Transición
Medio siglo sin Carlos González, el poeta que no fue nada
A Marién Blanco le sigue doliendo la herida, parecida a una quemadura de cigarro, que vio en el pecho de Carlos González el 27 de septiembre de 1976. “Por supuesto —empieza a responder con la voz un tanto quebrada—, esa vivencia no se puede borrar de ninguna manera, sobre todo cuando te pasa algo así con 21 años. Son hitos que quedan en tu memoria”. Ambos eran pareja desde un año antes, una relación truncada para siempre esa tarde por los disparos efectuados por un comando de extrema derecha, posiblemente integrado por miembros de la organización paramilitar Guerrilleros de Cristo Rey. Pese a una compleja cirugía que incluyó la extirpación de un riñón y múltiples transfusiones, González falleció horas después, durante la madrugada del 28 de septiembre, en la Ciudad Sanitaria Francisco Franco, el actual Hospital General Universitario Gregorio Marañón de Madrid. A su hermano, neurocirujano que intervino en la operación, le dijo sus últimas palabras: “Iban de paisano”.
Carlos González había asistido esa tarde a una manifestación convocada con motivo del primer aniversario de las últimas ejecuciones del franquismo, las de Xosé Humberto Baena, José Luis Sánchez-Bravo y Ramón García Sanz, militantes del PCE (m-l) y el Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP); y Juan Paredes Manot y Ángel Otaegui, de ETA político-militar. Al finalizar la manifestación, un grupúsculo de extrema derecha formado por dos o tres individuos abrió fuego al grito de “viva Cristo Rey”, realizando al menos cuatro disparos, según la información publicada el 29 de septiembre en El País.
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¿Y qué
contemplarán
hombres futuros
cuando miren
los ojos
de los poetas muertos?
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“En todas las manifestaciones había violencia, a los que más temíamos era a los Guerrilleros de Cristo Rey, más que a la policía”, recuerda Blanco, quien no estuvo en la manifestación ya que se sentía indispuesta. Durante el camino a la restauración borbónica tras la muerte de Franco, esa violencia de la extrema derecha y las fuerzas del orden en las manifestaciones fue un paisaje habitual de la época que, como ha estudiado la investigadora francesa Sophie Baby, rompe el mito de la transición política pacífica. Blanco también hace memoria para contar una hipótesis nunca probada: “Unos días antes habíamos ido a un acto maoista, aunque no es que fuéramos maoistas, no éramos de ningún partido: nos oponíamos al régimen, pero no nos definíamos. Recuerdo que, en ese local, él manifestó mucho entusiasmo con lo que decían y aplaudió. Detrás de nosotros había unos tipos muy raros, que no encajaban, y le dije a Carlos que igual eran unos infiltrados, que era algo que teníamos siempre presente”. En un momento dado, esas personas empezaron a lanzar botes de humo, reventando el acto y provocando el caos. “Unos meses más tarde, cuando la matanza de Atocha, reconocí a uno de ellos en el periódico, un tal Leocadio Jiménez. No sé si tuvo algo que ver con la muerte de Carlos”, duda Blanco. En el caso de que hubiera estado implicado, ella asume que nunca se va a poder demostrar “que ese hombre ya lo estuviera siguiendo o que lo reconociera en la manifestación como el rojo que estaba en aquel acto”.
Cuando Marién Blanco piensa en el 27 de septiembre de 1976, lo primero que le viene a la cabeza es “la injusticia de que él murió porque lo mataron unos fascistas, pero también por la represión policial”. Ella asegura que ninguna persona “que no hubiera tenido 21 años y un organismo totalmente sano” habría soportado “el periplo que él aguantó antes de morir”, y está convencida de que González murió por llegar tarde al hospital. “Si no, se podría haber salvado. Lo dijeron en su momento los médicos en el hospital”, afirma.
El periplo que menciona comenzó en la calle San Marcos esquina con Barquillo, donde los pistoleros de extrema derecha dispararon. González y una amiga con la que había estado en la manifestación iban ya de camino a casa de Blanco, una buhardilla en la calle Fuencarral que compartía con una chica chilena desde principios de septiembre. “Imagino que cogieron un taxi que los dejó frente a la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol, y que el taxista los soltó allí porque no quería problemas. Allí tuvieron que coger otro taxi hasta mi casa. Carlos no quería ir al hospital ni a casa de sus padres porque entonces había miedo de que se enterasen tanto tus padres como la policía. Él no sabía que se estaba muriendo”, recuerda Blanco. Cuando finalmente llegaron a su casa, la amiga de González le dijo que había recibido una bala de goma. “Tenía en el pecho un agujero como una quemadura de un cigarrillo, pero al darle la vuelta al acostarle en la cama vi que había otro agujero por detrás. Ahí me di cuenta de la gravedad y me eché a temblar. Él se estaba desangrando, se estaba quedando cada vez más blanco, al parecer eso es una muerte dulce”, relata. Su compañera de piso se encontraba en su habitación con dos personas y una de ellas avisó a su padre, que era médico y llamó a la policía, no a la ambulancia. “Los grises fueron los primeros que llegaron. Me empezaron a insultar porque tenía un póster de La Pasionaria y otro del Che Guevara. Luego me llevaron a la DGS, no llegué a ver la ambulancia, ni sé cómo ni cuándo llevaron a Carlos al hospital”, lamenta.
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Agonizar quiero entre los matorrales.
¡Que incendien mi cuerpo
que quiero ser humo!
(13-II-1976)
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Blanco pasó la noche en la DGS, custodiada por varios agentes, entre ellos el inspector de la Brigada Político-Social (BPS) Antonio González Pacheco, más conocido como Billy el Niño. “Me empujaron, me zarandearon, me llamaron de todo, gritaban que confesara de qué partido era y de qué partido era Carlos”. Por la mañana salió gracias a su madre, que se personó en Madrid desde Ponferrada al escuchar en la radio la noticia de la muerte de González. En la capital del Bierzo vivió Blanco los tres meses siguientes, tratando de superar el shock.
Según el Colectivo de Víctimas del Terrorismo (Covite), no hubo investigación ni ninguna detención por el asesinato de Carlos González, tampoco se celebró ningún juicio. El Tribunal Supremo lo reconoció como víctima del terrorismo en 2006, cuando se cumplieron 30 años del atentado que le costó la vida, pero no le fue concedida una indemnización por parte del Estado, tal y como reclamaba su madre, Margarita Martínez Corredor.
Poeta muerto
Cuando Carlos González y Marién Blanco empezaron a salir, él estudiaba psicología y ella filología inglesa. Él lo había pasado muy mal en el servicio militar, estaba acuartelado cuando murió Franco. Eran, según recuerda ella ahora, parte de los miles de jóvenes que esperaban un gran cambio político en España aunque no militaban en ninguna organización política. “Pero él sí se reunía con gente y estaba al loro”, puntualiza.
Él también era poeta, es la primera palabra que Blanco utiliza para definirlo. “Por supuesto, con su muerte también se perdió un poeta”, recalca. González tenía cuadernos, carpetas y papeles sueltos en los que dejó sus versos. El día que lo mataron llevaba en un bolsillo un par de poemas dedicados a ella, como otros muchos de los que escribió. Blanco valora la poética de González como la propia de un chaval de 21 años sensible, irreverente e imaginativo, que volaba pero tenía los pies en la tierra: “Era social, amorosa, política y trágica. Se desprende un sentido trágico de la vida, hay algunos poemas que presagiaban su final”.
En enero de 1977, ella regresó a Madrid. Volvió a la universidad y, junto a unos amigos, se dedicó a ordenar y seleccionar los poemas de González. En otoño de ese año, Akal publicó el resultado de ese trabajo, “el libro póstumo de un poeta muerto de muerte airada en la flor de la juventud”, según lo nombra el escritor gallego Celso Emilio Ferreiro en el prólogo. El autor de Longa noite de pedra califica a González como un “poeta inserto en la sensibilidad de los iluminados que saben captar la realidad, trascendida, que se esconde detrás de la realidad aparente”. Para Ferreiro, el libro es singular y estremecedor porque “todo él es puro presentimiento de lo que estaba escrito por los hados del futuro”.
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Los dedos extáticos
sobre el gatillo:
uno, dos, tres,
dos a dos,
tres allí, tres más
han caído.
(27-III-1976)
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En el texto de presentación firmado por Blanco, José Antonio, Javier y Teresa, los tres amigos con los que hizo el libro, se lee que quizá lo más importante, “lo que nos está enseñando continuamente Carlos”, es que quienes han muerto como él “no son seres aparte, seres únicos. Cualquiera de nosotros puede morir de la misma forma; en cierto modo nos matan lentamente, sin dejarnos decir lo que pensamos”.
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