Ceuta
En Ceuta, la vida se abre paso a pesar de la incertidumbre
Karima lleva unos días con la tensión por los aires. “Me he tenido que tomar la pastilla”, dice preocupada. Bajo el calor insufrible que da una lona de plástico en un verano que llega a su fin dando sus últimos coletazos, ella se da aire con lo primero que encuentra: un cartón, un tríptico, la mano, algún abanico. Bajo esa misma lona en la que Karima pasa la mayor parte del día, conviven unas 300 mujeres con niños y niñas llegados a Ceuta a nado entre el 30 y 31 de julio de este año.
En la puerta hay dos carteles: “No hay sitio” y “21:00”, este último haciendo referencia a la hora a la que todas las habitantes improvisadas deberían estar allí. “Si no ponemos ciertas normas, esto es un descontrol”, explica Karima. En la carpa del barrio de Sidi Embarek, autogestionada por las vecinas, pero capitaneada por Karima y sus dos hijos, Abdellah y Fátima, hace semanas que se da cobijo, un plato caliente y curas a todas estas mujeres. Solo hay dos baños químicos y las instalaciones no disponen de duchas.
Frente al odio que esparcen los que más gritan, los de las pulseritas, amplificado por los medios de siempre, hay quien hace días que se arremanga para intentar paliar la situación y mejorar mínimamente la vida de las personas que llegaron. Cocinan, atienden a quienes lo necesitan, juegan con los niños, escuchan las historias. “¿Ves aquella chica de allí? Pues estaba siendo maltratada por el marido, que además, la ha denunciado por abandono del hogar. Su familia no la acepta por querer separarse. ¿Ves aquellas otras dos de allí? Están embarazadas de siete meses. Esta señora de aquí habla español y nos está ayudando muchísimo”, dice señalando a una mujer que está repartiendo tuppers con comida. Karima conoce las historias, los nombres de casi todas ellas.
El eslabón más vulnerable
Junto con los menores y las personas pertenecientes a ciertos colectivos, como el LGTBIAQ+, las mujeres constituyen uno de los eslabones más vulnerables en todo lo que está sucediendo en Ceuta desde hace un mes y medio. Amenazadas por oriundos, recién llegados y autoridades, se han reportado agresiones de toda índole, desde maltratos físicos hasta violaciones; de ahí que fuese una prioridad sacarlas de las calles para ofrecerles una alternativa de alojamiento; aunque sea bajo una carpa a 40 grados en la que el efecto invernadero se puede tocar con lo propios dedos de la mano.
Karima y el resto de vecinas que gestionan el campamento se han estado ocupando de todas estas mujeres sin “unas órdenes claras”
“Solemos tener la puerta llenísima de mujeres que quieren entrar, pero es que de verdad que aquí no cabe nadie más. No damos abasto”, se queja Karima, visiblemente cansada. Desde el 5 de agosto gestiona el campamento y trabaja sin parar, como sus dos hijos, que doblan jornada. “Al principio me quedaba aquí casi las 24 horas que tiene el día. A veces me iba a las cinco de la madrugada, me echaba un rato y a las siete y media volvía”. Karima y el resto de vecinas que gestionan el campamento se han estado ocupando de todas estas mujeres sin “unas órdenes claras” sobre cómo proceder por parte de las autoridades ceutíes.
Apoyadas en la logística —donaron la lona para la carpa y se ocupan de cocinar las comidas calientes— por la oenegé Luna Blanca, también reciben de tanto en tanto la visita de otras organizaciones que echan un cable con las curas. Hace apenas unos días, unas 70 menores no acompañadas fueron trasladadas a otro lugar; lo que descongestionó momentáneamente el campamento, pero los problemas persisten. “Muchas de ellas están embarazadas, y las que no sabemos”, sostiene Karima. Así lo atestiguan algunas barrigas que destacan entre la multitud. Karima recuerda que muchas de las chicas trasladadas se fueron del campamento de Sidi Embarek llorando: “Les dije que se portaran bien. Fue emocionante, porque se iban como si se marcharan de su casa. Dicen que donde se encuentran ahora están en buenas condiciones”.
“Que vengan y arreglen el problema y que se peleen en las urnas”
A Farah y Amina [nombres ficticios], sus amigas Khadija y Salma [también nombres ficticios] les han embadurnado las plantas de los pies de henna. “Están embarazadas de siete meses, y eso trae buena suerte”, cuenta una de las amigas. Están las cuatro sentadas en el suelo, pasando un buen rato y sin preocuparse demasiado por lo que ocurre fuera. “Haraga” escribe una de ellas en la libreta donde tomo notas. No hablan ni francés ni inglés, pero hay una de ellas que chapurrea cuatro palabras en español. Explica que los maridos de las que están embarazadas cruzaron con ellas, pero que no pueden quedarse en esa carpa y que viven en la calle. Ofrecen a esta periodista un tatuaje de henna y hacen bromas entre ellas. La situación de emergencia humanitaria que se vive en puntos clave como la playa del Trampolín o el polígono del Tarajal contrasta con la jovialidad de estas chicas, que, a pesar de la incertidumbre, se saben protegidas.
Su actitud nada tiene que ver con la de Z., de veinte años y enfermera, y su amiga, que continúan, tras seis semanas desde su entrada, vagando por las calles ceutíes sin que nadie las ayude. Han estado en varios campamentos habilitados para las mujeres, pero no hay sitio. Como no son menores, no son una prioridad; pero sus vidas continúan expuestas. Z. habla un poco de francés y explica que por la noche las amenazan y las han intentado agredir. “¿Dónde dormís?” “Por aquí, en la calle”, dice K. señalando el asfalto de las calles de Sidi Embarek. Con la ayuda del traductor explica que se han intentado registrar en varios sitios pero que “no nos han querido dejar entrar, aunque saben que hemos sufrido varios intentos de violación y agresiones. Lamentablemente esta es nuestra realidad [...] No nos sentimos tratadas como seres humanos [...] Si tuviéramos un futuro en nuestro país, no hubiéramos arriesgado nuestras vidas en el mar. Realmente no queremos volver a Marruecos”.
En el campamento, a pocos metros de donde se produce la conversación con Z. y su amiga, Karima intenta convencer a las chicas que allí se hospedan de que, si tienen una familia que las quiere y un techo bajo el que dormir en Marruecos, vuelvan de manera voluntaria. Conoce de buena mano cómo funciona el sistema de asilo en España e intuye que la mayoría de ellas no reunirán las condiciones para poder quedarse en el país. “¿Para qué todo este sufrimiento? Esto va para largo. ¿Les merece la pena pasar por todo esto para nada?”, se pregunta al tiempo que dobla una ropa que le han donado. “¿Ves todo esto? Es ropa que nos dan, pero claro, es una faenada. Hay que lavarla bien y seleccionarla. Mucha no sirve porque es muy vieja. Todo cuesta ya, y a estas alturas nos pesa todo”.
Karima hace una pausa y saca pecho: “Vinieron los de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM); querían dar una charla para hablar sobre el retorno voluntario. Les dije que no, que en la carpa no; que fueran a la calle y que hablasen allí con quien quisiesen. Las chicas que había aquí que se querían ir ya lo han hecho”, remarca. A la ceutí no le interesan las siglas, sean las que sean: “Que vengan y arreglen el problema y que se peleen en las urnas”, dice en referencia a la batalla política que se ha montado alrededor de lo ocurrido en Ceuta.
Críticos con la gestión, en contra del griterío
La charla con Karima se lleva a cabo el día 2 de septiembre, el día de Ceuta. Se han orquestado manifestaciones por todo el territorio peninsular “en solidaridad” con el enclave, pero ella no irá al encuentro. Sabe que se trata de un juego político en el que cada uno intenta avanzar posiciones electorales de cara a los próximos comicios. “Yo me quedaré aquí, ayudando. Las manifestaciones no son por Ceuta ni por los ceutíes; son para otras cosas”.
No fue hasta hace dos días cuando se desplegó sobre terreno la Unidad Multidisciplinar de Atención a la Infancia Migrante en Emergencias (UMAIME)
Eso no significa que se muestre complaciente con la gestión del Gobierno central a lo largo de estas semanas. Es crítica, como todos los ceutíes: se ha llegado tarde y mal; y ni siquiera se puede decir que se haya llegado. Tuvo que pasar un mes para que el Gobierno —se hizo público el 1 de septiembre— aprobara un crédito extraordinario de 63 millones de euros para la atención a la infancia migrante en Ceuta; y no fue hasta hace dos días —el 10 de septiembre— cuando se desplegó sobre terreno la Unidad Multidisciplinar de Atención a la Infancia Migrante en Emergencias (UMAIME). Los ceutíes tienen algo claro: la articulación de una respuesta de Estado integral para abordar la situación no se ha llevado a cabo como hubiera tenido que suceder.
Al rato de hablar con Karima aparece Fátima, su hija. Es igual de elocuente que su madre y tiene las ideas igual de claras. Cuenta que ha sido increpada por la calle mientras conducía y menciona el racismo institucional. “Tendríamos que ver qué pasa si yo, que llevo pañuelo, increpara a alguien por la calle”, dice, en referencia a los insultos contra los periodistas a lo largo de estas semanas por parte de algunos ciudadanos y ciudadanas ceutíes. Se queja de que las autoridades policiales venidas de fuera les hablan a los ceutíes con prepotencia y no entiende por qué se permiten ciertos discursos. “¿Por qué se le permite a [Santiago] Abascal decir que habría que salir con un fusil? Esto tendría que ser denunciable”, se lamenta.
En Ceuta, la mayoría de la gente no entiende que haya personas que quieran que los recién llegados pasen hambre o que se les quemen las chabolas improvisadas
En contra de lo que algunos medios llevan repitiendo hasta la saciedad, son muchos los ceutíes que no entienden la actitud de los distintos cuerpos policiales y militares allí desplegados. Se han reportado y documentado decenas de casos de personas migrantes que han sido insultadas, amenazas y violentadas. Karima y Fátima tampoco entienden que haya quien quiera que los recién llegados pasen hambre o que se les quemen las chabolas improvisadas hechas de cañas, palés y lonas de plástico. Preguntada por la parte geopolítica de lo que está sucediendo, Karima se indigna: “Esto no es una guerra de territorios, aquí vivimos personas. Y no me corresponde a mí analizar eso. Lo que yo estoy haciendo no tiene nada que ver con eso”, sentencia.
El calor continúa siendo insufrible, pero fuera de la carpa, unos niños corretean y juegan, completamente ajenos a la incertidumbre, los tejemanejes políticos, el griterío o el racismo. Hacen lo que un niño. A unos metros, ahora ya sí dentro de la carpa, unas chicas jóvenes se han hecho con una plancha de alisar el pelo: una se la pasa a otra, también ajenas a lo que les depara el futuro; de momento, sin embargo, no tienen que dormir ni en la calle ni en la playa. En este pequeño mundo creado bajo las carpas en Sidi Embarek, a pocos metros de la mezquita y el cementerio musulmán, la vida se abre paso, a pesar de todo y de todos; a pesar de los que se empeñan en deshumanizar a estas personas, a pesar de los que están sacando rédito político a costa de sus vidas y a pesar de un mundo que prefiere mirar hacia otra parte.
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