Danza
Isabel Ferreira: “La cultura y la política fueron mi salvación”

Para Isabel Ferreira, directora del Festival de Danza Contemporánea de Navarra, “todas las prácticas artísticas están fragilizadas por el ruido digital y el consumo bulímico de información, imágenes y sensaciones”.

Isabel Ferreira
Isabel Ferreira Zarzuela Ione Arzoz

publicado
2018-05-14 10:05

Isabel Ferreira Zarzuela es de Pamplona, pero ella y sus dos hermanas tienen raíces humildes en Tetuán, Andalucía y Extremadura. Su padre, mecánico, se jubiló a los 30 años por una enfermedad degenerativa. Una pequeña pensión de invalidez y el trabajo de cocinera y limpiadora de su madre sostuvieron su infancia. Dejó el instituto y se apuntó a una escuela-taller de restauración de las riberas del río Arga. Militó, entre otros, en colectivos okupas, feministas y en grupos como Iraultza Taldeak. Ha sido agitadora cultural en Río de Janeiro durante catorce años. Habla cinco idiomas. Graduada en Historia del Arte, es la actual directora del Festival de Danza Contemporánea de Navarra (DNA).

¿Cómo se llega hasta las élites culturales?
Diría que con curiosidad. Yo vengo de una familia proletaria y de inmigrantes. En mi casa no había libros y las expectativas eran muy distintas de las de esa clase media que emerge en los años 70. Un día, un conocido nos regaló la colección de literatura juvenil de su hija adolescente y ahí empezó todo. Después de leérmela varias veces, descubrí las bibliotecas. También fue muy importante la política.

¿Por qué?
A los 16 años empecé a militar en distintos frentes. Aprendí mucho de las reuniones y de las manifestaciones. Me alejé de la educación formal, a la que no volví hasta más tarde. Echo la vista atrás y veo que la cultura y la política fueron mi salvación, y además me rescataron de Matrix. Sobreviví con curros precarios, viajé con lo puesto, estudié cocina macrobiótica en Francia, fui cooperante en una clínica ginecológica móvil en el mundo rural de Nicaragua, aprendí euskera en Lesaka y luego me dediqué a dar clases...

¿Cómo te iniciaste en lo cultural?
Mi cuadrilla descubrió la música electrónica en los 90. Montamos Karakoles, un colectivo para programar eventos. Hacíamos fiestas que estaban acompañadas de atmósferas, pequeños happenings que celebraban la diversidad y el ‘libertinaje’ a ritmo de house. Imagino que fue ahí que empezamos a mezclar cultura y activismo y, en un momento dado, Brasil se cruzó en mi camino.

Para una europea, Brasil suena a vida agradable.
Pues una sociedad postesclavista como aquella no es ninguna bicoca. Conviven dos mundos antagónicos que no se mezclan: clases medias urbanas y 140 millones de personas en distintos grados de miseria. Es el país más desigual del planeta.

¿Adiós a la política?
No. Un día, una banda de policías de la ciudad mató a 17 personas en las favelas. A voleo: niños, ancianos, mujeres. Decapitaron a dos personas y echaron sus cabezas al patio del cuartel. Al día siguiente participé en un encuentro de artistas pero nadie dijo nada. Estaba rodeada de gente que había leído todos los libros de Deleuze pero que sabía poco de la guerra contra los pobres que había en su país. Al acabar la velada sentí que aquello había sido el final de un camino. Entonces pusimos en marcha ComPosiciones Políticas, un programa de encuentros, festivales y exposiciones donde queríamos hablar de manera explícita de la realidad que nos rodeaba.

¿Y sirvió para algo?
Alquilamos una casa para la discusión, la diversión y el arte: queríamos conectar movimientos sociales, artistas, hackers, cicloactivistas... Impulsamos un taller de disidencias creativas. Su eclosión precedió al 15M brasileño en junio de 2013, así que quiero creer que, por pequeña que fuera, aportó su parte.

Entonces ¿todavía eres activista?
El activismo es árido. Intentamos inventar otros modos de hacer, pero seguimos tropezando con las mismas piedras. Es para gente dura, resistente. Necesitaríamos clínicas de cuidados afectivistas. Tengo la piel demasiado fina. He ido y he vuelto varias veces, pero trato de incorporar la dimensión política a todo lo que hago.

¿Cómo se hace eso en el arte contemporáneo?
Visibilizando cuestiones urgentes, como ha hecho Santiago Sierra en Arco, trabajando en diálogo con la comunidad. Hay un arte que refleja las inquietudes sociales y otro que trabaja con los movimientos sociales. A mí me interesa más el segundo, sobre todo cuando usa la imaginación radical, la frivolidad, la transgresión y cuando pone en valor lo público.

¿Dónde está la danza contemporánea?
Se enfrenta a los mismos desafíos que otros lenguajes artísticos. La ausencia de una educación estética en las escuelas les afecta por igual. Todas las prácticas artísticas están fragilizadas por el ruido digital, por el consumo bulímico de información, imágenes y sensaciones. Eso disminuye la capacidad de contemplar e imaginar y, por lo tanto, de crear. Ah, y ¡fora Temer!

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