Análisis
Estados Unidos, Europa y el sótano de Underground

La crudeza de Trump ha tenido un inesperado efecto clarificador: la verdadera naturaleza de la relación transatlántica ha sido expuesta a la luz del día.
Underground
Una escena de Underground (Emir Kusturica, 1995).
13 ene 2026 05:02

En la controvertida película Underground (1995) del todavía más controvertido director serbobosnio Emir Kusturica, un grupo de partisanos yugoslavos de la Segunda Guerra Mundial son mantenidos en un refugio subterráneo durante décadas, engañados para que crean que la guerra todavía se combate por encima de sus cabezas. Son llevados hasta allí por oportunistas, especuladores en tiempos de paz y guerra que se aseguran de que los partisanos en el subsuelo reciben una papilla constante de heroica propaganda bélica. Los habitantes del refugio viven, así, en un estado de ignorancia administrada, neutralizados y sumisos. Mientras tanto, una apariencia de vida normal sigue en el subsuelo: se celebran bodas y nacen niños.

Como Underground es una película de Kusturica, se cantan unas cuantas canciones de Goran Bregović. Lo que es claro sobre los habitantes del refugio es que son un poco lentos, un poco retrasados, especialmente aquellos que nacieron en el sótano y que nunca han conocido el mundo fuera de él. Todo esto se vuelve todavía más evidente cuando finalmente salen a la superficie en los noventa, liberados al fin sólo para descubrir que la desintegración de Yugoslavia está desde hace tiempo en marcha. Como han sido sometidos a un lavado de cerebro para creer que la Segunda Guerra Mundial nunca terminó, creen que están siendo testimonios de la misma guerra en vez de otra enteramente nueva.

(Todo esto hizo que Kusturica fuese enormemente polémico en la antigua Yugoslavia, por decirlo suavemente, pero ése no es el tema de este ensayo).

Por su diseño, el refugio los ha desorientado y no están preparados para el nuevo y fragmentado mundo. Como se puede leer en la crítica de Underground de The New York Times, “el corazón de verdad de la película es la devastadora idea del día después”; es un film sobre recuperar el sentido común después de “haber estado atrapados mediante un engaño político que duró décadas”. El mundo que estos partisanos fueron conducidos a creer era estable y permanente, y se caía en pedazos. El simbolismo de Kusturica es sutil, haciéndolo más efectivo: el refugio representa un sistema que explota a la gente manteniéndola en la oscuridad.


He pensado mucho en el refugio de Underground en el último año, mientras veía a los dirigentes europeos, especialmente a aquellos que pertenecen a la élite liberal transatlántica, agitados, desorientados, en el nuevo mundo. Trump y la emergente multipolaridad representan el fin del mundo tal y como lo conocían. Como estadounidense, no puedo más que sentirme apelada por su situación. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, EEUU ha mantenido a sus aliados europeos en una suerte de refugio a là Kusturica, alimentándolos con propaganda, moldeando sus culturas políticas y neutralizando su capacidad militar para actuar de manera autónoma de Washington.

Ahora su mundo se viene abajo y no saben qué hacer, o incluso quiénes son. La crudeza de Trump ha tenido un inesperado efecto clarificador: la verdadera naturaleza de la relación transatlántica ha sido expuesta a la luz del día. Lo que la administración Biden enmascaraba con la hermosa retórica de “asociación” y “alianza”, la belicosidad de Trump y su desprecio por las alianzas la ha revelado como lo que es realmente.

Todos los think tanks de la OTAN pueden haber ayudado a forjar una ideología transatlántica cohesionada, pero han atrofiado la capacidad de sus adherentes a pensar de manera independiente

Esta niebla fue impuesta a Europa de diferentes formas. La OTAN fue el mecanismo más importante para ello. Como puede leerse en un informe del Director de Inteligencia e Investigación del Departamento de Estado de 1965, “la OTAN se ha convertido en el vehículo generalmente aceptado para una presencia estadounidense dominante, política y militarmente, en Europa occidental.” El mismo informe afirma que los europeos, salvo la Francia gaullista, quieren que los estadounidenses permanezcan en Europa porque su marcha “pondría en peligro el equilibrio político que la OTAN asegura en toda la región, especialmente e incluyendo Alemania occidental, que podría ser en otro orden de cosas un factor altamente perturbador.” Kissinger fue más directo: “Queremos contrarrestar a Europa utilizando a la OTAN”, sentenció.

Grey Anderson ha escrito sobre la función de la OTAN como un medio para neutralizar a Europa:

Si la capacidad de librar guerras de la alianza permanecía sin probar y su dominio ideológico disputado, sus usos como un instrumento de gestión y control —institucionalizando el dominio de EEUU sobre el litoral occidental de Eurasia, uno de los pivotes del poder mundial, eran considerables. Los socios menores descubrieron que la adhesión tenía un precio: una soberanía ‘diluida’, una política exterior delegada, el riesgo de guerra nuclear. Para las clases dirigentes de Europa, éste parecía un precio que merecía la pena pagar.

Desde luego, la última parte es importante. Buena parte de la élite europea pareció aceptar de buen grado este acuerdo, aunque les situase en una posición subordinada. Hay varios motivos que lo explican. Unos cuantos de los miembros de las élites europeas habían sido incubados en think tanks de la OTAN, consejos asesores, organizaciones y fundaciones, todas ellas creadas y financiadas por los Estados Unidos. Quienes disponían de la educación adecuada y de la “manera de pensar” correcta eran promovidos en la jerarquía. Pero los europeos también descubrieron que el acuerdo les proporcionaba fuerza moral. Bajo el paraguas de aquel pacto encabezado por los EEUU, aunque supuestamente soberanos, los países de Europa occidental descubrieron que podían disfrutar de los beneficios de la seguridad estadounidense mientras, al mismo tiempo, asumían una posición más ilustrada y crítica para ellos mismos en el escenario mundial. A Kissinger aquello le parecía despreciable. “En la situación actual”, se lamentaba, “los europeos reciben defensa gratis y no dan nada a cambio. Son como un adolescente: quieren que se preocupen de ellos y, al mismo tiempo, sacarse de encima a sus padres.”

Podríamos seguir y seguir sobre esta cuestión. Se han escrito muchos libros sobre la Alianza y la extensión del poder político, cultural y militar estadounidense en Europa. Pero la cuestión es, ahora que la puerta del refugio está abierta, y que las élites europeas pueden ver el mundo a la luz del día, ¿qué harán? ¿Intentar sobrellevar un segundo mandato de Trump lo mejor que puedan, esperando que un Demócrata regrese a la Casa Blanca dentro de tres años y que puedan olvidar que ocurrió todo el MAGA [Make America Great Again]? Esto es lo que hicieron la última vez. ¿Quieren los europeos permanecer unidos como un polo discreto en el mundo multipolar, de manera independiente a los Estados Unidos (que es lo que a China le gustaría que ocurriese)? Diez años después del ascenso de Trump son aún incapaces de articular una política exterior diferente a la del Partido Demócrata. Todos los think tanks de la OTAN y ONG pueden haber ayudado a forjar una ideología transatlántica cohesionada, pero pueden también haber atrofiado la capacidad de sus adherentes a pensar de manera independiente, excluyendo otras posibilidades en el proceso.

Con todo, hay fogonazos ocasionales de un pensamiento europeo independiente, y sería negligente por mi parte no mencionarlos. La semana pasada publiqué una reseña de las memorias de Sanna Marin en Sidecar, el blog de la New Left Review. En ella mencioné que el mayor periódico en sueco de Finlandia, Hufvudstadsbladet, comparó la visión bidenita de Marin con el “realismo basado en valores” del actual presidente de Finlandia, Alexander Stubb.

Stubb ha publicado un largo ensayo en Foreign Affairs esta misma semana con el amenazador título de ‘La última oportunidad de Occidente’. Todo gira en torno al concepto arriba mencionado. En pocas palabras, el realismo basado en valores puede resumirse en la necesidad de encontrar un equilibrio entre el apoyo a los valores liberales con una comprensión de que el mundo es complejo y en ocasiones requiere alcanzar compromisos con regímenes desagradables. Esto contrasta con la mentalidad de “nosotros contra ellos” de Marin compartida por muchos liberales transatlánticos, que ven el mundo como una competición civilizatoria entre autoritarismo y democracia, y que son intransigentes –como la pataleta de un niño– a la hora de sostener que “nunca hablarán con dictadores”.

Mientras que el blando realismo basado en valores no es exactamente una teoría innovadora, al menos es una mejora respecto a la manera de entender el mundo civilizatoria y maniquea de los Demócratas, que es, creo, seriamente peligrosa. En última instancia no es gran cosa, pero demuestra que al menos hay algunos dirigentes que pueden describir con precisión el problema. Y, quizás, para la gente que ha sido mantenida en una oscuridad impuesta por EEUU durante 80 años, sea un comienzo.

Sobre la autora
Lily Lynch es una periodista californiana especializada en información internacional. Fundadora de la revista Balkanist Magazine, centrada en los Balcanes. Actualmente reside en Estambul, Turquía. Fuente: How the US Kept Europe Down. Traducido con permiso de la autora por Àngel Ferrero.
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