Opinión
Los hijos fachos

De los miedos de los 70 a los “hijos fachos” de la era digital y las criptomonedas. Un viaje del ayer pardo a la salvación del punk como dique frente al odio actual.
La Banda Trapera del Río foto archivo lafuente
La Banda Trapera del Río. Fotografía: Llobera y Costa. Colección Archivo Lafuente.

Un amigo, de los 70 como yo, padre de familia, me decía un día que en nuestros tiempos, quieras que no, nuestros padres solo se tenían que preocupar de las drogas o de que nos nos metieran una paliza por ahí. Nos reímos mucho porque tampoco es que eso sea poca cosa. Pero es que ahora esas preocupaciones siguen ahí y, de propina, hay muchas más. Internet lo ha cambiado todo. Creíamos que íbamos a tener acceso a la mayor biblioteca de la historia (¡a todas las bibliotecas al mismo tiempo!), luego creímos que solo íbamos a ver vídeos de gatitos y ahora resulta que las mentiras no tienen las patas tan cortas como nos decían y el mal tiene el brazo más largo que nunca.

Me van contando con cuentagotas (porque a ver cómo cuentas eso) que tienen hijos fachos. Por suerte no oigo a nadie de fiar que me cuente de su hija facha. Aunque las habrá. Algo habrá hecho el feminismo para hacer de dique. Y la alegría de que los más zopencos despotriquen del feminismo con esa inquina y en singular (como si solo hubiera uno ¡ja!) me da esperanza. Pero me cuentan de sus hijos fachos criados en ambientes nada fachos. Me cuentan de esos adolescentes tirando a fachos que navegan sus contradicciones como lo hicimos nosotros, un tortazo de la vida tras otro, porque ni ellos ni nosotros entendíamos nada, claro. No hay otra. La única salida de ese barrizal es a través. 

Y nuestro padre era un pringao y su padre es un pringao. Pero el suyo es un pringao porque tiene que madrugar más que un búho nada menos que porque no invirtió en cripto (¡en criptomonedas!) cuando había que hacerlo. Porque no pone el dinero a trabajar (¡vaya expresión!) y no invierte en no se qué leches. En esas estamos. ¿Cuántas capas hay que rascar para dar con el fascismo, la misoginia, el racismo, el darwinismo social, el odio y la tontería en esos “chorralaires” que le hablan de esas cosas, y en ese tono, a nuestros adolescentes?

Me cuentan que sus retoños hablan de los tiempos de Franco como buenos porque había seguridad, porque había trabajo y porque no había inmigración. Iban a colegios y van a institutos con muchísimo alumnado extranjero en origen, o de padres y madres nacidos fuera y en muchos casos esos son sus amigos. Los que ellos tratan a diario, sus amigos incluso, no son inmigrantes. Los inmigrantes, esos demonios, son los otros, los desconocidos. En una edad en la que los chicos van revoloteando poco a poco fuera del nido, en la que pertenecer a algo más grande que ellos es tan importante, reciben un montón de ruido, de mensajes breves y furiosos, que parecen venir casi todos desde una sola dirección. La siembra que hizo Steve Bannon por toda Europa occidental está dando frutos. Toda la extrema derecha parlamentaria europea gasta dinero a manos llenas en las redes sociales que usan los chicos más jóvenes, los que más necesidad tienen de brocha gorda. Y está funcionando.

Yo me acuerdo del franquismo y yo sí que vivía muy bien. Cuando “Patascortas” entregó la cuchara yo tenía 5 años y ni siquiera tenía que ir a la guardería. Del regazo al parque, del parque a comer, de comer al regazo y besos a cascoporro muchas veces al día. Lo bien que yo vivía no tenía nada que ver con el régimen, pero yo vivía muy bien, que para hacer trampas al solitario valemos todos.

Lo que sí tuve en el colegio, ya en los 80, era a una cuadrilla de nazis redomados en mi propia clase. Uno de ellos era hijo de un ex-divisionario (de la División Azul, los subcampeones del asedio de Leningrado) que, aunque era demasiado joven para enrolarse, mintió y por poco su madre no consigue traerlo de vuelta desde Alemania antes de que lo mandaran a la máquina rusa de picar carne. Vivían cerca de mi casa y a este señor lo recuerdo vistiendo camisas pardas y a alguno de mis compañeros de clase saludándole con el brazo ligeramente flexionado pero la mano bien abierta. Como saludaba aquél austríaco iracundo, el del mostachito ridículo que no tenía nada de ridículo. Y me acuerdo también de la runa odal pegada durante muchos años en el parabrisas de su coche. Su hijo pequeño, repetidor debido a una enfermedad que le bloqueó el crecimiento, uno de aquellos nazis furibundos de mi clase, era el único que no le había salido comunista (a saber lo que significaba eso para aquella cabeza) y era tan fanático que hubiera sido perfectamente el nazi al que los demás nazis apodarían “el nazi”. Padre e hijo parecían estar muy bien relacionados y el hijo nos hablaba de las Juventudes Vikingas y de la CEDADE, esta última con presencia en la ciudad. Este muchacho aparecía de vez en cuando con propaganda, pegatinas, y nos contaba del 1 de mayo en Madrid, día grande para esta gente.

Una vez su padre vino al colegio en mitad del día y lo sacó de clase a toda prisa. Al día siguiente nuestro amigo nos contó que la policía había detenido a un camarada de CEDADE (ese club cultural totalmente inofensivo que Otto Skorzeny, todavía más inofensivo, ayudó a fundar) haciendo prácticas de tiro en un descampado con un fusil ametrallador. Para qué necesitaría el padre nazi a su hijo de 14 o 15 años en una emergencia no nos lo llegó a contar. Lo mismo le iba sujetando el callejero de Madrid mientras conducía, porque estamos hablando de 1982 o 83.  Por lo menos no me lo contó a mí, que no pertenecía al círculo más íntimo. Porque a mí me tiraba el color pardo más que a una Lucilia Sericata (esas moscas verde metálico que comen mierda y cadáveres con denuedo), pero aquellos adolescentes parduzcos no me quisieron como camarada. Sus razones tendrían. Menos mal, podría haber acabado como ellos porque, aun con sus matices, siguen todos en el lado más facha de la vida.

Así que yo llevaba lo pardo como podía, sin confraternizar apenas. Mis libros de la Segunda Guerra Mundial, mis libros de Sven Hassel (aunque el único personaje nazi que había era malo y medio tonto), mis modelos (de Tamiya a ser posible) de aparatos Junkers, Heinkel, Dornier y poco más. Llevándolo discretamente porque ya sabíamos mi amigo y yo que había cosas que no estaban bien vistas salvo por unos cuantos y no conocíamos a nadie más con quien compartirlo.

A los 15 años estaba yo sopesando si había que entrar en un centro de Formación Profesional del Ejército y en algún momento optar a suboficial, o entrar a la academia militar y convertirme en oficial. Todo esto con muchísimas dudas y unas cuantas certezas de proporciones siderales. Adolescente. Siempre escuchando música como si me fuera la vida en ello, eso sí. Mucho heavy metal, mucho rock contemporáneo y en una de esas llegó a mis manos una cinta pirata (había puestos enteros en los mercadillos vendiendo copias piratas de todo lo que salía) del Salve de La Polla Records. Y de repente las letras de Polanski y el Ardor, de Parálisis Permanente, de Siniestro Total y de todos los demás pasaron a ser ripios insulsos. Con mil pesetazas me compré el segundo disco de La Polla, “Revolución”. La portada era horrible, como dibujada por un niño con muchas pinturas y mucho tiempo libre, sonaba mucho peor que el anterior y las letras me resultaron muy ofensivas (¿Moriréis como imbéciles? ¿Cara al culo?) pero no podía dejar de darle vuelta y vuelta a aquél LP. Hay veces en la vida que lo que necesitabas era un empujón y Evaristo Páramos me dio diecinueve. Diecinueve canciones tiene ese disco. No es tontería, no.

Hay un trabajo gigantesco que las izquierdas tiene que hacer, tanto en el qué como en el cómo. O puede que no lo sea tanto y solamente tenga que ser columna central de lo ideológico el dejar que se nos coman la tostada. Y a nuestros hijos con ella. Palabra, obra y omisión, nos decían los curitas a algunos.

Yo le diría a esos padres que a unos nos salvó Evaristo, y a otros les salvó Robe. A unos Kase-O, y a otros Riot Propaganda. Unos aprendieron quién era Bertolt Brecht con Fermín Muguruza y otros aprendieron a militar con Habeas Corpus. Unos aprendieron a enfadarse con RIP y el porqué con Inadaptats.  Y con ellos quién era (¡quién es!) Ovidi Montllor. Unos a reírse y querer con Kiko Veneno y luego a querer y reírse con Albert Pla. Otros aprendieron con los Niños Mutantes que, si el mundo es como tiene que ser, los bancos acabarán ardiendo y que Aurora Beltrán no toca como un tío, es que toca y canta mejor que cualquier que esté allá donde ella esté. Y Robe otra vez para saber de qué está hecho el amor.

Yo les diría a esos padres que es normal que no entendamos lo que hacen esos chavales. Unos y otros, están todos haciendo lo que tienen que hacer. Yo les diría (a la mayoría) que no tiene pinta de que vayan a dar por saco ni la mitad de lo que dimos nosotros. Al menos de momento. Menos mal. Yo les diría a casi todos que lo han hecho mucho mejor que nuestros ancestros. Yo les mostraría lo que pone sobre la puerta del “Repollo”, ese edificio loquísimo que tienen en Viena, que cada época necesita su arte y cada arte su libertad. Y lo mismo no es el arte quien les salve, lo que nos salve a todos, pero lo que seguro que no va a ser es la ingeniería, aunque ahora parezca que es la fuerza que todo lo decide y todo lo arrastra. Durante la pandemia no nos fuimos corriendo a buscar planos de puentes o esquemas eléctricos. Fuimos a buscar música, a buscar historias. Yo les diría que esto saldrá bien.

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