Ceuta
Segregación y violencia militar en la frontera de Ceuta: “Se ha producido un estado de apartheid”
Las primeras imágenes del masivo cruce fronterizo del pasado 29 y 30 de julio sacudieron profundamente a Yasin Chekroun, cuya vinculación personal y familiar con Marruecos —su padre es de allí y conserva a toda su familia paterna al otro lado del Estrecho— le impidió quedarse impasible ante el caos y la desinformación. “Tras varias noches sin dormir por la angustia”, explica, decidió sumarse a un grupo de personas organizadas a través del colectivo Border Resistance para articular una caravana solidaria cargada con alimentos, ropa de abrigo, sacos de dormir y material sanitario recogido en diferentes puntos del Estado. Al desembarcar en Ceuta a mediados de agosto, la primera impresión de Yasin fue la de ingresar en “una ciudad bajo un estricto estado de sitio”, rodeada por el mar y las vallas, e inundada por patrullas constantes de la Policía Nacional y unidades militares que transmitían una “sensación de estar en un lugar de guerra”.
Lejos de limitarse a la línea fronteriza, la represión se trasladó a la vida cotidiana de la ciudad mediante un metódico patrón de “segregación racial” que, según Yasin, ha provocado “un estado de apartheid en Ceuta”. Como ejemplo, señala que en las puertas de supermercados como Mercadona militares y vigilantes de seguridad privada obligaban a las personas migrantes de origen marroquí a formar filas diferenciadas para someterlas a controles de acceso restringidos y cacheos. “Yo pasaba por al lado de esa fila y, como persona blanca, podía entrar perfectamente, mientras a ellos los dejaban fuera. Es lo más degradante y humillante”, denuncia Yasin, quien averiguó a través de los guardias de seguridad que “estas medidas respondían a consignas acordadas en reuniones entre mandos militares, policiales, la empresa de seguridad y el propio Gobierno ceutí”.
Esta discriminación se repite en el servicio de Urgencias del hospital de la ciudad, donde a los pacientes migrantes heridos o enfermos se les confinaba en una zona de espera exterior bajo la custodia de militares, prohibiendo la presencia de acompañantes o traductores y relegándoles a una atención médica de “segunda clase”.
“Los policías y militares despertaban a golpes, rociaban espray de pimienta y quitaban los móviles a los jóvenes que descansaban en los asentamientos”
El clima en las calles sufrió un brusco empeoramiento tras las declaraciones públicas del ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, sugiriendo que la vía idónea era que las personas migrantes retornasen “por su propio pie”. A partir de ese momento, realata Yasin, la Policía Nacional y posteriormente las patrullas militares “intensificaron un acoso nocturno con el propósito deliberado de degradar las condiciones de vida de los jóvenes hasta volverlas insoportables”.
“Este incremento de violencia es porque quieren que las personas migrantes tengan una situación de mierda, vulneran absolutamente todos sus derechos para que decidan irse por su propio pie porque ven que ya no pueden recibir más hostias ni más persecuciones”, explica el activista. Y añade que por las noches, agentes policiales irrumpían en los asentamientos donde descansaban los jóvenes para despertarlos a “golpes, rociarles espray de pimienta en el rostro y arrebatarles sus teléfonos móviles, su dinero y sus documentos personales”.
Esta violencia desmedida golpeó con especial crueldad a los colectivos más vulnerables. A las puertas del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI), cerca de 150 mujeres y niñas pequeñas se vieron obligadas a malvivir en un campamento improvisado a la intemperie al no garantizarse su ingreso inmediato. Cuando las voluntarias intentaron acceder al lugar para repartir alimentos de primera necesidad y kits de higiene femenina, explica Yasin, les bloquearon el paso. “Un militar nos grababa directamente a la cara con un teléfono móvil escondido en el bolsillo del chaleco para amedrentarnos. Nosotras solo queríamos subir esa cuesta para llegar a las 150 mujeres y niñas que necesitaban compresas, comida y atención, pero buscan que te sientas en guardia e inseguro constantemente”, relata Yasin.
Violencia a menores
La represión no respetó tampoco a la infancia no acompañada. En un episodio registrado frente a la sede de la Policía Nacional, cerca de mil menores de edad se concentraron de madrugada para solicitar su filiación e ingresar en el sistema de tutela. “La respuesta consistió en desplegar unidades antidisturbios que cargaron con dureza contra niños de entre 11 y 14 años, dejando a uno de ellos convulsionando en el suelo tras la paliza de un agente encapuchado”, asegura Yasin.
La escalada alcanzó otro punto crítico en las inmediaciones del recinto de Loma Colmenar, donde entre 20 y 30 jóvenes que dormían al raso “fueron atacados con golpes y gases por residentes locales en coordinación con patrullas militares”. “Cuatro vehículos todoterreno acorralaron al grupo con la intención de ejecutar una deportación ilegal hacia la frontera marroquí”, cuenta Yasin. Sin embargo, rememora que un activista documentó los hechos con su teléfono móvil” y que, “a pesar de ser agredido”, esa grabación “obligó a las fuerzas de seguridad a frenar la expulsión forzosa”.
“Agentes policiales y militares comenzaron a fotografiar con sus móviles los DNIs de las voluntarias durante las identificaciones, filtrando sus datos personales y números de teléfono a grupos de WhatsApp de sectores fascistas ceutíes”
A la par que se perseguía a las personas migrantes, los colectivos de solidaridad denuncian que sufrieron una intensa campaña de criminalización y amedrentamiento alimentada por medios afines y agitadores de extrema derecha vinculados a plataformas como Revuelta o figuras como Alvise Pérez, Rubén Gisbert y Vito Quiles, quienes acudían a las playas a ridiculizar a los jóvenes e infundir bulos. “Agentes policiales y militares comenzaron a fotografiar con sus móviles los DNIs de las voluntarias durante las identificaciones, filtrando sus datos personales y números de teléfono a grupos de WhatsApp de sectores fascistas ceutíes”, afirma Yasin. Como consecuencia, los activistas comenzaron a “recibir llamadas constantes y mensajes con amenazas de muerte”.
Ante la magnitud de las violaciones de derechos humanos, la labor militante tuvo que asumir funciones de “registro y memoria”. “Ante el colapso administrativo y la negativa institucional a filiar a los recién llegados, No Name Kitchen y las posteriores Brigadas crearon listas autogestionadas de menores no acompañados y abrieron canales de comunicación con familias desesperadas al otro lado de la frontera, en Castillejos (Marruecos), que buscaban a sus hijos desaparecidos en el mar o en la frontera”, recuerda Yasin.
La cara más amarga de esta tarea fue, dice, “la documentación gráfica y el seguimiento de las muertes en el Estrecho y los entierros” en el cementerio ceutí. “Es algo desolador e inhumano ir al cementerio y ver los funerales y los entierros de personas que han muerto intentando cruzar, sabiendo que en la lápida solo ponen un número y no su nombre. Es la máxima expresión de la deshumanización”, lamenta Yasin al denunciar el borrado sistemático de la identidad de los fallecidos.
“Es desolador e inhumano ir al cementerio y ver los funerales y los entierros de personas que han muerto intentando cruzar, sabiendo que en la lápida solo ponen un número y no su nombre. Es la máxima expresión de la deshumanización”
La exposición pública en vídeos de denuncia derivó en un linchamiento virtual contra decenas de militantes y periodistas, entre ellos los compañeros de Derecho a Techo. Yasin relata insultos racistas como “puto moro” y amenazas privadas advirtiéndole que le buscarían por las calles de la ciudad. Ya de vuelta en Bilbao, e incapacitado para desconectarse de la realidad del Estrecho, apenas dos semanas y media después -a principios de septiembre- regresó a Ceuta para integrarse en las Brigadas de Apoyo Mutuo. A pesar de encontrar una ciudad “aún más hostil”, el “reencuentro con los jóvenes migrantes que se acordaban de mí” confirmó “la importancia de resistir a la intimidación y seguir denunciando la violencia en la frontera”.
La red de voluntarias en la que participaba Yasin no actuó de forma aislada. Al llegar a Ceuta, las brigadas coordinaron esfuerzos con colectivos como No Name Kitchen y con las propias familias de las barriadas ceutíes de origen marroquí en sectores como El Príncipe, Hadú o Los Rosales. Fueron las vecinas de la ciudad quienes montaron cocinas comunitarias y repartos nocturnos, logrando distribuir “diariamente entre 1.500 y 2.000 raciones de comida caliente a las miles de personas que malviven dispersas por las laderas y los bosques circundantes por miedo a la policía”.
“Lejos de la imagen de caos proyectada por las autoridades, en la playa floreció una comunidad autogestionada”
En mitad del desamparo, la resistencia de las personas migrantes cristalizó en focos de autoorganización popular como la playa del Trampolín. Allí, donde la Cruz Roja concentró sus repartos de emergencia y puestos de curas, miles de jóvenes acampados frente al mar construyeron un espacio de vida compartida levantando jaimas y refugios improvisados con plásticos, maderas y telas para resguardarse de la humedad. Según remarca Yasin, “lejos de la imagen de caos proyectada por las autoridades, en la playa floreció una comunidad autogestionada” con mercadillos de trueque, zonas donde unos jóvenes cortaban el pelo a otros e incluso una mezquita levantada sobre la arena para la oración diaria.
“Es algo profundamente emocionante ver la situación de miseria en la que viven estas personas y comprobar que no pierden la fe ni esa sonrisa de oreja a oreja por estar contigo; sentir ese agradecimiento eterno cuando hablas con ellos en su idioma te demuestra una dignidad indestructible”, rememora el activista bilbaíno sobre el valor de comunicarse en darija (el dialecto árabe marroquí) para tejer lazos de empatía.
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!