Residuos Grecia
Carolin Schubert (izq.) e Irene Canalís (der.) en el 'Tiamat', en el puerto griego de Mytikas, dejan en tierra el plástico recogido en varios días de navegación para reciclarlo. Mercedes Ortuño Lizarán
18 sep 2026 06:00

Tiamat es la diosa del mar, formada a partir del agua salada, según la mitología babilónica. Cuenta la leyenda que murió durante una atroz batalla contra sus hijos y que de los dos trozos en los que acabó dividido su cuerpo surgieron la tierra y el cielo. Tiamat es ahora también el nombre de un antiguo velero de regatas de dieciséis metros de eslora reconvertido en el hogar flotante de los Clean Beach Pirates, un proyecto internacional sin ánimo de lucro que combina la navegación y la vida comunitaria a bordo con la limpieza de basura –sobre todo plásticos— en la paradisíaca costa de las islas Jónicas.

A lo largo del verano, cada semana, unos siete u ocho piratas se embarcan en el Tiamat con el objetivo principal de llenar sacos y sacos con botellas, tapones, corchos y todo cuanto encuentren en las playas; pero también con el espíritu crítico y la serenidad de pararse a observar y cuestionar su alrededor sin la prisa, el individualismo y la frivolidad a los que ya hace tiempo nos habituamos.

“Tiamat nos representa porque es el símbolo de que, en medio del caos, pueden existir otras formas de cuidar y vivir el mundo. De la destrucción puede brotar la vida”, explica Irene Canalís, capitana del barco y presidenta de la Associació Tiamat Creacció, organización que se encuentra detrás de Clean Beach Pirates y unas cuantas ideas más, como Monstruas al timón, un colectivo transfeminista de navegación a vela con sede en Barcelona.

Paisajes de postal llenos de basura: la historia de los piratas

Aunque después de casi dos años liderando la nueva etapa de Clean Beach Pirates ya siente el proyecto como suyo, la idea original no es de Irene. De hecho, acabó en sus manos fruto de la más pura casualidad: llegando con su viejo velero al puerto de la pequeña isla griega de Kastos en otoño de 2024, una tormenta la obligó a abarloarse a un ferri, justo al lado de otro barco, mucho más grande que el suyo, que también había tenido que servirse de la embarcación para atracar en medio de la tempestad.

—Tú necesitas un barco más grande —le soltó, sin conocerla de nada, Nol Schade, un holandés septuagenario que llevaba entonces unas dos décadas viviendo y navegando en Grecia desde el velero de un amigo con el que viajaba—. ¿Conoces a los Clean Beach Pirates?

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El Tiamat fondeado en la playa de Marmagkas, en el noreste de la isla de Ítaca. Mercedes Ortuño Lizarán

Ítaca, la mítica isla de Odiseo, mayo de 2019. Eran las puertas de un verano que se vislumbraba sin demasiado trabajo para Nol con los turistas que habitualmente alquilaban su barco de entonces, una goleta de 23 metros. Un día, en uno de sus paseos por las orillas del Jónico con su amigo Antoine Woestelandt —un joven francés al que conoció como se conocen los navegantes, en el mar—, ambos quedaron impactados por la cantidad de plásticos que había en la playa. “Era demasiado. Teníamos que hacer algo más que navegar con turistas todo el rato”, relata al otro lado del teléfono el patrón de barco —y también artista— holandés.

Comenzaron a limpiar la basura en ese mismo momento y, para cuando quisieron volver a la goleta, habían llenado su dingui con los residuos recogidos en apenas un rato. “Al ver esa barbaridad de plásticos no pude contener las lágrimas. No era capaz de apreciar la belleza; solo veía ya la basura. Estamos destrozando este mundo”, lamenta Nol. Aquello tenía que seguir y necesitaban más manos. Surgió así la idea de buscar voluntarios para pasar unos días a bordo limpiando playas de las islas Jónicas.

“El objetivo es hacer algo alegre frente a toda la mierda. El mundo de la vela moderna siempre ha sido elitista, poco accesible y caro”, argumenta Irene Canalís

Se hicieron con sacos grandes para la basura, eligieron un nombre y diseñaron un logo, abrieron una página en Facebook, contactaron con universidades… “Estudiantes y gente realmente creativa ayudaron mucho al principio a hacer correr la voz”, cuenta un Nol agradecido, especialmente a la navegante y creadora de contenido francesa Justine Lorthios, que contribuyó con vídeos que circularon rápidamente en redes sociales. Ese mismo verano consiguieron llegar a diez mil seguidores en Facebook. “Empezamos a finales de mayo y a mediados de junio ya estábamos llenos de reservas. La idea gustó y despegó”, recuerda Nol.

Pero la pandemia llegó más rápido que el siguiente verano y todo se paró. Nol volvió a Países Bajos y, tras dos años sin apenas ingresos, no podía mantener su barco y tuvo que venderlo, así como una casita que tenía en el Jónico. Además, en ese tiempo conoció a quien ahora es su esposa. A sus 72 años, se ha casado por primera vez en su vida y está reformando su casa en la provincia holandesa de Frisia. “Es difícil porque un pedacito de mi corazón sigue en Grecia. Fueron veinte años”, subraya.

En parte por esa nostalgia, en parte por el cariño que le tenía ya a Clean Beach Pirates y en parte por lo necesario que veía que un proyecto así siguiera adelante, en 2024 Nol convenció a otros dos amigos holandeses —un astillero y otro experto navegante— de que debían intentar reflotar aquella idea. Así que compraron un antiguo velero de regatas muy barato para ser un barco, 15.000 euros, y se pusieron manos a la obra.

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Irene carga en el dingui un saco con plásticos recogidos en la playa de Marmagkas. Mercedes Ortuño Lizarán

“Decidimos darle otra oportunidad a Clean Beach Pirates y aportar nuestra experiencia, mucho esfuerzo y algo de dinero”, explica el marinero. Mientras ponían a punto la nueva casa flotante —eso que a día de hoy es el Tiamat— empezaron a contactar de nuevo con escuelas y universidades para difundir el proyecto. Sin embargo, a diferencia de lo fácil que había resultado en el verano de 2019, esta vez no lograban despertar el interés de la gente. “El barco estaba casi terminado y no lo veíamos claro”, rememora Nol sobre algunos momentos de desaliento.

Pero entonces, en medio de aquella tormenta en Kastos:

—No conozco a los Clean Beach Pirates, pero pirata sí soy —le respondió Irene, los dos abarloados al ferri desde sus barcos.

Activismos en torno al mar

Se tiraron un rato hablando, primero en la distancia y luego en el velero del amigo de Nol. Irene dijo que sí por una mezcla de impulso e instinto, sin tiempo de meditarlo demasiado. “Pasaba el tiempo y un día ya me di cuenta de que estaba dentro completamente. Siempre había soñado con hacer algo así, algo ecosocial. Igual esa fue la señal, la manera de materializarlo”, observa esta mallorquina de 29 años, muy ligada al mar y la navegación desde siempre.

Irene ya estaba involucrada en movimientos activistas y seguía muy de cerca otras iniciativas de las que aprender y tomar ideas. Por ejemplo, Coyote sin fronteras, un colectivo barcelonés de vela que organiza trabajos de mantenimiento, salidas y clases “desde unas prácticas antifascistas, transfeministas, antirracistas, antisionistas y con conciencia de clase”, como se describe en su perfil de Instagram. Este grupo bebe mucho a su vez en la extinta Cofradía de Navegantes Anarquistas de Barcelona, cuyo objetivo era fomentar la navegación entre todas las personas, al margen de su condición socioeconómica. Para lograrlo, entre otras cuestiones, contaba con una escuela autogestionada de navegación.

La diversidad de activismos en torno al mar es tan inmensa como el propio océano, con buenas ideas de justicia social y de lucha contra el cambio climático en cada rincón. Existen desde organizaciones solidarias de ayuda a los migrantes que cruzan distintos puntos del Mediterráneo para llegar a Europa, como Alarm Phone y Sea Punks; a la Global Sumud Flotilla —heredera de las diferentes Flotillas de la Libertad—, que ha intentado en dos ocasiones romper el bloqueo israelí y llevar ayuda humanitaria a la población de Gaza; hasta barcos y buques con sofisticados sistemas para limpiar playas y mares, dedicados a la protección de los océanos y sus ecosistemas, como The Ocean Cleanup y Sea Shepherd.

Basado también en la economía circular, Gravity Wave rescata plásticos del Mediterráneo para reciclarlos y darles una segunda vida. Aunque quizá la iniciativa más curiosa de este tipo sea The Flipflopi Project, surgida en la isla keniana de Lamu en 2015. Su nombre proviene del inglés flip flop (chancla), dada la cantidad de este tipo de calzado que recogían sus fundadores en las playas del Índico, arrastradas por la corriente; tantas que se contaban por decenas de miles. Con las chanclas y con otros plásticos comenzaron a construir dhows, las embarcación suajili por excelencia, en los que ahora navegan concienciando a comunidades locales del este de África sobre la importancia de la lucha contra el cambio climático.

Todos estos y otros proyectos son ejemplo para Clean Beach Pirates, que por puro azar salió adelante como organización aquel otoño de 2024 en mitad de la tormenta de Kastos, cuando las esperanzas de Nol ya estaban casi desvanecidas. Pese a que él continúa unido desde la distancia, y de hecho ha compartido una semana de julio con los piratas a bordo del Tiamat en Grecia, “ya es el proyecto de Irene”, asegura.

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Pau carga en el Tiamat los primeros sacos de basura recogida en la costa de la isla de Lefkada. Mercedes Ortuño Lizarán

A ella la acompañan en esta aventura dos amigos: el catalán Paco Jofra y la alemana Carolin Schubert. Los tres forman el núcleo duro de Clean Beach Pirates, aunque otras dos personas están a punto de unirse como miembros de la organización y varias colaboran puntualmente o en aspectos muy concretos que se pueden hacer desde tierra, como tener la página web siempre a punto y gestionar las redes sociales. La mayoría de ellos combina trabajos temporales o en remoto a jornada parcial con su faceta activista. “Hemos aprendido que es mejor hacer las cosas con calma”, resuelve —mitad conclusión, mitad consejo— Irene desde la proa del Tiamat, echada el ancla y plegadas ya las velas, mientras empieza a caer la noche sobre las aguas de Nidrí, en la costa este de Lefkada.

“El mar como espacio comunitario del que todo depende”

Esta turística y animada ciudad es la base para recibir y despedir semanalmente a los piratas. Aquí acaba la travesía, tras una última jornada que ha comenzado muy pronto en la isla de Kalamos llenando los últimos sacos de basura. Un día puede cundir mucho cuando no se piensa en exceso en la siguiente actividad: recoger esos plásticos, desayunar las sobras de la semana, navegar entre una infinidad de islas e islotes, llegar a puerto para dejar decenas de sacos de basura, recorrer el pueblo, darse por fin una ducha de agua dulce, comer saganaki, tzatziki y una variedad de pescados frescos a la orilla del mar, hacer fotos analógicas, remar en kayak, tocar la guitarra y cantar bajo la Vía Láctea, dibujar el paisaje o inventar monstruos marinos como la propia Tiamat, representada a menudo como una dragona.

Esa es la esencia de Clean Beach Pirates: “Situar el mar como espacio político, espiritual y comunitario del que depende todo”. No se trata solo de limpiar playas, sino también de compartir la pasión por el océano y el compromiso social respecto a temas como el cambio climático, la igualdad a todos los niveles y la autogestión. El proyecto va igualmente de “acercar el mar a las personas y las personas al mar”, resume Irene, que aboga por la deselitización de la navegación y, en particular, de la vela, en línea con los principios de los mencionados Coyote sin fronteras y Cofradía de Navegantes Anarquistas de Barcelona.

“El objetivo es hacer algo alegre frente a toda la mierda. El mundo de la vela moderna siempre ha sido elitista, poco accesible y caro. Es muy bonito poderse acercar al mar, a estar en el barco, a la unión con las estrellas… Es muy poderoso. Y la transformación que se puede dar desde un espacio de conexión así creo que puede ser más duradera”, argumenta.

A cambio de una semana a bordo, cada pirata aporta una donación de dinero o de tiempo en función de lo previamente acordado con el equipo, con lo que se hace frente a la deuda por el barco, las reparaciones que puedan surgir, el seguro y los materiales para la recogida de plásticos, entre otras cosas. A esto se suma un bote de unos cincuenta euros por persona para comprar comida y cocinar de forma conjunta y vegetariana.

Nol Schade:“Sé que será muy difícil, pero estamos destrozando este mundo y aún estamos a tiempo de hacer algo para cambiarlo”

En este primer verano de la nueva vida de Clean Beach Pirates, “la idea tiene acogida y está gustando”, celebra Irene: “A la gente le interesa. Le ve el sentido a la combinación de navegar y cuidar de la costa”. Pese a que el Tiamat está abierto a todas las personas de cualquier parte del mundo que compartan los valores fundamentales de la organización, ella y sus compañeros pensaban que iba a suscitar mayor interés en la gente joven, pero la realidad es que los grupos son muy heterogéneos. “Nos estamos dando cuenta de que es bonito cuando viene gente de diferentes generaciones. Hay algo muy potente ahí porque cada vez tenemos menos espacios intergeneracionales en nuestro día a día, y es bonito que esa situación se dé en un barco. Ganamos mucho cuando tenemos a gente de diferentes edades”, valora.

Así es esta semana: a Irene y Caro, que están fijas como parte de la organización durante el mes de julio, se les ha sumado otra amiga, Stani, una búlgara de 23 años que se ocupa de las redes sociales del proyecto, así como Pau, un chaval a punto de empezar la universidad, Laura y Óscar, otros dos tripulantes que rondan los 50 y los 60. 

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De izquierda a derecha, Stani, Irene y Caro suben los sacos llenos de plástico desde el kayak al Tiamat para después dejarlos en tierra y que se reciclen. Mercedes Ortuño Lizarán

Tiene sentido que en estos primeros compases de vuelta a la vida, los Clean Beach Pirates sean en su mayoría amigas, amigos de amigos, conocidas, vecinos, tíos de la amiga del primo… Aunque también hay ya algunas personas que han llegado sin tener ninguna relación con ningún miembro del proyecto. Irene espera que esto sea cada vez más frecuente, porque significará que la labor de divulgación y concienciación está dando sus frutos y la red se va haciendo más y más grande.

Según la estimación de la Fundación Ellen MacArthur de economía circular, si la tendencia de consumo y contaminación se mantiene, en 2050 los océanos podrían contener más plástico que peces

“Veo más barcos y más piratas en distintos territorios haciendo lo mismo. Ojalá una gran red de piratas autogestionada que hagan esto en diferentes lugares”, imagina sobre el futuro, teniendo en cuenta además que la realidad en Europa respecto a la contaminación por plásticos, por mala que a veces sea, es mucho mejor que la de, por ejemplo, ciertas regiones de África o Asia. Según la estimación de la Fundación Ellen MacArthur de economía circular, citada en un informe del Parlamento Europeo, si la tendencia de consumo y contaminación se mantiene, en 2050 los océanos podrían contener más plástico que peces.

Nol comparte el deseo de Irene y también sueña con que Clean Beach Pirates se convierta en “un movimiento gigante único”, muchos grupos pequeños coordinados para hacerse grandes: “Sé que será muy difícil, pero estamos destrozando este mundo y aún estamos a tiempo de hacer algo para cambiarlo”.

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