Una segunda casa para la infancia del genocidio armenio

En Jbeil, a unos cuarenta kilómetros al norte de Beirut, hay una historia que suele pasar desapercibida, la de los miles de niños y niñas armenias que llegaron al Líbano escapando del genocidio. Allí, un orfanato reconvertido en museo intenta recuperar la memoria histórica de todos ellos.
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Una de las fotografías expuestas en el museo sobre el genocidio armenio.
Beirut, Líbano.
28 sep 2026 06:00

Jbeil, la antigua Byblos, es una histórica ciudad costera del Líbano situada a unos cuarenta kilómetros al norte de Beirut. Pasear por sus calles supone adentrarse en miles de años de historia y en los restos de algunas de las civilizaciones que habitaron y transformaron este enclave estratégico del Mediterráneo. Pero entre todas las capas de historia existentes en Jbeil hay una que suele pasar desapercibida.

A escasas calles de las históricas ruinas que atraen a los pocos turistas presentes a causa de la ocupación israelí, hay un lugar que guarda una parte de la historia del exilio armenio en el Líbano. Hoy es un museo, pero durante décadas fue un orfanato. Sus salas conservan datos, documentos y objetos que permiten aprender sobre la vida de miles de niños y niñas armenios que llegaron al Líbano durante y después del genocidio. Se llamaba Birds’ Nest y hoy es el Museo de los Huérfanos del Genocidio Armenio “Aram Bezikian”.

Un segundo hogar

Para comprender la historia de Birds’ Nest hay que retroceder a finales del siglo XIX. Pese a que ya había personas armenias en el Líbano desde el siglo XVII, las matanzas cometidas por el Imperio otomano durante el reinado del sultán Abdul Hamid II supusieron un punto de inflexión. Entre 1894 y 1896, las masacres contra la población armenia provocaron alrededor de 200.000 víctimas y el desplazamiento forzado de decenas de miles de personas. Dos décadas más tarde, los Jóvenes Turcos llevarían a cabo una nueva campaña de persecución y deportación contra la población armenia que culminaría en el genocidio armenio.

El Líbano se convirtió entonces en uno de los lugares de acogida, referido para muchas personas armenias como “yergort hayrenik” (nuestra segunda casa). De hecho, durante la década de 1920 fue, junto con Grecia y la Unión Soviética, el país que acogió a un mayor número de supervivientes del genocidio. A diferencia de lo que había ocurrido durante décadas en Anatolia, donde habían sido objeto de persecución y considerados “gavur” —un término turco utilizado despectivamente para referirse a los no musulmanes o “infieles”—, en el Líbano encontraron un lugar en el que pudieron reconstruir su vida social, económica y política. Fue así como surgieron, durante las décadas de 1920 y 1930, los principales campos de personas refugiadas y diversos núcleos urbanos de población armenia en las afueras de Beirut, entre ellos el más emblemático, Bourj Hammoud.

El Tratado de Lausana de 1923 y la consolidación de las nuevas fronteras de Turquía hicieron que la esperanza de retorno a sus lugares de origen desapareciera prácticamente. Las personas refugiadas armenias, entre ellas, miles de niños y niñas, tuvieron que quedarse en el Líbano.

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Edificio del museo

Del Near East Relief a Maria Jacobsen

Tal como explica Krikor A. Alozian, director del museo, “la historia de los orfanatos armenios se debe a la organización estadounidense Near East Relief”, creada a raíz de las noticias que llegaron a Estados Unidos sobre las masacres y deportaciones de las minorías cristianas del Imperio otomano durante la Primera Guerra Mundial.

Entre quienes hicieron llegar esas noticias a Washington se encontraba Henry Morgenthau, embajador de Estados Unidos ante el Imperio otomano entre 1913 y 1916. Sus telegramas denunciaron la magnitud de las deportaciones y persecuciones contra la población armenia y, más allá de otros intereses que pudieran influir en la actuación estadounidense, contribuyó a impulsar la respuesta humanitaria del país.

En el Líbano, paralelamente a los campos de personas refugiadas surgieron numerosos orfanatos en distintas ciudades, entre ellas Saida, Jounieh y Jbeil

Ante esta situación, Near East Relief desempeñó un papel fundamental en el Mediterráneo oriental. Desarrolló actividades en Líbano, Siria, Palestina, Chipre, Grecia y Turquía. En el Líbano, paralelamente a los campos de personas refugiadas surgieron numerosos orfanatos en distintas ciudades, entre ellas Saida, Jounieh y Jbeil. Sin embargo, la historia del orfanato de Jbeil Birds’ Nest no puede entenderse únicamente a través de Near East Relief. Hay un nombre que aparece una y otra vez cuando se recorre el museo: Maria Jacobsen, una enfermera danesa protestante. Durante la Primera Guerra Mundial presenció las deportaciones y las masacres de la población armenia en la región de la actual Elazığ, en Turquía. “Llegó a hacerse cargo de entre 3.000 y 4.000 huérfanos en Turquía. Para protegerlos de las autoridades otomanas, habría llegado a negar que escondía niños bajo su cuidado, ocultando a algunos de ellos en un sótano”, cuenta Krikor.

El orfanato de Jbeil llegó a acoger, según las estimaciones, hasta 4.000 niños y niñas. Muchos habían llegado sin documentación clara y sin información completa sobre sus familias

Su labor llamó la atención de Near East Relief, que la invitó a Estados Unidos. Cuando regresó a Cilicia, las autoridades turcas le impidieron continuar allí su trabajo. Jacobsen se trasladó entonces al Líbano y comenzó a trabajar con personas refugiadas armenias instaladas en los campamentos. Su primer orfanato estuvo cerca de Jounieh. Sin embargo, la escasez de agua y otras dificultades obligaron a trasladar a los niños y niñas a otro lugar.

“Inicialmente abrió un orfanato cerca de Jounieh, aunque permaneció allí únicamente unos seis meses debido, entre otros problemas, a la escasez de agua. Posteriormente, pudo trasladarlos a Saida, donde permanecieron entre 1923 y 1928, periodo durante el cual comenzó a ser conocido como Birds’ Nest. En 1928 adquirió la propiedad en Jbeil, donde se instaló definitivamente. El orfanato de Jbeil llegó a acoger, según las estimaciones, hasta 4.000 niños y niñas. Muchos habían llegado sin documentación clara y sin información completa sobre sus familias. Algunos ni siquiera conservaban su nombre original. Jacobsen participó en la asignación de nombres y apellidos, y las consecuencias llegan hasta el presente. “Existen familias armenias cuyos apellidos actuales no coinciden con los apellidos originales de sus antepasados, sino con aquellos que les fueron asignados durante su estancia en el orfanato”, explica Krikor.

Aprender una lengua, reconstruir una identidad

La pérdida de la identidad familiar no fue, sin embargo, la única consecuencia de la violencia y el desplazamiento armenio. También lo fue la pérdida de la lengua.Durante la primera mitad de la década de 1920, el orfanato de Jbeil se convirtió en un importante centro educativo armenio. El profesorado estaba formado por jóvenes intelectuales —tanto armenios como árabes— y el armenio constituía la principal lengua de enseñanza.

“Ser armenio estaba estrechamente asociado con hablar armenio. Sin embargo, la realidad lingüística de quienes llegaron al Líbano era más compleja. Muchos armenios procedentes de Turquía hablaban principalmente turco o kurdo, y solo una parte dominaba el armenio. Una vez establecidos en el Líbano, la recuperación y transmisión de la lengua adquirió una importancia especial como forma de reforzar una identidad que había estado amenazada”. La escuela tenía, por tanto, una función que iba más allá de la educación convencional. La diáspora consideraba que la supervivencia de la comunidad dependía también de su capacidad para conservar la lengua, símbolo de la conciencia nacional.

Evitar el olvido

En la década de 1960, Birds’ Nest dejó de funcionar como orfanato. Los niños y niñas que habían pasado por sus instalaciones habían crecido. La institución desapareció como orfanato y, con el tiempo, también surgió el riesgo de que su historia quedara relegada al olvido. Por ello, en 2009 comenzó a plantearse la recuperación del espacio y su transformación en un lugar de memoria. “La iniciativa partía de la convicción de que la historia del orfanato no pertenecía únicamente a la comunidad armenia: también formaba parte de la historia del Líbano”, cuenta Krikor.

El museo abrió finalmente sus puertas en 2015, coincidiendo con el centenario del genocidio armenio. El proyecto contó con el apoyo de Alecco y Ani Bezikian, cuya relación con el lugar era también familiar. Aram Bezikian, padre de Alecco y marido de Ani, había sido uno de los huérfanos de Birds’ Nest. “Su apoyo representa así un vínculo directo entre las generaciones de supervivientes que pasaron por el orfanato y el esfuerzo contemporáneo por preservar y transmitir su memoria”.

Una historia armenia, una historia libanesa

Para los niños y niñas que pasaron por el orfanato, la cuestión de la identidad no terminó con la infancia ni con la salida del centro. De la misma manera que para la mayoría de personas armenias que llegaron al Líbano, la integración en la sociedad libanesa fue un proceso largo. “Requirió bastante tiempo para que la comunidad armenia fuera y se sintiera libanesa. A día de hoy, se podría decir que los armenios en el Líbano somos ciudadanos libaneses étnicamente armenios”, sostiene Krikor.

En 1948 existían ya 59 escuelas armenias en el Líbano que escolarizaban a cerca de 11.000 alumnos. En 1955, dos asociaciones protestantes armenias fundaron en Beirut el Haigazian College —rebautizado como Universidad Haigazian en 1992—, la única institución de enseñanza superior de la diáspora armenia. A su vez, la Universidad Americana de Beirut y la Université Saint-Joseph —las dos universidades más prestigiosas del país—, se dotaron de una cátedra de Estudios Armenios.

En la actualidad, la comunidad armenia dispone de seis escaños en el Parlamento libanés, integrado por 128 diputados: cinco corresponden a la comunidad apostólica y uno a la comunidad católica. Asimismo, tiene garantizada al menos una cartera ministerial en el Gobierno. Así, las escuelas, las iglesias, las asociaciones y los partidos políticos han contribuido a mantener esa identidad hasta el día de hoy, actuando a su vez como mecanismos de cohesión con el resto de la sociedad libanesa.

Un espacio de memoria

Hoy el museo recibe visitantes armenios residentes en el Líbano, miembros de la diáspora procedentes de distintos países, libaneses no armenios y turistas extranjeros. También acoge visitas de escuelas, asociaciones y organizaciones.

Para la comunidad armenia, el museo constituye un espacio de memoria. Para el Líbano, forma parte de la historia de un país que ha recibido a miles de personas desplazadas por la violencia y la persecución. De esta manera, funciona simultáneamente como lugar de memoria histórica y de encuentro entre el Líbano y el pueblo armenio, y sirvetanto para recordar el genocidio como para explicar cómo las personas supervivientes participaron posteriormente en la construcción del país que les acogió. “Sus historias permiten trasladar un acontecimiento histórico de gran escala al nivel de las experiencias individuales: la pérdida de las familias, el desplazamiento, la llegada a los orfanatos y la necesidad de reconstruir sus vidas. En este sentido, el museo presenta su experiencia mediante una idea de ‘resurrección’: frente al intento de destrucción de una comunidad, los huérfanos representan su capacidad para sobrevivir y continuar”.

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