Análisis
¿Se puede exportar el ‘método Janones’? La remontada de Lula y las elecciones españolas
Investigador de la Universidad Complutense de Madrid, profesor de la Universidad del Estado de Río de Janeiro y presidente de la Asociación Latinoamericana de Sociología (ALAS).
Coordinador del Laboratorio de Opinión Pública de la Escuela de Sociología y Política de São Paulo (FESPSP) y director del Instituto Democracia em Xeque (DX).
La victoria de Lula en Brasil ha provocado una ola de entusiasmo entre el progresismo y las izquierdas de todo el mundo. En España, dirigentes y militantes de diferentes sensibilidades han celebrado una remontada que parecía imposible y que cuestiona la supuesta inevitabilidad del avance de las extremas derechas. Pedro Sánchez llegó a afirmar que lo ocurrido en Brasil se repetirá en España el próximo 29 de noviembre.
El llamado Exército do Lula, una red de movilización digital que reunió a millones de personas, se ha convertido en uno de los principales símbolos de esa victoria. La tentación de importar el método es comprensible. Su creador, el diputado André Janones, que empieza a viajar por el mundo para explicar su método a fuerzas afines, demostró que el terreno digital, aparentemente dominado por las extremas derechas, también puede disputarse desde el campo progresista.
La remontada de Lula no fue simplemente una victoria de WhatsApp, sino el resultado de una articulación excepcional entre comunicación digital, movilización popular, reivindicaciones sociales y defensa democrática
Pero, ¿pueden reproducirse sus resultados trasladando herramientas, lenguajes y formas de coordinación? La remontada de Lula no fue simplemente una victoria de WhatsApp, sino el resultado de una articulación excepcional entre comunicación digital, movilización popular, reivindicaciones sociales y defensa democrática. Y esas condiciones no se importan con un método o un asesor electoral.
La remontada: de la resignación a la movilización
La remontada combinó varios procesos que se reforzaron mutuamente: una campaña más atenta al coste de vida y a las preocupaciones de las clases trabajadoras, una movilización juvenil y popular extraordinaria, una presencia digital sin precedentes en el campo progresista brasileño y una estrategia de alerta sobre los riesgos de una victoria bolsonarista. Después de una primera vuelta dominada por controversias alrededor del Supremo Tribunal Federal, la campaña de Lula consiguió cuestionar la identificación de Flávio Bolsonaro con la promesa de «cambio», confrontándola con el legado del gobierno de su padre, su propia trayectoria y las amenazas de regresión democrática y social que representaba su candidatura.
Entre ambas vueltas, cerca de 2,8 millones de personas más acudieron a votar y los votos blancos y nulos se redujeron en casi dos millones. Lula se benefició ampliamente de esa movilización, atrajo apoyos de otras candidaturas y también disputó votos al propio electorado de su adversario. En total, sumó más de diez millones de sufragios adicionales y mejoró sus resultados en las 27 unidades de la federación, incluidas las grandes ciudades.
La movilización consiguió transformar el significado de la elección: de una disputa entre candidaturas pasó a convertirse en una responsabilidad colectiva sobre el futuro del país
Pero lo más decisivo fue la transformación del clima político. La derrota inicial produjo frustración, aunque también desencadenó una reacción que desbordó a los partidos. Mientras Flávio ya repartía ministerios, convencido de su victoria, y el búnker lulista lamía sus heridas, estudiantes, artistas y personas sin militancia organizada salieron a las calles y a las redes para asumir la campaña como propia. La disputa entró en barrios, universidades, conversaciones familiares y redes de amistad. Ya no se trataba solamente de elegir a Lula o apoyar al PT, sino de impedir una nueva ofensiva autoritaria, esta vez fortalecida por los resultados legislativos del bolsonarismo. La movilización consiguió transformar el significado de la elección: de una disputa entre candidaturas pasó a convertirse en una responsabilidad colectiva sobre el futuro del país. Esa apropiación social de la campaña fue una de las claves de la remontada.
El Ejército de Lula y la innovación del método Janones
El Exército do Lula, impulsado por André Janones, desempeñó un papel destacado en ese proceso. Su principal contribución fue combinar dos capacidades que las extremas derechas habían desarrollado con notable eficacia: la alineación de mensajes clave y la coordinación de la acción digital. Mediante una estructura que distribuía contenidos, organizaba intervenciones y estimulaba a sus participantes a actuar en sus propios círculos sociales, Janones convirtió a millones de simpatizantes en agentes activos de la campaña. La apuesta era sencilla: si cada participante convencía a una o dos personas de su entorno, podía contribuir a revertir el resultado.
Janones consiguió promover tres experiencias políticas fundamentales en tiempos de redes sociales digitales: pertenencia, protagonismo y entretenimiento
Pero la innovación no fue solamente organizativa. Janones consiguió promover tres experiencias políticas fundamentales en tiempos de redes sociales digitales: pertenencia, protagonismo y entretenimiento. En el Ejército de Lula, casi once millones de brasileños descubrieron que no estaban solos. Se sintieron acogidos, recuperaron la confianza y comenzaron a creer que lo imposible podía hacerse realidad. Aunque eran llamados “soldados” y seguían las orientaciones del “General Janones”, sentían que tenían en sus manos la posibilidad de cambiar el resultado. Y, mientras cumplían sus “misiones”, también se divertían, generando memes, humor y contenidos que ampliaron la disputa por el sentido común. Si el precio de impedir el regreso de la extrema derecha era convertirse en recluta digital, la cuenta resultaba barata.
La movilización produjo un efecto acumulativo. Cuanto más participaba la sociedad, más plausible parecía la remontada. Y cuanto más plausible parecía, mayor era la disposición a participar. La eficacia del dispositivo digital no puede separarse de esa transformación de las expectativas colectivas. El Ejército de Lula amplificó una energía social que no había creado por sí solo y contribuyó a darle visibilidad, coordinación y sentido de eficacia política.
Los límites de la importación de un modelo
La experiencia brasileña demuestra que las redes digitales pueden ser mucho más que instrumentos de propaganda. Pero su eficacia no significa que sus resultados puedan reproducirse automáticamente en España o en otras latitudes. Hay al menos tres límites que conviene considerar.
En Brasil, la segunda vuelta presidencial permitió concentrar apoyos alrededor de una candidatura común. En España, el sistema parlamentario multipartidista, la distribución territorial de los escaños y la fragmentación de las izquierdas dificultan esa convergencia
El primero es institucional y político. En Brasil, la segunda vuelta presidencial permitió concentrar apoyos alrededor de una candidatura común. En España, el sistema parlamentario multipartidista, la distribución territorial de los escaños y la fragmentación de las izquierdas dificultan esa convergencia. Si cada partido construye su propio ejército digital, puede terminar disputando los mismos simpatizantes en lugar de ampliar el campo de apoyos. La eficacia del método dependerá menos del número de canales que de su capacidad para atravesar fronteras partidarias y alcanzar a sectores alejados de la política organizada.
El segundo límite es social y organizativo. La remontada brasileña se apoyó en una movilización que desbordó a los partidos y al propio Ejército de Lula. Una cosa es activar electoralmente a millones de simpatizantes y otra construir una movilización social capaz de asumir una disputa política como propia. En España, las luchas feministas, por la vivienda, sindicales, ecologistas y las redes de solidaridad expresan una sociedad activa, pero no constituyen una reserva electoral automáticamente disponible para los partidos. El desafío consiste en conectar sus demandas sin subordinarlas a las necesidades inmediatas de una campaña. Para ello, es necesario polarizar políticamente la disputa, pero ensanchar socialmente la participación. Se trata de transformar una confrontación entre identidades partidarias en una disputa entre proyectos de sociedad, capaz de movilizar a quienes no se reconocen necesariamente en las organizaciones progresistas.
La remontada brasileña ocurrió en una situación excepcional, cuando la percepción de una amenaza inmediata se combinó con la expectativa creciente de que todavía era posible revertir el resultado
El tercer límite es coyuntural y estratégico. La remontada brasileña ocurrió en una situación excepcional, cuando la percepción de una amenaza inmediata se combinó con la expectativa creciente de que todavía era posible revertir el resultado. Esa articulación entre urgencia, esperanza y oportunidad política no puede fabricarse mediante una estrategia comunicativa. En España, el riesgo de un gobierno del PP y Vox puede estimular una movilización semejante, pero no garantiza que se produzca. El desafío consiste en transformar el temor a una derrota en la convicción de que la intervención colectiva puede cambiar el desenlace, ofreciendo al mismo tiempo un horizonte de transformación social que vaya más allá de impedir la victoria de las derechas.
Disputar el cambio, recuperar el futuro
Hay otra enseñanza brasileña especialmente importante para España. En la primera vuelta, Flávio Bolsonaro consiguió presentarse como candidato del cambio, mientras Lula aparecía como representante de la continuidad. Es una paradoja recurrente de nuestro tiempo: las extremas derechas se apropian del lenguaje de la ruptura y la rebeldía, mientras las fuerzas progresistas quedan frecuentemente asociadas a la defensa del orden existente.
Romper ese bloqueo exige algo más que desmentir noticias falsas. En Brasil, una constelación de iniciativas culturales y comunicativas contribuyó a disputar el sentido común
Esa apropiación del cambio no ocurre solamente mediante discursos electorales. La polarización y la intoxicación informativa promovidas por las extremas derechas, en alianza con los magnates digitales, contribuyen a producir una suerte de bloqueo cognitivo. Se intensifica artificialmente la insatisfacción con el gobierno de turno y se alimenta un deseo abstracto de ruptura, incluso cuando la alternativa amenaza los intereses materiales y los derechos de quienes la apoyan. Como muestra Giuliano da Empoli en La hora de los depredadores, las nuevas formas de poder digital intervienen profundamente en la construcción de percepciones y comportamientos políticos.
Romper ese bloqueo exige algo más que desmentir noticias falsas. En Brasil, una constelación de iniciativas culturales y comunicativas contribuyó a disputar el sentido común. Entre ellas destacó Revelando, una serie impulsada por cineastas, guionistas, humoristas y estrategas, con la participación de figuras de la cultura popular. Sus episodios, que alcanzaron audiencias de millones de visualizaciones, buscaban recordar quién era Flávio Bolsonaro, qué había significado el gobierno de su padre y cuáles serían las consecuencias de su proyecto político. Su fuerza residía en utilizar lenguajes accesibles, humor y referencias culturales para hacer visible aquello que la normalización del bolsonarismo había contribuido a desdibujar. No bastaba con denunciar a la extrema derecha. Era necesario transformar las percepciones sobre ella y cuestionar su identificación con el cambio.
La defensa democrática permitió reunir sectores diferentes, mientras las demandas materiales ofrecieron razones positivas para participar. No se trataba solamente de impedir una amenaza, sino también de disputar el significado del cambio
La campaña de Lula consiguió modificar parcialmente el escenario mediante una doble estrategia. Por un lado, hizo visibles los riesgos de una victoria bolsonarista para la democracia, los derechos y la soberanía brasileña. Por otro, recuperó reivindicaciones sociales conectadas con la vida cotidiana de la gente, como el fin de la escala laboral 6×1, que obliga a trabajar seis días por uno de descanso. La defensa democrática permitió reunir sectores diferentes, mientras las demandas materiales ofrecieron razones positivas para participar. No se trataba solamente de impedir una amenaza, sino también de disputar el significado del cambio.
En España, el progresismo enfrenta una contradicción semejante, agravada por el desgaste de gobernar. Las mejoras del empleo y las subidas del salario mínimo conviven con un malestar cotidiano alimentado por la crisis de la vivienda, el coste de vida, la precariedad y la incertidumbre sobre el futuro. Para muchos jóvenes, la dificultad para emanciparse o construir un proyecto vital estable pesa más que los indicadores macroeconómicos positivos. Recuperar la iniciativa exige repolitizar esos problemas. No limitarse a describir los precios de la vivienda, sino discutir la especulación, la concentración de la propiedad y los intereses que bloquean soluciones estructurales. Ninguna estrategia comunicativa puede resolver por sí sola la distancia entre los avances del Gobierno y la experiencia de quienes sienten que sus vidas no mejoran lo suficiente. A este desgaste se suma ahora la crisis abierta por los graves accidentes ferroviarios y la dimisión del ministro Óscar Puente, que añade una dificultad política en plena campaña y sitúa nuevamente en el centro del debate la confianza en las instituciones y la capacidad de gestión del Gobierno.
Frente a la normalización reaccionaria, es necesario recuperar la capacidad de indignación y transformarla en participación, organización y esperanza
Hay, además, una disputa cultural ineludible. Uno de los mayores éxitos de las extremas derechas ha sido desplazar los límites de lo aceptable, normalizando discursos de odio, ataques a derechos y posiciones reaccionarias que antes provocaban rechazo. En España, esto exige presentar al PP y Vox como parte de un mismo bloque reaccionario, sin ignorar sus diferencias, pero haciendo visibles las consecuencias de su proyecto compartido para los derechos sociales, las mujeres, las personas migrantes, las minorías sexuales y las políticas ambientales. Pero la conciencia de esos riesgos no se traduce automáticamente en movilización. Frente a la normalización reaccionaria, es necesario recuperar la capacidad de indignación y transformarla en participación, organización y esperanza.
La experiencia brasileña muestra que la defensa democrática puede convertirse en una poderosa fuerza de movilización, pero resulta insuficiente cuando se separa de las expectativas de transformación social. El desafío de las izquierdas españolas no consiste solamente en convencer a la sociedad de los riesgos de un gobierno reaccionario, sino en recuperar la capacidad de representar una alternativa al malestar existente. De lo contrario, pueden ganar la disputa sobre quién representa una amenaza para la democracia y perder, al mismo tiempo, la disputa sobre quién representa el cambio.
¿Cambio de ciclo?
La victoria de Lula en Brasil, la derrota de Trump en las elecciones legislativas estadounidenses y las movilizaciones juveniles que atraviesan diferentes regiones del mundo sugieren que algo empieza a moverse en el clima político internacional. No estamos necesariamente ante un nuevo ciclo progresista ni ante el retroceso irreversible de las extremas derechas. Pero sí ante señales de que la resignación puede romperse, las correlaciones de fuerzas pueden cambiar y las expectativas colectivas pueden reabrirse.
La principal lección de Brasil no es que las izquierdas españolas necesiten su propio Janones, sino que las correlaciones electorales pueden modificarse cuando la sociedad recupera la iniciativa y transforma la resignación en participación colectiva
Después de años marcados por el avance reaccionario y la sensación de que no había alternativas, estas experiencias contribuyen a devolverle al futuro su carácter abierto. La principal lección de Brasil no es que las izquierdas españolas necesiten su propio Janones, sino que las correlaciones electorales pueden modificarse cuando la sociedad recupera la iniciativa y transforma la resignación en participación colectiva. Las herramientas digitales pueden contribuir decisivamente a ese proceso, pero no sustituirlo. El método puede importarse, pero la esperanza, la organización y la capacidad colectiva de transformar la realidad tienen que construirse.
Análisis
Claves de la victoria de Lula: movilización juvenil, lenguaje de clase y la batalla contra Meta
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!