Opinión
Tatuajes

Crónica de una fiesta del Iftar, el fin del ayuno en el mes del Ramadán, organizada por las mujeres de la Asociación Cultural Tabadol en la Cañada Real: “Cañada parece siempre molestar, como una grieta inoportuna que atraviesa un mapa pero que, a pesar de todo, bulle de vida”.

La arjeña es un arbusto de pequeñas flores cuyas hojas se recogen en primavera. Se desprenden con cuidado, se dejan secar al sol y se trituran hasta formar un polvo finísimo. Con él se hace una pasta que, una vez dentro de un recipiente de boca minúscula, sirve para dibujar en la piel: el arte del mehndi. La artista de la henna de hoy, silenciosa, va dejando en el dorso de la mano diseños que o bien conoce o bien improvisa: geometría, detalles vegetales, olas de cuentos náuticos. Uno tras otro tras otro. No habla mucho castellano, pero consigo preguntarle cuántas manos ha decorado esa tarde, y ríe: no sabe. Yo bajo la cabeza, dibujo, dibujo, y ni las cuento. Unas cuarenta, quizá. ¡Y en las bodas muchas más!

Estamos en una fiesta del Iftar, el fin del ayuno, en la madrileña Cañada Real, en el mes del Ramadán a mediados de marzo. Las mujeres de la asociación cultural Tabadol nos han invitado a esta celebración comunitaria que empezará después de la maghrib (puesta de sol), pero que llevan preparando desde primera hora de la tarde. Hoy vuelvo a este barrio sin alcantarillado pero con vida, sin suministro eléctrico pero con vida, sin transporte público pero con vida; vuelvo a las calles de barro humedecido por las últimas lluvias, los números de las casas pintados a mano, las parcelas donde coexisten casas múltiples en un caos que molesta a las administraciones, como molesta todo de allí: Cañada parece siempre molestar, como una grieta inoportuna que atraviesa un mapa pero que, a pesar de todo, bulle de vida. Hoy, especialmente.

En la explanada donde comienza la fiesta, y bajo un toldo improvisado, van aterrizando en la larga mesa bandejas con dátiles, sopas, pastelas de pescado, huevos, dulces de hojaldre, harcha de sémola, zumo y leche

En la explanada donde comienza la fiesta, frente al local de Tabadol y bajo un toldo improvisado, van aterrizando en la larga mesa bandejas con dátiles, sopas, pastelas de pescado, huevos, dulces de hojaldre, harcha de sémola, zumo y leche. Lo sirven las mujeres de Tabadol, que habitan en La Cañada desde hace décadas (algunas, toda la vida). Estas mujeres recibieron a finales de 2025 cartas con la implacable promesa de que sus casas serán demolidas dentro del plan de hacer desaparecer su sector, dentro de un Pacto Regional que, denuncian, quiere arrancarlas de su barrio sin ofrecer alternativas de realojo para todos. Muchas de ellas quieren quedarse. Por eso, desde hace meses se organizan para conseguirlo: legalmente (ya han logrado algunas sentencias favorables contra los derribos) y organizando marchas multitudinarias para que todo Madrid conozca una lucha por el territorio que ya tiene décadas de antigüedad.

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Esta noche, esa reivindicación sobrevuela, pero el ambiente es de fiesta. Dentro del local, la misma sala donde se celebran las asambleas, corretean las niñas luciendo tocados y trajes de reinas, repletos de bordados y sonido de pedrería, y arrastran los vestidos y, con caritas solemnes, aguantan sesiones de fotos de sus familiares; cerca, fuera de cámara, otros niños y niñas llevan chilabas, trajes de telas brillantes, y juegan, se arrastran, saltan en el sofá, ríen mientras las adolescentes esperan su turno para la henna. Esta se usa en fiestas similares: la del cordero, las bodas (pero no en los entierros, me cuenta una de las asistentas, que ha venido de otro pueblo a celebrar allí el iftar). Esa tarde, toda mujer saldrá con tatuaje de henna, también las niñas. Una de ellas dice que “pica un poco” mientras espera a que la pasta apegada al dorso de su mano se reseque. Cuando esta se desprende, aparece en su piel un bonito diseño de olas y flores de color anaranjado; al cabo de unas horas, se irá oscureciendo hasta volverse de un marrón hermoso y árido como la tierra marroquí donde crece la planta. El dibujo durará varios días. Es un arte tan efímero que me impresiona, una especie de recordatorio palpable de que hubo una fiesta.

A las siete y veinte, el músico retira la darbuca, llama a la oración del anochecer y da pie a romper el ayuno

Fuera, empieza la música. Mohad, que habla bien español, me dice el nombre de que los instrumentos que sostienen los músicos: un oud de cuerda “cuyo nombre significa literalmente madera”, o laúd árabe, y una darbuca, que dibuja un ritmo que muy pronto electrifica los cuerpos. Una mujer mayor me cuenta que el ayuno no es tan difícil como parece, que lo peor es el primer día, que “tienes la cabeza mal por la falta de café”, sensación con la que puedo empatizar bien. A las siete y veinte, el músico retira la darbuca, llama a la oración del anochecer y da pie a romper el ayuno.

Tras la cena, a las ocho y media, empieza el baile. La fiesta evoluciona y lo arrastra todo, se encabrita la percusión, un músico hace sonar una estridente ghaita y las mujeres adquieren el protagonismo, bailan y emiten el zaghrouta, ese grito celebratorio tan característico que hace a la lengua vibrar “como un badajo eléctrico”, como escribió el periodista Manuel Rivas.

Todo es contagioso y vital. Houda, que suele empuñar el micrófono en las manifestaciones por la Cañada, lo coge ahora para cantar. La historia de esta mujer de 38 años es la de este barrio. Su casa la autoconstruyó su padre, como hicieron tantos hombres y mujeres que compraron una parcela en Cañada en los años noventa (“nada aquí es regalado”, suele decir ella), y sembraban allí una vida. En esa misma casa, Houda ha vivido su infancia y adolescencia, ha tenido a sus hijos, y no quiere irse.

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Como ella, muchas mujeres de La Cañada viven en hogares que autoconstruyeron ellas, sus padres o sus parientes, y del mismo modo han autoconstruido los alcantarillados, han autoconstruido las rutas al colegio y los talleres y comercios con los que sus familias subsisten, han autoconstruido los lugares para que los niños jueguen y crezcan, y también su propia lucha, la Asociación Tabadol con la que llevan décadas defendiendo con uñas y dientes el territorio, y la misma historia del vecindario es autoconstruida: los vínculos, las fiestas culturales, los rituales y las celebraciones, como la de esta noche. Es un enorme entramado de fragmentos autoconstruidos que contesta al abandono de las instituciones y que se hunde como raíces en esa tierra, difícil ya de arrancar.

Houda, Fatima, Nora, Salma, Amal, las mismas que ahora bailan son las mujeres de bebés nacidos a oscuras, las que atraviesan caminos de barro varias veces cada día, quienes llevan a los niños al colegio con todos los colegios ubicados en otros distritos, quienes paren sin centro médico, con solo una ambulancia a la que llaman “centro de salud móvil”. Y las que sufren, como el resto de sus vecinos, acoso policial constante. A uno de sus parientes, hace poco, le registraron violentamente el taller con el que su familia subsiste y le multaron por “contaminar el medioambiente”, a alguien que, como tantos vecinos de Cañada, vive cerca de la incineradora que envenena Madrid. Son, en fin, las mujeres que celebran, que reivindican, que ríen, aun con la amenaza de las excavadoras sobre sus tejados.

Una persona pregunta, ¿quién es de Cañada?, y la gente responde, ¡yo soy de Cañada! La alegría crece, el ritmo crece... La mujer mayor me dice que sus fiestas son siempre alegres, que ellos son “ricos en risas”

Mientras las veo cantar, me olvido de todo eso. Me pregunto de qué hablan sus canciones, que Mohad me dice que son canciones populares y que reflejan varios acentos de Marruecos. Quiero saber qué cuentan, con qué hermoso juego de pregunta-respuesta se invoca a toda una comunidad, y hay varias niñas que me traducen del árabe: una persona pregunta, ¿quién es de Cañada?, y la gente responde, ¡yo soy de Cañada! La alegría crece, el ritmo crece; yo no esperaba que una fiesta asociada al Ramadán fuera así. La mujer mayor me dice que sus fiestas son siempre alegres, que ellos son “ricos en risas”.

Trato de retener todo esto, detenerlo con mi cámara de fotos o con mi memoria, atrapar una canción, una palabra cantada en común, pero todo se escapa y desaparecerá como el dibujo de las flores en mi piel: una fiesta efímera, como uno de esos tatuajes de henna, que brillará por un segundo como un fósforo y dejará una marca; efímera, como una casa que tiene fecha de demolición, la promesa de desvanecer un territorio piedra a piedra que se enfrenta a otras promesas más fuertes: las de la resistencia.

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La fiesta termina pasadas las diez. Cuando salimos del local, ha caído ya la noche de dientes fríos y nos envuelve la oscuridad y el silencio de un barrio al que han cortado la luz y dado la espalda todas las administraciones. Me marcho con un tatuaje que durará unos días, que prolongará el recuerdo de la fiesta. Me marcho con algo que sobrevivirá, como cada celebración, cada rebeldía, cada risa, cada vínculo tejido, todas las cosas que se agarran a la tierra de forma que, si alguien intenta arrancarlas, se llevará con ellas hasta los cimientos de la ciudad.

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