Literatura
Crueldad y amor

Resisto porque lectura y escritura son actos cada vez más extemporáneos, cada vez más urgentes, de crueldad y amor.

Panorama 34 La clase obrera de la cultura en la era amazon 05
24 feb 2020 06:00

1. Un amigo me dice que ya no estoy en situación de quejarme. Mi amigo no admite mitologías del fracaso ni bohemias alcohólicas ni ángelas caídas de chichinabo. Cree que, llegada la concesión de un premio o el contrato en una sólida editorial, se acabaron el crujir y el rechinar de dientes: suponen una falta de respeto hacia quienes no llegan a ningún lado, o bien porque nadie les publica, o bien porque sus textos no encuentran eco. Mi amigo me protege de la tentación, bien plausible, de ser una llorona. Sin embargo, yo tengo días malos de una malura neurótica y emocional, y otros días peores de una malura racional y agria como la leche que se deja demasiado tiempo en la nevera.

2. Pertenezco a la clase media de la literatura. No puedo vivir solo de mis ventas y mis anticipos. Si quiero pagar mis impuestos y ser tu enfermera de noche y pagar mis vicios y mis cosas, estoy obligada a dar clase, asistir a clubes de lectura, dar charlas en bibliotecas y conferencias en universidades. Vivo en una perpetua misión pedagógica y eso me hace sentir orgullo porque cultura y educación van unidas. Creo que lo que hago sirve y no es solo un ejercicio de egolatría. Me dicen de todo. Me alegro. Me canso. Es un privilegio, y mi amigo —Pepito Grillo capullo— me llamaría al orden si yo emitiese una queja. Pero reivindico mi derecho a la queja porque soy una viajante de comercio y tengo la sensación de que vendo mis libritos uno a uno y he de pedir perdón por escribir mientras explico por qué la literatura no es un asunto de likes vertiginosos y en Amazon Ana Karenina tiene menos estrellitas que El viaje de Ender. No me puedo cabrear cuando un individuo en un club de lectura me dice: “A ver, véndeme tu libro”. Sonrío e intento buscar, en presencia, los argumentos complacientes que no busco en ausencia. En ausencia no escribo libros para complacer a nadie, pero en presencia me encojo y me convierto en coliflor. Hago pedagogía y hacer pedagogía no es sinónimo de ser prepotente. Procuro ser educada y empática. También sonrío en solidaridad con los oficios difíciles: al fondo de la sala, la librera desmonta el tenderete, vuelve a meter en cajas de cartón los libros que ha traído y se los lleva en una carretilla. Pensará por qué su librería se parece cada vez más al palacio de hielo de Frozen y huele a lapicero. Se preguntará: “¿Por qué no monté una cafetería-repostería?, ¿por qué?”.

3. A veces pienso que es mejor no poder vivir solo de la construcción de libros —o de barcos o de piernas ortopédicas— porque ese salir de un solo lugar me obliga a desensimismarme y a no creerme sacerdotisa que deambula con su túnica blanca por el reino de las letras pensando solo en a qué huelen las nubes y en la levitación de las enálages. El pluriempleo me invita a hablar de lo que importa. O puede que esta proposición dialéctica no sea más que una trampa. Una excusa progre para aliviar la precariedad.

4. El dato de que ha subido el nivel glucémico de la población se relaciona con la hegemonía del pensamiento positivo, la necesidad de que los libros nos den esperanza —todas somos Paulo Coelho— y la urgencia de meternos en la boca cosas redondas de color pastel. Con la consigna publicitaria de que quien quiere puede. No es verdad: algunas porque no parten del mismo lugar y la igualdad de oportunidades es falsa; otras porque se emperran en hacer algo que no saben hacer y utilizan espuriamente el concepto de democracia para odiar y experimentar resentimiento por sus limitaciones y su obcecación. Ahora bien, si tienes dinero de familia, incluso la falta de aptitudes —no diré de talento— se puede minimizar. Así que existen quejas más legítimas que otras y, en la clase media, como casi siempre, descansa la posibilidad de tomar, si no el palacio, al menos el chalecito de invierno. No me conformo. Porque padezco una especie de síndrome de fatiga crónica, soy una trabajadora autónoma autoexplotada, tengo miedo de que mi pequeño bienestar sea espejismo —este temor no es neurosis, sino conciencia en la precariedad de la cultura— y me niego a que los fascistas de Vox me arrebaten la justa ira. Tenemos que pensar mucho y muy críticamente en Mussolini y Dionisio Ridruejo. En Ezra Pound. Me encojo. Me convierto en coliflor.

Culturas
La clase obrera de la cultura en la era Amazon

En el acto de entrega de la cartera, el ministro de Cultura saliente, José Guirao, le dijo a su sucesor en el cargo, José Manuel Rodríguez Uribes, que “los ministros, los concejales y los consejeros no hacemos la cultura, la hacen los creadores y los ciudadanos”. El problema es en qué condiciones se realiza en un mundo dominado por corporaciones gigantes que imponen sus normas, como Amazon y Google.


5. Como en cualquier campo, en este tampoco es lo mismo ser hombre que ser mujer. Las escritoras muchas veces somos flor de un día. Hay una moda, un premio, el deseo de conformar un dream team femenino de excelentes pivots metafóricas y sedosas aleros aliterativas, hay una determinada pose fotogénica que limpia y da esplendor a un campo cultural machista. Mujeres excepcionales reciben premios institucionales en sus lechos de muerte. Si los reciben antes, se colocan en el objetivo de una mira telescópica. Si no son comedidas ni modosas, se las desvincula de sus compañeras y sus genealogías, se ahonda en su soledad, para que alguien les aseste un hachazo del que ya no puedan levantarse. No debemos ser ingenuas, aunque una mañana nos hayamos bañado en una piscina azul con Le Clézio. Conservemos el colmillo un poquito retorcido. Desconfiadas gatas robadas de la calle que se esconden debajo del sillón cuando un desconocido entra en la casa. Busquemos los tres pies al gato, miremos con el ojo sucio, tejamos redes.

6. Hago recuento. Tengo 52 años. Aunque la Wikipedia diga que tengo 53. Tengo 52 años porque nací en el mes de noviembre. Publiqué mi primer libro en 1995. Ninguna burbuja me ha alzado gaseosamente a los cielos y después me ha arrojado al infierno del olvido. Podría enumerar nombres, pero no me gusta señalar con el dedo. No tengo esa costumbre que solo ha de practicarse ante los delitos. Que nadie piense tampoco que soy Heidi. Prefiero la producción de un discurso crítico y teórico. Lo que acabo de decir no significa que no crea en la literatura autobiográfica como género político. Lo personal es político, y reclamamos lo pequeño y lo doméstico, lo corporal, como universales literarios. Por eso, hago recuento y declaro que he sido encuestadora y he dado clases particulares de español. He hecho las labores de mi casa. Me doctoré. He sido becaria, contable y mileurista. He ganado premios con dotación económica y sin ella. Trabajadora por cuenta ajena o por cuenta propia que ha pagado aseadamente sus cuotas a las Seguridad Social y ya no confía en disfrutar de una higiénica vejez. Una damnificada más del capitalismo avanzado. Las hay más damnificadas que yo. Los premios sin dotación económica me los entregó gente extraordinaria y amable. Comprendí que el volován de cierta vanidad alimenta y da alegría.

7. Mi marido es un parado de larga duración. Yo no consumo Netflix y no tengo tele en el móvil. Solo vi Roma y El irlandés porque soy una cinéfila irredenta. Sin embargo, nunca he comprado nada en Amazon ni soy seriófila. Soy una reaccionaria. Estoy bien. Escribo, aunque se dice que ya casi nadie lee literatura —la gente lee otras cosas y de otra manera—, porque no lo puedo evitar. Esa es la verdad más verdadera. Hay quien cree que, como hago lo que me gusta, no tiene que pagarme. Esos son los miserables, los mezquinos, los que lo pudren todo con su doble rasero de medir. A veces tengo que reclamar una factura de 70 euros más de diez veces. Lo hago por puro sentido de la justicia. Por dignidad. Para que no me mientan y respeten mi oficio acaso no tan inútil. Para que se den cuenta de que no soy rica de familia y mi trabajo no es hobby. Un deporte de montaña. Amor por los peces de colores.

8. Puede que la literatura sea un espacio de resistencia. Habla de mujeres con fibromialgia, conductores de camionetas de reparto, adolescentes maltratadas por sus novios, ancianas que se cortan el pelo en India para que en el sur de Europa se confeccionen pelucas que consumirán enfermas de cáncer en Canadá. Puede que la literatura sea un espacio de resistencia que coloca bajo la luz del flexo el maltrato animal y la lucha de clases que van ganando ellos, e ilumina el ángulo oscuro del salón donde se arrumban arpa, chabola y el cartón sobre el que duermen hombres y mujeres sin tablet ni techo. Hay quien dice que no lee ficción porque de la ficción no se aprende tanto como de los libros de ingeniería o de los tutoriales de internet. Piiiii. Error.

9. La literatura es un espacio de resistencia porque, para ser entendida, rompe el cristal de la literalidad. Bajo el ornato o el exabrupto hay otra cosa, un residuo que se nos queda en el cuerpo. La palabra literaria se nos queda en la carne bajo la tinta de esos tatuajes que pretenden corregir el paso de las horas. Dice una cosa a través de otra y activa nuestro pensamiento. Queremos saber qué hay detrás. La literatura construye conciencia crítica porque nos saca de nuestras casillas o nos reafirma en nuestras casillas: hay casillas y pensamientos previos que son extraordinarios. La pipa de Magritte no es una pipa, es la representación de la pipa y esa representación es un modo de adoptar posiciones, casi siempre contracturadas, frente a lo real. Porque no estamos conformes y lo natural no nos lo parece. Porque sopesamos, martillo en puño, normalidad y sentido común. Yo escribo porque sigo pensando que escribir no tiene nada que ver con la comunión de las almas, sino con establecer una conversación en el espacio público. A través del texto y la escritura. Tejer redes vinculantes. Cicatrices. Aún existen lectoras que no me piden argumentos comerciales —rentabilidad emocional, flexibilidad, estiramiento, bienestar gastro-cólico…— para leer un libro. Tengo miedo de las cajas de cartón que me sonríen y de que mi padre sea un elfo. Resisto porque lectura y escritura son actos cada vez más extemporáneos, cada vez más urgentes, de crueldad y amor.

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