‘Libres!!!’ o cómo reivindicar la utopía de ser feliz

Esther F. Carrodeguas crea un texto delirante, atrevido e inspirador que, con música de las cupleteras sicalípticas, hace un retrato de las mujeres libertarias que crearon Mujeres Libres y del resto de nuestras ancestras.
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Laura Galán, Alba Flores y Nüll García en Libres!!!. Foto: Lau Ortega.
21 oct 2026 06:00 | Actualizado: 21 oct 2026 09:34

Alba Flores se sienta en una silla en el Teatro de La Abadía (Madrid) y, guitarra eléctrica en mano, entona el “People have the power” de Patti Smith. Es 4 de octubre y el hilo que une su acción con la acampada por la vivienda que se está realizando en esos momentos en Sol es más que visible. A menos de cuatro kilómetros de su actuación, la gente se organiza para crear un nuevo mundo autónomo y colectivizado. Ella representa Libres!!!, la obra de teatro escrita por Esther F. Carrodeguas y producida por el Teatro del Barrio, un retrato de un grupo de mujeres que experimentaron con las utopías, y las bajaron a terreno, allá por los años 30. Fueron Mujeres Libres, la sección del sindicato anarquista CNT que nació para reivindicar que, dentro de la clase trabajadora, existían diferentes niveles de opresión y que la que caía sobre el cuerpo de las mujeres era una losa más pesada. 

Entre abril de 1936 y febrero de 1939, la médica Amparo Poch y Gascón, la poeta Lucía Sánchez Saornil y la abogada Mercedes Comaposada recorrieron la España rural para formar a mujeres en vindicaciones laborales. Pero también feministas. Les hablaban de la opresión del matrimonio, del amor libre, de sus derechos sexuales. Y lo plasmaban en la revista Mujeres Libres. Todo ello se recrea en una suerte de cabaret anarcosicalíptico en el que a Alba Flores la acompañan Laura Galán y Nüll García, conformando un trío eléctrico de cupleteras bajo la dirección de Andrés Lima. Un escenario del que se apodera el caos, las politizadas letras del cuplé sicalíptico, un género de principios del siglo XX que se atrevía con todo, y las ideas revolucionarias de estas tres mujeres, de sus antecesoras, como Teresa Claramunt o Emma Goldman, y de otras pensadoras políticas coetáneas como Federica Montseny o Dolores Ibárruri, La Pasionaria.

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Laura Galán juega con una bandera republicana durante la obra. Foto: Lau Ortega.

“¡Viva el divorcio! ¡Vivan mis manos, que aún no han cosido ni un calcetín!”, cantaba la cupletista Amalia Molina en 1932 en el tema “La diputada”. Lo entonan Alba, Laura y Nüll una y otra vez sobre las tablas, mientras un piano no deja de sonar, las luces hacen juegos intermitentes y el público intenta poner orden a lo que ve, a ratos desconcertante, a ratos inspirador, a ratos delirante, a ratos atrevido y a ratos provocador. Especialmente para los espectadores masculinos allí presentes, continuamente señalados por las prácticas “anarcomachistas”. “Hay que acabar con el politiquismo. Con el caciquismo. Y con el machismo. Sobre todo con el machismo”, expresan las cupleteras, en un continuo guiño a la transversalidad del patriarcado, también presente entre los más libertarios. Y no solo de incomodar va la cosa, también hay tiempo para soñar, para poner sobre la mesa procesos inspiradores como la revolución social de 1936, donde de la mano del anarcosindicalismo en Barcelonase expropiaron edificios públicos, se asaltaron cuarteles y la clase obrera tomó el control de las fábricas, de los centros de trabajo y de su futuro inmediato. Aunque fuera solo por unos meses. 

“Desde el principio la intención era que el espectáculo no fuese una chapa política, sino que reivindicase la utopía del ser feliz”, dice Esther F. Carrodeguas

Hablamos de todo esto con la creadora de la obra, Esther F. Carrodeguas, que aceptó este atrevido encargo después de triunfar con Iribarne, una comedia hilarante que recorre la figura de Fraga en clave de sátira. Y por esa manera de aliñar la política con humor comienza nuestra conversación.

Entiendo que buscar la carcajada es intencional, ¿no?
No es que se me obligase a la carcajada, pero sí siempre entendí que se me contrataba porque hago eso. Este proyecto nació del modo de hacer en la creación de Iribarne, una pieza con kilos de información y, sin embargo, el espíritu es divertido, aunque después sea trágico el fondo. En este caso creo que es un poco diferente, pero sí que siempre entendí que tenía que ser un espectáculo divertido.

Desde el principio, la intención era que el espectáculo no fuese una chapa política, sino que fuese un espectáculo que reivindicase la utopía del ser feliz. No solo la utopía política, de la teoría o de los derechos, sino que reivindicase que por muchos derechos que tengamos, si no somos felices, si no estamos contentas, si no disfrutamos la vida, ¿para qué queremos los derechos?

Venís a decir algo así como que el anarquismo a veces es muy serio. ¿Le falta alegría al anarquismo?
No sé si le falta alegría al anarquismo, en general al discurso político-teórico, porque no creo que sea algo específico de la anarquía, sino de gente que está todo el rato pensando en lo teórico y la energía que se proyecta es la del estudio, la de lo sesudo, la universitaria.

Ahora me preguntan muchas veces en entrevistas qué recuperaría de la anarquía en este momento, y yo digo que todo: el nudismo, el naturismo, el ecologismo, la solidaridad con el pueblo. Toda su base ideológica es: llevémonos bien, amémonos, vivamos en paz y en colaboración, respetemos la naturaleza... ¿Qué no hay que reivindicar de todo eso? Y mientras estás teorizando por qué ir a una playa nudista, hay también que entender que se va para nadar.

Y eso creo que es lo que está en el espectáculo, la importancia de teorizar pero también la importancia de divertirse. El anarquismo, como disciplina radical, se ha empeñado en conseguir cosas teóricas o desde la teoría o desde la lucha política, cosas que son muy serias, y en ese camino pues no ha trascendido la parte más humana.

¿Por qué plantear la obra como un espectáculo de cabaret?
El encargo era sacar a la luz la organización Mujeres Libres y, al mismo tiempo, hacer una genealogía de mujeres libertarias y también meter a las cupleteras sicalípticas. Pronto me di cuenta de que las vidas particulares de las cupleteras y sicalípticas, que eran empresarias, muchísimas de derechas, muchas acabaron aliadas con el franquismo..., o sea, que contar sus vidas, reivindicar sus vidas, iba a lastrar el espectáculo a nivel ideológico porque no tenía mucho sentido. Pero sin embargo tenían todo el espíritu anarca con lo que hacían en escena, todas las cosas medio prohibidas. Hablaban de políticas y se reivindicaban en escena como mujeres.

En realidad, en escena eran mujeres muy libres aunque sus vidas pueden ser más conservadoras, no tan reseñables, desde un espectáculo que pretende enseñar la ideología anarca. Pronto me di cuenta de que la parte que tenía que rescatar de las sicalípticas sin duda era la escena y que el cabaret es un formato libre, anarca, alegre, que justo empataba con esta idea de la utopía alegre.

Sus canciones son súper políticas. “La diputada” empieza diciendo: “Llegó la hora del feminismo”. Eso se cantaba en los años 20. Esto se estaba pasando en el Olympia, en teatros de diez mil personas.

“Las anarquistas no luchaban para poder votar a un presidente. Lo que querían es que las mujeres fueran cultas, que pudieran leer, que pudieran pensar, que pudieran opinar y que se engrandecieran desde dentro”

El espectáculo arranca con una idea que solo se explica en el final, que es que las mujeres anarquistas no podían ser feministas. ¿Por qué?
En ese momento, años 30, hay muchas facciones dentro de la lucha de las mujeres. El feminismo luchaba para posicionar a la mujer en los sitios de poder del hombre. Para que la mujer estuviera en la universidad, para que la mujer fuera presidenta, para que la mujer agarrara el poder. Una persona anarquista no puede luchar por el poder de nadie, ni del hombre ni de la mujer, y por lo tanto para ellas el feminismo era clasismo y estaba contra la anarquía. Tú no puedes pretender que una mujer sea presidenta del Gobierno porque no puedes pretender que nadie sea el presidente del Gobierno, ni la presidenta ni el presidente. A las anarquistas la palabra feminismo no las podía representar, es que era imposible.

Luego había otra facción del anarquismo que de ninguna forma se podía referenciar con el feminismo porque el anarquismo es humanista. Pretende un humanismo integral, es decir, no podemos hacer una lucha parcial de las mujeres, sino que tenemos que luchar por todas las personas. En este caso, las mujeres de Mujeres Libres dijeron que eso no estaba funcionando, que ellas llevaban años intentando luchar todos juntas, pero las seguían excluyendo. Entonces deciden luchar por su cuenta.

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Nüll García y Alba Flores tocan mientras Laura Galán canta durante la obra. Foto: Lau Ortega.

En ese sentido, me llama la atención que incluyas a Clara Campoamor, figura que reivindica el voto, porque todas estas figuras también han sido muy cuestionadas por el anarquismo feminista.
Sí, de hecho meter el momento en el que se gana el voto femenino, aparte de colocar la obra históricamente con algunos referentes conocidos y situar históricamente, me permitía contraponer, porque el anarquismo no pretende el voto femenino porque no pretende el voto de nadie. ¿A quién le importa votar? Lo que importa es que estudies, lo que importa es que te alfabetices. Las anarquistas no luchaban para poder votar a un presidente. Lo que quieren es que las mujeres sean cultas, que puedan leer, que puedan pensar, que puedan opinar y que se engrandezcan desde dentro, no que tú les permitas votar un día al año. 

“Es imprescindible entender que la opresión nunca es fácil de ver desde la persona que oprime. Y me parecía que este espectáculo permitía mostrar eso, porque muchísimos anarquistas no permitían ni el aire a las mujeres”

Hay una cosa que me llama la atención. Al final de la obra se dice que los nombres no importan, pero, de una manera u otra, sí que le estás dando importancia a los nombres. Y creo que en el caso de las mujeres es importante nombrarlas, ¿no?
Sí, la idea de que no son tan importantes los nombres es porque son muchísimas. No importa tanto quiénes son, sino el poder que consiguen como pueblo. Creo que tenía más que ver con eso. Claro que son importantes y la idea justamente de la obra es hacer una genealogía de esas mujeres inspiradoras.

Al final no solo es importante Federica Montseny porque llegó a ministra, anarcoministra como la llamo yo, sino qué otras mujeres estaban detrás y apoyaron eso. Al final lo que importa es la masa. Lo estamos viendo estos días, que justo el espectáculo cobra como una dimensión bastante potente con lo que está pasando en la calle.

No son solo esas tres mujeres, eran muchísimas, eran todas las personas anónimas que se unían, que se sindicaban sin saber ni leer siquiera y que decían, tenemos que cambiar. Y ese era un poco el espíritu de esto, es un movimiento popular y por lo tanto no importan tanto los nombres. Importan, son nuestros referentes y molan, pero sobre todo en el caso de Mujeres Libres creo que es más importante el movimiento que justo sus nombres.

Además ellas justamente eran mujeres formadas y había un poco de contradicción en llegar a un pueblo en el que eran las únicas que sabían leer y tenían que enseñar a otras, ejercían su poder también sobre esas personas. Ellas sufrían mucho este conflicto con el que tenían que convivir, porque si no, ¿qué haces?

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Las artistas escenifican la represión sobre el pueblo. Foto de Lau Ortega.

Desde luego que tú llevas los conflictos al texto y no te cortas. Hablas, por ejemplo, de anarcomachismo, que es un término que a mí me encanta. ¿Buscas retorcer conciencias?
Bueno, creo que el tema del anarco-macho es imprescindible. Es imprescindible entender que la opresión nunca es fácil de ver desde la persona que oprime. Y somos poco susceptibles a entender la opresión que ejercemos. Y me parecía que este espectáculo permitía mucho eso, porque muchísimos anarquistas no permitían ni el aire a las mujeres. Decían: “¿Para qué vais a trabajar vosotras? Si trabajáis vosotras vais a mandar hombres al paro”. Estos son argumentos de la época, no me los invento yo. O sea, no es comedia, no me lo invento yo. Entonces creo que eso era imprescindible rescatarlo. Y luego porque creo que muchas de nosotras hemos vivido con generaciones anteriores, con padres, tíos, padres de amigas... que eran de izquierdas pero eran muy machos. Personas supuestamente de izquierdas pero muy machistas. Ha sido un poco para resarcirme con esa juventud que hemos vivido muchas de nosotras en la que hemos tenido que ver a nuestros progenitores y sus colegas como luchadores contra la dictadura y luego hemos sufrido la represión patriarcal al máximo. Entonces creía que eso era principal.

¿Sigue existiendo el anarcomachismo? 
Sí, es que es una cuestión de poder. Lo vemos en profesores de universidad que ejercen poder machista, abusos de poder. Es que el machismo sigue guiando las bases de la sociedad, sin duda, vamos.

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