Análisis
Instituts Indignats: la revuelta de los niños que se comieron los escaparates de Barcelona

La investigación trata ahora de identificar a los responsables de la convocatoria de Blocus que reventó varios comercios de Barcelona y esclarecer cómo se organizó una protesta sin precedentes claros.
Barcelona 0626 - 1
Dos turistas frente a la Sagrada Familia, en Barcelona, tras completarse la monumental Torre de Jesucristo, que alcanza los 172 metros de altura. Álvaro Minguito
28 oct 2026 05:25

El antropólogo Manuel Delgado bautizó en su día Barcelona como la “ciudad escaparate”. Un escaparate es una promesa con un cristal delante que te dice dos cosas a la vez: que todo está ahí y que no es para ti. Todo parece estar al alcance de la mano, pero un cristal te separa de ello. Esa barrera convierte la proximidad en imposibilidad y la imposibilidad, en deseo. Los comerciantes del Passeig de Gràcia y del Portal de l'Àngel lo saben mejor que nadie.

El sábado por la tarde, unos quinientos chavales bajaron a plaza Catalunya y rompieron tantos escaparates como pudieron (entre otras cosas). Veintitrés tiendas, un parasol de terraza, unos cuantos contenedores y algunas bicicletas. El domingo llegó el recuento oficial: 128 detenidos, 72 de ellos menores. Solo dos tenían antecedentes. Hubo, además, 68 actas por navajas, aerosoles y petardos. La consellera Núria Parlon habló de gente “desordenada, sin organización”, sin causa social que llevarse a la boca, y el alcalde Joan Collboni prometió que pagarían también los padres. Es curioso cómo, cuando los hijos rompen algo, nuestras autoridades redescubren de pronto la familia, esa institución a la que llevan décadas dejando sin casa, sin tiempo y sin sueldo.

La convocatoria corrió por TikTok bajo el nombre de Instituts Indignats, que traducía al catalán el de los Lycées Indignés franceses. Allí los estudiantes piden cosas muy concretas y muy antiguas: más profesores —y mejor remunerados—, aulas que no se caigan, un descenso en el precio de la cesta de la compra, acceso a la vivienda, etc. Aquí, sin embargo, no hubo ninguna proclama. ¿Qué indignación es esa que no pide nada? ¿O pedía algo que no sabemos oír?

En el verano de 1965 tuvo lugar en Watts, Los Ángeles, una de las oleadas de disturbios y violencia racial mayores que se recuerdan. Guy Debord escribió entonces en El declive y la caída de la economía espectacular-mercantil que el saqueador era el único que se tomaba en serio las promesas de la sociedad de la abundancia: le habían dicho que todo estaba ahí, al alcance de la mano, y él, simplemente, alargaba la mano. Obviamente, Debord no pedía que aplaudiéramos los saqueos (como tampoco lo piden estas líneas), sino algo incluso más difícil: que no nos tranquilizáramos llamándolos delincuencia.


Una primera —e importante— lectura señala la necesidad de investigar quién está detrás de Blocus, la plataforma anónima que difundió la convocatoria desde distintos perfiles de TikTok y la trasladó después a grupos cerrados de Telegram y WhatsApp. Los Mossos ya estaban monitorizando esas cuentas y, según la comisaria jefa del cuerpo, Sílvia Catà, los grupos organizados que difundieron los mensajes habrían reclutado a jóvenes para cometer actos delictivos, más que para manifestarse. La investigación trata ahora de identificar a los responsables y esclarecer cómo se organizó la convocatoria.

A la izquierda le toca el papel más difícil, que consiste en no limitarse a condenar ni a callar, sino preguntarse en voz alta qué le está pasando a la generación que protagonizó estas escenas

Por el momento, no hay pruebas que permitan confirmar una vinculación con organizaciones de extrema derecha, aunque algunos indicios invitan a investigar esa posibilidad. La cartelería presenta semejanzas con materiales utilizados por grupos ultras durante la crisis de Ceuta, mientras que los errores y las construcciones poco naturales de los textos en catalán plantean la posibilidad de que se hayan elaborado con herramientas de traducción automática. Son indicios que, por sí solos, no permiten establecer una autoría ni una filiación política, pero que merecen ser examinados junto con el resto de las evidencias.

Lo que sí sabemos es que en la plaza coincidieron chavales de orígenes muy distintos, de barrios, lenguas y casas que entre semana no se rozan. Lo único que compartían era un móvil y un centro de ciudad que no les pertenece. Eso, y ganas de destrozar cosas. Barcelona les ha enseñado ese centro como se enseña un pastel en la vitrina de una pastelería cara: para mirar, para hacerse una foto, para seguir caminando. Sus padres limpian los hoteles, sirven las mesas y reparten los paquetes de ese decorado. Ellos lo visitan como turistas en su propia ciudad. Y uno no cuida lo que no habita. Uno, como mucho, lo fotografía. O lo rompe, que es otra forma de fotografiarlo.

La respuesta oficial sobre cómo proceder tiene un programa claro: juzgados, multas a los padres, más policía, y un mes por delante hasta unas elecciones en que las imágenes de adolescentes encapuchados delante de una tienda en llamas sirven para alimentar discursos de odio. A la extrema derecha le van fantásticamente bien estas imágenes. Es la última astucia del espectáculo, que incluso ha conseguido hacer que la rebelión trabaje para su causa.

A la izquierda le toca el papel más difícil, que consiste en no limitarse a condenar ni a callar, sino preguntarse en voz alta qué le está pasando a una generación que ha descubierto que romper un escaparate da más likes que pedir un profesor de matemáticas.

Si nadie les ha preguntado nunca qué quieren, quizá sea porque la respuesta nos obligaría a hablar de casas, de trabajo, de tiempo, de una ciudad vendida a metros cuadrados y de un futuro que solo existe detrás de ese escaparate distorsionado que es la pantalla de un móvil. Y eso da más miedo que ningún contenedor quemado.

Arte
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