Lucha de clases en las heces del mundo rico

La calidad de nuestra microbiota intestinal distingue entre personas ricas y pobres.
El precio por caloría de la comida basura o el estrés crónico de vivir en riesgo de exclusión parecen afectar negativamente a la justicia social bacteriana, crucial para la salud.

Heces
La publicidad de productos de escaso valor nutricional podría tener mayor impacto en ciertas minorías, más expuestas a la exclusión. Álvaro Minguito

publicado
2017-11-29 06:00:00

Un fantasma recorre tu intestino, el fantasma de la microbiota. Se trata de una gigantesca comunidad de microorganismos que vive en tu aparato digestivo. Se calcula que sus individuos, de 1.200 especies distintas, podrían ser tan numerosos como las células de todo el cuerpo humano; de hecho, todas esas bacterias juntas pueden pesar hasta dos kilos dentro de ti y algunas investigaciones empiezan a observar la microbiota casi como un órgano más.

El papel de este ecosistema es muy relevante durante la digestión de alimentos, ya que se encarga de romper carbohidratos que, serían imposibles de digerir sin su ayuda. Sin embargo, su influencia en la salud general del ser humano es mucho más asombrosa y, desde hace años, equipos de todo el mundo se están volcando en su análisis. Hoy sabemos que la microbiota parece capaz de repercutir en casi cualquier rincón de nuestro cuerpo, desde el hígado a las articulaciones pasando, incluso, por el cerebro y sus trastornos anímicos. Una microbiota sana y diversa es tan tan importante que, obviamente, no podía estar al alcance de cualquiera.

Conexión entre sociología y biología

Christy A. Harrison y Douglas Taren, de la Universidad de Arizona, acaban de publicar un artículo en la revista Nature en el que establecen un marco para investigar cómo la desigualdad de ingresos y el estatus socioeconómico están detrás de los problemas que afectan a la microbiota de la gente pobre en los países ricos.

Harrison y Taren sugieren que hay suficientes pruebas de que ciertos comportamientos y entornos asociados al nivel educativo o de ingresos afectan gravemente a la salud y que lo más probable es que la microbiota no quede indemne.

En conversación con El Salto, Christy Harrison se muestra convencida: “la investigación me impulsa a creer que hay una conexión profunda entre nuestra sociología y nuestra biología, y tiene todo el sentido que la microbiota sea un actor fundamental”. A lo que Taren añade: “debería haber pocas dudas de que la escasez de recursos está relacionada con la microbiota, no solo porque la pobreza económica afecta a la dieta, sino porque probablemente está relacionada con otras formas de injusticia social” que afectan a la salud.

Varios estudios han encontrado que los barrios pobres tienen más restaurantes de comida basura, menos comercios de productos frescos y saludables y más tiendas de conveniencia

Las desigualdades para nuestras bacterias empiezan en el carrito de la compra. Si abrimos el frigorífico de una familia con más estudios o más ingresos, encontraremos más fruta y verduras que en la nevera de personas con un currículo académico más breve o con rentas más bajas. ¿Por qué? Un estudio finlandés detectó que la cesta de la compra de las personas pobres parece estar más condicionada por el precio, la familiaridad con ciertas marcas o la palatabilidad —ese efecto arrebatador de algunos productos en nuestros sentidos cuando son exageradamente dulces, crujientes, salados, esponjosos o llevan glutamato hasta en la pegatina de regalo—.

¿Qué le pasa a la microbiota en ambos casos? Pues que con la primera dieta, rica en fibra de verduras y frutas, nuestras queridas bacterias se dan la gran vida, mientras que la comida industrial altamente procesada, pero barata, fácil de tragar y efímeramente reconfortante, destroza la biodiversidad en nuestras entrañas.

Barrios pobres, peores tiendas

Pero ¿por qué una persona pobre es más propensa a causar un genocidio en su intestino mediante atracones de Doritos? Puede haber varias razones. Por un lado, sabemos que la mera urgencia de sobrevivir lleva a decisiones de compra basadas en la búsqueda de las máximas calorías por cada euro que gastamos o, como lo denominan Harrison y Taren, el “calories-per-dollar trade off”.

También se ha analizado cómo la publicidad de productos de escaso valor nutricional podría tener mayor impacto en ciertas minorías, más expuestas a la exclusión, como la población negra en EE UU. Por si esto fuera poco, varios estudios han encontrado que los barrios pobres tienen más restaurantes de comida basura, menos comercios de productos frescos y saludables y más tiendas de conveniencia. Para colmo, por si no lo habías notado, ser pobre es muy estresante, y resulta que, según bastantes investigaciones, el estrés es un pésimo consejero a la hora de ir al supermercado.

Un momento. Las personas pobres, ¿están estresadas? Pero ¿el estrés no es algo propio de empresarios hechos a sí mismos y ejecutivos de éxito? Pues resulta que no, no hay que ser consejero delegado de una multinacional para estar de los nervios. En realidad, hay pruebas de que, como dice el refrán, cuando la pobreza entra por la puerta la felicidad sale por la ventana.

Para Taren “habría que hacer estudios poniendo a economistas a trabajar con nutricionistas, microbiólogos e inmunólogos para analizar cómo cambiar el estatus económico afecta a la microbiota”

Los autores señalan múltiples causas: “tensión financiera, trabajos por turnos, falta de control sobre el empleo propio, discriminación, vecindarios con más ruido y más sobrepoblados, barrios con más criminalidad o menor acceso a la sanidad, entre otros”. No hay microbiota que aguante esto y algunos experimentos lo muestran.

Violencia obstétrica contra la microbiota

Si todavía alguna bacteria de pobre albergaba una mínima esperanza, otros factores de la vida se encargan de rematar la faena. Una microbiota sana empieza en el canal del parto y en el puerperio. Cuando una criatura nace en un parto natural, las poderosas bacterias de la vagina de su madre empiezan a colonizar y cuidar a esa nueva personita. Por desgracia para muchas madres sin recursos, algunos estudios señalan que las mujeres pobres son sometidas a más cesáreas innecesarias que las mujeres ricas.

Además de revelar un posible problema sanitario de violencia obstétrica, racial y de clase, las criaturas nacidas de esta forma cuentan con menos defensas bacterianas desde su primer aliento, algo que afectará a su salud futura. Como el patrimonio y las deudas, la microbiota también se hereda. “Es un asunto generacional”, nos alerta Taren, quien ha dedicado buena parte de su carrera a investigar cómo la brecha social repercute en la nutrición maternoinfantil: “cada generación tiene menos beneficios microbianos que legar a su descendencia”, advierte.

El círculo vicioso lo cierran algunos medicamentos. Como la población excluida tiene peor microbiota y la microbiota es crucial para el sistema inmune del cuerpo, las personas pobres sufren más enfermedades, lo que aumenta su exposición a los clásicos problemas farmacológicos típicos de la pobreza, como el abuso y mal uso de antibióticos o una mayor y peligrosa probabilidad de compartir tratamiento sin supervisión. Así que una microbiota pobre nos hace más vulnerables a enfermedades que tratamos mal con medicamentos cuyo uso errático daña aún más la microbiota.

Economistas con nutricionistas

Y aquí no acaba la tragedia para la microbiota. Taren nos aclara que hay más sospechosos, “como si el lugar donde vives está cerca de industrias contaminantes o, para quienes viven en países de ingresos bajo o medios, si tienen acceso a agua limpia y sanitarios”. En su opinión, “habría que hacer estudios poniendo a economistas a trabajar con nutricionistas, microbiólogos e inmunólogos para analizar cómo cambiar el estatus económico afecta a la microbiota”.

Dime tu código postal y te diré cómo es tu microbiota

La idea de Harrison y Taren ya parece respaldada por algún artículo previo. El año pasado, un equipo liderado por Gregory E. Miller, de la Universidad Northwestern, de Illinois, publicó los resultados de un estudio que apuntaba en esta dirección. Miller y sus colegas reunieron muestras fecales y biopsias del colon de 44 personas adultas y sanas en un centro de salud de Chicago. A continuación, les pidieron su código postal.

Tras analizar la microbiota de las muestras se cruzaron los datos postales con algunas variables censales que permitían perfilar el estatus socioeconómico del barrio en que vivía cada persona con su microbiota. Los resultados mostraron una fuerte relación entre el bajo estatus socioeconómico de ciertos barrios con una menor diversidad microbiana en el colon de sus habitantes. La lucha de clases también parece librarse en las heces del mundo rico.

Harrison se muestra preocupada por los riesgos que la crisis económica puede haber tenido en la dieta mediterránea de nuestro país y cita al aclamado divulgador Michael Pollan, especializado en nutrición: “Pollan dice: 'el animal humano está adaptado a un rango extraordinario de dietas diferentes, pero la dieta occidental [western diet], como sea que la definas, no parece una de ellas'. Me inclino a estar de acuerdo con esta frase. La westernización de dietas alrededor del globo es una gran preocupación para la ciencia en EE UU, donde hemos sido testigos de su abominable impacto en la salud humana. Nos preocupa ver que lugares como España pierden su rico acervo dietético”.

Individualismo vs. comunidad

La inmunobióloga también nos alerta de otro riesgo típico de la western diet, el individualismo. “Un aspecto clave de la dieta mediterránea es su naturaleza social. No lo digo como científica, sino a nivel personal, pero creo que parte del diezmado de la cultura alimentaria occidental ha sido su individualización. La naturaleza comunal en la cultura de la dieta mediterránea tiene muy probablemente beneficios reales para la salud. Continuad comiendo alimentos completos, juntaos, en comunidad, y resistíos a la comida procesada de conveniencia tanto como podáis”. ¿Su receta para una microbiota sana? “Añade tantos alimentos frescos como puedas —frutas, vegetales, frutos secos, etc— mientras eliminas la comida procesada y los azúcares añadidos. Las frutas de colores vistosos, las verduras de hoja verde oscuro tienden a ser más ricas en micronutrientes”, recomienda Harrison.

Su compañero Taren ofrece algunas pistas más: “Es esencial crear recursos en la comunidad para las personas que han sufrido la creciente desigualdad económica de las últimas décadas. Cultivar comida en casa, incluso pequeñas cantidades en macetas, y tener huertos comunitarios puede mejorar la diversidad nutricional e incorporar nutrientes importantes y fitoquímicos saludables a la dieta”. Y las administraciones también deberían hacer su parte: “crear políticas nacionales que promuevan el consumo de alimentos completos ricos en fibra y redes de seguridad económica podría nutrir la salud de la microbiota”.

5 Comentarios
Anonimander 15:10 29/11/2017

El enfoque previo del propio estudio parece estar muy ideologizado y me parece bien. La Ciencia es de los pocos fenómenos del "progreso" que me merecen respeto. Sociólogos y expertos de la Salud debieran juntarse más a menudo.

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Juan Gasteiz 19:15 29/11/2017

El médico Anarquista Isaac Puente Ameztoy fue pionero en la medicina social, denunciando las condiciones insalubres de vida que enfermaban a la clase trabajadora, este excelente artículo sigue esa senda..

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Godfor Saken 8:18 30/11/2017

Del libro “Microbiótica. Nutrición Simbiótica y Microorganismos Regeneradores. Una revolución para sanar la Tierra y el ser humano’, de varios autores:

“Es evidente que la Naturaleza necesita de todas las especies microbianas creadas, también las “malas” que pudren y enferman la materia viva, porque todas cumplen una función en la cadena evolutiva y transformadora de la vida. Por tanto no es conveniente para el orden natural ser excesivamente beligerante con las bacterias y virus putrefactivos y oxidativos que a los humanos causan afecciones, pues todas cumplen su función en la biosfera. Mejor que atacarlas directamente es generar un campo de resonancia probiótico que las debilite por exclusión del territorio, potenciando la activación de los microorganismos positivos que apoyan los procesos fermentativos y antioxidativos”. 

(…)

“Vivimos en una cultura bacteriofóbica donde nos envenenamos masivamente con productos tóxicos de limpieza, salud e higiene personal, con la intención de asesinar a todas las bacterias que se crucen en nuestro camino, incluso en nuestro intestino. Desde la guerra bacteriológica por la asepsia total del hábitat, hasta la saturación de los antibióticos como panacea de la salud y el progreso farmacológico, nos hemos equivocado de enemigo al generar una guerra contra los virus y bacterias. Frente a esta visión paranoica y exterminadora de que la mejor bacteria es la bacteria muerta, que incluso se estudia en las facultades de ciencias de nuestro mundo, se asienta otra corriente más integrativa y holística que reconoce el gran valor de los microbios para la vida y el medio ambiente”. Una gran exponente de esta corriente emergente es Bonnie Bassler. No se pierdan el vídeo de su charla en TED.com:

https://www.ted.com/talks/bonnie_bassler_on_how_bacteria_communicate?language=es

(…)

Debemos reconocer que los descubrimientos de Pasteur y Kooch sobre la etiología o la causa microbiana de enfermedades infecciosas, significaron un gran paso para la medicina, obteniendo importantes logros para la salud de la humanidad, creando teorías y modelos vigentes hasta la actualidad, donde siguen predominando los viejos terrores microbianos, potenciados por una industria farmacéutica debido al enorme negocio que estos representan, a través del uso abusivo e indiscriminado de antibióticos y las campañas sistematizadas de vacunación. 

(…)

Las instituciones médicas y sanitarias por fin se han dado cuenta de la importancia que tiene el intestino. Hace poco más de 5 años que dos ambiciosos proyectos internacionales han visto la luz para estudiar y analizar el ADN de ese mundo microbiótico que llevamos dentro. Lo llaman el Metagenoma o MicroBioma, precisamente porque no se trata de analizar el ADN de la célula de una especie animal, sino el ADN de cientos o miles de especies que conviven con nosotros dentro y fuera de nuestras tripas. Una labor mucho mayor que el análisis del tan famoso genoma humano. En muy poco tiempo esa investigación cambiará el panorama médico mundial y los antibióticos pasarán a la historia desbancados por nuevos medicamentos superprobióticos, que en vez de aniquilar microorganismos patógenos refuercen a los microorganismos beneficiosos para crear un “campo” de vida donde las enfermedades infecciosas no puedan prosperar.

(…)

La implicación de las bacterias en el correcto funcionamiento de nuestro organismo, muy bien documentada y analizada en este libro, es otro más de los datos irrebatibles que rompe con la concepción individualista de un organismo rodeado de “enemigos” que nos han trasmitido machaconamente en nuestra “formación” (¿deformación?). Cada uno de nosotros somos un pequeño planeta poblado por miles de millones de pequeños seres que “trabajan” para nuestro funcionamiento equilibrado. En la piel existen ecosistemas bacterianos que mantienen el equilibrio en su funcionamiento y también están en el aparato respiratorio, en el sistema genitourinario… En el tracto digestivo las colonias bacterianas, organizadas en ecosistemas, ejercen su función en la asimilación de sustancias que, sin ellas, no podríamos digerir y son las responsables fundamentales de la función “inmunitaria”, es decir del equilibrio (que no la “defensa”) con el exterior. Entre su enorme población, un número mucho más abundante de virus (fagos) controlan sus ecosistemas, regulan la población e intercambian información genética. Unas actividades que, según los investigadores, presenta variación interindividual y está condicionada por la dieta. Las palabras de uno de los científicos implicados en la investigación resultan muy sugerentes: “Puede ser que los virus sean los verdaderos conductores del sistema por su capacidad de modificar las bacterias que modifican al hospedador humano”.

(…)

Si tenemos en cuenta que la inmunidad es un fenómeno natural, que cuenta con sus propios procesos para garantizar el equilibrio con los microorganismos del entorno, la introducción artificial de microorganismos “atenuados” o partes de ellos en el organismo ¿no producirá una distorsión de los mecanismos naturales incluyendo un posible debilitamiento del sistema inmune que favorecería la posterior susceptibilidad a distintas enfermedades?

(…)

Con el descubrimiento de los antibióticos, el desarrollo de la industria agroquímica y ganadera y la moda de la excesiva higiene en el hogar, en los últimos 70 años se han producido y distribuido millones de toneladas de fármacos y productos tóxicos de limpieza, herbicidas… Este hecho ha generado un aparente desequilibrio que la vida está tratando de corregir. Todos estos productos tóxicos se han introducido en la cadena alimentaria de plantas, animales y humanos, generando reacciones patológicas imprevisibles. Por un lado han aparecido más de 40 nuevas enfermedades en los seres humanos y otras antiguas que se creían debilitadas (como la tuberculosis) han rebrotado con fuerza. Los antibióticos han perdido eficacia y la OMS alerta contra las nuevas pandemias de infecciones ante las cuales parece que no hay remedios eficaces. En el reino vegetal muchas especies de árboles han generado enfermedades endémicas que amenazan con extinguir a miles de millones de olmos, castaños, olivos, encinas… Lo mismo pasa con las abejas, que en los últimos años han desaparecido de manera alarmante debido al abuso de pesticidas. Hemos querido luchar y modular el ecosistema natural de muchas maneras. Y en todas ellas estamos encontrado el fracaso. En especial la lucha contra los microorganismos patógenos, que aparentemente amenazan nuestra salud ha sido una de las más nefastas decisiones que ha tomado la ciencia médica en el último siglo. Ha supuesto que muchos virus y bacterias muten y se hagan resistentes, generando nuevas enfermedades para las cuales aparentemente no hay antídoto. Resulta curioso que un hospital sea uno de los lugares “más limpios” que nos podemos encontrar y a la vez uno de los más peligrosos. La enfermedad y muerte por yatrogenia hospitalaria (infecciones contagiadas por el medio ambiente del hospital) es una de las causas más abundantes de patologías y muertes que suceden en los hospitales. Y esto ocurre en gran medida porque el abuso excesivo de los antibióticos y los productos de limpieza han generado nuevos virus y bacterias mutantes que no solo resisten esas agresiones, sino que utilizan de alimento precisamente esos productos antibacterianos. César Nombela, Catedrático de Microbiología de la Universidad Complutense de Madrid y ex presidente del CSIC, afirma en una entrevista: “… Es la capacidad, desarrollada o adquirida por algunos microbios, de sobrevivir en presencia de antibióticos u otros agentes que anteriormente producían su muerte. Se trata de una característica genética, cuando un microbio la adquiere o la desarrolla todos sus descendientes son ya resistentes. La rapidez de multiplicación microbiana unida a la facilidad de las bacterias para intercambiarse genes, hace que la resistencia a los antibióticos se pueda extender, incluso generalizar”.

(…)

La oxidación es el principio de la putrefacción, de la entropía, de la enfermedad y de la muerte. Para la microbiota de cualquier ser vivo, la oxidación del medio genera la proliferación de microorganismos putrefactivos, que son los encargados de descomponer la materia. En el caso de los seres humanos, la microbiota intestinal ha mantenido un equilibrio ligeramente alcalino y antioxidativo hasta hace relativamente poco tiempo; asumiendo las familias fermentativas y regenerativas el control del sistema digestivo. Pero este delicado equilibrio ha sido roto en las últimas décadas y actualmente el predominio de la microbiota intestinal suele estar en muchos casos en manos del microcosmos putrefactivo. Este desequilibrio es la principal causa de gran parte de las enfermedades que asolan a la sociedad occidental: diabetes, colesterol, estreñimiento, enfermedades autoinmunes e intestinales o enfermedades psíquicas. Nuestro medio ambiente se ha visto inundado en los últimos 100 años de infinidad de sustancias químicas peligrosas que han contaminado el agua, el aire y la tierra. Se calculan unas 100.000 sustancias químicas nuevas que se han liberado en el medio ambiente, a través de los procesos industriales. Muchas de ellas son peligrosas y casi todas altamente oxidantes del medio. Se desconocen las interacciones reactivas que estas sustancias están generando en la biosfera. Esta contaminación ambiental, junto con la basura agroquímica que acompaña a los alimentos que ingerimos, es un factor importante del aumento de enfermedades que antes no existían (SIDA, autoinmunes, alzhéimer…) y otras que apenas tenían incidencia, como el cáncer, que hoy son auténticas pandemias. La única razón por la que sobrevivimos a este peligroso bombardeo de oxidación continua es porque nuestro sistema inmunitario nos defiende y porque nuestro organismo, en gran parte a través de la macrobiótica intestinal, produce antioxidantes que neutralizan parte de las sustancias tóxicas. Otra importante razón de la proliferación de los microorganismos putrefactivos en nuestro intestino es la alimentación y los fármacos que ingerimos. Nos hemos visto sometidos en los últimos decenios a un incremento impresionante de la oxidación interior debido al cambio de dieta que se ha impuesto desde los intereses de las grandes corporaciones de la alimentación. A esto se suma las enormes cantidades de medicamentos que cualquier persona ingiere a lo largo de su vida, muchos de los cuales dañan a veces de manera irreversible nuestra microbiota intestinal. Estas son las principales fuentes de oxidación y putrefacción de nuestra microbiota intestinal, que deberíamos en lo posible evitar o al menos consumir con moderación y consciencia de sus efectos:

 • Comida basura precocinada (hamburguesas, pizzas, conservas en latas…)

• Azúcar blanca refinada y sal refinada

• Harinas refinadas (pastas, pan blanco, bollería y dulces…)

• Carnes (embutidos y cocidos, carnes rojas)

• Derivados lácteos (leche, queso, mantequilla)

• Pescados que contienen mercurio y otros metales pesados (cuanto más grandes más peligrosos)

• Refrescos industriales gaseosos

• Alcohol y tabaco

• Medicamentos: Antibióticos, antiinflamatorios, corticoides, antidepresivos y somníferos...

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#3931 10:54 30/11/2017

Lo de la carne roja esta por ver, sobretodo si esta no está procesada, creo que la metes en el saco por razones "ético-ideológicas". No hay razón científica para ello.

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Mertxe 11:30 29/11/2017

Muy interesante artículo, gracias.

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