Culturas
La clase obrera de la cultura en la era Amazon

En el acto de entrega de la cartera, el ministro de Cultura saliente, José Guirao, le dijo a su sucesor en el cargo, José Manuel Rodríguez Uribes, que “los ministros, los concejales y los consejeros no hacemos la cultura, la hacen los creadores y los ciudadanos”. El problema es en qué condiciones se realiza en un mundo dominado por corporaciones gigantes que imponen sus normas, como Amazon y Google.

Rosa Jiménez alucinó muchísimo el último día de 2019. El 31 de diciembre, la plataforma Netflix estrenó la serie El vecino, una comedia de superhéroes de barrio creada por Miguel Esteban y Raúl Navarro e inspirada en los tebeos de Santiago García y Pepo Pérez. En un capítulo, una de las protagonistas dice que quiere venderle a su jefa un proyecto, una escalera colaborativa para que los vecinos de un portal se conozcan o, al menos, hablen entre ellos. Una idea interesante y necesaria, tanto que Jiménez lleva ya casi un lustro desarrollando esa iniciativa, batallando con las dificultades para sacarla adelante con muy poca ayuda, prácticamente en solitario. Así pues, La Escalera existe, es una herramienta para facilitar el encuentro y el apoyo mutuo entre vecinos con el fin de reflexionar acerca de las relaciones cotidianas en entornos comunitarios. Por eso a ella se le abrieron los ojos como platos cuando vio esa escena en la serie.

Con el guiño de guión en El vecino, Jiménez se sintió desconcertada. Por un lado, se alegró porque supone un cierto reconocimiento al trabajo realizado y por el impacto que puede alcanzar la mención en una serie de Netflix. Por otro, se amargó por el ninguneo, ya que no se habla de La Escalera como tal, ese proyecto comunitario que ha tenido que lidiar con la letra pequeña en la espinosa interacción con las instituciones públicas. “Jugar a la colaboración, a la cooperación y al aprendizaje compartido perjudica mucho a la pieza que no tiene poder ni capital”, resume para El Salto su experiencia con La Escalera, marcada por las exigencias administrativas y sus restricciones.

“Puede haber voluntad para pensar ese espacio de la comunidad de vecinos como espacio común, pero hay una limitación muy grande de enfoques y recursos para hacerlo desde la administración”, lamenta mientras recuerda una vieja historia, la del pez enorme que devora al alevín, que podría ser el final para su aventura: “La Comunidad de Madrid puede sacar un pliego y se lo puede llevar Florentino. La Escalera, a poco que le cambies una coma, es una mierda, se convierte en esas trampitas para comerciar con datos que ya están saliendo como Nextdoor o ¿Tienes sal?”.

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Netflix, la plataforma audiovisual que produce El vecino, empezó a operar en España en 2015 y desde un primer momento facturó los ingresos de sus clientes mediante una sociedad con sede en Países Bajos, Netflix International B.V. Así, sus beneficios no tributaban en la hacienda española. En 2018 creó dos filiales en España que en su primer ejercicio fiscal pagaron 3.146 euros, con un beneficio neto declarado de 9.439 euros. Una cantidad, como poco, sospechosa.

HBO, otro gran canal de televisión con presencia en España desde finales de 2016, tampoco es trigo limpio en su tributación. En el ejercicio 2017, su filial española declaró unos ingresos de 1,7 millones de euros, todos ellos facturados a su matriz sueca. La sociedad devengó un impuesto de sociedades de 45.205 euros.

Ni Netflix ni HBO, según informó la web vozpopuli.com el 17 de enero, han pagado un euro por derechos de autor a las entidades españolas de gestión, como la SGAE (Sociedad General de Autores y Editores), desde que ambas plataformas operan en este país. Aunque Netflix habría llegado recientemente a un acuerdo con SGAE para abonar lo que debe, la razón del impago de ambas plataformas estriba en las discrepancias acerca del porcentaje que deben pagar sobre los ingresos correspondientes a las obras propiedad de artistas españoles. Y como no están de acuerdo con lo que exigen las sociedades de gestión, hasta ahora no han pagado nada por derechos de autor.

El desembarco de estas grandes productoras audiovisuales se recibió como una buena noticia por el empleo que iban a crear, el mismo argumento que se usa en muchos otros sectores. Desde la Coordinadora de Artes Escénicas y Cinematográficas del sindicato CNT, sin embargo, critican las condiciones laborales que imponen. “Con la excusa de tratarse de producciones de bajo presupuesto para plataformas digitales, ofrecen condiciones por debajo de los convenios colectivos o directamente piden figurantes y actores gratis y sin contrato”, aseguran en un artículo publicado en el boletín informativo del sindicato correspondiente al primer trimestre de 2020.

El sábado 25 de enero se celebró en Málaga la edición número 34 de los Premios Goya, ese escaparate en el que la Academia de Cine festeja y premia a un sector con tantas luces como sombras. El Goya honorífico recayó sobre Pepa Flores, ‘Marisol’, una obrera de la cultura que en 1983 declaraba a Interviú que “el comunismo es por lo único que merece la pena luchar y morir”.

Unos días antes, Andreu Buenafuente, conductor de la gala, decía en una entrevista concedida a El País que “no podemos mirarnos en el espejo deformado de los Oscar. Esto no es Hollywood. No puedes decirle lo mismo a Antonio de la Torre que a Johnny Depp. Aquí hay un 80% de paro en la profesión”. Las cifras alumbran esa cruda realidad que la alfombra roja pretende maquillar. En 2016, nueve de cada diez actores que trabajaron en España cobraron menos de 12.000 euros y solo dos de cada 100 superaron los 30.000. La inmensa mayoría no ganó más de 3.000 euros ese curso. De entre quienes trabajaron, el 46% no llegó a hacerlo más de un mes. Son los datos que hizo públicos en septiembre de aquel año la Fundación AISGE, la entidad que gestiona en España los derechos de propiedad intelectual de los actores, dobladores, bailarines y directores de escena, en su tercer Estudio sociolaboral del colectivo de actores y bailarines en España, ya convertido en referencia tras las ediciones de 2004 y 2012.

A Rosa Jiménez —y seguro que no fue a la única— le debió de resultar llamativo que José Guirao, ministro de Cultura y Deporte hasta el 13 de enero, dijese durante la entrega de la cartera a su sucesor en el cargo, José Manuel Rodríguez Uribes, que “los ministros, los concejales y  los consejeros no hacemos la cultura, la hacen los creadores y los ciudadanos, nosotros estamos para facilitarles el trabajo, acompañarlos y ayudarles pero siempre en un discreto segundo plano”. Rodríguez Uribes, un perfil político cuyo nombramiento —más en clave de estrategia interna del PSOE que por conocimientos y cualificación para el cargo— ha pillado con el pie cambiado al sector, tiene por delante varios asuntos vitales y urgentes que su antecesor dejó encaminados: resolver el laberinto de la SGAE, aprobar la Ley de Mecenazgo, reformar el Instituto Nacional de Artes Escénicas y de la Música (INAEM), ampliar la Ley de Patrimonio Histórico o aplicar el Estatuto del Artista.

El 7 de enero, la misma tarde de la investidura del Gobierno, el nuevo vicepresidente segundo y ministro de Derechos sociales y Agenda 2030, Pablo Iglesias, afirmó en una entrevista publicada por eldiario.es que desde el Gobierno se tienen que dar instrumentos a los creadores. Iglesias aseguró que “en este país hay muchísimo talento” y que la obligación del Gobierno es “dar vías para que ese talento se exprese, esto no puede ser un oligopolio de cuatro poderosos. En este país hay actrices, actores, directores, directoras, músicos de un nivel espectacular que muchas veces tienen que ir a buscarse la vida a otros países”. Para el líder de Unidas Podemos, hace falta “un gobierno no solo que cuide a la cultura, sino que deje expresarse al talento que tenemos, que es magnífico y que es determinante en esa batalla cultural”.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se reunió durante el foro de Davos, celebrado entre los días 21 y 24 de enero, con tres de los agentes más influyentes en la cultura del siglo XXI. Tres de las cinco letras del acrónimo GAFAM, correspondiente a las cinco multinacionales tecnológicas que dominan el mundo: Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft. A petición de las empresas, y por separado, Sánchez se sentó cara a cara con Tim Cook, consejero delegado de Apple; Matt Brittin, responsable de Google para Europa, Oriente Medio y África; y Andy Jassy, director de Amazon Web Services.

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¿Estamos todas bien?

El 16 de octubre de 2018, la ilustradora valenciana Ana Penyas se convirtió en la primera mujer en ganar el Premio Nacional del Cómic. Lo hizo con su primera novela gráfica, Estamos todas bien (Salamandra, 2017). El jurado valoró la obra por “rescatar, a partir de una historia familiar, la voz de una generación silenciada” y también destacó “la innovación y la frescura de la puesta en escena gráfica, además de la habilidad para integrar recursos del cómic y de otros medios”. El premio le reportó a la autora 20.000 euros y una mayor visibilidad de su trabajo. También ha hecho que, desde entonces, su teléfono suene mucho más que antes y que su buzón de correo electrónico reciba un ingente volumen de mensajes que, a veces, no puede atender.

Penyas reconoce a El Salto que está viviendo un año bonito y que, tras el premio, la suerte de poder trabajar de lo suyo ha llamado a su puerta: “Mi caso es un poco especial dentro del mundo del cómic, Estamos todas bien está funcionando muy bien y me está dando un ingreso inesperado, que hace que ahora pueda estar más concentrada en un trabajo nuevo”.

Pese a este momento dulce, Penyas asegura que no puede dedicarse en exclusiva al nuevo cómic que tiene entre manos y que debe completar con otros trabajos puntuales, encargos relacionados con la docencia en institutos y con talleres de dibujo: “Con el adelanto que me han pagado no me da para cubrir gastos durante todo el tiempo que le voy a dedicar a este proyecto”. Como trabajadora por cuenta propia, Penyas intenta limitar su horario y hacer una jornada de ocho horas diarias, “como si alguien me hubiera contratado, porque si no, se te va y acabas trabajando hasta los fines de semana”.

Desde la capital de Italia, donde está desarrollando una beca de la Real Academia de España en Roma, la también ilustradora Carla Berrocal trata de responder a la pregunta del millón: “Claro que es posible vivir de la ilustración, pero el problema es en qué términos: de subsistencia haciendo malabares, sin ningún tipo de lujos. Cubres necesidades, no es una profesión en la que haya márgenes de beneficio”. Berrocal aporta dos razones que explican ese estado de cosas: “Hay una falta de valoración porque se entiende que la cultura ha de ser gratuita y se cae en una espiral de justificación de la precariedad. Parece que, porque haces lo que te gusta, lo tienes que hacer gratis o también este precepto de que hablar de dinero con un cliente es de mal gusto”.

La ilustradora —“pintamonas”, dice entre risas—, cuyo proyecto más inmediato es un cómic documental y biográfico sobre Concha Piquer, considera que detrás de esa “apariencia bohemia” de la profesión hay un trabajo “de muchas horas, muy mecánico y nada romántico”.

“Somos un sector muy precarizado que no tiene sensación de colectivo, siempre encontramos la pega para no sindicarnos ni asociarnos”, dice la ilustradora Carla Berrocal

Ella identifica como los problemas principales en la ilustración el poco reconocimiento del trabajo y la falta de asociacionismo: “Somos un sector muy precarizado que no tiene sensación de colectivo, siempre encontramos la pega para no sindicarnos ni asociarnos”.

Berrocal mueve el objetivo y hace una panorámica para mostrar que esos problemas no son exclusivos de la ilustración sino de toda la creación cultural: “Siendo la pieza más importante de la industria cultural, nos encontramos en la base de la pirámide. Mientras el editor, el librero o el distribuidor pueden vivir de su trabajo, quienes lo hacemos posible no podemos vivir de lo que hacemos”. Y señala a los responsables: los intermediarios. “En nuestro caso, en el caso editorial, los distribuidores son lo que se llevan la parte más grande del pastel, y en menor medida los libreros y editores”.

También tiene palabras para el nuevo agente que ha cambiado las reglas del juego: “Con Amazon sucede lo mismo que con los grandes distribuidores, imponen sus condiciones de forma despótica y deciden sobre las ventas y la exposición de las obras, ejerciendo un poder abusivo y condicionando la industria a unos intereses muy limitados”.

Desde su “exilio”, Berrocal sigue presidiendo la Asociación de Profesionales de la Ilustración de Madrid y participa en el Colectivo de Autoras de Cómic, que ayudó a crear. Sabe que su situación actual es un privilegio —“como si me hubiera tocado la lotería”— y desde ahí analiza la relación con las instituciones culturales públicas: “Las ayudas públicas son fundamentales para una industria tan precaria como la nuestra y, al mismo tiempo, creo que son peligrosas porque pueden volverte dependiente de ellas. Cuando esto sucede, el arte institucionalizado evita formas de expresión más arriesgadas o se limita a cierto tipo de discursos”.

También apunta que, en su opinión, las instituciones “no están familiarizadas con los procesos de creación artística y tienden a cometer los mismos errores que en las relaciones clientelares: desvalorización del trabajo cultural y, por ende, precarización de los artistas”.


El nombre de Clara Moreno Cela suena cada vez más en los círculos de la autoedición, del hazlo tú misma con más ganas que recursos. Los nombres, cabe decir, porque le da a casi todo: dibujo, música, performance. Ella prefiere definir lo que hace como arte y mediación cultural. “Dos prácticas muy conectadas, dos trabajos complicados y serios de los que me gustaría vivir”, explica a El Salto.

Ha trabajado haciendo visitas a exposiciones en museos públicos, ilustra el horóscopo de la revista Marie Claire y publica entrevistas en Cactus, además de estudiar un máster de estudios culturales en artes visuales desde perspectivas queer y preparar tres exposiciones con obra audiovisual y dibujos que mostrará hasta junio. Una agenda repleta que le deja secuelas: ha aparcado, de momento, el proyecto musical Clara Te Canta y se plantea su modo de funcionar. “Todos los cómics que he dibujado o los discos que he grabado los he autoeditado, pero es muy esclavo para los frutos que da: tienes muchas alegrías y libertades pero también muchas bajonas”, reconoce.

En su jornada laboral alterna dos espacios y una preocupación le ronda constantemente: “Soy incapaz de trabajar en casa así que suelo ir a una biblioteca cuatro o cinco horas por la mañana. Si tengo que hacer una ilustración grande sí lo hago en casa. Nunca dejo de trabajar y eso es algo que me preocupa bastante. Estoy con el móvil y no dejo de trabajar, porque miro las redes y me vendo en ellas”.

Dice que Amazon le afecta como hija de librera y por “la exigencia de inmediatez que impone, que no es viable ni sostenible”, pero también señala que la compañía fundada por Jeff Bezos —quien gana dos millones de euros cada cuarto de hora— no puede dar algo que para ella es fundamental, “la recomendación y el lugar de encuentro”.

“Hasta ahora, compaginaba con otro trabajo. Creo que esto es bastante significativo”, señala la escritora Sara Mesa

La escritora Sara Mesa ha quitado la red y en 2020 se ha lanzado a tratar de dedicarse solo a la escritura. Doce años después de la publicación de su primer libro —el volumen de cuentos La sobriedad del galápago—, cree que ya es hora de que sus ingresos dependan únicamente de lo que escribe, y no tener que complementarlos con talleres, charlas o artículos en prensa. “Hasta ahora, compaginaba con otro trabajo. Creo que esto es bastante significativo”, indica la autora de las novelas Cuatro por cuatro, Cicatriz y Cara de pan y del breve ensayo Silencio administrativo, todos títulos publicados por Anagrama.

Mesa tiene claro el paso que ha dado, sabe dónde está —“tengo el privilegio de publicar en una buena editorial y la suerte de tener lectores y editores extranjeros interesados en traducirme”— y conoce los riesgos que ha asumido: “La opción si no consigo el dinero que necesito para vivir será buscar otro trabajo, volver a la situación anterior. No contemplo ‘adaptar’ mi escritura a modelos más rentables económicamente”. Para razonar su postura, recurre a un argumento de peso: “Todavía hay quien quiere escribir y quien quiere leer. Mientras existamos, aunque seamos pocos, el oficio de escribir está más que justificado”.

Literatura
Crueldad y amor

Resisto porque lectura y escritura son actos cada vez más extemporáneos, cada vez más urgentes, de crueldad y amor.


Ocho de cada diez escritores tienen que combinar este trabajo con otros para llegar a fin de mes, según el Libro Blanco del Escritor, presentado a principios de diciembre y elaborado a lo largo de los últimos dos años por la Asociación Colegial de Escritores de España (ACE) con la colaboración de CEDRO (la asociación de autores y editores de libros, revistas, periódicos y partituras que gestiona los derechos de propiedad intelectual de sus miembros) y del Ministerio de Cultura y Deporte. Solo el 16,4% de quienes se dedican a la escritura en España puede hacerlo de manera exclusiva, es decir, vivir de lo que escribe.

Asfaltar una carretera llena de baches

A partir de febrero de 2017 en el Congreso de los Diputados se discutió una herramienta que podría ofrecer soluciones a algunas de las problemáticas relativas al trabajo cultural: el Estatuto del Artista y del Profesional de la Cultura. Ese mes se creó, a petición del grupo confederal de Unidos-Podemos, la Subcomisión de Cultura encargada de elaborar la propuesta de texto. Tras más de un año de trabajo, esta subcomisión encontró un borrador que puso de acuerdo a todos los grupos políticos y que fue aprobado, también por unanimidad, por la Comisión de Cultura del Congreso de los Diputados el 21 de junio de 2018.

Culturas
Mamá, ahora sí querré ser artista

La Comisión de Cultura del Congreso aprueba por unanimidad la propuesta de Estatuto del Artista, que deberá ser ratificada en el Pleno. El texto plantea cambios legislativos de calado para adaptar la normativa a la realidad laboral de medio millón de personas.


Eduardo Maura fue el diputado de Podemos que participó en dicha Subcomisión de Cultura. Ahora considera que el Estatuto del Artista está en una fase intermedia, puesto que el Gobierno en funciones avanzó mediante Reales Decretos con los que se ha aplicado “un 20-25% del texto de la Subcomisión, pero faltan cosas muy relevantes, como la relativa a la contratación laboral, falsos autónomos,… Espero que este Gobierno pueda trabajar”, valora Maura en conversación con El Salto. El exdiputado cree que en el nuevo gobierno hay voluntad política para aplicar el Estatuto del Artista pero que eso también depende de que haya Presupuestos “porque hay cosas que requieren una dotación presupuestaria y una conversación entre varios ministerios, como Hacienda, Trabajo y Cultura, algo que no podía hacer un gobierno en funciones”.

A Maura le gusta hablar del Estatuto del Artista como del asfaltado de una carretera llena de baches. El texto contiene, recuerda, “aspectos de avance social, de señalamiento de problemas históricos de precariedad en el sector, que obviamente vienen dados fundamentalmente por las malas prácticas de los empleadores”. Y prevé que su aplicación íntegra tendría efectos prácticamente inmediatos “porque afecta a las formas de contratación, a la accesibilidad a ciertas ayudas, porque implica una mayor visibilidad del trabajo cultural”. Según pronostica, también devengaría consecuencias muy positivas “por la estabilización de las relaciones mercantiles y laborales en el sector. Tendríamos un mapa en el que no habría tanta informalidad, habría una creciente profesionalización. Si puedes normalizar y regularizar la vida profesional de un sector que suma hasta el 4,5% del PIB del Estado español sería un avance razonable”.

En su opinión, el Estatuto del Artista es un proyecto de legislatura, a cuatro años, que implica un cambio de paradigma en las políticas culturales en España: de fiarlo todo a la concepción industrial a plantear como eje la sostenibilidad del trabajo. “Esas políticas industriales —precisa— tienen que existir también, porque la cultura es una industria, además de un derecho y un bien común, pero es verdad que había ido todo en esa dirección”.

El Estatuto del Artista, según el exdiputado Eduardo Maura, plantea como problema central “la sostenibilidad de la vida de quienes trabajan en la cultura”

Maura subraya que el texto, que no tiene rango de ley, no es un convenio sino una agenda legislativa cuya aplicación supone modificaciones en mucha de la normativa vigente, plantea como problema central “la sostenibilidad de la vida de quienes trabajan en la cultura —no otros problemas que se han considerado centrales como la imagen de España en el exterior a través de la cultura o el IVA—, muy en particular de las figuras más habituales como los falsos autónomos, que se han convertido en el pan de cada día en la cultura, también en otros sectores, de una manera particularmente sangrante y agresiva”.

Maura, autor de Los 90. Euforia y miedo en la modernidad democrática española (Akal, 2018), echa de menos un debate público sobre dos cuestiones cruciales, en su opinión. La primera es cómo se tienen que relacionar las instituciones con el big data —“el gran factor de toma de decisiones de las empresas culturales: qué se publica y qué no, qué se produce y qué no a nivel audiovisual, qué tiene difusión y qué no, cada vez depende más de los algoritmos”— y la segunda, qué pueden ofrecer las políticas culturales locales en ese ecosistema.

“Las políticas culturales en el Reino de España han permitido que la cultura esté en bragas y con el culo hecho trizas”, opina Agnès Pe

“Las políticas culturales en el Reino de España han permitido que la cultura esté en bragas y con el culo hecho trizas”, opina Agnès Pe, quien hace música, investiga en el campo sonoro, experimenta con electricidad, programa páginas web y da talleres, “siempre bajo una praxis basada en la inversión de perspectivas y códigos”, explica a El Salto. Ella, que actualmente trabaja en un proyecto educativo en el CA2M de Móstoles (Madrid) con jóvenes con trastorno del espectro autista, considera que “impulsar y centrarse en la cultura no encaja, no genera rendimientos económicos a corto plazo, no es una prioridad, por lo tanto no interesa su desprecarización. Los intentos de encubrir este estado de malestar son demasiado obvios”.

Por su experiencia, Pe puede realizar un diagnóstico claro sobre ese malestar: “Normalizar condiciones que son una vergüenza es algo que en el campo del arte se ha aceptado. Tener que pagar por presentarse en una convocatoria o que no te paguen por exponer en un centro de arte o incluso convocatorias que no son remuneradas, son prácticas muy comunes. No hay que ceder ante este tipo de aberraciones”.

Y traza con pulso firme la ruta que espera a quien pretenda dedicarse profesionalmente al arte: “Quizá puedas vivir en 2020, pueden darte una buena beca y poder sobrevivir, pero en 2021 tendrás que buscarte un extra o varios. Ya en 2022 tendrás que tomarte más serio ese extra y en 2023 la desconfianza hacia el sistema artístico será real. La lógica del sistema del arte es renovarse —carne fresca, nuevos hypes, nuevas corrientes, convocatorias a las que solo puedes presentarte hasta los 35 años—, y mantenerse en una determinada posición sin tener un colchón económico detrás o sin vivir de las rentas es imposible”.

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Amazon y el gusto socialdemócrata

En España, la implantación de GAFAM como el marco que rige la producción y el consumo cultural tiene lugar en un entorno dominado durante las últimas cuatro décadas por lo que el crítico cultural Jordi Costa identificó como “gusto socialdemócrata” en el libro Cómo acabar con la contracultura (Taurus, 2018). En sus páginas, Costa afirma que, frente a la contracultura de los años 70, una explosión regida por el signo de la irracionalidad, el gusto socialdemócrata “esgrimirá la sensatez como el concepto vertebrador de una idea de la cultura que favorezca las manifestaciones menos conflictivas, la omisión de preguntas insidiosas y la adscripción a un relato consensuado sobre la armónica fundación democrática de la sociedad española”.

Costa responde a El Salto que no cree que el imperio GAFAM haya acabado con ese gusto socialdemócrata, ya que “entendido como un modelo de cultura de consenso, no problemática, ni desafiante, pero siempre investida de un ilusorio barniz de prestigio cultural” siempre estará ahí y se adaptará a cada nueva circunstancia. Y añade que las maneras de cuestionarlo también “se diversifican, sofistican y evolucionan como los buenos virus”.

Capitalismo
Amazon ha puesto en venta el planeta Tierra

El último viernes de noviembre se celebra el llamado Black Friday, una jornada para el consumo global que, en su versión digital, domina absolutamente Amazon. La compañía de Jeff Bezos es la marca comercial más valiosa del mundo. También un modelo de precariedad laboral y elusión fiscal.


Desde el pasado verano, Costa es Jefe de Exposiciones del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB). Asegura que no ha llegado para poner el museo patas arriba sino para continuar la trayectoria del centro y no se muestra partidario de que una empresa tenga que ser nunca el objeto de una exposición, “pero sí la realidad cultural que esta engendra, propicia o transforma”.

En su opinión, se puede afirmar, si bien con trazo grueso, que “la égida GAFAM ha transformado lo que se esbozaba con perfiles utópicos en algo que se fundamenta prioritariamente en el consumo, la autoexplotación y el exhibicionismo”. Y sostiene que se trata de un proceso “de apropiación” que tiene muchos otros antecedentes en la era predigital: “Es algo parecido a lo que pasó, de hecho, con la contracultura cuando sus valores inmateriales —ideológicos, vivenciales— se convirtieron en elementos de consumo”.

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2 Comentarios
#47197 14:47 9/2/2020

Excelente artículo sobre la actividad cultural y sus "obreros " que la construimos cotidianamente

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the.emotional.city 18:54 4/2/2020

Molt interessant! Gràcies Sr.Jose Durán Rodríguez

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