Opinión
‘Euphoria’: hijas de la pesadilla americana

La pesadilla californiana que ‘Euphoria’ dibuja está poblada por personajes que sobreviven entre adicciones, violencia estructural y búsqueda desesperada de sentido sobre un nihilismo asfixiante. Con sus tres temporadas y sus muchas polémicas, ya podemos afirmar que nos encontramos sobre una perturbadora radiografía del capitalismo tardío y de las formas de sufrimiento más atroces que genera en nuestra alma.
Euphoria serie
Fotograma de la serie 'Euphoria'
4 jun 2026 06:00

Hay pocas cosas más imponentes en el imaginario social que una promesa. Las promesas están para cumplirlas. Las promesas, de hecho, se cumplen. Por eso cuando se rompe una promesa lo que viene detrás suele estar vinculado al dolor y la desorientación. Si pensamos en el ámbito individual, se nos pueden ocurrir miles de ejemplos e historias donde la traición sobre una promesa desataron odiseas tan largas y extenuantes como la de Homero. Sin embargo, no vengo hoy a hablar del engaño sobre una promesa como traición entre dos personas, sino como una mentira que oculta el espíritu de la opresión social. Y para ello caminaremos a través de una de las expresiones culturales más características de nuestro tiempo, la serie Euphoria.

La controvertida serie de Sam Levinson nos conduce durante tres temporadas hacia la vida de diferentes personajes adolescentes (que en su última temporada ya son adultos), sus traumas y adicciones. Las personas que protagonizan dicha historia son residentes de la ficticia ciudad californiana de East Highland.

La icónica California. Hay pocos estados dentro de Estados Unidos que simbolicen de manera tan contundente aquella promesa que se fue gestando en el corazón del capitalismo durante la segunda mitad del siglo XIX. Tras la invasión estadounidense de California en 1846, despojando del territorio a la joven República Mexicana, Estados Unidos se apropió de uno de los enclaves más característicos de su historia. Entre 1848 y 1849 la famosa fiebre del oro generó una inmigración masiva hacia dicho territorio. Es curioso cómo esa materia prima, el oro, un fetiche simbólico de la codicia y el valor casi espiritual que el dinero iba tomando en el capitalismo, fue el pistoletazo de salida para constituir a una de las regiones más feroces del propio capital. Para hacernos una idea de lo atestiguado, si California fuera un país independiente a día de hoy sería la quinta economía del mundo.

Cuando las promesas se rompen dejan un reguero de sufrimiento que puede llenar el mar de sangre, bilis y lágrimas. En el trauma por la comprensión de la mentira del sueño americano nace ‘Euphoria’

En estas tierras áridas se gestó la promesa del capitalismo norteamericano. El progreso capitalista, subido a lomos de su magnífico corcel llamado meritocracia, prometía la verdadera venida del paraíso celestial en la Tierra. Pero cuando las promesas se rompen dejan un reguero de sufrimiento que puede llenar el mar de sangre, bilis y lágrimas. En el trauma por la comprensión de la mentira del sueño americano nace Euphoria, y para ello tan solo tenemos que irnos a sus primeros dos minutos de metraje, donde Rue (interpretada por Zendaya) narra en off la triste historia de la caída de la promesa del capitalismo norteamericano mientras, literalmente, sale de la vagina de su madre: “Nací tres días después del 11-S. Mi madre y mi padre se pasaron dos días en el hospital meciéndome a la luz del televisor y viendo caer aquellas torres una y otra vez, hasta que la pena dio paso a la indiferencia, y entonces de repente me encontré siendo una niña de clase media en una casa de las afueras (…) No recuerdo gran cosa entre los ocho y los doce años, solo que el mundo iba deprisa y mi cerebro despacio, y que de vez en cuando, si me centraba demasiado en respirar, me moría. Hasta que acabé pasando todo el santo día intentando superar la ansiedad (…). Un día, sencillamente, aparecí sin mapa ni brújula. Igual os parece triste, ¿pero sabéis qué? Yo no inventé este sistema, y tampoco lo jodí”.

El 11 de septiembre de 2001, las Torres Gemelas se desplomaron a causa del choque de dos aviones. El vuelo 11 de American Airlines impactó contra la torre norte, y el vuelo 175 de United Airlines hizo lo mismo contra la torre sur. En total, Al-Qaeda había secuestrado cuatro aviones, dos impactaron contra las Torres Gemelas, un tercero contra el Pentágono y el cuarto cayó en Shanksville después de que los pasajeros intentaran recuperar el control. 2996 personas murieron ese día y un zarandeo sobre la promesa del edén estadounidense se produjo. El país de la libertad, los que ganan las guerras y salvan al mundo, el epicentro de la civilización occidental, el corazón de todo lo que está bien en esta época de progreso capitalista, había sido atacado y herido.

Más traumas siguieron al fatídico atentado del 11-S. El segundo milenio no daba respiro y el 29 de agosto de 2005, el huracán Katrina entraba arrasando todo a su paso desde la costa de Louisiana, atravesando especialmente Nueva Orleans. Alrededor de 1.800 personas fallecieron, además de millones de desplazados y pérdidas económicas estratosféricas (esto último algo fundamental para la promesa del capital). El trauma del Katrina se agrandó bajo la clara evidencia de que las autoridades encargadas de gestionar la situación reproducían la violencia sistémica racial y de clase, desatendiendo de manera desigual las evacuaciones, donde muchas personas sin recursos, sin coche o en situaciones de dependencia quedaron atrapadas en la ciudad. El abandono institucional de los años siguientes, sumado a como el huracán afectó de manera mucho más contundente a la clase trabajadora más precarizada, volvían a golpear sobre la herida de la falsa promesa del capital.

La imagen del cuerpo del adicto al fentanilo, encorvado en una posición casi imposible de imaginar, con un rostro perdido en el más profundo sufrimiento, nos lanza, de nuevo, a la cara, lo que realmente es el espíritu de Estados Unidos despojado de sus falsas promesas

Si cruzamos a la costa oeste, junto al Pacífico y California, en el año 2010 la crisis de los opioides sintéticos volvía a abrir una crisis de salud sin precedentes. Aunque la problemática era en todo el país, en ciudades como Los Ángeles se ha intensificado hasta la actualidad de manera escalofriante, dejándonos auténticas imágenes distópicas, donde los cuerpos de la clase trabajadora más precaria presentan estados de inmovilización severa asociados a la intoxicación por opioides, con episodios de sedación profunda, depresión del sistema nervioso central y pérdida de respuesta motora. La imagen del cuerpo del adicto al fentanilo, encorvado en una posición casi imposible de imaginar, con un rostro perdido en el más profundo sufrimiento, nos lanza, de nuevo, a la cara, lo que realmente es el espíritu de Estados Unidos despojado de sus falsas promesas.

En esta parte es donde Euphoria entra con fuerza. Porque a algunas personas con poca profundidad analítica puede parecerles una simple serie de adicciones y adolescentes con una estética muy bien cuidada, un buen presupuesto y un buen quehacer cinematográfico. Pero lo cierto es que hay bastante más. Euphoria narra la caída en desgracia de todo un modo de vida, de una sociedad, en el más profundo de los apocalipsis anómicos. Cuando vives en un mundo sin futuro, mercantilizado hasta el alma, patriarcal, inmoral, burgués, racista, mentiroso, violento y caníbal, ¿te queda algo más que intentar sobrevivir como puedas?, ¿tienes algo mejor que hacer que drogarte hasta perder el conocimiento? Pues lo cierto es que sí, puedes organizarte frente a las estructuras que están provocando dicha crisis sistémica. Sin embargo, Euphoria es una obra cultural que dialoga a la perfección con su lugar y su tiempo: el tiempo del realismo capitalista. Como, de nuevo, Rue nos narra en su excitante primer encuentro con las drogas de diseño:

Entonces llegó ese momento en el que la respiración empieza a detenerse, y cada vez que expiras expulsas todo el oxígeno que llevas dentro, y todo se para: el corazón, los pulmones y, por último, el cerebro. Y todo lo que sientes, deseas o quieres olvidar desaparece (…). Con el tiempo, solo quería eso: dos segundos en la nada.

Mark Fisher nos hablaba de la hedonia depresiva como un concepto que describe la atmósfera psicosocial en la actualidad. En una época donde la clase trabajadora no se autoidentifica como lo que es respecto a sus condiciones materiales de vida; donde existe una crisis de historicidad y donde nuestra subjetividad está inserta de manera naturalizada en los circuitos del consumismo y la publicidad, la única herramienta que nos queda a nuestro alcance es el consumo paliativo de mercancías-experiencias para mitigar el dolor estructural que soportan nuestros hombros. Al no creer, ni siquiera percibir al capitalismo como una época histórica a la que le damos vida, y relacionarnos con él más bien como un dios vigoroso y joven que actúa fuera de nuestra agencia, poco queda más allá que sumergirse en los diferentes ciclos de placer paliativo, como aquellos en los que los personajes de Euphoria se encierran.

De hecho, la serie es un drama desgarrador porque traslada esto a la perfección. Absolutamente todos los personajes están en una jaula de la que no logran salir. Rue con las drogas. Nate con su sexualidad reprimida, su narcisismo y masculinidad tóxica. Cassie con su necesidad afectiva extrema y validación masculina constante. Lexi con su sensación de invisibilidad social y necesidad de narrarse. Maddy con su ambición desmedida, que utiliza para tapar sus traumas. O Jules con un deseo grandísimo de aceptación mezclado con una demanda de amor inestable.

En una sociedad donde, como decían Marx y Engels, todo lo sólido se desvanece en el aire, ¿a qué nos agarramos? Las respuestas las podemos encontrar en la tercera temporada, donde el elenco ya se ha hecho adulto, pero, sin embargo, los traumas que se dibujan en la primera temporada siguen latentes.

Por ejemplo, Nate se ha lanzado hacia el sueño americano clásico, quiere ser un empresario, de hecho lo es gracias a la herencia de su padre. Aunque el sueño del emprendedor a veces tiene poca diferencia con ser un mafioso, y Nate, un cobarde redomado, es todo menos alguien con la frialdad para lidiar con la jungla capitalista de California. Así es como acaba pidiendo un préstamo a un gánster y, al no poder hacerle frente, va perdiendo dedos mientras transcurren los capítulos.

Su mujer Cassie (se casan en el capítulo 3x03) encarna al principio el prototipo de tradwife, para posteriormente terminar en el misógino mundo de OnlyFans y el famoseo influencer. Representando el arquetipo bourdieuano de la violencia simbólica por excelencia. Finalmente acaba entrando en el sueño hollywoodiense de ser actriz gracias a su hermana Lexi (y gracias a la suerte, aunque esta última le durará poco).

Maddy, por otra parte, sí es una verdadera depredadora de la jungla capitalista, a la caza de mujeres vulnerables o manipulables, o ambas, para OnlyFans. La icónica Jules es una escort que vende su cuerpo a ricos de la capital a cambio de una vida acomodada y poder así perseguir su sueño de ser artista. Y Lexi se dedica a hacer cafés y lamer culos de directoras narcisistas en los estudios de Hollywood, con el fin de conseguir un empleo de guionista.

Por último, Rue, bueno, espera, Rue es otra cosa. Adicta desde la adolescencia, su madre la echa de casa por miedo a que acabe influenciando a su hermana pequeña. Entonces se hace mula de un grupo de narcos locales. En realidad en contra de su voluntad, ya que les debía dinero.

La historia de Rue representa la incapacidad de vivir una vida digna en el capitalismo; es la viva imagen de cómo el capital cancela el futuro

A causa de trabajar como mula acaba conociendo al líder de un imperio criminal llamado Alamo Brown, el cual blanquea dinero a través de diversos clubes de estriptis y prostíbulos. Durante esta travesía criminal la policía acaba pillando a Rue transportando droga, pero le ofrece colaborar. En palabras de la misma, “así es como me convertí en una soplona”.

El personaje de Rue, siempre en la cuerda floja a lo largo de Euphoria, ya sea por morir de sobredosis o asesinada por algún narco o similar, es un personaje que busca una salida en un pozo insondable de oscuridad. La historia de Rue representa la incapacidad de vivir una vida digna en el capitalismo; es la viva imagen de cómo el capital cancela el futuro.

Todes nosotres somos un poco Rue (y demás personajes del elenco) actualmente, en la vorágine de este interregno capitalista, donde la publicidad nos bombardea, los algoritmos de las redes sociales nos funden el cerebro con pornografía, consumismo, estereotipos de belleza imposibles y discursos fascistas. Mientras además trabajamos por un salario que cada vez nos permite menos sobrevivir, y nos volvemos adictos a cada cual de las drogas que el fantástico mercado nos ofrece. La historia de Euphoria es la historia sobre los monstruos que desató la modernidad. Ahora, en una sociedad de más de 8.000 millones de personas donde el capital rige con puño de hierro la vida planetaria, ¿cómo recuperaremos nuestra agencia?

Rue la busca en un dios más antiguo que el capitalismo, el dios cristiano, aunque en realidad lo que hace es ceder su agencia a un dios aparentemente más benevolente que el que domina realmente las áridas tierras californianas. Finalmente la historia de Rue acaba sin piedad, como era de esperar, porque Euphoria es una serie sin ningún tipo de compasión, donde absolutamente nadie se salva del destino guiado por las estructuras sociales.

Cuando Ali encuentra a Rue en su sofá, muerta, después de ingerir el fentanilo que Alamo Brown había camuflado entre analgésicos, de fondo suena la televisión, donde se escucha que Donald Trump y Kamala Harris están a la par en intención de voto. La política burguesa como un eco lejano de la barbarie que se desata cada día en el Oeste estadounidense. Unas escenas después, Ali se encuentra en el grupo de adictos que dirige, sentados en círculo, todos escuchan sus palabras: “Al principio pensaba que el mundo sería un lugar mejor si la gente empatizaba con los adictos (…) Creía que la empatía era la clave (…) Tal vez la empatía no ayude tanto y la auténtica enfermedad sea que la gente ya no distingue el bien del mal. Me da igual que estés pasando apuros, si envenenas a críos por dinero… eres malo. Así de sencillo. La primera causa de muerte en menores de 50 años es el fentanilo. Y no es un accidente. Es un negocio. No hablo solo de los chavales que venden pastillas falsas en las esquinas ¿Sabéis cuántos hijo putas hay detrás de esto? Desde los gobiernos que permiten fabricar los productos químicos hasta las empresas de transporte que traen esa mierda por mar (…) los polis corruptos, los putos burócratas de la frontera, las ONG que lo justifican, los abogados y los políticos que lo defienden todo”.

Ali revolotea sobre la moral como eje vertebrador. Y en cierta manera, podríamos no quitarle la razón. La moral es un conjunto de valores, normas tácitas o marcadas en tinta, donde se plantea una ética determinada. Es decir, donde se plantea como debemos ser con el otro. El problema de nuestra sociedad es que las normas morales se han naturalizado, no son vistas como dimensiones para las que reflexionar, cuestionar y cambiar, son vistas como algo innato, biológico, genético. Así es como el capital se naturaliza y se muestra cual ser ontológico en todo su esplendor, inserto en nuestros cuerpos, inseparable de nuestra identidad.

El capitalismo ha arrasado con todo, la forma mercancía ha vaciado aquella magia que bañaba el mundo de antaño. Ahora, bajo el sol de California y la crisis del fentanilo, la soga del destino ha sido lanzada a nuestros pies

En el versículo 8:32 del Evangelio de Juan se nos revela la frase: “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. No podemos negar que Euphoria como elemento cultural es sincera. Incluso a través de las críticas que el propio Sam Levinson ha recibido, tanto por narcisista, patriarcal, fetichista, controlador y cosificador. Es obvio que esa mirada subjetiva existe, y es más notable en la tercera temporada. Aun así, como Adorno nos advertía, la obra empieza a caminar fuera de la voluntad de su creador una vez es lanzada hacia la historia y los miles de ojos humanos que la componen. La mirada de Levinson, en esta tercera temporada, se consolida como una mirada conservadora, crítica pero a la vez afirmativa del paradigma republicano, donde el lobo es un lobo para el hombre.

Entre el nihilismo y el desesperado abrazo de un dios que vuelva a otorgarnos una ética queda el dilema de esta historia. El capitalismo ha arrasado con todo, la forma mercancía ha vaciado aquella magia que bañaba el mundo de antaño. Ahora, bajo el sol de California y la crisis del fentanilo, la soga del destino ha sido lanzada a nuestros pies. La valentía de la especie humana reside en recoger el testigo y construir una sociedad más justa incluso por encima de aquellas divinidades que antes nos servían para ocultar la culpa de nuestros actos. Levinson es consciente de lo descrito, pero no cree que podamos lograrlo.

La historia de ‘Euphoria’ es también la historia de nuestros días, cuando el amor, la belleza, la esperanza, el dolor, la justicia y la vida se intentan abrir camino ante un pozo insondable de oscuridad

No nos sirve a nosotres eso, debemos recuperar la agencia, arrebatársela a los entes autónomos que nos gobiernan. Se puede hacer, pero nunca a través de un sistema que se forjó en el despojo de las condiciones de sobrevivir de prácticamente toda la población del planeta. La historia de Euphoria es también la historia de nuestros días, cuando el amor, la belleza, la esperanza, el dolor, la justicia y la vida se intentan abrir camino ante un pozo insondable de oscuridad.

Como Rue nos recuerda en el último minuto del último capítulo de la segunda temporada:

Jules fue mi primer amor, o así me gusta recordarla. Aunque no sé si es del todo verdad. Me pasé casi todo el tiempo colocada. No fue fácil para ella y espero que me perdone. Seguí limpia durante el resto del curso, ojalá pudiera decir que fue decisión mía. En cierto modo así era más fácil. No sé si esta sensación durará para siempre, pero lo intento. Recuerdo que Ali me dijo que: “el poder ser buena persona es lo que me empuja a intentar serlo”. Quizá tenga algo de razón.

Al final es cierto que la disputa primordial es la que ocurre entre el bien y el mal. Entre la estructura que nos oprime y el espejo que evitamos mirar; pues nosotros damos vida a ese dios omnipresente llamado sociedad.

Quizá algún día, fuera del capitalismo, podamos ser mejores personas. Podamos ser una mejor especie. Podamos ser más humanos. No olvidemos que de los sin esperanza nos es otorgada la esperanza. Es posiblemente sobre el nihilismo que desprende una historia tan dura, desgarradora, excesiva y polémica como Euphoria que debamos de una vez por todas mirar de frente el horrible mundo en el que habitamos, para así hacernos responsables y caminar hacia su derrocamiento más absoluto.

Televisión
Drogas y sexualidad en series para adolescentes: tus hijos no quieren moralismos, quieren ver diversidad
Los productos audiovisuales de éxito dirigidos a un público adolescente parecen haber ampliado el abanico de relaciones sexoafectivas e identidades de género y reconducido el enfoque de diálogos y escenas alrededor del consumo de drogas. Espectadores, académicas y críticos audiovisuales reflexionan sobre qué hay de coherente en las demandas sociales en estos cambios y qué asignaturas pendientes quedan en la industria.
Adelanto editorial
Las últimas clases de Mark Fisher
El Salto publica en exclusiva la primera clase que Mark Fisher impartió en el curso 2016/17 en la Universidad de Londres, que la editorial Caja Negra ha recopilado en un libro.

Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.

Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra en tu cuenta.
Cargando...
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...