Dependencia
¿Quién cuida a las que cuidan?
Un día cualquiera, una auxiliar de ayuda a domicilio puede ser las piernas de quien ya no camina, las manos de quien ya no puede vestirse, el abrazo de quien vive solo y el apoyo de una familia que no llega a todo. Sin embargo, quienes dedican su vida a cuidar siguen esperando que alguien cuide también de ellas.
Cada día, miles de profesionales de la ayuda a domicilio cruzan la puerta de un hogar para hacer mucho más que un trabajo. Ayudan a levantar a quien ya no puede hacerlo solo, asean, alimentan, acompañan, escuchan y, muchas veces, son la única compañía que tienen las personas dependientes. Sostienen uno de los pilares más importantes de nuestra sociedad: los cuidados.
Sin embargo, quienes cuidan llevan demasiado tiempo siendo las grandes olvidadas. Las auxiliares de ayuda a domicilio trabajamos con una enorme responsabilidad, soportando un gran desgaste físico y emocional por salarios que no reflejan la importancia de nuestra labor. Movilizamos personas, convivimos con el sufrimiento, la enfermedad y la soledad y sufrimos lesiones que, en demasiadas ocasiones, ni siquiera son reconocidas como enfermedades profesionales. Mientras tanto, seguimos esperando que se estudien coeficientes reductores que permitan una jubilación anticipada acorde con la dureza de esta profesión.
Pero hay una realidad aún más desconocida: el débito de horas. Cuando un servicio se suspende por motivos ajenos a nosotras, se nos exige permanecer disponibles para la empresa sin que esa disponibilidad esté reconocida ni remunerada. Vivimos pendientes del teléfono, incapaces de organizar nuestra vida. Y, en algunos casos, esas horas llegan incluso a descontarse del salario, generando una inestabilidad económica que ninguna trabajadora debería soportar.
También reclamamos una conciliación familiar real. Las jornadas partidas nos obligan a dedicar el día entero al trabajo, aunque solo cobremos unas pocas horas. Tiempo perdido que nadie reconoce y que nos roba lo más valioso: tiempo para nuestras familias y para nosotras mismas.
Y es necesario romper otro falso mito: las auxiliares de ayuda a domicilio no somos limpiadoras. Nuestro trabajo consiste en cuidar personas, fomentar su autonomía y permitir que puedan seguir viviendo con dignidad en su hogar. Las tareas domésticas que realizamos están directamente relacionadas con esos cuidados, no con la limpieza integral de una vivienda. Reducir nuestra profesión a “ir a limpiar casas” no solo es injusto; es invisibilizar el enorme valor humano, sanitario y social de nuestro trabajo.
Tampoco podemos ignorar otra realidad: la ayuda a domicilio está, en gran parte, en manos de empresas privadas. Y cuando el cuidado se convierte en un negocio, la rentabilidad acaba pesando más que las personas. Se recortan tiempos, recursos y condiciones laborales, mientras quienes pagan las consecuencias son tanto las trabajadoras como las personas dependientes. Los cuidados no pueden ser un negocio; son un derecho.
Por eso defendemos una ayuda a domicilio pública, de gestión pública y de calidad. Porque cuidar a nuestros mayores, a las personas con discapacidad o en situación de dependencia no puede depender de cuánto beneficio obtenga una empresa. El bienestar de las personas nunca debería cotizar en una cuenta de resultados.
No reclamamos privilegios; reclamamos justicia. Justicia en forma de salarios dignos, estabilidad, el fin del débito de horas, el reconocimiento de nuestras enfermedades laborales, una jubilación acorde al desgaste de nuestra profesión, jornadas que permitan conciliar y, sobre todo, el respeto que merece un trabajo esencial para toda la sociedad.
Porque dignificar nuestras condiciones laborales es dignificar también la atención que reciben quienes más nos necesitan. El día que la sociedad comprenda que el cuidado no es un gasto, sino la mayor inversión en humanidad, dejará de preguntarse quién cuida a las que cuidan y empezará, por fin, a hacerlo.
* Raquel Guzmán es auxiliar de ayuda a domicilio. Escribe este artículo en representación de tantas profesionales que cuidan cada día en silencio.
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