Opinión
Amor, ‘situationships’ y crisis del capital

El autor reflexiona sobre qué implica la aversión actual que hay con respecto a aquellas relaciones amorosas eternas que no se concretan en nada y por qué se está dando esto justo ahora.
24 ene 2026 06:00

Lamentablemente, casi todos hemos sufrido alguna situationship. Casi todos nos hemos enamorado alguna vez de alguien y hemos mantenido con esa persona una relación afectiva intensa, intensísima, que (no sabemos por qué) no ha terminado nunca de concretarse en una relación formal de pareja. Los datos están ahí: un estudio de Top10.com reveló en 2024 que el 60% de los adultos encuestados había estado alguna vez en una situationship, datos similares a las encuestas de YouGov (50% en 2024) y Hinge (67% en 2025).

Con estos datos, es normal que las situationships se hayan convertido en un tema recurrente en Internet: cada vez hay más tuits pidiendo que desaparezcan para 2026, cada vez hay más tiktoks que nos dan las claves para superarlas y cada vez hay más memes sobre los efectos devastadores que generan en nuestra salud mental. Y es que este parece ser el consenso de Internet: las situationships son de los traumas afectivos más importantes que podemos sufrir en el amor en el siglo XXI. En el Urban dictionary, un usuario las resume así: “un trauma emocional envuelto en papel de regalo”. 

Sin embargo, ¿qué implica esta aversión a las situationships? ¿Por qué se da justo ahora? ¿Cómo podemos despsicologizar la mirada que tenemos hacia ellas? ¿Cómo pensarlas de forma política?

La vuelta a la pareja y la crisis constante del capital

Uno de los principales motivos para el rechazo es la recuperación de la pareja como modelo normativo para vincularnos. Es cierto que no ha existido nunca algo así como un abandono de la pareja, pero sí hubo, en la década 2010-2020, una presencia cada vez más importante del debate sobre el destronamiento de la pareja, la recuperación de la amistad y las no-monogamias.

La crítica a las situationships tenemos que leerla en un momento en el que el deseo de la pareja es más fuerte que antes: un momento de crisis de vivienda total, donde fantaseamos con la pareja como el último reducto que nos podría permitir no tener que compartir piso durante toda nuestra vida. Tememos las situationships, pues, porque son parejas-fallidas, casi-parejas.

Aquí la contradicción estructural de la que emerge tanta situationship y su aversión: la pareja se desea más que nunca (es más necesaria materialmente) y es, a la vez, más difícil que antes alcanzarla

El problema, y esta es la contradicción estructural del capital, es que muchas de estas vinculaciones estables no se pueden dar precisamente por la precariedad: la pareja es lo que el sistema nos ofrece como norma para salvarnos, pero la crisis constante y la alta precarización a la que nos somete el capitalismo es lo que nos impide, muchas veces, el establecimiento de vínculos largos, duraderos y estables. He aquí la contradicción estructural de la que emerge tanta situationship y su aversión: la pareja se desea más que nunca (es más necesaria materialmente) y es, a la vez, más difícil que antes alcanzarla. 

Esta vuelta a la pareja no ocurre bajo un deseo limpio o ingenuo, sino que lo hace lleno de un aire de farsa. A pesar de que la pareja es la salida normativa que nos ofrece el sistema, en 2026 somos plenamente conscientes de que el la pareja normativa que nos ofrece el capital es un bálsamo de placer muerto: una pareja en la que el plan central sea ver luces navideñas, vivir en un extrarradio sin vecindad ni comunidad, con paseos sin rumbo y cenas de domingo en centros comerciales. Esta contradicción libidinal explica el cinismo de nuestro deseo porque sabemos que, en muchos casos, la pareja no funciona (al menos esta pareja en este sistema), sabemos que es alienante, que reproduce patrones de dependencia y aburrimiento... y aun así la deseamos desesperadamente porque es la única salida material a un mundo en crisis.

Este es un cambio importante respecto a la cultura romántica en los últimos años. En la cultura popular del siglo pasado, lo que se deseaba era el contenido-amor por encima de la forma-pareja, se quería alcanzar el amor verdadero, estar completamente enamorados, vivir algo intenso, un enamoramiento que nos hiciera pensar que valía la pena haber vivido. El deseo de pareja, entonces, era un deseo derivado de esa historia de amor. Era impensable desear la pareja sin más, la forma-pareja sin contenido, como cuando hoy decimos que queremos “tener una pareja” sin nombrar a nadie en concreto.

Con vidas cada vez más individualizadas, sin participación apenas en espacios comunitarios, la pareja normativa monógama se nos revela como una estructura aburrida, seriada y sin un proyecto de comunidad o de vida detrás

Nuestro deseo ahora es otro. Con vidas cada vez más individualizadas, sin participación apenas en espacios comunitarios, la pareja normativa monógama se nos revela como una estructura aburrida, seriada y sin un proyecto de comunidad o de vida detrás. No deseamos ya el gran amor, sino el formalismo de la pareja, la estabilidad simbólica y material que nos proporciona ese proyecto de acumulación compartido. De ahí nuestra aversión a las situationships: puede haber amor, intensidad, deseo, un enamoramiento tremendamente singular y especial, pero sin la formalización del noviazgo todo eso no cuenta como nada. Mejor la insípida pareja que la singular historia de amor.

Sin amigos de verdad, pero con situationships 

Hace unas semanas, Juanjo Villalba se hizo viral con su artículo el eldiario.es sobre la cultura de quedar para ponerse al día con amigos. El texto era un diagnóstico breve sobre la propuesta de amistad que ofrece el capital: una amistad desprovista de proyectos comunes, de comunidades entrelazadas y de vida compartida. Según el autor, las amistades en la sociedad de consumo se sostienen sobre todo en «ponerse al día», y no en construir experiencias comunes. Ahora quedamos para informarnos, en vez de construir una vida juntos. 

Este diagnóstico es importantísimo porque toca una pata fundamental que muchas veces se deja de lado en los debates sobre la pareja, no basta con pensar que los que nos van a salvar son las amigas. No podemos rescatar tan tranquilamente la amistad como solución para las crisis del amor romántico porque la amistad no es un afuera respecto al sistema monógamo y al capital. Hablar de las situationships es absolutamente inseparable del vaciamiento de la amistad en la fase actual del capitalismo.

Si tuviéramos amistades densas, con historias compartidas, que nos proveyesen de una intimidad profunda, de afecto íntimo, de cuidado mutuo, amistades con un proyecto compartido más allá de quedar y consumir... si tuviéramos todo esto, las situationships no serían tan angustiantes. Y no lo serían porque no estaríamos apostando toda nuestra intimidad en nuestra futura pareja. 

Tememos esos estados de casi-pareja porque solo imaginamos la pareja como un vínculo real, como la relación, la fuente legítima de intimidad y reconocimiento

De hecho, el pánico a este tipo de relaciones revela precisamente esto: tememos esos estados de casi-pareja porque solo imaginamos la pareja como un vínculo real, como la relación, la fuente legítima de intimidad y reconocimiento. Todo lo demás son amigos que actualizamos, pero sin un proyecto político o de vida. Nuestra vida afectiva nos va, literalmente, en encontrar una pareja. De ahí la angustia. Nuestros amigos nos prometen distracción y consumo compartido, pero somos incapaces de imaginar con ellos nada de lo que reservamos mentalmente a la pareja: vivir juntos, un proyecto de vida, reconocimiento social como unidad legítima, estabilidad económica (dos sueldos en lugar de uno), intimidad sexual... Por eso la situationship genera tanta ansiedad: si nos falla, no tenemos nada más. 

Las situationships y la tinderización del amor 

Además de la crisis de vivienda, la precariedad, el auge reaccionario, la sociedad de consumo y nuestras vidas cada vez más solitarias, hay más motivos para que haya toda esta aversión a los espacios ambiguos que quedan fuera de la pareja. Uno de ellos es lo que podríamos llamar la “tinderización” del amor, esto es, la homogeneización de los ritos de amor en nuestras sociedades. 

Con “tinderización” nos referimos a la estandarización de nuestros encuentros: apenas ligamos en espacios de nuestro día a día, sino que cada vez más lo hacemos por apps de citas. Antes, los espacios liminales —ligar en una fiesta, el encuentro casual que se repite, el tonteo sin saber a dónde va— estaban sostenidos por contextos de sociabilidad densa. Conocías gente a través de redes existentes: amigos de amigos, compañeros de trabajo o estudio, vecinos, comunidades políticas, etc. Había tiempo y espacio para que el vínculo se desarrollara sin presión de “definir" rápidamente qué era. 

Estamos otra vez ante la trampa del capital: vivimos la miseria de las soluciones que el capitalismo nos ofrece para los problemas que él mismo nos produce

La estandarización que suponen ahora las apps de citas, en cambio, eliminan toda ambigüedad a este respecto. Estamos otra vez ante la trampa del capital: vivimos la miseria de las soluciones que el capitalismo nos ofrece (apps de citas porque no tenemos tiempo para ligar ni redes donde buscar) para los problemas que él mismo nos produce (vidas estresadas, individualizadas y sin comunidad). 

Este cambio hace que estemos menos acostumbradas a los vínculos ambiguos porque en las aplicaciones no compartimos mundo, no compartimos red, así que o se convierte en “algo” (pareja formal) o se disuelve en la nada. No hay espacio para la ambigüedad sostenida porque no hay estructura social que sostenga esa misma ambigüedad. El resultado es una contradicción estructural: más “opciones” que nunca (infinitos perfiles disponibles), pero menos capacidad de sostener vínculos ambiguos y explorarlos con paciencia. 

Sociedad terapeútica y visión financiera del amor 

Y quizá esto es lo que esté también debajo de nuestra incapacidad para gestionar esa ambigüedad: una sociedad cada vez más terapeutizada. Dice Marina Garcés: “La sociedad terapéutica nos propone una vida sostenible siempre al borde de la crisis. Se trata de sostener la vida para no liberarla, de gestionar su equilibrio precario para no cambiarla. Vivimos bajo amenaza. Y esta amenaza somos ahora nosotros mismos y nuestra vulnerabilidad”. 

Después de años de una cada vez mayor psicologización de nuestros lenguajes, nuestra sociedad se ha convertido en un espacio en el que cuidar(nos) es sinónimo de complacer(nos) o satisfacer(nos). Vivimos en una sociedad en la que hay cada vez una mayor intolerancia a la incomodidad y en la que todo malestar se codifica rápidamente bajo el prisma de la patologización psicológica. Y este es uno de los principales problemas con las situationships: el grado de certeza es mucho más bajo y eso, en nuestras sociedades terapeutizadas, es mucho menos tolerable.

El marco que usamos para comprender la realidad de las situationships es altamente psicologizante, porque las leemos como que algo “falla”: o bien la personalidad de los amantes, o bien sus apegos, o bien su incapacidad para poner límites, o bien su comunicación. Todo bajo el esquema y la mirada de la psicología. 

En la sociedad capitalista no se trata de reprimir deseos, sino de producir sujetos que se autogestionen eficientemente, que optimicen sus “relaciones” como optimizan su carrera o su salud

Una psicologización que ahonda en el empresariado de sí que el neoliberalismo nos obliga a ser. En la sociedad capitalista no se trata de reprimir deseos, sino de producir sujetos que se autogestionen eficientemente, que optimicen sus “relaciones” como optimizan su carrera o su salud. El vocabulario es el mismo: “invertir en ti mismo”, “priorizar tu bienestar”, “establecer límites saludables”, “comunicar tus necesidades”. Todo se reduce a pura management individual de riesgos emocionales. La lectura que hacemos de las situationships es que es un fracaso en esta gestión. 

Porque en este miedo a las situationships el amor se ve como una gestión. Todos los posts de Internet hablan de estar “atrapado en un limbo”, de “estado intermedio”, de no llegar “a ninguna parte”. Pero en el reverso de este miedo es pensar que en la pareja formal el tiempo no se pierde porque se produce una acumulación. La pareja aparece así como el progreso biográfico, como la carretera para llegar a un sitio “mejor” (casa-coche-hijo). De esta forma, las situationships generan ansiedad no solo porque nuestra sociedad terapeutizada repudie los espacios ambiguos, sino porque nos da la sensación de que estamos “perdiendo el tiempo” que deberíamos estar “invirtiendo” en construir una pareja y un futuro. 

Hay, como se puede ver, una interiorización del mandato capitalista a nuestras relaciones amorosas. Algo así como una “financiarización del amor”. En nuestras sociedades, el tiempo se mide en términos de retorno de inversión: ¿qué estoy obteniendo de este vínculo? ¿me está acercando a mis objetivos de largo plazo? Si la respuesta es no, simplemente hemos perdido el tiempo. Y en este esquema puramente racional y mercantil, las situationships aparecen como un “mal negocio”, algo “poco rentable” porque hemos invertido afecto sin obtener el retorno del compromiso formal, como invertir en una acción que no genera dividendos: irracional, autodestructivo, síntoma de una poor emotional management (pobre gestión emocional).

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