Laboral
El festival de la cosecha
Es investigador en filosofía y sociología del derecho en la Universidad de Sevilla y parte del podcast de divulgación Pol&Pop.
Hay una trampa en septiembre. Conectar el inicio del curso, trabajo, rutina, con un nuevo tiempo y una nueva luz. La superposición entre los ciclos de la vida y del capitalismo se sale del eje en tiempos de cambio climático y trabajo sin límite, pero la naturalización de estas formas de vivir sigue caminando zombi en los telediarios, las conversaciones y las columnas.
Es increíble lo que nos hacemos con el trabajo. En el mundo más o menos rico, trabajar es cabalgar una tensión, coactiva y consentida a un tiempo, entre sobrevivir y dar sentido al día a día. Lo que se naturaliza en septiembre es ese cierre dilemático que desaloja cualquier libertad y cualquier política si no se puede pensar, al menos, donde nos coloca cada año.
Nunca deja de sorprender la extensión y la invisibilidad de ese espacio exterior a la vuelta al trabajo, esa tribu sin reino del verano imaginado, que es la que no vuelve, la del trabajo de supervivencia a año completo. En Andalucía, este espacio exterior que no se va de vacaciones ni una semana se extiende con certeza (ECV dixit) hasta el 45% de la población (11 puntos más que la media del Estado en el mejor año desde 2015) y cabe estimarlo razonablemente en hasta un cuarto de quienes trabajan formalmente, si se aplica la proporción del 18% de ocupados que no pueden hacerlo en España. Si se trabaja sin descanso ni relevo entre la necesidad y la vida, por la supervivencia, estamos cerca del núcleo de la idea de necesidad y esclavitud; y es desde aquí desde donde habría que habitar también el imaginario de la Andalucía feliz, estacional y bronceada.
En contraste con esto, la metáfora tardoveraniega de la cosecha de los trabajadores recién descansados sería al menos feliz para la otra mitad del mundo, pero este festival de la normalidad que celebramos todos los septiembres es una bifurcación entre las dos pendientes del desfiladero supervivencia-sentido: el de los trabajos de mierda y el de las vocaciones precarias. David Graeber delimitó esa noción de trabajos de mierda para abarcar a aquellos trabajos inútiles o perjudiciales (incluso la gran parte de inutilidad y perjuicio que existe dentro de los que no lo son en general) que permiten resolver con holgura el problema de la supervivencia, pero con sacrificio de la propia vida. En realidad, lo mejor de esta idea es que permite decir también algo de aquellos otros empleos que sí tienen valor para el conjunto social y sentido para quienes los hacen: dice que es muy probable que lleven aparejadas malas condiciones porque el sentido de justicia de nuestro mundo se ha invertido y las labores más relevantes se encuentran, en general, entre las más duras y/o peor pagadas, mientras que las más cómodas son, en el mejor caso, poco nutritivas para sus actores.
Si, para septiembre, hemos conseguido saltar del primer grupo del trabajo forzado, lo que llamamos libertad es posicionarse en ese alambre que va del trabajo cómodo al precario, del deshumanizante al útil. Aunque este parezca un escenario miserable, lo cierto es que la virtud política se instala justo en este mundo de realidades. Todo el impulso para liberar vidas de la coacción de la supervivencia, para democratizar los trabajos de mierda y dar mando a quienes los ejecutan; para reedificar los muros que protegen la vida del trabajo; y todas las alianzas entre los y las trabajadoras precarias y todas aquellas personas que necesitan su trabajo son el motor del mundo, mucho más que las inauguraciones oficiales y los ritos del nuevo curso: el único festival de la cosecha en el que quienes bailan son los cosechados.
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