tema la polarización. A lo mejor, por fin, la situación justifica para muchos el dejar de tener como principal cometido atizar a lo que cada uno considera falsa izquierda y lanzarse a la batalla con todas las armas a su alcance. La izquierda tiene que intentar reconectar con las mayorías y dejar de apostar por una política que se recrea en lo marginal, lo que implica tanto tener presencia en la calle, como en los medios, como en las instituciones. Esto es a día de hoy una cuestión de supervivencia.

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