Opinión
De esos ataques a la pública, esta huelga indefinida
Es profesor de Filosofía y militante de Anticapitalistas.
En 2012 comenzaban a extenderse las camisetas verdes por todo el Estado español. La marea educativa a principios de la década pasada se organizaba contra el ataque que impulsó Esperanza Aguirre ante los servicios públicos y que luego extendería el Ministerio de Educación del gobierno de Rajoy. Catorce años después, la hegemonía del Partido Popular en la Comunidad de Madrid ha dado pasos, no hacia una erradicación inmediata de la sanidad y la educación pública, pero sí hacia una erosión paulatina, a la que el movimiento de docentes ha intentado dar distintas respuestas los últimos años, según se lo ha permitido su capacidad de agregación y ejecución.
La última de ellas ha sido la convocatoria de la huelga indefinida el 14 de octubre, motivada por los diversos ejemplos de lucha en Asturies, Aragón, Galiza y Catalunya, pero sobre todo por la referencia del País Valencià. La tabla de reivindicaciones no es otra cosa que una reminiscencia de las críticas a las medidas implantadas para ajustar el cinturón de la clase trabajadora ante la crisis del 2008. La destrucción de empleos públicos, la congelación de presupuestos para actualizar infraestructuras y equipos de los centros, el aumento de las horas de la jornada lectiva y de las ratios siguen siendo las principales piedras de escándalo que se nombran en las asambleas de los centros. La Comunidad de Madrid encabeza los índices de segregación escolar, está a la cola en gasto público por alumno e inversión presupuestaria en la escuela pública y el salario de los docentes es uno de los más bajos del Estado. Es considerable también la pérdida de poder adquisitivo ante el incesante aumento del coste de la vida, especialmente si hablamos de esta región. Así, no parece tan necesario preguntarse por la razones de la huelga, sino más bien entender por qué Madrid ha sido la última autonomía en terminar de abrir definitivamente su propio ciclo de lucha.
Ante todo, es importante remarcar que la huelga indefinida se convoca con un acuerdo unitario entre la mayoría de las organizaciones sindicales junto a Menos Lectivas. El debate sobre su idoneidad ha estado sobrevolando durante varios cursos. El recorrido de estos años, en el que la precaución a no morir en el intento se imponía a unos argumentos voluntaristas en favor del paro, ha cambiado su signo. Esto se debe a la confluencia de un entrelazamiento táctico entre varios agentes. En principio, el motivo impulsor ha sido la consecución de la unidad sindical, condición sine qua non para la viabilidad de un llamamiento contundente a los y las docentes y de una negociación seria con la Consejería de Mercedes Zarzalejo.
Como se ha dicho, la alineación en la unidad de la convocatoria no parece responder a los mismos objetivos. En primer lugar, cabe tener en cuenta el horizonte de las elecciones sindicales del personal docente público no universitario. A dos de los cuatro sindicatos de la mesa sectorial (CCOO y UGT, aislados durante los últimos años de la realidad de los centros) la huelga les ha permitido pasar de la pasividad al oportunismo activo, con el cálculo de volver a tener presencia entre su electorado. Respecto al dúo restante, ANPE no tiene problema en mostrarse como el “buen sindicato” ante su presidenta Isabel Díaz Ayuso, buscando un acuerdo a traspiés, mientras que CSIF juega sus cartas convocando una indefinida fantasma: un simulacro de la del resto de sindicatos, con comité propio y la misma fecha, pero con solo tres días fijos y paros parciales a partir de estos.
Debemos construir redes de docentes activos y organizados en asambleas que en un trabajo conjunto a las organizaciones sindicales ganen posiciones
En otras coordenadas parten Menos Lectivas, CGT, CNT y STEM, núcleos dinámicos de la movilización docente en la capital para los que la bala de la indefinida no se dispara después de una acumulación de fuerzas, sino que representa la posibilidad de poder dar un salto organizativo y de conciencia entre el profesorado. Sin embargo, el contexto ha cambiado radicalmente desde la asamblea unitaria de docentes del 24 de junio. La tensión social, política y electoral que ha desatado el desahucio de Maricarmen reubican la movilización docente en un nuevo estatus. Esta sacudida política, que va desde la apertura de nuevas vías de lucha, como la acampada, hasta la convocatoria de unas elecciones generales y huelga general, parece quitar la iniciativa de las calles al profesorado. El fin de la monotonía del tiempo político se ha percibido como una amenaza a esta huelga.
No obstante, la movilización en un momento de aceleración política y de lucha por la vivienda no tiene por qué suponer en una invisibilización del vector educativo. De hecho, la tarea de construcción de la huelga ya no es la de levantar una dinámica desde el letargo, sino recoger el testigo del conflicto en marcha. Su misión es la de constituir un germen de presión, que focalice el movimiento como un lugar de acción entre el profesorado y marque un objetivo común: hacer que el gobierno del PP, entronizado desde hace más de treinta años, se resienta de su ataque a lo público. Aunque los trabajadores más conscientes de la educación pública consigan elevar la movilización a un número histórico, no se deben quedar ahí. Si bien es cierto que el devenir de la movilización está por ver, así como las condiciones de salida en caso de que esta progrese adecuadamente, la sucesión de conflictos similares en cada autonomía deben encaminarse hacia una confluencia de una huelga estatal docente en todo el Estado.
El movimiento de la pública tiene cartas a su favor que en este contexto serán decisivas. Las asambleas de institutos y colegios, ya mencionadas, son el ejemplo de una estructura molecular que no tiene parangón en otros centros laborales. Además, han sido capaces de establecer una relación fértil con las AFAs, las fuerzas sindicales y las asambleas y organizaciones barriales, componiendo una red capilar capaz de arrastrar a miles de personas a la calle, como demostró el pasado 27 de septiembre. El papel de Menos Lectivas ha sido clave para constituir esos espacios agitativos y organizativos que dotan de vitalidad al movimiento.
¿Qué se podría considerar una victoria? La indefinida plantea una compleja relación política en la que lo sindical, lo electoral, lo político y lo movimientista componen el inicio de un fenómeno en disputa. Es el marco en el que se dibuja una insurrección arriesgada, que solo se podrá mantener a partir de un nivel de compromiso y organización extraordinario. Precisamente, que el ritmo de lo político se haya armonizado a la lucha social abre diversas potencias que se irán determinado según avancen los días. Como oportunidad progresiva, la actividad de las asambleas en centros y distritos pueden dejar un poso organizativo que genere un nuevo nivel de articulación asociativa y sindical en el sector. Obviamente, la posibilidad de las conquistas parciales en relación a las lectivas, las ratios y las condiciones de docentes y alumnado deben guiar la batalla. Sin frutos concretos, es difícil que la lucha obrera avance posiciones.
Por otro lado, hay que tener en cuenta que mientras el progresismo y sus sindicatos busquen una foto lustrosa, con la medalla representativa en el pecho, las derechas tratarán de oscurecer y apagar los diálogos que no les interesan. Ensanchar la presencia del conflicto para introducirlo en una perspectiva más amplia se antoja fundamental. Se abre un campo de movilización rico donde se juntan reivindicaciones de diverso carácter con el auge de la extrema derecha. El marco electoral generará dinámicas de unificación, que no necesariamente de asimilación, en las que los distintos conflictos activarán mecanismos de movilización también a una escala menor, donde las organizaciones autónomas a las ahora existentes en las instituciones también pueden salir reforzadas.
Por estas razones, ante las distintas graduaciones que se puedan hacer en un futuro balance de la huelga, será fundamental acostumbrar la mirada al largo plazo, sin dejarse llevar por la desilusión y el hartazgo de posibles sensaciones de derrota. Debemos construir redes de docentes activos y organizados en asambleas que en un trabajo conjunto a las organizaciones sindicales ganen posiciones. Todo ello, tejiendo puentes con otros sectores y organizaciones barriales, para llevar a cabo una labor de intercambio de experiencias que consiga sacar de la atomización a las luchas hacia un forma más orgánica.
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