Metzineres, la casa de 647 mujeres en el Raval que está a punto de desaparecer

La especulación inmobiliaria amenaza el futuro del espacio que acoge a usuarias de drogas y supervivientes de violencias, referente internacional por su pionero modelo de acompañamiento y gestión junto con las mujeres que lo habitan.
Detalle del interior del local de la cooperativa Metzineres.
Detalle del interior del local de la cooperativa Metzineres. Paula Padilla Argelich
23 may 2026 06:00

Son apenas 100 metros cuadrados repartidos entre un comedor, un dormitorio con tres literas, un baño, un vestidor y una pequeña terraza. No es el único sitio de la ciudad al que podrían acudir, pero es el que ellas eligen. “Es nuestra casa, nuestro lugar, nuestro refugio”, cuenta Manu sobre el local de la cooperativa Metzineres, el primer espacio de Catalunya para mujeres que usan drogas, duermen en la calle y han sobrevivido a múltiples violencias diseñado y gestionado conjuntamente con ellas. Ahora, amenazado por la especulación inmobiliaria, el sitio que ha sido hogar para 647 mujeres como Manu está a punto de desaparecer. 

Cinco años después de que la entidad se instalase en el número 3 de la calle Lluna, en el barrio del Raval (Barcelona), la propiedad ha decidido no renovarle el alquiler de los bajos del edificio. El espacio, cuyas reformas Metzineres todavía está pagando, dejará de acoger cada tarde a cerca de 70 mujeres expulsadas del sistema sociosanitario para convertirse en el almacén de herramientas con las que se reformará la finca, según han dicho los dueños a la cooperativa. 

La propiedad les ha ofrecido alargar la prórroga del alquiler hasta septiembre, pero Metzineres advierte que a partir de entonces su futuro está en peligro. No solo se enfrentan, desde hace meses, al reto de encontrar un lugar que se ajuste a sus posibilidades económicas en una de las zonas con el mercado inmobiliario más tensionado de la ciudad, sino que además necesitan un espacio mayor para recibir a la creciente cantidad de mujeres que atraen. En 2025, llegaron a sus entornos de cobijo 85 nuevas mujeres. 

“El local se nos queda corto. Ya hace mucho tiempo que pedimos a la administración que nos ayude a encontrar un lugar más grande y también los recursos para poderlo mantener”, explica la antropóloga y directora de Metzineres, Aura Roig. “Aunque ahora encontrásemos un nuevo espacio, la inversión que implicaría rehabilitarlo para cumplir con las normativas haría que trasladarnos fuese muy complicado”, añade Roig a la vez que recuerda que “gran parte” de las subvenciones que reciben, con las que financian el 70% de su actividad, dependen de que tengan un local.  

El espacio dejará de acoger cada tarde a cerca de 70 mujeres expulsadas del sistema sociosanitario para convertirse en un almacén de herramientas

El Ayuntamiento de Barcelona ha expresado a El Salto su “compromiso” en mantener “apoyo continuo” a la cooperativa, a la que asegura estar acompañando y asesorando en la búsqueda, pero hasta ahora tampoco ha sido capaz de encontrar un nuevo destino para el proyecto. A falta de alternativas, Metzineres se ha planteado incluso adquirir su local actual con la ayuda de entidades aliadas, pero la sociedad Barcino Property, dueña del edificio, se niega a vendérselo. “Nos dicen que no está en venta, pero nosotros lo vemos anunciado en Idealista”, denuncia Roig sobre la postura de la sociedad, que ha declinado contestar a las preguntas de este medio. El Ayuntamiento, por su parte, también rechazó la adquisición pública del espacio alegando que solo puede comprar inmuebles destinados a la vivienda.

“Para nosotras, contar con un local es fundamental porque es donde las mujeres pueden tener un espacio mínimamente íntimo, cubrir sus necesidades básicas para sostener los procesos de recuperación, generar un sentimiento de pertenencia y desarrollar iniciativas”, explica la directora de la cooperativa, que lleva casi diez años cubriendo los vacíos del circuito sociosanitario actual. “¿A dónde nos vamos, si esto deja de existir?”, alerta María, una de las primeras integrantes del proyecto. “Es como si de repente, de un día para otro, no pudieras volver a casa”, describe. 

Un “espacio para vivir”

“Una persona normal, empieza el día levantándose, yendo al baño y cepillándose los dientes. Para muchas de nosotras, que vivimos en la calle, lo mismo tiene otro proceso. Es despertarse, a veces por la policía, ver si hay otra gente que te haya podido meter mano mientras dormías y mirar si todavía tienes tus cosas o alguien te las robó. Después, hacer tu higiene personal, lavar la ropa y comer algo. Si no hay Metzineres, todo esto se complica muchísimo”, explica María, que lleva más de diez años viviendo en la calle, situación en la que se encuentran alrededor del 70% de sus compañeras

El local de la cooperativa abre sus puertas cada mediodía de lunes a viernes, alrededor de las 14h, pero desde la 13.30h aguardan delante suyo mujeres como Manu o María, para quienes Metzineres forma parte “del día a día”. Ahí, tienen acceso a comida caliente, camas, duchas, lavadora, ordenadores con internet y un espacio para consumo supervisado. También a talleres, asesoramiento jurídico o acompañamiento sanitario. El espacio opera hasta las 21h y tiene, durante todo ese tiempo, sus puertas abiertas. 

“¿A dónde nos vamos, si esto deja de existir?”, alerta María, integrante del proyecto. “Es como si de repente, de un día para otro, no pudieras volver a casa”, describe

“Es fantástico porque te da el espacio para vivir. No es un lugar donde llegas y te vas, sino que te quedas, te puedes tomar tu tiempo, estás cómoda”, cuenta Manu acerca del local, uno de los pocos de la ciudad exclusivo para mujeres y con posibilidad de consumo, pero sobre todo el único que han construido ellas mismas según sus necesidades y prioridades. “Son mujeres que tienen toda la vida regulada o mediada: cuando llegan a cualquier servicio, tienen que pedir permiso para todo. Tener un espacio de entrada directa, donde se pueden encontrar con sus amigas o hacerse un café sin tener que pasar por una recepción, para ellas es fundamental”, agrega Roig.

Es desde aquí, sostiene la antropóloga, que se crea una “sensación de pertenencia” y las mujeres pueden articularse “por primera vez” como verdaderas vecinas de un barrio, el Raval, con el que están íntimamente vinculadas. “Hemos procurado participar mucho en el entramado vecinal y las acciones comunitarias”, comenta la directora de la entidad, para la que es “importantísimo” contar con una solidaridad del vecindario como la que han conseguido. “Movernos de zona implica toda una sensibilización y crear de nuevo una comunidad que no es fácil con una población tan estigmatizada”, advierte. 

“En el momento que pasas por la puerta, empiezas a formar parte de Metzineres”, explica María sobre la comunidad que a su vez han generado puertas adentro, una “familia”, como la llaman muchas, que crece, también, gracias a ellas. “Siempre que me encuentro a una mujer por las calles de Barcelona que está en apuros, la traigo aquí”, relata María, hoy convertida, junto a Manu, en una de las técnicas comunitarias del proyecto, cuyo alcance es incalculable: “Donde no llegan los profesionales, llegamos nosotras”. 

Puerta de entrada al local de la cooperativa Metzineres, ubicado en el barrio del Raval, en Barcelona.
Puerta de entrada al local de la cooperativa Metzineres, ubicado en el barrio del Raval, en Barcelona. Paula Padilla Argelich

Jerarquía y reinserción

“Ojalá pudiéramos estar aquí más tiempo, sería un sueño, porque para la gente que está en la calle no hay nada. Sobre todo para las mujeres”, denuncia Manu. Si Metzineres se queda sin local, ella, María, y el resto de participantes de la cooperativa tendrán que acudir a alguno de los 15 Centros de Atención y Seguimiento a las drogodependencias o a los recursos residenciales que hay en la ciudad, lugares regidos generalmente tan solo desde la perspectiva profesional, la mayoría orientados a la reinserción, y prácticamente ninguno exclusivo para mujeres. El más —ligeramente— parecido a Metzineres sería el Centro Residencial Integral Galena, pero sus 50 plazas están siempre ocupadas. 

Las mujeres representan actualmente menos del 15% de las personas que han usado alguno de los programas de reducción de daños de Barcelona, apunta el último Plan de Acción sobre Drogas de la ciudad. Según la directora de Metzineres, el sistema sociosanitario carece de mirada de género y es “muy insuficiente” atendiendo a mujeres que afrontan múltiples situaciones de vulnerabilidad. “Cuando creamos la cooperativa, empezaron a venir mujeres que era como si no existieran, porque hasta entonces no llegaban a ningún tipo de red especializada”, recuerda.

“Cuando creamos la cooperativa, empezaron a venir mujeres que era como si no existieran, porque hasta entonces no llegaban a ningún tipo de red especializada”, dice Roig

“En el momento que se enteran de que tomas drogas, vives en la calle, etcétera, no te atienden como a una persona normal”, lamenta María, quien señala que, en el fondo del prejuicio, existe una diferencia de clase: “Si tienes dinero y usas alguna sustancia, eres consumidor, pero si eres pobre, eres un yonqui”. “Las cosas tienen estilo o son malas dependiendo de eso. Cuando eres rico, es sofisticado consumir drogas y evadir impuestos, pero no si nosotras lo hacemos”, añade Fia, otra de las integrantes de Metzineres, que se unió al proyecto hace seis años.  

En la cooperativa, Fia, Manu y María no solo son respetadas, sino reconocidas como expertas y merecedoras de la misma —si no más— autoridad que sus compañeras profesionales. Alejado de las lógicas del circuito asistencial tradicional, en el espacio de Metzineres reina la convicción de que son ellas quienes deben orientar a las especialistas en base a su experiencia. Algunas forman parte del equipo como técnicas comunitarias, otras recorren las calles para asistir a mujeres fuera del local, o hacen acompañamientos cuando este está cerrado, varias son talleristas, otras vocales. “Intentamos que todas aquellas que quieran contribuir al proyecto lo puedan hacer dentro de sus posibilidades”, cuenta su directora. 

La entidad trabaja, además, con una mirada de “espectro completo” que defiende que la reducción de daños “no tiene que ver” con las drogas, sino con la seguridad, la vivienda, el trauma y “muchísimos” otros factores, argumenta Roig. Su labor, puntualiza, ya no está solo enfocada a evitar la muerte de personas que usan drogas, como se hacía 30 años atrás cuando Barcelona empezó a implementar los sistemas de reducción de daños para dar respuesta a la crisis de la heroína. Ahora se trata, sobre todo, de detener la “cronificación de las situaciones de exclusión”. “Las personas ya no mueren, pero tampoco viven: sobreviven”, asegura la antropóloga. 

“Necesitamos más metzineres”

El modelo de Metzineres, referente a nivel internacional y replicado en países como Colombia, México, Brasil o Uruguay, ha sido reconocido por Naciones Unidas, y galardonado con el premio Agenda Barcelona 2030 y con el del Observatorio Catalán de la Justicia en Violencia Machista. En 2020, la Generalitat de Catalunya las declaró también Servicio de Intervención Especializada (SIE), pero nada de eso les garantiza un espacio donde dar continuidad al proyecto. 

“Nadie piensa en todo lo que nosotras ahorramos al sistema y toda la retraumatización que evitamos a las mujeres”, observa Roig. “Sabemos que la herramienta más importante para prevenir brotes psicóticos e ingresos hospitalarios es tener un lugar donde descansar y comer algo. Nuestras literas y comedor hacen eso”, señala. 

María señala que, en el fondo del prejuicio, existe una diferencia de clase: “Si tienes dinero y usas alguna sustancia, eres consumidor, pero si eres pobre, eres yonqui”

Si las mujeres, por otro lado, tienen un lugar donde recibir notificaciones judiciales para que no se celebren los juicios sin ellas y sin defensa, tienen más posibilidades de poder expiar mediante trabajos de beneficio a la comunidad sus delitos, que acostumbran a ser leves. “Que no entren en prisión implica, además de poder continuar su recuperación, un inmenso ahorro, porque lo que vale una mujer dentro de la cárcel es brutal comparado con nosotras”, afirma la directora de la entidad. 

“Ya hemos demostrado que lo que estamos haciendo funciona”, reivindica Roig sobre el proyecto que empezó en el seno de la Xarxa de Donxs que Usen Drogues (XADUD) en 2017, una iniciativa que ha crecido de la misma manera que nació: fruto de asambleas con mujeres como María, Manu y Fia, entonces celebradas en Ateneu del Raval, y ahora, cada jueves por la tarde, en el local de la entidad. 

Casi una década de arduo trabajo después, con el equipo “agotado” y tras haber tenido que reducir su actividad a los días laborales pese a saber que los fines de semana y festivos es cuando las mujeres más las necesitan, Metzineres reclama una “mínima” garantía de continuidad. 

“Los problemas que podemos tener aquí no son porque Metzineres exista, sino porque no existen suficientes metzineres. Si Metzineres despareciera, estos problemas estarían en la calle. Lo estaban antes y lo volverán a estar. Gracias a la cooperativa, ahora las cosas pueden mejorar”, asegura Fia. “Necesitamos más metzineres”, concluye.

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