Opinión
Queremos estar aquí: la acampada como mundo en el mundo

Hablar, escuchar y ver al otro es ya una nueva sensibilidad, una sensibilidad que obliga a ser atendida. Una sensibilidad que leo en palabras repetidas como: fe, euforia, comunidad.
10 oct 2026 00:06

En Málaga, en Paris o en la Vaguada yo te invito a mi humilde morada

Bonus Track (La Condena) - yyy891, Ladiferencia2006, Aft3rlife


Con más de 80 años, Sonsoles cruza lenta uno de los márgenes de la acampada, por la vía de la Presidencia. Me dice que está orgullosa. Quería venir a hacerse una fotografía frente a las tiendas y pancartas y al final de su vida haber estado aquí. Otro día, un joven llamado Pablo me cuenta su experiencia previa en las concentraciones por Palestina: “Al terminar te ibas a casa, aquí hay algo que te obliga”.

Pienso que hay un sentido profundo en estas emociones que me expresan Pablo y Sonsoles. Algo más allá de lo discursivo, de lo que sabemos y reclamamos desde Sol y las muchas plazas de la península.

Por un lado, la acampada exige y participa del juego de la política institucional, ejerce presión —se ve casi de manera física con las tiendas apretando contra los límites de la plaza. Desde aquí las reclamas adquieren potencia y legitimidad: las del colectivo Tabadol, mujeres árabes y también gitanas que construyen lazos en la Cañada Real frente a seis años sin electricidad. Luchan contra los derribos y la expulsión en un barrio que es lo poco que tienen, rodeadas de tierras que se entremezclan con sedimentos de basura; la demanda de sindicatos de vivienda en relación a los alquileres indefinidos, la congelación y bajada del precio del alquiler y la paralización de desahucios que ha terminado arrastrando al gobierno hacia nuevas elecciones; también la urdimbre de luchas que nos une desde las reclamas por la educación hasta la exigencia de detener la persecución y la violencia contra los migrantes en Ceuta.

Pero no es lo que se pide lo único en juego en el lugar. La acampada no solo dice, exige y participa del juego de esa política. Es también un motor de energía, un lugar al que ir y poder decir: “he estado aquí”. Un lugar, como vengo hablando estos días con Amador F. Savater, de otra política. La acampada no cesa en mostrar su capacidad de ensayar un mundo otro.

Jóvenes vagabundeos

La plaza está repleta de jóvenes y adolescentes. Al preguntarles su edad me sorprende descubrir campistas de 16 años. Les veo realizando trabajo autónomo y constante, haciendo funcionar el lugar. Su práctica se asemeja enormemente a la manera de los sindicatos de vivienda y a muchos se les prenden los ojillos al hablarles de cómo funcionan y qué se hace en una asamblea de estos espacios. Les inunda la alegría y la euforia. Pero no son los únicos habitantes.

Hablando con gente que vivió el 15M me comentan que en aquella situación las personas más vulnerables y con menos recursos fueron usadas como arma de desestabilización. No es la primera vez que algo parecido sucede y menos en nuestras ciudades: se nos enfrenta bloque a bloque pagando y transformando a nuestra gente en chivatos. En 2011 personas sin hogar fueron conducidas hacia sol con la promesa de recibir allí alimento, con la idea de que su presencia produciría problemas y altercados. Los primeros días de acampada mi amigo Jaime planteó una pregunta: ¿Por qué no adelantarnos a la jugada policial? En un momento en el que todo resultaba posible, podíamos hacernos cargo de nuestras consignas: ni casas sin gente, ni gente sin casas. Si hablábamos de vivienda había una cuenta pendiente, algo que irrevocablemente nos llamaba hacia todas esas personas ignoradas diariamente que no tienen una vivienda ni okupada ni alquilada, nada.

Muchas derechas ya se han pronunciado al respecto: “Si se van a acampar y dejan una vivienda vacía ¿Por qué no ceden su casa?”. Es el tirón constante que ejercen personajes como Un Tio Blanco Hetero, que se burla de manera fina de la hipocresía en los espacios de la izquierda. La realidad de la acampada hoy es que más allá de los militantes, jóvenes y personas sin hogar han constituido y mantienen una ciudad improvisada. Su encuentro, no marcado por consignas políticas ni soluciones claras de mundo, tiene toda la potencia de rehacer nuestra educación emocional: con quién se habla, de qué manera, qué nos permitimos frente al otro, qué no.

Hay algo que encuentran los jóvenes en la problemática de la vivienda que tiene que ver con la promesa, el hacerse cargo del futuro. Algo capaz de vincularles y sacarles de la impotencia

Hoy la primera experiencia de politización de estos adolescentes está marcada por la vivienda, que muchos sienten como un vínculo con el futuro. Es un problema que les va a llegar, me comentan. Como diría Hannah Arendt en La condición humana: “El remedio de la imposibilidad de predecir, de la caótica inseguridad del futuro, se halla en la facultad de hacer y mantener las promesas”. Hay algo que encuentran los jóvenes en la problemática de la vivienda que tiene que ver con la promesa, el hacerse cargo del futuro. Algo capaz de vincularles y sacarles de la impotencia. Todo ello pese a que algunos me comentan que se sienten privilegiados y en falta de legitimidad para acudir a un sindicato de vivienda. Privilegiados por vivir con sus familias y no poderse independizar, da risa solo de pensarlo.

Me encuentro con una mujer expulsada por un fondo buitre que me cuenta lo difícil que es para ella, un día cualquiera, ducharse. Una mujer mayor que cuida de una joven en silla de ruedas y que me comenta que han sido maltratadas y expulsadas de Valencia, de donde huyeron para no vivir en la calle. Un joven que ha huido de su hogar.

Me encuentro también a un grupo de universitarios que han estado colocando toldos con otro grupo, en este caso de personas sin hogar, todos acampando. No paro de preguntarme qué pasará con estos encuentros. Si todo quedará en unos días en los que habremos roto la distancia y el silencio de la marginalidad. O si esto no nos dejará iguales.

Ensayar una nueva sensibilidad

Lo que se juega en la acampada es la potencia de abrir un mundo en el mundo. La impotencia reina y esto se hace evidente en las ciudades, cuya forma y manera pasa como un fantasma al lado de nuestras vidas. Las ciudades son fantasmas urbanos en tanto que intocables, no podemos decidir nada en su forma, nuestras manos no las tocan. Frente a la incapacidad de hacer, decidir y crear, es significativo que la acampada haya adquirido la forma de un pueblo. Sus habitantes juegan a crear un mundo: se nombran y crean calles y plazas, se improvisan canalizaciones de agua, se experimenta la alegría de hacer de cero. Es lo mismo que sucede en las okupas que requieren apaños e inventos constantes.

Pero un mundo nuevo no solo tiene que ver con lo material, sino también con lo sensible. Me cuentan estos jóvenes que sus compañeros de clase derechizados están movilizados, por ejemplo, para dar palizas. Veo ante esta energía violenta y racista una contraparte enérgica con ganas de hacer de otra manera, jóvenes que aun ven con distancia los sindicatos de vivienda pero piden por ejemplo listas de desahucios en los que poner el cuerpo.

Veo algo así como un mundo pirata que se despliega, sin dueños, de aventura, donde lo más importante es el encuentro

Hay algo en el gesto heroico ante el desahucio de Maricarmen que ha impregnado la sensibilidad común. El país estaba invadido por un sentimiento imparable de locura racista y este clima afectivo también ha sido respondido desde otra emoción. Emoción guerrera frente a la injusticia, rabia por la vida precarizada, euforia de pensar que podemos hacerlo todo. La bandera del Going Merry de One Piece ondea en la acampada como en otras muchas luchas globales. Veo algo así como un mundo pirata que se despliega, sin dueños, de aventura, donde lo más importante es el encuentro. La amistad, para los piratas del Going Merry.

Hablar, escuchar y ver al otro es ya una nueva sensibilidad, una sensibilidad que obliga a ser atendida. Una sensibilidad que leo en palabras repetidas como: posesión, fe, euforia, comunidad.

Mucha de la gente con la que hablo en los márgenes me asombra. Hay quienes ejercen una habilidad impresionante de dirigirme la palabra sin permitir que hablemos, sin escuchar, sin dejar que nuestras palabras nos toquen. Ensayar otra sensibilidad busca abolir la distancia. Hablar con los paseantes de Sol, tratarles de mil amores y que sucedan milagros. Milagros como que un par de chicos que decían que “no hay mayor daño que atacar la propiedad privada” terminen entendiendo una okupación y confesando que ellos también lo harían. Hablar con caseros, sensibilidades neoliberales y que sus preocupaciones también nos obliguen. Nos encontramos, nos hablamos, ejercemos el amor.

La distancia no viene solo del afuera, también nos habita, es la actitud woke que cierra filas y expulsa al otro cuando falla frente a la lógica moralizante. Pienso que la acampada tiene la capacidad de romper todo aquello que nos distancia afectivamente: la evasión del conflicto, ese que nos permitiría sostener la conexión con el otro aun después del choque; el desplazamiento del encuentro cuerpo a cuerpo hacia las pantallas con todo lo que se pierde ahí; las ideas preconcebidas del otro, los estereotipos, las posiciones duras, la moral woke.

La acampada tiene que ver con formas conocidas y es al mismo tiempo capaz de lo nuevo. Como me decía Pablo, hay algo allí que obliga. Se nos obliga al encuentro y a enfrentar problemas donde ni siquiera los sindicatos de vivienda llegan. Debemos inventar nuevas sensibilidades, restaurar el vínculo con el diferente. Lo hacemos atendiendo a la increíble intuición de Sonsoles que la llevó a la plaza con la lentitud que le permitía su cuerpo. La acampada llama y convoca. Los jóvenes lo expresan de otra manera, sonrientes: “Esto es como hacer historia”. Queremos estar aquí.

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