Opinión
Ortega Smith estorba, Quero asciende: Madrid como laboratorio de la lepenización de Vox

Muchas veces hablamos de las guerras de la izquierda mientras nos aqueja una tremenda miopía para observar lo que sucede a nuestra derecha, que lleva, al menos desde la moción de censura contra Mariano Rajoy, en una profunda crisis política.
Ortega Smith agresión pleno - 3
David Arenal Ortega Smith en el pleno del Ayuntamiento de Madrid en 2023.

El pasado miércoles se consumaba la expulsión del único de los fundadores de Vox —con la salvedad de Santiago Abascal, que continúa en la dirección—. Ortega Smith era expedientado por no ceder la portavocía en el Ayuntamiento de Madrid, en el último de los muchos desencuentros con la dirección de Abascal desde que, en 2022, fuera cesado como secretario general de Vox. Tras ello llegó la retirada de la vicepresidencia del partido en 2024 y de sus cargos en el Congreso de los Diputados, quedando reducido a portavoz en el Ayuntamiento de Madrid.

Abascal defendía la decisión de expulsar a Ortega Smith, justificando que: “La dirección toma las decisiones y es la dirección la que manda. Y eso va a seguir siendo así. Quiero que lo sepan todos. A nosotros no nos va a caber ninguna duda cuando tengamos que tomar decisiones internas y también en la política española”. Mientras, el todavía portavoz en el Ayuntamiento se aferraba a su cargo, pues se sabe con mayoría, y defendía estar dispuesto a pelear internamente e incluso judicialmente, tanto en defensa de su militancia como de la autonomía del grupo en el Ayuntamiento para elegir a sus responsables. De hecho, la dirección nacional de Vox se ha llevado un primer revés al negarle el Consistorio madrileño cualquier posibilidad de descabalgar al máximo referente en la capital desde fuera de la institución.

La polémica con Ortega Smith plantea un dolor de cabeza para la dirección de Vox, en un momento delicado, ante un posible estancamiento de su buena dinámica electoral en los comicios en Castilla y León

La polémica con Ortega Smith no es la primera ni será la última de las guerras internas que se libran en la formación ultraderechista y que han acabado con referentes primigenios —como Espinosa de los Monteros, Rocío Monasterio o Macarena Olona— fuera del partido. Igual suerte corrieron otros dirigentes destacados de los primeros años, como Mazaly Aguilar, Juan García-Gallardo, Rubén Manso, Víctor Sánchez de Real, Juan Luis Steegmann, Agustín Rosety o Carla Toscano, a los que se han ido sumando también mandos medios en provincias. Pero, a diferencia de todos estos casos, no hay precedentes relevantes de dirigentes que se hayan aferrado a sus cargos y a su acta tras la ruptura con la cúpula, como sí está haciendo Ortega Smith. Una situación inédita que plantea todo un dolor de cabeza para la dirección de Vox, en un momento delicado, ante un posible estancamiento de su buena dinámica electoral en los próximos comicios en Castilla y León.

Muchas veces hablamos de las guerras de la izquierda mientras nos aqueja una tremenda miopía para observar lo que sucede a nuestra derecha, que lleva, al menos desde la moción de censura contra Mariano Rajoy, en una profunda crisis política. Una encarnizada batalla por la hegemonía del espacio político conservador que no es una particularidad española, sino más bien europea o incluso internacional, donde lo que está en juego es el consenso sobre el sistema mismo. Un consenso que se expresa en la propia crisis de las mediaciones partidarias tradicionales: una crisis del extremo centro.

Pero la guerra no es solo en el campo de la derecha, sino también dentro de la propia ultraderecha, donde hemos visto el surgimiento del fenómeno Alvise y la candidatura de Se Acabó la Fiesta, expresión de un creciente voto de protesta reaccionario que favorece la fragmentación y el tensionamiento de la derecha. Y que, justamente, en estas próximas elecciones en Castilla y León concurrirá con dos antiguos diputados autonómicos de Vox en sus listas.

Una guerra que no es menos cruenta en la interna de Vox. El pasado febrero, los de Abascal afrontaron su mayor crisis territorial, justo en Castilla y León, ante la dimisión de su barón regional, Juan García-Gallardo, quien acusó a la dirección de su partido de falta de pluralidad, hablando incluso de oligarquías dentro del partido. En el contexto de esta crisis se produjo una importante disputa interna ante el alineamiento sumiso de Abascal y su dirección con Donald Trump. Quizás el más duro dentro de sus filas fue Agustín Rosety, general de brigada de Infantería retirado y uno de los fichajes estrella del partido ultraderechista para las elecciones de 2019, quien anunció que abandonaba Vox precisamente por no estar de acuerdo con el rumbo de la política internacional adoptado por la dirección. Planteando el dilema de la imposibilidad de construir un soberanismo subordinado a los intereses trumpistas.

La crisis más relevante hasta el momento fue la salida de Espinosa de los Monteros, perdiendo así a la figura más importante del sector neoconservador dentro de Vox 

El militar llevaba días lanzando duras críticas en la red social X contra Abascal por su seguidismo a Trump en todas sus decisiones, pese a que estas contradecían lo que el partido había defendido hasta entonces. Incluso llegó a publicar: “Ser un patriota no es ser un lamebotas de Trump y aplaudir acríticamente todo lo que dice y hace”. En este sentido, Inés Cañizares, vicealcaldesa de Toledo por Vox, en una entrevista en ABC se sumó a las críticas contra Abascal por sus posiciones internacionales: “Santiago Abascal no se puede plegar a todo el trumpismo, a todo lo que Trump diga, si está diciendo cosas que nos están perjudicando (...) Si sus políticas perjudican a los españoles no vamos a firmar una carta de amor incondicional a Trump, no nos podemos plegar a todo lo que diga”. Aunque, quizás, la figura más importante en desmarcarse de la línea oficial de seguidismo con la política de Trump fue, justamente, Ortega Smith, que en una entrevista en Onda Madrid defendió que Vox no podía “comprar todas las políticas de Trump” ni perder la “libertad para criticar lo que perjudique a España”.

Aunque la crisis más relevante hasta el momento fue la salida de Espinosa de los Monteros, perdiendo así a la figura más importante del sector neoconservador dentro de Vox. Una salida que, junto al desplazamiento de Ortega Smith como responsable de Organización por Ignacio Garriga —persona de confianza de Jorge Buxadé—, arrinconaba a la vieja fracción mayoritaria del partido y dejaba entrever no solo una disputa de nombres, sino también de estrategia política, que se aceleró después del decepcionante resultado electoral de las generales de 2023.

Una auténtica transformación de Vox en la que Kiko Méndez-Monasterio y Jorge Buxadé han jugado un papel fundamental. Porque ambos son mucho más que el asesor de Abascal y el portavoz en Europa, respectivamente: son los auténticos hombres fuertes de la formación, abanderando el tránsito de las posiciones neoconservadoras a otras más nacional-identitarias, donde la antimigración aparece como clave de bóveda xenófoba de su neurosis identitaria.

Kiko Méndez-Monasterio y Jorge Buxadé han abanderando el tránsito de las posiciones neoconservadoras a otras más nacional-identitarias, donde la antimigración aparece como clave de bóveda

Como parte de esta reorientación política, los de Abascal abandonaron el grupo europeo de los Reformistas y Conservadores (ECR), el de su aliada Giorgia Meloni, para ocupar la presidencia del nuevo grupo de los Patriotas Europeos formado por Orbán y Le Pen. Aunque la decisión de mayor calado fue la ruptura de los gobiernos autonómicos de coalición con el Partido Popular. Una escenificación radical y contundente del cambio de línea política que les había llevado a una suerte de subalternización al PP. Un cambio estratégico de la formación ultraderechista que daba por agotada su experiencia anterior —ser una escisión neoconservadora del PP—, pretendiendo transitar un nuevo camino: una acelerada lepenización. Y, a la vista de los últimos resultados electorales, no le ha salido tan mal esta arriesgada estrategia.

De hecho, el paulatino arrinconamiento de Ortega Smith ha sido un daño colateral de la lepenización de Vox. Él mismo atribuía su salida del máximo órgano de dirección el pasado diciembre “a una estrategia decidida hace ya mucho tiempo, incluso por gente que no forma parte de la estructura del partido (refiriéndose a Kiko Méndez-Monasterio), que tiene como objetivo hacer desaparecer a todas aquellas personas que podamos tener alguna notoriedad pública, que reivindicamos los principios y valores fundacionales y cuestionamos las incoherencias actuales”.

La reciente expulsión de Ortega Smith por negarse a aceptar la decisión de ceder la portavocía del Consistorio madrileño a la edil Arantxa Cabello forma parte también de esta estrategia de lepenización de Vox

En este sentido, la reciente expulsión de Ortega Smith por negarse a aceptar la decisión de ceder la portavocía del Consistorio madrileño a la edil Arantxa Cabello forma parte también de esta estrategia de lepenización de Vox, en el marco de la encarnizada guerra que mantiene con el PP madrileño de Díaz Ayuso. Una guerra en la que los de Abascal están buscando construir un espacio propio al margen de la todopoderosa imagen de la presidenta de la Comunidad de Madrid. De esta forma, el último conflicto con Ortega Smith tenemos que leerlo en ese contexto: como un intento de renovar perfiles en una línea más lepenista para intentar permear en los barrios obreros de la ciudad madrileña de cara a encarar el proceso electoral de 2027.

Al estilo de lo que está defendiendo la nueva figura en alza de los de Abascal, Carlos Hernández Quero, que precisamente sustituyó a Ortega Smith como portavoz adjunto en el Congreso después de que fuera apartado, y que encarna con claridad el nuevo discurso económico y social de Vox. El propio Hernández Quero ha sido muy duro con el modelo de gestión de Ayuso y su proyecto de convertir a la capital madrileña en el Little Miami. Con un discurso social identitario que recuerda a los primeros años de Marine Le Pen, se pretende dirigir a los barrios populares madrileños atacando tanto a la migración que vive en Usera como —y aquí está la novedad— a la que se compra lujosas casas en el barrio de Salamanca. De hecho, Hernández Quero se formó durante años en el ISSEP, la franquicia española del instituto creado por Marion Maréchal Le Pen en Lyon.

Así, con la vivienda como punta de lanza de su discurso antiélites, y criticando las facilidades que el “Miami madrileño” de Ayuso concede al capital extranjero, construye una suerte de españolismo más apegado a lo material y comunitario/cultural que a la bandera colgada en el peñón de Gibraltar por la que Ortega Smith se hizo famoso en su momento. Llamando a recuperar “los barrios de las familias”, del pequeño comercio, y un supuesto pasado de esplendor que la globalización se ha llevado por delante. Una nostalgia reaccionaria del desarrollismo franquista que choca con el ultraneoliberalismo de los comienzos de Vox, con Espinosa de los Monteros viajando a la City de Londres para contar las bondades de su programa económico a los grandes grupos de inversores.

Carlos Hernández Quer sustituyó a Ortega Smith como portavoz adjunto en el Congreso después de que fuera apartado. Encarna con claridad el nuevo discurso económico y social de Vox

Un discurso, el de Hernández Quero, que se construye sobre el “no hay suficiente para todos” generalizado; que fomenta mecanismos de exclusión que Habermas definía como característicos de un “chovinismo del bienestar” y que concentran la tensión latente entre el estatuto de ciudadanía y la identidad nacional. De esta forma, ante las listas de espera en la sanidad madrileña, la propuesta de Hernández Quero es simple: sobra gente. Favoreciendo que el malestar social y la polarización política provocados por las políticas neoliberales de escasez se canalicen a través de su eslabón más débil (el migrante, el extranjero o simplemente el “otro”). Porque si “no hay para todos”, entonces sobra gente: “No cabemos todos”. Una política que choca de frente con el modelo neoliberal del Little Miami de Ayuso, del Madrid de “los acentos”, de la ciudad global. Una pelea en la que los viejos perfiles, como Ortega Smith, ya no solo no son útiles, sino que estorban. Y se necesitan caras que, como Hernández Quero, ejemplifiquen la nueva imagen de Vox y ocupen su lugar, tanto en el Congreso como al frente de la candidatura al Ayuntamiento de Madrid.

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