Rabab Abdulhadi: “El sionismo es un fenómeno pasajero, pero no va a desaparecer por sí solo”

Activista antes que profesora, Rabab Abdulhadi defiende la resistencia contra la colonización y el genocidio por todos los medios. Su vida ha estado marcada por la lucha por el pueblo palestino y por la justicia social en todo el mundo.
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Álvaro Minguito Rabab Abdulhadi es académica y profesora de estudios étnicos, estudios de raza y resistencia en la Universidad Estatal de San Francisco.
18 ene 2026 11:00

Nacida en 1955 en Nablús, siete años después de la Nakba, la vida de Rabab Abdulhadi está definida por la lucha. Profesora de Estudios Étnicos Críticos, Estudios Anticoloniales, de Resistencia y de Revolución en la Universidad Estatal de San Francisco, Abdulhadi es un enlace viviente entre la generación de los movimientos anticoloniales de los años 60 y las nuevas generaciones de activistas propalestina. Sus puntos de vista claros y su rechazo a emplear el lenguaje de los opresores le han costado ataques por parte del sionismo estadounidense, que en varias ocasiones ha tratado de sabotear sus intervenciones y la ha acusado de pertenecer a organizaciones terroristas. Igualmente, sus críticas al “feminismo colonial” y su propuesta de un feminismo transnacional la sitúan como un referente en la denuncia de cierto discurso de género empleado como instrumento de control, racismo e imperialismo. El último fin de semana de noviembre, Abdulhadi estuvo en Madrid para participar y presidir el Tribunal de los Pueblos sobre la Complicidad con el Genocidio Palestino en el Estado Español.

¿Cómo era la vida cotidiana en Cisjordania cuando eras niña?
Crecí bajo el dominio jordano y, posteriormente, bajo la ocupación israelí. La situación no era buena bajo el dominio jordano. Mi familia estaba en contra de la monarquía de Hussein y de su relación con Estados Unidos y otras potencias colonialistas. Mi padre se unió al Movimiento Nacional Árabe. Muchos de mis tíos, tías y primos militaron más adelante, después de los hechos de 1967, en las facciones izquierdistas palestinas. Yo en el 67 era muy joven, pero me incorporé a la lucha. Participé en manifestaciones desde los 12 años. Cuando llegó la ocupación israelí, comenzaron a establecer constantes toques de queda. Mis padres tenían mucho miedo de lo que nos fuera a pasar a nosotros, de que comenzase entonces otra Nakba. Después de unos seis meses de toque de queda, fuimos conscientes de que no podíamos ir a ninguna parte. La vida bajo el control de Jordania era muy difícil: cuando pasaban patrullas, había que bajar el volumen de la radio para que no se escuchara La voz de los árabes desde Egipto, porque había una gran división entre Gamal Abdel Nasser, el líder egipcio, y el rey Hussein. Pero con Israel comenzó a ser mucho, mucho peor. Ya no era solo la radio. Mucha gente desapareció, mucha fue a la cárcel y siempre existía la constante amenaza de que nos detuvieran, deportaran y nos arrojaran al otro lado de la frontera. Corríamos el riesgo de perder nuestra residencia en Palestina.

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Rabab Abdulhadi. Álvaro Minguito


En ese momento el sistema de opresión israelí comienza a desarrollarse también en las zonas ocupadas en 1967.
La mayoría de mis primos estaban fuera de Palestina porque estaban estudiando. Uno de ellos fue capturado por Israel y sentenciado a siete años de prisión. Ningún miembro de su familia podía ir a visitarlo en la cárcel. Con mi madre y con mi tía fui a todas las prisiones israelíes en Cisjordania y las áreas de Palestina colonizadas por Israel en 1948. Hemos conocido todas las etapas del desarrollo del sistema penitenciario. Para los palestinos, el encarcelamiento ha sido una parte de nuestra vida desde el comienzo del sionismo. Con todo y con eso, creo que una de las peores partes es que no puedes respirar. No puedes respirar, no importa en qué etapa de la vida estés. Vivo desde hace años en el exilio, ahora, cada vez que vuelvo, solo puedo respirar cuando cruzo el Puente Allenby, cuando paso a Jordania; no es que Jordania sea un gran lugar, pero no es una ocupación.

¿Qué implica la ocupación?
Cada movimiento está controlado por la ocupación, por el dominio del colonialismo israelí. Hacen lo que les place. Pueden poner un puesto de control, pueden dejarte pasar, pueden no hacerlo. Todo es imprevisible. La imprevisibilidad no es porque sea un caos, lo es porque controlan tu vida. Para los pueblos colonizados no hay ningún orden. Está diseñado intencionalmente de esa manera. Nunca lo sabemos: ¿Vamos a llegar a donde queremos? ¿Va a estar ahí el checkpoint? ¿Vas a poder obtener un permiso para ir a estudiar? Si tienes que coger un vuelo, ¿vas a llegar al aeropuerto?

¿Cómo se vivía cotidianamente ese sistema?
Durante la Segunda Intifada, cuando había toques de queda terribles, mi padre quiso volver a casa desde Londres, donde estaba [enfermo] en el hospital. Para él era muy importante que lo enterraran en el cementerio donde están enterrados todos los miembros de nuestra familia. No era algo negociable. Hicimos el papeleo, había una ambulancia para llevarlo del aeropuerto al puente y otra ambulancia para recogerlo en el puente y llevarlo a Nablús. Estuvimos unas diez horas en el Puente Allenby, solo para poder cruzarlo. Cada vez que iba al responsable jordano que controlaba el paso para preguntarle cuándo le íbamos a poder recoger, me decía: “No puedo decirte nada porque no depende de nosotros, sino de los israelíes”. También me dijo: “Ayer tuve que devolver un ataúd porque el cadáver empezó a oler mal”. Cuando pudimos subirnos a la ambulancia, había cuatro checkpoints en el camino. Nos hacían sacar el equipaje, lo abríamos y por fin nos dejaban ir. Y tuvimos suerte. Mi hermana no, porque ni siquiera tuvo autorización para asistir con su familia al funeral de mi padre. Durante la intifada de las piedras la gente no pudo enterrar a sus muertos por los toques de queda y los enterraron en el jardín de su casa. Una mujer arrojó el cadáver de su marido desde un tercer piso porque sus hijos habían empezado a enloquecer por el olor. Algo como ser enterrado es un enorme lujo bajo el dominio colonial. Así que mi madre se puso firme y dijo: “No, lo vamos a enterrar mañana”. Estábamos rezando para que no hubiera un toque de queda. Pero tuvimos el funeral. Son historias normales, cotidianas. Esto es lo habitual cuando creces dentro de un sistema de ocupación.

A la abuela de mis sobrinas la dispararon y la mataron: estaba sentada bordando en su terraza, y los soldados se detuvieron, la dispararon y se fueron diciendo que los palestinos la habían matado

¿Por eso te convertiste en activista política?
Quizá, pero creo que la gente vive cosas aún peores en Palestina. Yo diría que lo mío es quizá menos intenso en comparación con otras historias. Toda mi familia estaba politizada, toda mi familia era anticolonial, antiimperialista, antisionista, me refiero a un boicot total, no había interacción, nada, con los israelíes. Pero creo que la mayoría de la población está politizada. No puedes dejar de estar politizada; es de lo que hablamos todo el tiempo. Algo tan simple como si las carreteras están o no están abiertas, que no sería político en ningún otro lugar, allí lo es. Solo estar ahí, ser humillada todos los días, te hace querer acabar con eso. No quieres vivir una vida sin libertad. Todos los que te rodean tienen esa sensación. Eso también es lo que crea las condiciones para un sentimiento colectivo de injusticia y un deseo colectivo de justicia. 

Hablamos de finales de los años 60, cuando estallan los movimientos de liberación en todo el mundo.
Mi escuela primaria recibió su nombre de Djamila Bouhired, la heroína argelina. Solíamos levantarnos todas las mañanas y cantar el himno nacional argelino porque Argelia estaba bajo la ocupación francesa en ese momento. Nos encantaba Gamal Abdel Nasser. Esos eran nuestros sentimientos: Palestina no era solo Palestina, estaba relacionada con la liberación de los árabes, con la de Vietnam, amábamos a Mohammed Ali, amábamos a Angela Davis. Así es como crecimos. Recogimos el testigo: en la primera oportunidad que tuve de involucrarme, me involucré. Uno de mis amigos del instituto encontró un panfleto escrito en la clandestinidad por el Partido Comunista Jordano. En 1948, cuando se fundó Israel, el partido se dividió y pasó a ser jordano e israelí, dejó de existir el Partido Comunista Palestino. Hicimos huelgas, el día de la declaración de Balfour, el día de la partición, el día de la Nakba. Hacíamos huelgas y me negaba a ir a clase. Mi madre siempre participó en las sentadas. Recuerdo que, justo después de la ocupación, fue con un grupo de mujeres a una mezquita para organizar una sentada por los presos. Todas las mujeres de Nablús siempre se reunían, escribían peticiones, recaudaban dinero para las familias de los presos, las familias de los mártires. Siempre hay algo colectivo. Porque o haces eso, o cierras los ojos y finges que no pasa nada a tu alrededor.


Has sido muy crítica con los acuerdos de Oslo de 1993.
Oslo fue un intento terrible de pacificar a la población palestina, pero la gente siguió levantándose porque no se puede vivir cuando están matando a presos en prisión, cuando están torturándolos. La “luna de miel” después de Oslo duró aproximadamente un año, pero luego los palestinos descubrieron que estas personas que afirman representar a los palestinos estaban haciendo cosas similares. Eso no es lo que querían los palestinos, por lo que han luchado y se han sacrificado. Somos un pueblo que quiere ser libre. Si no hay libertad y no hay justicia, no hay paz.

Todas estas cosas hermosas se destruyen día tras día, en gran medida porque Israel pretende borrar todos los aspectos de la vida palestina

¿Qué te han enseñado Assata Shakur y Angela Davis sobre el uso de la violencia como forma de resistencia?
Es un principio que cualquier pueblo que esté bajo el colonialismo tiene derecho a defenderse, a utilizar todos los medios de resistencia. Eso ha sido así históricamente. Ese es el derecho del pueblo palestino. En Estados Unidos, la mayoría de la población ha interpretado de diferentes maneras los medios para perseguir la libertad, también durante la guerra de Vietnam. ¿Cómo perseguimos la libertad? La respuesta suele ser que con los derechos civiles, pero en realidad no se trata solo de derechos civiles. Aunque se recuerda a Martin Luther King por el movimiento de derechos civiles, él también se refirió a Estados Unidos como el mayor provocador de la violencia. EEUU es un Estado colonial que se funda en el genocidio de los pueblos indígenas, en la esclavitud, no importa cuánto trates de limpiar ese hecho. Entonces, la pregunta es qué medios adoptas para obtener la libertad. No se trata de que “quieras” la libertad, sino de cómo consigues la libertad. El artículo que escribí sobre Assata Shakur básicamente fue una discusión, una conversación, que surgió cuando estaba leyéndola en Palestina, porque ella decía cosas que resonaban completamente allí. 

¿Qué conclusiones sacaste?
Shakur afirma que no somos criminales, no somos terroristas. Somos las personas que queremos liberarnos. La idea es que las personas que están colonizadas, marginadas, aplastadas, tienen derecho a defenderse usando la violencia como medio. Sabiendo que sus opresores tienen a su alcance todo tipo de violencia y que aquella se considera legítima, justificada y normalizada, mientras que a las personas que son sometidas, colonizadas y marginadas se les pone todo tipo de nombres, desde criminales hasta terroristas. Entonces, se legitima que puedan ser asesinados y que se cometa un genocidio contra ellos. Ha sucedido en todas partes: puedes leer el análisis de Frantz Fanon sobre lo que ocurrió en Argelia, o la descripción del apartheid de los negros en Sudáfrica, o lo que pasó en Cuba. Los Estados Unidos mataron a tres millones de vietnamitas con napalm y bombas de racimo. Eso es lo que vemos hoy, todos los días, en Gaza. Lo justifican diciendo que los blancos son superiores a otras personas, los negros, los indígenas, porque estos están, como dijo Fanon, en la zona del “no ser”: su vida no vale lo mismo y, por lo tanto, merecen ser eliminados. 

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Rabab Abdulhadi. Álvaro Minguito


En el caso de Shakur, Davis o los Panteras Negras, se trató siempre de hacer y decir al mismo tiempo.
Las Panteras Negras hicieron un análisis increíble, empezaron dando desayunos a los niños, promoviendo herramientas para cuidar y unir a la comunidad. Y eso fue, de hecho, lo que más miedo les dio a los EEUU, al FBI; que se organizaran, que cuidaran de la comunidad, que construyeran colectividades, en lugar de permitir que su comunidad quedara alienada y solo sujeta a su propia autodestrucción. Cuidaron de su comunidad y, al mismo tiempo, definieron quién es su enemigo y quiénes son sus amigos. Se negaron a que su pueblo fuera perseguido. Eso es lo que está detrás del uso de la violencia. Resistir es una reacción a la acción.

En qué sentido.
Tú no inicias la resistencia, tú resistes porque te invaden, te atacan constantemente, porque te están asesinando. No estás atacando a nadie, estás siendo atacado: tienes que defenderte. No hay otra: o morir o arrodillarse y que te pongan la bota en el cuello. A nadie le gusta que sus hijos mueran, pero no hay otra manera, de lo contrario serás colonizado por completo. Esto es lo que he aprendido de esta gente y también lo que me gustaría enseñar a mis estudiantes y a mis jóvenes camaradas. 


Vivías en EE UU el 11 de septiembre de 2001. ¿Cómo cambió o se amplificó el discurso sobre el terrorismo y la violencia después de aquellos ataques?
Creo que la islamofobia, el racismo antiárabe, la xenofobia contra gente de color, contra personas del tercer mundo, se han intensificado, se han hecho mucho más públicos y mucho más generalizados. Porque el control de la sociedad hunde sus raíces en la xenofobia de los supremacistas blancos. Aquello fue la licencia para atacar, para golpear, para arrestar en masa a personas y meterlas en prisión. Yo estaba en Nueva York en ese momento, así que experimenté todo eso. Era el tiempo de la Segunda Intifada, esto también unió a Israel y a EEUU. Aquello dio mucho más apoyo y justificación a Israel para desarrollar las industrias de la seguridad y las armas en el ciberespacio, en Silicon Valley, en una especie de sistema militar conjunto. También hay otro aspecto importante: cuando la Unión Soviética y el Pacto de Varsovia se desmoronaron, muchas personas en EEUU empezaron a hablar del dividendo de la paz. ¿Por qué tenemos que tener un arsenal de armas nucleares? En ese momento, y ahora, las industrias armamentísticas ganan mucho, mucho más dinero que las personas que producen alimentos, así que se asustaron mucho. Se dio todo un intento de hacer popular la necesidad de armas, en un momento en que mucha gente veía mejor una vida sin armas porque todavía perduraba el efecto Vietnam.

[el feminismo colonial] dice eso de que “las mujeres palestinas y las mujeres negras son mejores que sus hombres”. Es muy insultante, pero también es una justificación para la violencia

¿Cómo funcionó ese discurso?
Encontraron una razón para afirmar que realmente necesitaban armas para la venganza. Eso también dio poder a la industria armamentística y a toda la industria de la vigilancia. Por supuesto, Israel se llevó una gran parte del negocio. Además, han conseguido extenderse ideológicamente entre la población suscitando sentimientos acerca de lo que la gente llama nacionalismo y yo llamo xenofobia. Esas ideas se unen y cada una de ellas aporta partes de islamofobia, racismo antiárabe y racismo antipalestino. Ya no se trata solo del terrorismo, ahora hablan del racismo, dicen que nuestros hombres están sedientos de sangre. Se trata de hablar de los talibán, de Al Qaeda, y meter en el mismo saco a nuestros hombres. Dicen que son sanguinarios, excesivamente homófobos, excesivamente sexistas, y que nuestras mujeres tienen que salvarse con la inestimable ayuda de los blancos. Toda mujer que lleva un hiyab se convierte en una mujer que no puede ser feminista y que nunca ha sido liberada. Todos los hombres son repugnantes. Resulta asfixiante, incluso para un académico, discutir en esos términos: incluso si no te hacen daño, siempre se malinterpreta, se cita fuera de contexto. Fue muy, muy difícil, vivir en ese ambiente, especialmente para la gente que vive en ciudades pequeñas, rurales. Es algo que ha ocurrido a todos los niveles, porque el estado mental para que ocurra ya existe y es un terreno fértil.

Has introducido la idea de lo que llamas feminismo colonial y cómo se utiliza para implantar ese sistema de creencias.
Sí, creo que lo hemos visto en el caso de Gaza. Es muy ilustrativo: Israel y el movimiento sionista han fracasado a la hora de justificar sus acciones. No lograron difundir la mentira de que los palestinos mataban bebés. No funcionó, incluso Biden dijo que no era cierto. Fallaron diciendo que los palestinos estaban quemando cuerpos en el 7 de octubre; resulta que lo hizo su propio ejército. Todo lo que intentaron hacer con respecto al 7 de octubre no funcionó. Así que lo mejor que se les ha ocurrido es recurrir al argumento del género: Hamás cometió violaciones masivas y cosas por el estilo. Cuando analizamos todas las pruebas que Israel afirma tener, resulta que nada de eso existe. Han dicho, por ejemplo, que cuando liberaran a las rehenes, iban a estar todas embarazadas, que habían sido violadas por Hamás, todas estas mentiras. Son realmente insultantes. Nadie nos escucha. ¿Puede hablar el subalterno? ¡No! Formo parte de un grupo que es una red de solidaridad femenina por Palestina, estamos investigando mucho: no vamos a tolerar la violación, ya sea contra mujeres israelíes o no, pero tenemos que hablar también de las violaciones que se cometen contra mujeres y hombres palestinos en prisión.

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Rabab Abdulhadi. Álvaro Minguito


¿De qué otras maneras actúa esa utilización del género?
Ellas dicen eso de que “las mujeres palestinas y las mujeres negras son mejores que sus hombres”. Es muy insultante, pero también es una justificación para la violencia, una justificación para el encarcelamiento, se vuelve a la idea de que las personas que no pertenecen a la supremacía blanca son inferiores. Ahora ha salido que Ehud Barak [ex primer ministro de Israel] estuvo implicado en la red de Epstein. En este caso, la idea general es que los israelíes no pueden estar en una red de explotación sexual de niños porque son educados, visten de traje y corbata. En cambio, hay toda una construcción por la que los marginados son salvajes, incivilizados, no pertenecen a la modernidad, no saben cómo son nuestras reglas. Necesitamos modernizarlos, domarlos y contenerlos. En el caso de las feministas que siguen esas reglas, nos convierten a las demás en traidoras al feminismo. Y también nos convertimos en mujeres que necesitamos ser salvadas: mujeres negras, morenas, árabes y musulmanas, necesitamos que nos salven porque en realidad no tenemos ninguna conciencia sobre el feminismo. Y tienen que venir para enseñarnos en qué consiste el feminismo. Y a decirnos que necesitamos rebelarnos contra nuestros hermanos, nuestros padres, los hombres de nuestra comunidad, independientemente de si somos heterosexuales, lesbianas o queer. Siempre afirman que su mundo es mejor, pero eso se debe a ese sentimiento de superioridad que tienen contra nosotras. Pero lo cierto es que su mundo proporciona menos libertad, proporciona menos justicia, proporciona un estilo de vida peor que el de la liberación, el anticolonialismo y la libertad y justicia para todos. 

Sabra y Shatila para mí personalmente fue un antes y un después. Decidí que me tenía que olvidar de la educación, lo único que quedaba desde ese momento era luchar, luchar y organizarse

Pasemos ahora a la fase actual del genocidio en Gaza y, por supuesto, al acoso y los asesinatos en Cisjordania. ¿Cómo ha estado tu familia en Palestina?
No tengo familia en Gaza, pero tengo muchos amigos. Cuando les escribo “espero que tu familia esté bien”, recibo mensajes que dicen: “Lo siento mucho. Cincuenta miembros de mi familia han sido asesinados”. Mi hermana vive en Londres y tengo un hermano en Dubái. Los tres que estamos fuera de Palestina nos asustamos cada vez que recibimos una llamada porque no sabemos si nuestra familia de Cisjordania va a ser atacada. Por ejemplo, no pueden ir a visitarse desde Nablús a Ramallah. No pueden, porque ahora los colonos están por todas partes. Ni siquiera pueden llegar a los checkpoints. No pueden ir a dar sus condolencias, no pueden ir a bodas; cada uno se queda en su propia ciudad. Israel también está atacando las ciudades por la noche. A la abuela de mis sobrinas la dispararon y la mataron: estaba sentada bordando en su terraza, y los soldados se detuvieron, la dispararon y se fueron diciendo que los palestinos la habían matado. Hay muchas historias así. Mi hermano creía que estaba a salvo en Ramallah, porque ahí gobierna la Autoridad Palestina, pero Israel realiza bombardeos aéreos, el ejército dispara todo el tiempo. Si mi hermano va a Jerusalén no sabe lo que le va a pasar. Es muy, muy peligroso. Y eso sin contar las historias de las personas que han sido expulsadas de los campos de refugiados de Tulkaren y Jenin. 


¿Cómo son las condiciones de vida de tu familia?
Te pongo un ejemplo. Nosotros tenemos unas tierras cerca de Jenin. Cada año fastidio a mis hermanos diciéndoles que tienen que enviarme mi parte de aceite de oliva. Este año, mi hermano nos dijo a mi hermana y a mí: “Lo siento mucho, este año no hay aceite de Jenin”. Porque los colonos están acabando con los árboles, los están quemando. Cada vez que veo los olivos a través de la pantalla siento una pérdida. No es más importante que las vidas de las personas, pero es como si gran parte de mi mundo, lo que me hace ser quien soy, se estuviera destruyendo poco a poco. Son las personas, los árboles, las aceitunas, la tierra, es todo. Cada vez que vamos a Palestina hay nuevos asentamientos. Las cosas cambian todo el tiempo porque la colonización sigue creciendo. Y renuevas tu capacidad de luchar, pero también hay una sensación de rabia por el hecho de que el mundo permita que esto continúe. Todas estas cosas hermosas se destruyen día tras día, en gran medida porque Israel pretende borrar todos los aspectos de la vida palestina. Para que se cumpla su pretensión de que es una tierra sin pueblo. Esta destrucción es muy dolorosa a muchos niveles. Como dijo Fanon, también tiene que ver con la psique colectiva. No es solo individual.


La Nakba del 48, la ocupación de 1967, la matanza de Sabra y Shatila, los antecedentes son terribles pero, ¿imaginaste alguna vez que Israel iba a cometer un genocidio como el que hemos visto estos últimos años?
Honestamente, no. Sabra y Shatila para mí personalmente fue un antes y un después. Decidí que me tenía que olvidar de la educación, lo único que quedaba desde ese momento era luchar, luchar y organizarse. Entrevisté a una familia a la que le mataron a un bebé de 15 meses. En ese momento pensé cómo podían hacer eso. Pero nunca habría pensado que podría llegar a este nivel. Sobre todo porque ha habido muchos genocidios en el mundo, pero la gente no era consciente de que estaban teniendo lugar. Ahora todos los días vemos imágenes, vemos bebés con todos sus miembros amputados. El invierno pasado, a los bebés se les congelaron las venas por el frío, murieron en las incubadoras porque no había agua y electricidad. ¿Cómo es posible? ¿Cómo permite el mundo que esto suceda delante de sus propios ojos? Es inaceptable y realmente lo único que me sorprende es que los palestinos no vayan por ahí haciendo estallar el mundo entero. Han planteado una respuesta muy mesurada, muy racional y solo se defienden a sí mismos.

Nunca he visto más apoyo a Palestina del que veo en estos momentos, y he estado trabajando en la solidaridad con Palestina durante más de 40 años

¿Cree que Israel ha empezado a perder legitimidad en los países occidentales?
Israel está colapsando. Creo que Ilan Pappé y otros estudiosos y colegas antisionistas tienen razón cuando dicen que se desmorona desde dentro. Siempre he dicho que el sionismo es un fenómeno pasajero y la gente se enfada mucho conmigo. Es un fenómeno pasajero, pero no va a desaparecer por sí solo. Tenemos que acelerar el proceso. Creo que, a nivel internacional, los sionistas han explotado el Holocausto y lo han convertido en un arma, aprovechándolo, de una manera cínica y perversa, para promover la causa violenta sionista. Y eso está saliendo cada vez más a la luz. Después del Holocausto, deberías parar cualquier otro genocidio. Cuando dices “nunca más” debe ser nunca más para nadie. El Holocausto es una tragedia humana para cualquiera. Lo que está ocurriendo tiene que ver con la justicia y la injusticia. Esa es la moral del Holocausto que debemos reivindicar. No la moral que piensa que el Holocausto es excepcional solo para el pueblo judío. Pienso también en todo lo relacionado con el uso del concepto de antisemitismo. Ya no funciona. Muchos de los supervivientes del Holocausto le han dicho a Israel: “Por favor, no me represente. No en mi nombre”. De hecho, en Israel muchos de los supervivientes del Holocausto ni siquiera reciben apoyo. La realidad es que los abandonan, los ignoran y, de vez en cuando, encuentran a alguien que los pone en una vitrina, pero no los cuidan, porque el sionismo no tiene que ver con el cuidado. Ni siquiera cuidan a sus propios soldados, que necesitan atención psicológica. No es un Estado agradable y afectuoso. No lo es. Es una sociedad muy cruel y repugnante, igual que el nazismo. Eso fue por lo que el nazismo perdió y esto es por lo que ellos van a perder.

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¿Por qué Israel sigue teniendo apoyos?
Los gobiernos que los apoyan comparten intereses con ellos. EEUU se beneficia del envío de armas militares a Israel. Las armas producen más dinero que la comida. 

¿Ha contribuido el proyecto colonial de supremacía de Israel al crecimiento de la extrema derecha en el mundo?
Es una contradicción pensar que Israel no es fascista. Israel y el sionismo son fascismo. Las organizaciones sionistas de Israel han donado mucho para el ascenso de la AfD, para el ascenso de todos los movimientos fascistas de Europa. Los han financiado incluso cuando se trataba de grupos pequeños. No se trata de que a esos partidos les gusten o no los judíos, no se trata de antisemitismo. Israel es un Estado muy fuerte y poderoso que practica el supremacismo judío, y es un excelente modelo para los movimientos de extrema derecha que también defienden su propia supremacía y su propio poder y sus propias formas de reprimir y eliminar a las comunidades marginadas que no quieren cerca, eliminar a los migrantes en Europa, librarse de las personas que vienen de los lugares que ellos colonizaron. Israel ha compartido mesa con Bolsonaro, Trump, Duterte, Modi. Mira sus programas. Bolsonaro, Milei, los sionistas cristianos, usan argumentos muy similares y se entienden entre sí. Se basan en el racismo, en el supremacismo. Con tanto conflicto, con tanta sangre, no te puedes esconder, puedes tratar de disimular, pero ha quedado claro qué es Israel, quiénes son sus aliados. Israel es un producto, pero también es productor de ese supremacismo. En EEUU, por ejemplo, todos y cada uno de los policías, el ICE y las milicias de derecha apoyan decididamente el sionismo, y el sionismo les apoya en gran medida. Los grupos sionistas nunca denuncian la violencia racista o el asesinato de personas negras. Los movimientos por el medio ambiente, por la vivienda, para albergar a los que no tienen casa, por el derecho a la alimentación, movimientos sindicales… no les importan en absoluto. Ellos están con los fascistas, con los asesinos, Israel siempre ha tenido matrícula de honor como máquina de matar. El sionismo está cada vez más concentrado en los millonarios, en el 1%, las grandes empresas, los militares. Ese es su sitio.

¿Y el nuestro?
No queremos formar parte de eso. No queremos formar parte de la industria militar. Que se lo queden ellos. No es lo que queremos. Estamos felices de estar unidos, formar alianzas y formar parte de una gran familia que lucha con todas las personas que quieren justicia, todo tipo de justicia. Porque la justicia es indivisible. La justicia para Palestina significa justicia para todos los demás. No es que no haya una más importante que otra. No hay unas olimpiadas de la opresión. Todas las luchas por la justicia están conectadas entre sí. Es una perspectiva, un marco de pensamiento: luchamos por la justicia. Y no podemos priorizar. No se trata de eso. 

¿Imaginas una Palestina libre?
Creo en el optimismo revolucionario, de lo contrario no estaría aquí hablando contigo. Y el optimismo revolucionario, por supuesto, implica dolor. No es que tenga que haber dolor, pero es un hecho que lo hay, lo debemos aceptar. La gente está de luto. Tenemos que apoyarnos unos a otros y estar ahí para la comunidad. Hablo del optimismo revolucionario en el sentido de que las personas pueden unirse y luchar entre sí por algo mejor. Nunca he visto más apoyo a Palestina del que veo en estos momentos, y he estado trabajando en la solidaridad con Palestina durante más de 40 años. Me ha sorprendido porque no solo viene de los aliados tradicionales, sino que viene de todas partes. Yo solía pensar que había que explicarle a la gente la situación, pero en realidad la gente lo siente como seres humanos. En términos de equilibrio de fuerzas en el mundo, a nivel popular o incluso a nivel medio, hay un apoyo total a los palestinos. Palestina significa justicia. Nosotras, las personas palestinas, no nos lo tomamos a la ligera. No creo que ninguna causa haya recibido tanto apoyo como Palestina. Creo que debemos sentirnos honrados por eso, por el apoyo que tenemos, por el amor que se nos muestra, por el reconocimiento. No lo estamos haciendo solo por la justicia para Palestina. Tampoco es por reciprocidad, no es algo transaccional: “Lo hago por ti, tú lo haces por mí”. Es una perspectiva. Estamos en el mismo mundo. Creo que todos nosotros, activistas, organizadores, académicos, necesitamos romper este ciclo en el que nos encontramos: no hemos podido influir en los responsables de la toma de decisiones ni deshacernos de ellos. Tiene que haber algo para que podamos cambiar las cosas. Detengamos a Israel, no tenemos que convencer a Israel: ya no se trata de convencerlo, sino de pararlo.

¿Cómo hacerlo?
Deteniendo el apoyo de una forma u otra. ¿Cómo podemos hacer que el apoyo a la muerte, al asesinato, cueste más que el apoyo a la humanidad? Ahí es donde entra el boicot, la desinversión. ¿Cómo podemos hacer que las personas que se postulan para gobernar pierdan cuando apoyan la muerte? Por supuesto, tendremos que hacer muchos sacrificios, pero también debemos recordar que los vietnamitas necesitaron tres millones de personas. Que los argelinos necesitaron 132 años. Pero estamos impacientes y tenemos derecho a estar impacientes. El mundo tiene derecho a estar impaciente. En el optimismo revolucionario hay solidaridad, hay amor por la comunidad, hay comprensión de que no queremos convertirnos en un Israel. Queremos una sociedad diferente, tenemos derecho a exigirlo y tenemos derecho a esperarlo. Es difícil. Lloraremos y estaremos deprimidos y desmoralizados a veces. Pero el hecho de que tantas personas estén luchando por el cambio me da esperanza. Sé que ganaremos, pero tenemos que ganar más pronto que tarde y sacrificando menos víctimas en el proceso.

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