Opinión
Carta a las jóvenes e higiénicas heroínas de la ultraderecha
Estimadas muchachas del gel de ducha. Ayer, vuestra gesta, mostrando una botella de gel entre risas a las personas acampadas en Sol, se me metió en los ojos como jabón, llenándome de escozor la mirada por un rato. Pasada la irritación derivada de ver a un puñado de chiquillas haciendo guasa de algo tan serio como el derecho a una vivienda, decidí volcarme en un ejercicio radical de empatía para intentar entender qué os había movido ahí, tan risueñas y peinadas, a confrontar con gente a la que no conocéis, pero a quienes querríais limpiar de la calle.
Sí, luciais sonrientes y bien aseadas, enhorabuena, pieles bendecidas con tiempo que dedicarse y dinero para ungüentos, esas dermis agraciadas por la juventud y el no conocer el insomnio que trae consigo la incertidumbre de no saber si podrás conservar un hogar. Despreocupadas participantes de una performance, por otro lado, bastante testosterónica, con su folclore de aguiluchos e himnos de una época en la que el país se limpiaba de quienes discrepaban, de quienes defendían derechos para todos, a través de su persecución, represión o muerte.
Me imagino las risas, la adrenalina, cuando a alguna se le ocurrió la idea de comprar un gel y blandirlo ante esos otros cuyos reclamos políticos os dan risa y cuya presencia os asquea
Estabais ahí, en grupo, exultantes, consumiendo vuestro momento de joven rebeldía, la valentía de uniros con vuestros iguales y plantar cara a quienes entendéis como enemigos. Me imagino las risas, la adrenalina, cuando a alguna se le ocurrió la idea de comprar un gel y blandirlo ante esos otros cuyos reclamos políticos os dan risa y cuya presencia os asquea. Una masa informe y sucia sin derecho a la ciudad, manchando el espacio entre las franquicias y las multinacionales de moda, obstaculizando el derecho a circular sin pensar en toda la gente que se queda afuera, en las machacadas por un sistema que a vosotras no os ha tratado tan mal, ¿eso veiáis?
Me gustaría dedicarle un momento a la cuestión de la higiene, ya que parece que esa es la frontera con la que habéis decidido separar el ellos del nosotros. Habéis de saber que seguís una larga tradición de estigmatización de aquel a quien no se considera igual, desde los nazis alemanes a los skins de los 90 el campo semántico de la suciedad siempre ha sido muy útil para negarle la voz y la dignidad a quienes no se quiere escuchar. Definir a grupos humanos como un foco de contaminación —tienen piojos, son una plaga— es un punto de partida bastante socorrido para intentar quitárselos de en medio.
Más que ponernos a debatir sobre el aseo de quienes se manifiestan, me gustaría comentaros que la vida ensucia, y que la ficción de que esto no sucede, es una flipada del privilegio. Ensucian los trabajos que sostienen la vida: se suda trabajando en los campos, construyendo los pisos con los que el poder especula, cuidando a niñas y ancianos. Puede ensuciar también pasar tres noches seguidas durmiendo en una acampada, lo llamativo es que, con todo lo que se dice, lo que se mueve, y lo que se lucha allí, no tengáis nada más interesante que aportar sobre este tema que por lo visto os moviliza.
Muchas veces la inmaculada limpieza no es más que un símbolo de clase, pieles tersas alejadas de las complicaciones que da tener que buscarse la vida, con acceso a las mejores cremas. Ropa de marca planchada por manos malpagadas, pelo cuidadosamente alisado con costosos tratamientos, son señas de pertenencia a un grupo que poco sabe lo que sufre la mayoría de la ciudad solo para tirar para adelante. Acicalan una forma de estar en el mundo que decide ridiculizar las luchas de los demás, porque es su forma de evitar escucharles.
Hubiera sido bonito que alguien os preguntara ayer, mientras tanto os reíais agitando vuestra ocurrencia, qué reivindicaciones políticas, que propuestas para la ciudad llevabáis a la plaza. Las de las personas de las plazas las conocemos bien: que nadie tenga que dormir en la calle, que nadie tenga que entregar su tiempo, su humor y su energía a cambio de un techo cada vez menos sólido, que se acabe el chantaje de quienes tienen demasiado, sobre quienes no tienen más remedio que hacer lo posible para no acabar en la intemperie. Es asombroso que alguien esgrima un bote de gel de ducha ante esa agenda.
Hubiera sido bonito que alguien os preguntara ayer, mientras tanto os reíais agitando vuestra ocurrencia, qué reivindicaciones políticas, que propuestas para la ciudad llevabáis a la plaza
Estar con los demás, posicionarse, desarrollar pensamiento político, es hermoso, chavalas, ayer quizás empezásteis a caminar bajo esa música pero en la dirección equivocada. No hay pensamiento político ninguno bajo el atajo mental que supone configurar un ellos y un nosotros en base a la supuesta higiene de aquellos a quienes no estáis dispuestas a escuchar. Ayer se os veía contentas, emocionadas en vuestra pequeña gesta contestaria. Si realmente queréis ser felices, quizás deberiáis explorar otras batallas: probar a luchar por los derechos de todas y todos, en lugar de replicar discursos huecos en los que nada de verdad se agita.
Hay mucha más alegría en luchar junto a otras por lo justo, que en reírse de quienes luchan, mucha más emoción entre esos grupos de diferentes que se organizan juntos, que comparten humanidad y contradicciones, de la que cabe en pasar un efímero rato de provocativa gloria, ridícula botella de gel en mano, entre tantas banderas como insultos, que insisten en atacar lo que otros han construido con tanta valentía y aplomo. Organizarse, escuchar, cuestionar lo que oprime, chicas, ahí sí que hay diversión. Ojalá podáis probarlo pronto.
Análisis
Queremos estar aquí: la acampada como mundo en el mundo
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