Alberto Cordero: “Nos hemos vuelto policías de nuestros espacios”

Militante de colectivos, como Sin Poli, y de centros sociales, como La Villana de Vallekas, Alberto Cordero acaba de publicar ‘Políticas del castigo. Una anatomía del auge reaccionario’, donde analiza el populismo punitivo y su relación con la derechización de nuestra sociedad.
 Alberto Cordero
Alberto Cordero Javier Correa Román
16 abr 2026 06:00 | Actualizado: 16 abr 2026 08:48

Existe todo un trend de vídeos bajo la temática “cazando carteristas”. El formato del vídeo es muy simple: el que graba se presenta como un justiciero que pretende patrullar por el metro o las calles más céntricas de una ciudad para luchar él mismo contra la inseguridad cada vez más creciente que existe en nuestras ciudades de Occidente, muy a menudo relacionada con la inmigración. El vídeo se convierten en un paseo en el que se vigila a las personas racializadas (o gitanas) hasta que se las pilla en pleno acto delictivo. En ese momento, la persona que graba saca un silbato y empieza a gritar “¡carterista!” mientras abuchea al supuesto delincuente y el resto del vagón también le incrimina. Estos vídeos acumulan miles de visitas. De hecho, Monica Poli se hizo viral de esta forma y ahora es concejala de una formación ultraderechista en Venecia.

En Políticas del castigo. Anatomía del auge punitivo (Levanta Fuego, 2026), de Alberto Cordero, se analiza el marco teórico que permite estas viralizaciones: el punitivismo. Su libro es una actualización al Estado español de las tesis abolicionistas del movimiento negro en los Estados Unidos del siglo pasado. Su objetivo es analizar eso que a veces de forma vaga llamamos “auge reaccionario” o “derechización de la sociedad” para mostrar que este repliegue conservador se caracteriza, sobre todo, por una profundización en las políticas represivas, los deseos de castigo y la visión punitiva.

En esta entrevista charlamos con él sobre cómo cualquier política de izquierdas debería confrontar estos deseos punitivos, porque engrosar el aparato del Estado (pidiendo, por ejemplo, penas más altas para los violadores, penas de muerte, cadenas perpetuas o más policía en nuestras calles) supone engrosar el mismo aparato que nos desahucia, nos detiene por protestar contra la ilegalización del aborto, etcétera. Hablamos también de cómo la izquierda ha comprado en muchas ocasiones el marco punitivo que sirve de gasolina para la extrema derecha, de cómo una izquierda naíf, que se pregunta por qué el auge de la extrema derecha mientras que sus políticos (en el Estado español: Gabriel Rufián o Rita Maestre, por ejemplo) aceptan la idea de «calles inseguras», o mientras se consolida un feminismo punitivo cuyas propuestas son, sobre todo, mayor castigo para los que delinquen, y no reformas estructuras que corten de raíz la violencia. Estas demandas, como puede verse, hacen el juego a los nuevos fascismos.

En tu libro hay un diagnóstico de las contradicciones del neoliberalismo en materia policial. Los neoliberales piden constantemente el desmantelamiento del Estado, pero nunca hablan de desmantelar su parte represora. De hecho, como muestras en tu libro, en estos últimos años el gasto en policía no ha hecho más que aumentar. ¿Cómo leer esta contradicción del neoliberalismo y qué nos dice sobre su verdadera naturaleza?
Bueno, lo primero es que estamos en una época de estancamiento económico, donde las posibilidades de crecimiento de las economías nacionales son, siendo optimistas, escasas o inexistentes. Esto quiere decir que el sueño del crecimiento ilimitado se ha quebrado. Cuando los proyectos neoliberales proclaman el fin del Estado no están haciendo más que pedir el fin del Estado tal y como lo conocíamos, sobre todo en Europa.

Si uno escucha bien a los intelectuales de la extrema derecha ellos tienen una idea muy concreta de qué debería ser el Estado: buscan un modelo de dominio cameralista. Para ellos el Estado debe ser una empresa, una cámara, que cuide del patrimonio de sus ciudadanos soberanos. Para ello se nombra a un CEO (el presidente) o un comité de empresa (el partido o la coalición que gobierna). Así, parodiando una famosa fórmula, creo que acertaríamos en sugerir que el realismo (la realpolitik) es la fase superior del neoliberalismo.

Nuestro modo de gobierno se acerca a una visión pragmática donde la policía se ve privilegiada

Por eso los recortes en un lado, pero el aumento de gasto en lo represivo, ¿cierto?
Claro, porque la cuestión es que este crecimiento de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado se debe a que no se trata tanto de acabar con el Estado, sino de reducirlo a los servicios mínimos para garantizar la actividad comercial, la distribución y la propiedad privada. Desde este punto de vista lo más eficiente es reforzar un Estado policial que opere a modo de empresa de seguridad, reduciendo el gasto público y buscando a gestores eficientes. Entonces, nuestro modo de gobierno se acerca a una visión pragmática donde la policía se ve privilegiada.

Estamos, entonces, ante la consumación de una dinámica ordoliberal, donde el Estado se reduce a su esencia. En esta dinámica, la diferencia entre Estado de excepción y Estado de mínimos es confusa porque ambas remiten a la idea de conservar o hacer estrictamente lo necesario para asegurar la supervivencia del sistema.

Este proyecto neoliberal no solo tiene efectos visibles a escala “macro”, sino que también tiene efectos en nuestros cuerpos, que gozan cada vez más con el aparato represivo. En el libro hablas mucho del goce estético que acompaña a al espectáculo punitivo. Esto quiere decir que, además de que toleremos el castigo, la represión y su marco, también nos identificamos con él, y de ahí la satisfacción que experimentamos cuando algún youtuber pilla in fraganti a un carterista en el metro y le graba y le grita. ¿Por qué se produce este goce con la represión?
La gente está extenuada, cansada, agotada. Venimos de épocas donde las alternativas emancipadoras han sido derrotadas sistemáticamente. Si mencionamos la palabra depresión, probablemente mucha gente de la que nos lee se sentirá identificada, o se habrá sentido reflejada en algún momento en esa experiencia. El capitalismo es experto en mutar los sentimientos depresivos y convertirlos en paranoia, y en todos sus subproductos: enfado, odio, violencia, desconfianza, miedo… Es más, esto constituye en gran medida la base afectiva del auge reaccionario.

En este sentido, es normal que gocemos de las epopeyas policiales que se producen en redes sociales. Es una versión rudimentaria y casera del true crime con tintes de vigilantismo ciudadano. Daniel Harrelson, protagonista de la mítica serie SWAT, o Bruce Wayne, identidad secreta de Batman, dejan de ser simplemente un referente o un arquetipo ideal. A través de contenidos como “Cazando Carteristas”, estos modelos a seguir se nos hacen alcanzables. Convertirte en un patrullero se ve accesible, lo cual canaliza nuestros afectos paranoicos explotando y perpetuando el clima reaccionario.

Pero ¿y cómo explicar el goce?
Porque ver cómo castigan a los otros nos produce un sentimiento de restauración del orden. Los productos caseros que vehicular estas pasiones o incluso las autoorganizaciones reaccionarias, como las que se promovieron en Torre Pacheco u otras patrullas racistas nos inducen la sensación de poder producir orden.

En un momento de impotencia este es un tranquilizante con efectos secundarios letales.

Sin embargo, la policía no es el único elemento represivo del Estado, ¿cierto?, aunque sí sea el más visible. Una parte importante del libro se centra en analizar eso que podríamos llamar como el “brazo blando” del Estado, esto es, los servicios sociales. Parece a primera vista que son instituciones no represivas, pero en realidad, como muestras en el libro, sostienen el mismo orden de miseria que luego produce la mayoría de los crímenes o de las faltas legales. ¿Cómo articular una militancia antipunitivista que no se centre únicamente en la crítica a la policía?
En el caso de los servicios sociales o la psiquiatría pasa algo muy curioso: o bien son rechazados con eslóganes punkis que los igualan con la policía, o se revisten de un dogma moralizante que los vuelve esencialmente buenos. Este último caso se vuelve aún más curioso cuando el rechazo viene de personas decepcionadas con estas disciplinas, muchas de ellas por el rol que se ven obligadas a cumplir una vez comienzan a trabajar. La cuestión aquí, creo yo, es que deberíamos complejizar los análisis en torno a estas instituciones estatales.

Hay que preguntarse, incluso, más allá de lo inmediato, qué es lo que media en el trabajo de estas instituciones. La palabra “sano”, que es un elemento común en este tipo de sectores, tiene un significado muy claro a través de la mediación del capitalismo: una familia “sana” es la que produce trabajadores sumisos y disciplinados. Y es con eso con lo que los servicios sociales se permiten chantajear y patologizar a las personas racionalizadas con base en ello. Es decir, una persona “sana” es aquella que puede trabajar y adaptarse a una vida normal, que en este caso sería adaptarse a un mundo con un genocidio en curso, un auge de guerras imperialistas, etcétera.

Lo que quiero decir es que estas disciplinas señalan desviaciones, por lo que suelen ser objeto de una profunda crítica de los propios trabajadores. Ningún poder puede sostenerse toda la vida sentado encima de una porra de policía. Por ello, el carácter represivo de estas instituciones puede ser mucho más útil para controlar desviaciones en según qué contextos.

Siguiendo con esta ideal del punitivismo-más-allá-de-la-policía, uno de los aciertos del libro es señalar que el punitivismo no es solo una función represora, sino, sobre todo, la construcción de la figura del malo o del criminal. Si el criminal lo es por ser mala persona, por estar enfermo o por cualquier otro motivo moral, patologizante o despreciativo —individualista, en definitiva—, entonces necesitamos funcionarios higienistas que nos limpien las calles…
Nuestra política hoy día es inseparable del populismo punitivo. El populismo siempre necesita construir significantes. En el ciclo pasado la palabra “casta” fue uno de ellos. Hoy lo podríamos ver en el proceso de enajenación o fetichización al que se somete a algunas personas. Lo pernicioso de todo esto es el tinte moralizante que se da detrás de este proceso.

Por ejemplo, centrarnos en un criminal en lugar de en el crimen saca al delincuente de la historia, lo establece como un ente aislado, un arquetipo ideal del sujeto liberal autosuficiente. Debemos observar el contexto, ver qué lleva a la gente a hacer lo que hace. Incluso en el terreno de lo eminentemente político, como los proyectos reaccionarios, no hay justificación para centrarnos en el enfrentamiento con determinadas personas, lo importante es cómo se constituyen y cómo se combate contra ciertas fuerzas históricas.

Esto me recuerda a tu argumentación sobre lo que llamas los impulsos criptorracistas del feminismo pop cuando este habla, por ejemplo, de cavernícolas o de simios...
Para nuestras luchas es importante convencernos de epopeyas que nos dicen que luchamos contra el mal, o bien que estamos del lado correcto de la historia. Lo que me interesa de ello es cómo somos capaces de rescatar los peores tópicos del colonialismo, del antisemitismo, etcétera. con tal de justificar la existencia de un mal al que podemos responder con las más terribles acciones y frente al que todo está justificado.

Desde luego, a partir de aquí la cuestión es pensar con honestidad política y valentía. Nuestras tradiciones nunca se han organizado contra las personas que cometen violencia, sino contra la existencia diferentes formas de discriminación, explotación, opresión y violencia. El matiz es importante, porque es uno de los grandes problemas frente a los que nos sitúa el marco punitivo. No podemos pensar mediante el derecho penal del enemigo, el antipunitivismo no se debe encargar de sujetos, sino de actos concretos, apostar por una visión dinámica de la sociedad. Esto también es necesario porque es mucho más fácil producir cambios sobre un mundo en movimiento que ante uno paralizado.

La parte final del libro es una propuesta de vida y de organización autónoma desde un marco antipunitivista. Me viene a la cabeza la frase de Marcello Tarì: no solo hay que saber levantar una barricada, también hay que saber vivir detrás de ella. ¿En qué medida crees que muchos colectivos antirrepresivos han descuidado la capacidad de crear espacios despoliciados en el interior de sus propias prácticas?
La analogía de la barricada es muy interesante. En términos militares, la barricada es un elemento defensivo, pero en la tradición revolucionaria son parte de una ofensiva, reivindicando la soberanía sobre un territorio y permitiendo avanzar a una guerrilla en condiciones desfavorables.

Esta analogía permite entender que ha cambiado en la caracterización de nuestros espacios para que se dé este fenómeno. Nuestras organizaciones y centros sociales son observados como espacios a defender, teniendo una visión más cercana a la militar/policial de la barricada.

Pensar la policía, e incluso un mundo sin policía, requiere la valentía de la ofensiva y no el proteccionismo

Pero pensar la policía, e incluso un mundo sin policía, requiere la valentía de la ofensiva y no el proteccionismo. Ello ha estribado en la perversión de las lógicas de autodefensa que hemos llamado “espacios seguros”. Nos hemos vuelto policías de nuestros espacios: policías fronterizas que vigilan los límites de lo decible, unidades intervención interna que tratan de disolver posibles conflictos. Sé que la comparación es polémica, pero precisamente es lo más interesante de la misma.

Es interesante esto que dices porque la idea de espacios seguros han orientado los marcos de los protocolos de acoso y violencia sexual, así como de los motivos de expulsión de centros sociales, ¿no?
Los protocolos condensan unos espacios políticos parasitados por el realismo capitalista. Mientras que la transformación requiere de altas dosis de experimentación política, la gestión solo busca la administración del espacio.

Estos protocolos apuestan claramente por la segunda opción: son la máxima expresión de un pesimismo (incluso un pesimismo antropológico) que acompaña a las sociedades de control en las que se da el auge punitivo. Cada vez que se habla de realismo capitalista mencionamos que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo; sin embargo, es más fácil administrar el mundo que cambiarlo.

Los protocolos son el reflejo de un espacio temeroso, donde cualquier problema toma elementos intestinos, viscerales y peligrosos. Cada caso que gestiona un protocolo se observa como la posibilidad de romper un espacio

[Los protocolos] son el reflejo de un espacio temeroso, donde cualquier problema toma elementos intestinos, viscerales y peligrosos. Cada caso que gestiona un protocolo se observa como la posibilidad de romper un espacio. Por eso se trata mediante un elemento administrativo tan rígido. Esto también explica por qué (y en otro sentido) algunos casos tienden a barrerse bajo la alfombra o a solucionarse con un veto automático. En fin, las políticas emancipatorias que se construían a través del conflicto ahora huyen despavoridas de él.

Me da la impresión de que esta idea de espacio seguro se puede alargar a las utopías que imaginamos, que muchas veces aparecen dibujadas como la eliminación total del conflicto. Me interesa tu idea de que las utopías clausuradas son utopías sucias o fascistas, porque fantasean con el fin de la historia y del conflicto. ¿Cómo seguimos caminando sabiendo que el conflicto quizá nunca se resuelva? ¿Y en qué medida otras opciones radicales de izquierda han comprado también ese fin de la historia?
Nos encontramos en la deriva del triunfo del clean look, de recrudecimiento de la disciplina corporal e incluso de triunfo del eslogan del body positive: todos los cuerpos son bonitos.

Desde este punto de vista pareciera que si lo que buscamos es un mundo uniformemente bello y uniforme, todos remamos en la misma dirección. Lo que me preocupa es que la afirmación (o lo positivo, lo bueno) siempre se construye sobre lo negativo, lo feo. Todos estos fenómenos reflejan un pensamiento que no hace más que expandir las fronteras de la exclusión, no derribarlas.

Para cerrar, me interesa mucho la pregunta que plantea Gilles Dauvé: ¿qué hacemos con los rompeplatos una vez que se haya acabado la opresión? ¿Cómo vamos a comprender el crimen, el pecado o el delito una vez caídas las estructuras que los producen? ¿Desde dónde —¿desde la comunidad?— actualizamos la historia de estos conceptos?
Ante esta pregunta, como admite el propio Gilles Dauvé, solo puedo decir que probablemente no tengamos una respuesta inmediata.

En 1968 la gente escribía con un tono diferente, algunos de ellos veían la revolución a la vuelta de la esquina, sus escritos elucubraban que ocurriría tras ella… Es importante volver a esos escritos para comenzar a dar una respuesta y es todavía un elemento pendiente de las políticas emancipadoras. Estoy seguro de que altas dosis de experimentación en el ámbito del antipunitivismo nos dejarán más cerca de una solución de lo que hemos estado nunca. La teoría no es nada sin la práctica, y viceversa.

Eso sí, sé que el camino de la policiación no trae nada bueno. La monstruificación de determinados individuos siempre causa más daño del que evita, aunque ese monstruo sea el peor criminal que existe. Por ejemplo, los países del llamado socialismo real, es decir, los países de la URSS y su espacio de influencia, son un gran ejemplo de ello. La monstruificación de determinados individuos terminó por generar ingentes sistemas de represión, produjo atrocidades y anuló muchas de las libertades conquistadas en los primeros años. La paranoia proteccionista que se levantó nos arrebató a algunos de los mejores intelectuales del siglo XX y hasta fue una de las bases para una gran derrota histórica.

Los movimientos y partidos que pretendan transformar la sociedad harían bien en tomarse en serio el tema de la policía, por dos razones. La primera, porque en determinado momento será la última barrera que contenga una ofensiva contra el capitalismo. Y en segundo término, para evitar los peores errores del pasado y pensar la emancipación a través de una libertad deseable y deseosa, y no solo de la soberanía y la seguridad.

Policía
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Análisis
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