Comunidad El Salto
Una carta urgente ante la invasión del espanto
Querida comunidad de lectoras y socios de El Salto.
Os escribo esta carta desde la honestidad que da el cansancio y el espanto. Estamos asustados, vosotras, nosotros, ante este momento histórico en el que las fronteras deciden quién vive y quién muere, en el que las fronteras constituyen la columna vertebral de un discurso político que normaliza la desigualdad y habilita el odio, en el que las fronteras cercenan vidas humanas, y cercenan lo humano que hay en nuestras sociedades.
No es que sea nuevo, la vulneración de los derechos de las personas migrantes es tan vieja como el colonialismo, como el capitalismo racial, como el supremacismo blanco. Y, sin embargo, un año tras otro renovamos nuestro desasosiego, nuestro temor, hacia lo que se nos viene. En estas últimas semanas pareciera que todo se ha acelerado, que voces de ultraderecha, ejércitos de bots, cafres devenidos patriotas, vecinas que han perdido toda capacidad de empatía ante el discurso del miedo, estén invadiendo todo el espacio: los medios de comunicación y las tertulias, las redes sociales y los sentidos comunes, las calles de nuestras ciudades, las conversaciones.
Querida comunidad de lectores y socias de El Salto, hasta los comentarios de nuestros artículos de Instagram son un vertedero de odio. Un carrusel con vistas al precipicio. De vez en cuando os leo ahí, asustados también, ante el odio militante, una polifonía de insultos que impide cualquier debate y obtura cualquier horizonte.
Y cuando os leo, cuando os veo en las manifestaciones antirracistas, me siento menos sola, me parece que quizás podamos revertir esta deriva que estamos presenciando
Y cuando os leo, me siento menos sola, me parece que quizás podamos revertir esta deriva que estamos presenciando. Cuando os veo en las manifestaciones antirracistas, considero que frente a ese patriotismo abstracto que agita banderas de espaldas a la realidad de quienes somos, considero que frente a este nacionalismo indiferente a las desigualdades y las intemperies que nos atenazan a un lado y otro de las fronteras, nosotras y nosotros, quizás, formemos una comunidad real, apoyada en la tierra firme, deseante de un futuro para todas, independientemente de nuestro origen.
Pero las comunidades precisan justamente de tierra firme, es necesario sostenerlas. Colectivos, redes, cooperativas como la nuestra, podemos crear mundos nuevos solo porque hay detrás mecanismos de reproducción, gente que pone sus recursos, su tiempo, para que sostengamos la posibilidad de hacer las cosas de manera distinta.
En El Salto, y antes en Diagonal, llevamos dos décadas construyendo esta comunidad de sentido, una sensibilidad común que nos preserva del tsunami racista, una perseverancia en la creencia de que las cosas pueden cambiar que, a pesar de dar tantas malas noticias, nos mantiene inmunes al fatalismo.
Se vienen tiempos difíciles, y nuestras estructuras, vivas, horizontales, coherentes, siempre son frágiles. En cierto modo, que hayamos llegado como medio a donde hemos llegado es un milagro, y ese milagro solo ha ocurrido gracias a vosotras y vosotros. Nos necesitamos para transitar todo este ruido, ser tierra firme ante las derivas enloquecidas a las que nos condenan los emperadores desquiciados del siglo XXI.
Creemos en la acción libre, como ese don humano que Hanna Arendt describió como la capacidad de hacer milagros. Queremos, como nos pidió el poeta palestino Refaat Alarar, ser como aquellas cometas tejidas con lo poco tenemos, que contarán la historia de quienes siguen resistiendo a los imperios y las fronteras. Quizás algún día, obraremos juntos el milagro, y las cometas vencerán a los drones.
Hemos estado aquí todos estos años, porque estáis con nosotros. Así que si eres socia, todo nuestro agradecimiento por hacerlo posible, y si aún no lo eres, te agradeceremos que te sumes a nuestra tierra firme.
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