Opinión
Lugares a los que pertenecer
Hace unas semanas recibí un mensaje de una alumna. Hacía dos cursos que no le daba clase y ya estaba en la universidad. Su paso por la ESO no fue especialmente tranquilo y yo no tenía un vínculo fuerte con ella. Me sorprendió que me escribiera.
El mensaje comenzaba diciendo: “Conseguí tu teléfono, espero que no te importe que te hable directamente. Estamos un poco perdidas porque no sabemos bien cómo gestionar una situación y, como siempre nos habéis hecho tanto hincapié en que nos podéis ayudar con otras situaciones que no tengan tanto que ver con lo académico, pues te hablo para ver si nos podías echar una mano porque una amiga nuestra está teniendo un problema…”.
El problema, claro, tenía que ver con la relación que su amiga tenía con un chico.
Nada más leer el mensaje me vino a la cabeza una pregunta: ¿por qué me escribe? Pensé en su trayectoria en secundaria y bachillerato y en los momentos en los que yo había coincidido con ella.
Hacía dos cursos hicimos con su grupo unos talleres en los que trabajábamos, por un lado, con las chicas y, por otro, con los chicos. Estábamos varias profesoras en el equipo que se formó para acompañar a las chicas. Solo había dos profesores para hacerlo con los chicos. Tanto ellos como nosotras nos habíamos formado en feminismo y en el abordaje con adolescentes de las relaciones afectivo sexuales. Los talleres iban precisamente sobre eso, sobre las relaciones afectivo sexuales, desde el placer a los celos pasando por el consentimiento. Es ahí donde las profesoras les decíamos que podían recurrir a nosotras en cualquier situación que necesitasen.
En esos talleres de chicas, cuando somos capaces de crear un espacio de confianza, hablan. Hablan mucho. Hablan de situaciones que han vivido sus amigas. De situaciones que han vivido ellas. De cómo les atraviesan. Hablan de relaciones que les dañan, hablan de agresiones. Se apoyan, se ayudan. Se genera algo, algo fuerte. Un vínculo en el que todas nos reconocemos. Del que todas formamos parte. Al que nos agarramos.
Quizás sea el momento para comenzar a escucharles sin juzgar de primeras lo que dicen, como un comienzo, como una forma de generar vínculos
Además de los talleres, ella había participado en varias actividades que hacemos dentro de lo curricular y en la Noche violeta, un momento de celebración que hacemos la noche anterior al 8M en la que las alumnas, profesoras y otras mujeres de la comunidad educativa pasamos la noche juntas en el centro educativo haciendo distintas actividades.
Quizás la respuesta a por qué decidió escribir es que en esos espacios se genera una identidad común, una identidad que les ayuda a dar respuesta a algunas necesidades. Protección. Afecto. Entendimiento. Participación. Identidad. Se genera algo a lo que volver. Y ese algo tiene que ver, para ellas, con el feminismo. Porque el feminismo les ofrece todo eso. No es solo una manera de entender por qué les pasan algunas de las cosas que les pasan, también es una forma de resolver necesidades. Y quizás es eso, el saber que perteneces a esa “identidad feminista”, lo que hace que busques el teléfono y mandes un audio a una profe con la que no tuviste un vínculo especial cuando no sabes qué hacer para ayudar a una amiga.
Me pregunté también si alguno de ellos, de los que participó de los talleres y las actividades, buscaría el teléfono y llamaría para pedir ayuda. Si para ellos el feminismo es un espacio al que volver, algo que les ayuda a resolver sus necesidades. Si el feminismo es algo a lo que quieren pertenecer, de lo que quieren formar parte.
Quizás para algunos sí, pero no para la mayoría. Por eso puede que sea el momento de pensar también un poco en eso. En cómo acompañarles a ellos. Sin justificarles. Sin dejar de generar espacios en los que escuchen a sus compañeras hablar, decir todo lo que quieren decirles.
Quizás sea el momento para comenzar a escucharles sin juzgar de primeras lo que dicen, como un comienzo, como una forma de generar vínculos. Y, a partir de ahí, hacer procesos para disputar la narrativa antifeminista que les llega desde otros sitios. Para disputar también la narrativa patriarcal desde la que han sido educados. Para hacer contrapeso frente a esas narrativas que, aunque en realidad no les solucionan mucho la papeleta sí que, simbólicamente, les ofrecen un lugar al que pertenecer.
Quizás sería interesante pensarlo sabiendo que no es un juego de suma cero. Que trabajar con ellos no significa restar nada de todo lo que generamos con ellas.
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