Jinetes del Apocalipsis

¿Y si el Apocalipsis no fuera el final, sino el comienzo?

La historiadora del arte María Pandiello analiza el imaginario colectivo del fin de los tiempos y enlaza episodios históricos concretos, como la Peste Negra o el surgimiento de movimientos milenaristas en la Europa bajomedieval, para trazar paralelismos con la presente era de incertidumbre.

Tenemos mil imágenes en la cabeza que recuerdan y evocan el apocalipsis, algunas de ellas incluso permean de manera crónica nuestro presente. En un momento de caos geopolítico, guerras, cambio climático y crisis económicas, las imágenes apocalípticas no faltan, sino que se asemejan a una realidad presente o por venir.

En este terreno abonado aparece Apocalipsis: revelaciones, miedos y futuros posibles de la historiadora del arte María Pandiello, un volumen publicado el pasado mes de noviembre por la editorial La Felguera, que se enfoca en reflexionar sobre el concepto de apocalipsis, su creación y sus imágenes. El libro analiza el imaginario colectivo del fin de los tiempos, y enlaza episodios históricos concretos, como la Peste Negra o el surgimiento de movimientos milenaristas en la Europa bajomedieval, para trazar paralelismos con la era de incertidumbre que estamos atravesando.

Como Pandiello destaca citando la tesis de De Martino, el apocalipsis es “una metáfora recurrente cuando la cultura ya no puede sostenerse a si misma ni puede garantizar la dignidad de las vidas”

El apocalipsis, como menciona Pandiello en su libro, significa revelación en griego antiguo. La autora parte de esta etimología para desmontar la interpretación más catastrofista, rechazando la idea de que el apocalipsis es un acontecimiento sin más posibilidades políticas que la del sufrimiento, una visión que llega a reproducirse incluso desde las nuevas tecnologías y el imaginario bélico. Ya en el primer capítulo, Pandiello habla de cómo no deberíamos dejar el imaginario del apocalipsis en manos de los individuos que se construyen unos búnkeres lujosos en esta época. Como Pandiello destaca citando la tesis de De Martino, el apocalipsis es “una metáfora recurrente cuando la cultura ya no puede sostenerse a si misma ni puede garantizar la dignidad de las vidas”.

En todo el libro propone una relectura de las imágenes y de nuestras emociones que pasa por la aceptación de que nuestro mundo está cambiando. Esta reflexión sobre el poder de las imágenes es central en su obra, como ella misma explica: “El texto del Apocalipsis está creado en torno a la imagen y está construido para activar la imaginación en el sentido de visualizar mentalmente. Por eso creo que el relato idealmente debe acompañarse de la materialización de esas visiones”.

Para ello, la autora nos sumerge en un compendio de historias y de imágenes vibrantes que se articulan en torno al Apocalipsis de Juan de Patmos, y nos hacen repensar el concepto tal y como nos lo han vendido: como un castigo, y un evento incontrolable, en vez de una potencialidad de cambio en una sociedad que se desmorona. Pandiello contextualiza esta visión alternativa señalando en primer lugar la importancia política del texto —Juan de Patmos la escribió contra el imperio romano—, y señalando el parecido con nuestra época: “Vivimos en un momento apocalíptico, en el sentido de que el mundo tal y como lo hemos conocido está cambiando a un ritmo vertiginoso, y nos resulta difícil mantenernos conectados con las exigencias y los desafíos del presente”.

El volumen se enfoca especialmente en la historia del siglo XV, una época en la que Pandiello es especialista y en la que se vivió una atmósfera análoga a la que estamos viviendo hoy en día. Un periodo marcado por la crisis del sistema feudal, cismas religiosos y la Guerra de los Cien Años. Como apunta la autora, ella habla “mucho” del siglo XV porque es “un momento de cambios muy radicales que fueron dejando atrás un mundo que ahora nos parece lejano, remoto. Eso es lo que yo considero una ruina”.

La ruina aparece en numerosas ocasiones en el texto, tanto que Pandiello le dedica un capítulo entero. En él analiza precisamente los relatos que nos contamos para ficcionalizar nuestro final, recurriendo a los escritos de Donna Haraway, Mark Fisher y al texto de Angelus Novus de Walter Benjamin. Un elemento —la ruina, la destrucción, el resto— que permanece siempre como fondo de todo lo demás, pero que, lejos de ser únicamente motivo de desolación, encierra una paradoja luminosa. Porque, como escribe la propia Pandiello, “algo bello es que el apocalipsis nos hace pensar en colectivo”.

De hecho, la potencia transformadora del imaginario apocalíptico ha tenido históricamente un claro correlato social. “No es casual que el Apocalipsis, así como otros textos proféticos, haya alimentado diversos movimientos sociales —explica Pandiello—: su retórica dialéctica e incendiaria no solo busca suscitar una reacción, sino también abrir un horizonte de imaginación sobre cómo podría ser un mundo posterior al desastre, incluidos nuestros cuerpos y nuestras formas de relación. En ese horizonte de pregunta y proyección radica buena parte de su potencia política”.

En la historia se han dado movimientos como los flagelantes, que recorrían Europa azotándose en procesiones públicas como forma de penitencia, o los taboritas en Bohemia, que llegaron a establecer comunidades igualitarias y milenaristas como Los Hermanos del Espíritu Libre. Pandiello matiza, sin embargo, que todos estos movimientos son muy distintos entre sí, “tanto en principios como en intenciones”. Sin embargo, señala que comparten el impulso de “canalizar un hartazgo evidente en una Europa post-Peste Negra y un creciente escepticismo frente al liderazgo eclesiástico”. Para ella, también hubo mucho oportunismo y autoproclamados mesías que buscaban gloria personal, y marca distancias con autores como Federici o Cohn, “que han romantizado algunos de estos movimientos. A mí me interesa principalmente el descontento en un período tan crítico como era el siglo XV y cómo ese descontento fue el germen de un cambio fundamental”.

Lo apocalíptico también lleva consigo una parte de lo monstruoso. No solo en las bestias aladas o los dragones de siete cabezas que pueblan las visiones de Juan de Patmos, sino también en las criaturas más terrenales que, siglo tras siglo, han encarnado nuestros miedos más profundos

Lo apocalíptico también lleva consigo una parte de lo monstruoso. No solo en las bestias aladas o los dragones de siete cabezas que pueblan las visiones de Juan de Patmos, sino también en las criaturas más terrenales que, siglo tras siglo, han encarnado nuestros miedos más profundos. Alentados por las fake news de épocas como el siglo XVI, en la que lo monstruoso —entendido como mensajero de eventos catastróficos— servía para explicar la confusión reinante, la figura del Diablo se fue apropiando de la vida en la tierra. Lo monstruoso, entonces, no era tanto la criatura en sí misma, sino aquello que señalaba: un mundo que dejaba de ser reconocible, un orden que se desmoronaba sin que nadie pudiera detenerlo.

Porque, como bien explica Pandiello, el miedo rara vez se dirige al monstruo en sí, sino a lo que su presencia anuncia. “Es normal que tengamos miedo, en parte, tememos la pérdida de lo que es familiar. En el siglo XV ocurría algo parecido: la gente no tenía miedo al diablo en sí, sino a que desapareciera el mundo reconocible. Sin embargo, una iglesia que estaba perdiendo el control sobre las comunidades quiso instrumentalizar ese miedo para reforzar su dominio. El diablo dio cuerpo a esos temores”.

“Del estudio de la alquimia también he aprendido que muchas prácticas estigmatizadas por su carácter esotérico contribuyeron de forma profunda a lo que hoy denominamos ciencia”, reconoce Pandiello

En el libro se menciona también la fuerza de lo esotérico, una rama del conocimiento a menudo menospreciada pero crucial para entender la historia de la ciencia. Pandiello, que ha investigado estos saberes, asegura que estudiar la alquimia en el marco de la historia de la ciencia le ha ayudado a comprender muchas cosas. Por ejemplo, la construcción en Europa de sistemas de conocimiento blancos y patriarcales a partir de la apropiación e invisibilización de aportes realizados por mujeres y de numerosas traducciones árabes. “Del estudio de la alquimia también he aprendido que muchas prácticas estigmatizadas por su carácter esotérico contribuyeron de forma profunda a lo que hoy denominamos ciencia, aportando métodos, técnicas y formas de experimentación. Entender cómo se construyen los pilares del conocimiento hegemónico también puede ser una revelación”.

A lo largo del libro, Pandiello rastrea estos ecos en episodios históricos como el de la alquimista Anna Zieglerin, estableciendo un diálogo directo con las figuras femeninas bíblicas y su problemática representación en el Apocalipsis. La investigadora señala cómo estas mujeres han sido históricamente atrapadas en un binomio perverso: de un lado, la figura de la mujer pura y virtuosa, pero desprovista de toda agencia; del otro, la mujer que encarna el deseo, representada siempre desde una óptica negativa en figuras como la Puta de Babilonia o Jezabel. Sin embargo, el planteamiento de Pandiello no se detiene en la denuncia. “Una de las ideas más importantes en el libro —explica— es que nuestras imágenes están ahí para que las tomemos, las revisemos y las reformulemos”.

Con esta premisa, la autora no solo critica una construcción cultural heredada, sino que invita a una reapropiación activa de esos mismos símbolos. Según Pandiello, el primer paso para transformar estos paradigmas es reconocer su origen: “No importa que seamos religiosas, ateas o gnósticas, si hemos crecido en marcos culturales judeocristianos hemos crecido con un conjunto de visiones sobre lo femenino que no siempre vienen del texto bíblico sino de sus exégesis”.

A partir de ahí, la reinterpretación feminista ofrece vías de escape, ya sea recuperando significados más complejos —como las identidades no binarias presentes en el Génesis— o, en el caso del Apocalipsis, desmontando el texto para “poner en evidencia las violencias intrínsecas al texto” mismo.

Frente a este panorama, la autora propone una navegación consciente de nuestras propias emociones. “El balance entre el miedo y la clarividencia es muy frágil. Creo que un buen punto de partida es explorar nuestro miedo y los riesgos de su instrumentalización”, explica. “En el libro pongo el ejemplo del inicio de la brujomanía, que entronca precisamente con una atmósfera apocalíptica y escatológica, así como con la creación de un enemigo único; son herramientas retóricas que hoy emplea la extrema derecha. Las preguntas que debemos hacernos son a qué tenemos miedo exactamente y quién se beneficia de ese miedo”, advierte Pandiello.

Por eso, la salida no está en negar la ansiedad, sino en transformarla: “Si aceptamos que nuestro miedo es la conciencia de que lo conocido está desapareciendo, como decía Ernesto de Martino, lo que nos queda es aprender a convivir con esa nueva realidad, a eso me refiero con aceptar lo inestable y, en cierto modo, estar dispuestos a dejar que nos transforme, al mismo tiempo que asumimos nuestra responsabilidad y nos comprometemos a construir algo distinto”.

Más allá, Pandiello plantea la idea de vivir en un mundo donde el apocalipsis ya ha sucedido, y en el que tenemos que rencontrarnos con las ruinas. La idea de la ruina está muy presente en el libro, una noción que la autora reconoce ha sido inspirado por la novela de Mary Shelley El último Hombre y la visión histórica de Walter Benjamin.

Para Pandiello, el apocalipsis no es una explosión repentina “como quieren hacernos creer quienes se lucran construyendo búnkeres de lujo; sucede de forma lenta, muchas veces dolorosa y a veces es incluso imperceptible. Son movimientos históricos que dejan atrás un mundo obsoleto y se abren hacia uno nuevo”. Por eso, el libro termina con las ruinas. Y en un presente marcado por el calentamiento global, los genocidios y la amenaza constante de la guerra nuclear, esa pregunta adquiere una urgencia total.

Frente a todo ello, Pandiello lanza una última reflexión, tan lúcida como necesaria: “En este contexto parece comprensible —y deseable— la invocación del fin de un mundo, que no debe confundirse con el fin del mundo”. Porque quizás lo que se termina no es la vida, sino una forma de entenderla. Y en esa distinción, en ese matiz, reside justamente la posibilidad de imaginar algo nuevo.

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