30 nov 2025 06:00

Conocí la noticia en un local de techos altos con la luz del mediodía entrando por la ventana. El amigo que me la contó sabía que me gustaría conocer esa historia.

Ocurrió a comienzos del verano en Leganés, un municipio de Madrid. Un hombre y una mujer, ella rozando los 80, él con esa edad ya superada. Ambos con deterioro cognitivo. Salen a pasear por una zona de campo que hoy es un secarral. Un descampado inmenso pegado a la ciudad. No regresan.

Alguien alerta de su desaparición. Finalmente los encuentran a más de siete kilómetros de su casa. Estaban en medio de esa nada en la que se convierten las zonas periurbanas que están rodeadas de muchas carreteras y autovías, esas zonas inhóspitas en las que solo algunos vegetales y la fauna que los acompañan persiste. La pregunta inevitable era: ¿qué hacían en ese lugar?

Solo las personas mayores, las de su edad, entendieron por qué habían ido hasta allí. Por qué esa caminata bajo el sol atravesando un páramo. Solo ellas recuerdan que en ese sitio, hace varias décadas, cuando la pareja era joven, hubo una laguna a la que mucha gente se acercaba paseando. Ese recuerdo. El de la laguna. El de la vida que rodea siempre al agua. Sí permanecía en su memoria. Decidieron, a pesar del sol, de lo incómodo de andar por ese terreno, caminar hacia su recuerdo.

Quizás ese vínculo con la naturaleza no está roto del todo en las personas de lugares en los que andamos sobre asfalto todo el tiempo 

He leído y escuchado varias veces a personas de pueblos originarios, a defensoras de sus territorios ancestrales, decir que les duele el río contaminado por la explotación minera. Que les duele el árbol talado. Que les duelen los animales que ya no tienen lugar para existir. Les duele. 

Siempre me ha fascinado esa capacidad, esa que te hace entender que somos solo una parte más de los entramados ecosistémicos. Una parte que, para existir, depende de todo lo demás. Una capacidad que te dota de estrategias para la supervivencia. Que te hace, también, actuar para defenderlos. Actuar porque te duele. Porque comprendes que solo vives si lo demás también está.

He pensado muchas veces que los habitantes de las ciudades y de la parte del planeta cuya forma de vida rompe esos vínculos, tenemos anulada esa capacidad, la de que nos duela el deterioro de la naturaleza. Que la hemos perdido. Esta historia de una pareja que camina en busca de la laguna de su adolescencia me ha hecho pensar que, quizás, no la tenemos extinta del todo.

Cuando terminó de contarme la historia, nos pusimos a hablar de algunos lugares de nuestra infancia. Él me habló sobre un descampado en el que jugaba, cerca de la casa de su abuela (que era una de esas viviendas que construyeron personas que migraban de otros lugares hacia la ciudad) y que ahora está tapado de asfalto y de casas de lujo. Yo le hablé de un pinar por el que caminábamos hacia la playa cuando era pequeña, con mis primas y mis tías, y que dejó de ser bosque para convertirse en cemento y casas. Los dos teníamos esa sensación de una pérdida que duele. No es nostalgia. Es otra cosa que se parece más a un dolor porque esos entornos naturales ya no estén. 

Quizás ese vínculo con la naturaleza no está roto del todo en las personas de lugares en los que andamos sobre asfalto todo el tiempo. 

Eso sí, nos falta buscar el impulso para caminar, aunque el terreno sea incómodo, hacia las lagunas que queremos que sigan existiendo .

Ecologismo
Yayo Herrero
“El apoyo mutuo, la colaboración, es un rasgo inherente a toda vida”
Investigadora, activista, consultora y docente, Yayo Herrero es un referente del pensamiento ecofeminista. En su nuevo libro, 'Metamorfosis', habla de la necesidad de una revolución antropológica ante las múltiples crisis de nuestro presente.
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