Opinión
La catástrofe es el capital

Las múltiples crisis ecológicas que vivimos no son accidentales. Más allá de los actores concretos, sean empresas o políticos, es el poder impersonal quien las provoca, y solamente su abolición les podrá poner fin.
Incendio Cima de Vila, Concello de Pantón, Lugo - 6
Felipe Carnotto Incendio en Cima de Vila, en Pantón (Lugo) durante el verano.

Según Meteogalicia, el de 2025 ha sido el verano más caluroso en la historia de Galicia desde que disponemos de datos. El año pasado, también, ardieron en Galicia 119.000 hectáreas según los datos de la Consellería de Medio Rural, causando especial daño en la provincia de Ourense: allí, las llamas arrasaron con casi una sexta parte de su territorio. En paralelo, la Xunta de Galicia concedió ayudas públicas a numerosos proyectos mineros, y siguió movilizando su arsenal mediático y administrativo con el objetivo de instalar una enorme planta de fabricación de fibra textil a partir de celulosa en el corazón de la comarca de Ulloa. Pese a su enorme impacto ambiental, las multitudinarias manifestaciones en contra del proyecto a lo largo del año pasado han resultado, hasta ahora, infructuosas. Galicia arde, y sus máximos responsables políticos insisten en echar aún más leña al fuego.

Seguramente, cada uno de nosotros es capaz de ponerles caras y nombres concretos a algunos de los responsables de estos hechos, empezando por quien lleva gobernando Galicia de forma prácticamente ininterrumpida desde hace casi medio siglo. Sin embargo, por mucho que resulte clarificador ponerles nombres y apellidos, e incluso resulte útil políticamente cuando se trata de congregar multitudes en las plazas de nuestras villas y ciudades, hay algo más.

No todo se explica por la codicia, ignorancia o maldad de actores concretos. De ser así, asistiríamos a un desafortunado cúmulo de casos concretos y, en última instancia, aislados. Sin embargo, su persistencia en el tiempo, así como la amplia variedad de casos concretos, encuentran su explicación última no en una proverbial maldad de nuestras élites y gobernantes (sin negar que de eso algo hay), sino en la forma concreta en la que reproducimos nuestras sociedades en el día a día. En las sociedades capitalistas, el colapso ambiental emerger como su corolario necesario.

El metabolismo capitalista

Toda sociedad humana tiene que establecer una relación colectiva con la naturaleza que le permita obtener aquello que necesita para reproducirse, un metabolismo social entre nosotros, los seres humanos, y el mundo natural que nos rodea. Lo que singulariza a las sociedades capitalistas es que esta organización colectiva del trabajo social no es establecida por la sociedad de forma consciente. Al contrario, cada uno de nosotros, aisladamente, tiene que decidir qué producir y cómo hacerlo, en la expectativa de vender sus productos en el mercado para así poder adquirir todo aquello que necesita para vivir.

A través de los precios y sus incesantes movimientos emerge de forma inconsciente una división del trabajo y una distribución de sus productos. En esto están de acuerdo los economistas convencionales. Sin embargo, no emerge solamente eso. Hay algo más. Resultado de nuestras acciones individuales y carentes de coordinación consciente emerge también, de forma inevitable, un poder extraño, ajeno a nuestras decisiones individuales y no sujeto a ninguna autoridad colectiva, un poder impersonal, inmaterial y espectral, aunque decididamente objetivo: el capital. Éste, si bien emana de nuestra propia vida social, al mismo tiempo la subordina y la fuerza a cumplir con su irredenta voluntad de expansión.

Los actos productivos no tienen solamente que producir cosas útiles para alguien (como ocurre en cualquier sociedad), sino que también tienen que producir valor, esto es, tienen que poder transformarse en dinero mediante el intercambio. Y no solamente valor, sino también plusvalor, esto es, de todo el proceso tienen que resultar más dinero del que se necesitó comenzarlo. El capital solamente entiende de números, y siempre quiere más.

En resumen, en el propio proceso de reproducirnos como sociedad en el día a día, reproducimos también un poder ajeno que, pese a emanar de nuestras propias acciones, parece adquirir vida propia, y que acaba por subordinar nuestros deseos a su ciega voluntad de autoexpansión. La vida, en las sociedades capitalistas, adquiere irremediablemente este cariz trágico: al reproducir nuestra vida, reproducimos también aquello que la niega.

La naturaleza capitalista

La producción de todo aquello que nos es útil y necesario para reproducir nuestra vida requiere de una interacción continua con nuestro entorno natural. Sin embargo, este último tiene sus propios ritmos que tienen que ser respetados para reproducirse adecuadamente, ritmos que entran en creciente conflicto con los requisitos cada vez más exigentes que les impone el capital.

El capital, potencia ciega, no solamente ignora estos límites, sino que intenta trascenderlos como sea. Como detalla la politóloga norteamericana Alyssa Battistoni en su libro Free gifts. Capitalism and the politics of nature, todo aquello de lo cual la naturaleza le provee, y sin lo cual no podría siquiera existir, el capital lo entiende como un regalo. El caso de la potencial planta de celulosa de Altri, en Palas de Rei, ejemplifica la amplitud y ubicuidad de sus efectos.

Por un lado, el capital modula aquellos elementos que entran directamente en el proceso de producción para que mejor le sirvan en su proceso de autovalorización. En Galicia, de forma paradigmática, las exigencias de rentabilidad de la industria maderera imponen presiones, ineludibles por muy abstractas que sean, para sustituir variedades autóctonas de más lento crecimiento por un monocultivo del eucalipto que ya anega el país. O, de forma análoga, las explotaciones ganaderas tradicionales sucumben gradualmente ante la acción de las macrogranjas en las cuales la alteración genética de los animales, y su maltrato consciente, son elementos constitutivos de su rentabilidad. El capital produce una naturaleza propia conforme a lo que necesita de ella.

Por otro lado, sin embargo, sus nocivos efectos no se limitan a aquellos procesos y elementos que entran directamente en los procesos de producción orientados hacia el mercado. Bajo el lenguaje técnico de las mal llamadas “externalidades” se esconden múltiples efectos, desde el abandono del mundo rural debido a la cancelación de otros usos alternativos, haciendo así del país un territorio aún más inflamable, hasta la alteración de los ciclos hidrológicos a causa de sus ingentes demandas de agua y de los vertidos contaminantes en los mismos.

Más allá del capital

En las sociedades capitalistas, la única posibilidad de tener acceso a las condiciones que nos permiten reproducir la propia vida es comulgar con las demandas que el capital nos impone. En el proceso de reproducirnos como sociedad, seguimos alimentando a la bestia. El capital es tanto condición de vida como promesa de muerte. Nuestros cuerpos, nuestros bosques, nuestros mares, todos ellos tienen condiciones propias de regeneración que el capital no puede sino ignorar. La catástrofe ecológica es su necesario corolario.

Sin embargo, el colapso no es el único futuro posible, aunque a veces así lo pueda parecer. Frente a la anarquía que el capital promueve, es preciso trabajar para alcanzar una regulación consciente de nuestra relación metabólica con nuestro entorno natural que respete sus límites y sus requisitos, que no subordine la totalidad del planeta a obscenas ambiciones de lucro, que reconozca que nosotros mismos somos naturaleza. Solo así tendremos un futuro que legar a quienes vengan después de nosotros, y un presente que verdaderamente merezca la pena vivir.

Análisis
Análisis
Del fuego al futuro, repetir o cambiar
¿Por qué arde el monte? ¿Quién lo quema? ¿Por qué lo queman? ¿Se pueden prevenir los incendios o son un mal endémico? Ningún problema complejo tiene soluciones sencillas, pero todas estas grandes preguntas tienen respuesta desde hace mucho tiempo.

Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.

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