Opinión
Fuera del algoritmo y del interés estratégico: los conflictos que el mundo elige no ver
Hace algunos meses, mientras hojeaba la prensa, me encontré con un artículo extenso, de página completa, dedicado a desgranar las violaciones de derechos humanos en un contexto geopolítico de alta relevancia actual. Pocos días después, al navegar por el feed de TikTok, me topé con una noticia sobre la situación en Eritrea: una tragedia humanitaria sostenida por décadas, reducida a una frase fugaz en un video de menos de quince segundos. Esta disonancia no es una anécdota, es el síntoma de un fenómeno estructural que moldea nuestra comprensión de lo que sucede en el resto de los países.
En el discurso global sobre derechos humanos existe una fractura: la atención no se distribuye según la gravedad de las crisis, sino conforme a dinámicas mediáticas, económicas y tecnológicas que actúan como filtros que generan mayor alcance. El caso de El Salvador es emblemático en la era de Nayib Bukele. Las políticas de seguridad del gobierno han generado un intenso debate y una cobertura mediática constante. A tres años del inicio del régimen de excepción en 2025, se han superado las 90.000 detenciones y organizaciones internacionales documentan cientos de muertes bajo custodia estatal. Esta visibilidad es el resultado no solo de la crisis interna, sino de la posición geopolítica del país, su intensa narrativa comunicativa y su alta exposición en redes sociales.
En contraste, Eritrea ilustra la invisibilidad forzada. Bajo el control del gobierno de Isaías Afwerki desde 1993, el país enfrenta denuncias persistentes de servicio militar indefinido calificado por organismos internacionales como una forma de esclavitud moderna y la detención arbitraria de periodistas, incluyendo a los 16 profesionales encarcelados desde 2001. A pesar de la gravedad de estas violaciones, su presencia en el debate público global es marginal, confinada a informes técnicos de difícil acceso para el ciudadano promedio. Eritrea es, en la práctica, una “isla informativa” donde el control estatal sobre las telecomunicaciones impide que su realidad circule en los circuitos globales.
El proceso de‘ gatekeeping’—la selección de qué información llega al público— ha pasado de las manos de editores a manos de sistemas automáticos que penalizan la complejidad
La sociología nos permite desmantelar este mecanismo. Desde la teoría del poder simbólico de Pierre Bourdieu, comprendemos que la visibilidad no es un elemento neutral; es una construcción social que jerarquiza qué realidades son “relevantes”. En el ecosistema mediático actual, este poder simbólico ha mutado. La teoría de la agenda setting, promulgada por McCombs y Shaw en 1972, nos advertía que los medios no deciden qué pensar, pero sí sobre qué debemos pensar. Hoy, esa agenda está mediada por algoritmos de engagement que favorecen la inmediatez, el impacto emocional y la proximidad estratégica.
El proceso de gatekeeping, que hace referencia a la selección de qué información llega al público, ha pasado de las manos de editores a manos de sistemas automáticos que penalizan la complejidad, según David White. Cuando un conflicto no encaja en las narrativas de “interés estratégico” de las grandes potencias o no genera una reacción emocional rápida para ser viralizado, simplemente desaparece del feed. Esta “asimetría de visibilidad” significa que nuestra percepción de los derechos humanos está fragmentada: nos indignamos por lo que el algoritmo nos sirve y permanecemos ciegos ante lo que queda en la periferia.
La desigualdad informativa depende de cómo los sistemas mediáticos priorizan, jerarquizan y distribuyen la atención
A menudo pensamos que la falta de información es una responsabilidad individual: “deberíamos haber buscado mejores fuentes”. Sin embargo, esta visión es simplista. La desigualdad informativa depende de cómo los sistemas mediáticos priorizan, jerarquizan y distribuyen la atención. Cuando las democracias o los medios de comunicación aceptan esta jerarquía como algo natural, contribuyen a una comprensión distorsionada del mundo.
La ceguera selectiva frente a países como Eritrea no solo oculta violaciones de derechos humanos, sino que debilita nuestra capacidad de respuesta global. Si la presión internacional depende de la visibilidad mediática, los países que logran mantenerse fuera del foco están, en efecto, gozando de una impunidad operativa construida sobre el silencio algorítmico.
Debemos construir una conciencia pública que valore la información por su sustancia, no por su rentabilidad en el mercado de la atención
Reconocer esta desigualdad no implica relativizar las crisis documentadas, sino analizar críticamente los mecanismos que producen nuestra realidad pública. En un mundo hiperconectado, el desafío para el periodismo de profundidad y para la sociedad civil es ampliar nuestra atención hacia las sombras. Necesitamos un periodismo que no solo reporte lo que ya es noticia, sino que interrogue por qué otros temas no logran serlo.
Para que los derechos humanos no dependan de la geografía de la noticia ni de la lógica de los algoritmos, debemos construir una conciencia pública que valore la información por su sustancia, no por su rentabilidad en el mercado de la atención. La gran pregunta sigue abierta: ¿cuántas otras Eritreas existen, invisibles para nosotros, esperando que decidamos mirar más allá de lo que se nos muestra?
Aborto
Morena Herrera
“El Salvador se está convirtiendo en un desierto de derechos”
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