Opinión
Vox, la España que madruga y la mistificación de la clase obrera
¿Ve Vox su “España” en las miles de personas racializadas que hemos nacido o crecido en el estado? La respuesta parece evidenteToda identidad tiene un grado de fabulación en cuanto intenta congelar la historia, la diversidad y el conflicto en un nosotros atemporal y aproblemático. Porque ¿dónde ve Vox a su “España”? ¿Ve su “España” en las miles de personas racializadas que hemos nacido o crecido en el estado? ¿Ve su “España” en las millones de jóvenes feministas que se preparan para defender a uñas y dientes sus derechos sexuales y reproductivos? ¿Ve su “España” en los ateos, o en las jóvenes que llevan velo o hacen el Ramadán? ¿Ve su “España” en las personas trans? La respuesta parece evidente.Menos se ha hablado de la segunda parte, es decir, del predicado de la frase: “la España que madruga”. A ver,¿quién madruga en España? ¿Madrugan las jornaleras marroquíes, madrugan los parados de cincuenta y tantos, muchos de ellos españoles, que campan entre la exclusión y el abandono? ¿Madrugan las cuidadoras latinoamericanas de las personas mayores, madrugan los jóvenes que no encuentran trabajo? ¿Piensa Vox que toda la gente sin empleo de los barrios que visita es extranjera? ¿Tiene alguna propuesta para la España que no madruga porque hace años que el mercado de trabajo las masticó y expulsó? ¿alguna propuesta para quienes madrugan a cambio de menos de lo necesario para vivir? La España que dibuja Vox, el nosotros en el que ofrece resguardar a toda esa gente aturdida de intemperie, quemada de frustraciones cotidianas es un nosotros que supura “ellos” por todas partes. Pero hay algo peor para quienes buscando tierra firme se adentran en arenas movedizas. Es un nosotros que no existe más, una España blanca y próspera, que si ya era una ficción histórica, ahora es una quimera. Un mundo que cada vez madruga menos, y al que madrugar no le saca de pobre.Mirar a Italia siempre ayuda. Mientras Matteo Salvini se muestra como el azote de inmigrantes y refugiados, en segundo plano, su vicepresidente del movimiento Cinco Estrellas, Luigi Di Maio, dice de su renta de ciudadanía: “no daremos dinero para quedarse en el sofá. Quien lo tome se compromete a hacer trabajos de utilidad pública. Quien haga trampas se enfrentará hasta a 6 años de cárcel”. En un país con un desempleo rampante, con la precariedad como norma, el mensaje es: Nosotros no mantenemos vagos. Antes de esto, ya había alertado de que la renta solo sería para italianos, tras las críticas, incluyó a los extranjeros con 10 años de residencia en el país. La ‘ciudadanía’ de la renta de ciudadanía no es un espacio de derecho sino una fortaleza excluyente.
La fórmula “la España que madruga” evoca un reverso tenebroso: quien queda fuera de esa identidad que es una ficción no se merece una vida dignaSi en los años del apogeo económico se alertaba contra los inmigrantes que venían a robar el trabajo, ahora el principal temor es otro: que se queden con las ayudas sociales. Todo ese miedo obtura un debate: el de la redistribución de la riqueza de arriba a abajo. La lógica de la escasez ha permeado el sentido común. Y entonces a la gente le sorprende que haya inmigrantes asentados conformes con el cierre de fronteras. Merecería la pena preguntar a quienes repiten “los españoles primero” qué piensan de “los vagos que viven de los servicios sociales”, o los “jóvenes ninis que no se esfuerzan.” La fórmula “la España que madruga” evoca un reverso tenebroso: quien queda fuera de esa identidad que es una ficción no se merece una vida digna. Contiene una impugnación contra el principio de que hay una dignidad intrínseca en las personas por el mero hecho de serlo. Esta etapa del capitalismo necesita una lógica del “merecerse” que aplaste los derechos fundamentales.Dicho esto: este no es un artículo que apela a la intelectualidad o a las clases medias para que entiendan por qué la pobre clase obrera bruta y vapuleada es tan peligrosa y racista e inconsciente. Más racismo social y cotidiano hay en esos barrios tan blancos donde las personas racializadas van con uniforme. El racismo no tiene clase —y ya que estamos, el clasismo tampoco tiene raza—. De los barrios empobrecidos brotan contestaciones cotidianas, redes de solidaridad, adaptaciones a los tiempos de mierda que corren, entendimientos, resistencias. Brotan muchas más esperanzas que amenazas de los barrios “obreros”, de sus colegios mestizos y sus plazas llenas de vecinos. Pero sucede que se (nos) trata como un objeto de debate o de preocupación y no como un sujeto.No ha sido un proceso espontáneo, tiene que ver con el cierre del ciclo político hacia la representación, un cierre al que ha contribuido la “nueva política”. Si a la izquierda tanto le preocupa la clase obrera empobrecida de los barrios, debería hablar mucho menos de inmigración —que es también clase obrera empobrecida de los barrios— y más de renta básica universal. Si a la izquierda tanto le preocupa la deriva de los barrios obreros hacia la derecha, debería de pensarlos menos como objeto a representar y defender, y más como espacios donde habitan sujetos políticos. Si al menos Vox nos sirviera para ver esto, podríamos transitar de la fascinación a la respuesta.
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