Navarra
El cambio en Navarra: no todo vale

De cara a combatir una hipotética banalización del término, la ciudadanía debe reivindicar las medidas en que queda materializado el cambio político y social que ansiamos y denunciar las prácticas contrarias a esta voluntad popular.

cambio navarra
Uxue Barkos junto con el resto de consejeros/as del Gobierno de Navarra. Foto:navarra.es
Irene Otal

publicado
2018-08-31 16:29:00

Dentro de nuestro rico acervo lingüístico existen términos cuyo significado viene a construirse a partir de aquellos otros a los que originariamente se contraponen. Su contenido pende y depende del de su referente opuesto por definición, y sin la existencia de éste último la suya prácticamente pierde sentido. Es lo que ocurre con el concepto de cambio en sentido estricto: ¿qué posibilidades tendría sin un estado previo, perfectamente definido pero susceptible de ser modificado y contrapuesto por una realidad claramente diferenciada?

En 2015, la victoria de la suma electoral conformada por los partidos “progresistas” en Nafarroa frente al obtenido en las urnas por el bloque UPN, PSOE y PP abrió un nuevo ciclo político y, con ello, nuevas oportunidades para nuestro pueblo y sus gentes en su mayoría ansiosas por materializar una auténtica reversión social que acabara con la precariedad multifacética y opresión sistémica a la que se veían sometidas. Este fenómeno, insólito en nuestra comunidad, fue bautizado desde los inicios como la llegada del cambio y ya desde el comienzo los cuatro partidos firmantes del Acuerdo Programático en Navarra hicieron un gran esfuerzo por alcanzar acuerdos por encima de las diferencias e ir completando de contenido común la idea de cambio,
esquivando el vacío conceptual y alejándola de su concepción en base al mero contraste de siglas.

También a lo largo de la legislatura hemos asistido a férreos y paulatinos intentos de vincular ideas políticas al concepto en sí mismo, continuar dotándolo de entidad propia e independizarlo de experiencias gubernamentales anteriores. Con mayor o menor intensidad, siempre ha estado presente la voluntad real de hacer comprender, e incluso convencer, de que no sólo se trataba de desbancar a UPN tras sus 19 años interrumpidos de cómoda gobernanza, sino que las cuatro fuerzas aterrizaban en el arco parlamentario rebosantes de medidas perfectamente dignas de ser
implementadas y gestionadas eficazmente desde un plano institucional sin desatender las demandas sociales paralelas que fueran floreciendo, políticas pensadas y diseñadas para logar una auténtica profundización democrática, garantizar los derechos y libertades de todas y para todas e instalar un nuevo modelo socioeconómico en Navarra al margen y con independencia del anterior ideado y sustentado por el Régimen.

Sin embargo, una vez culminada la mayor parte de la legislatura y a escasos meses de volver a las urnas hemos de preguntarnos: ¿podemos considerar cumplido este objetivo?, ¿existe una correspondencia real entre el sentido del voto ciudadano dirigido a alcanzar el cambio en Nafarroa y las políticas encaminadas a lograrlo realmente o nos hemos visto relegadas a lo meramente estético en el plano fáctico sin mayor afán que evitar una vuelta de la derecha tradicionalista a nuestras instituciones?

El aumento exponencial que las alusiones al cambio está experimentando en las últimas semanas por parte de distintas fuerzas políticas y, principalmente, el Gobierno de Navarra, es evidente y no cabe obviar ni la reflexión a la que ello invita ni la preocupación paralela que está generando entre la ciudadanía. En efecto, en el recurso a la nueva etapa abierta tras 2015 parece haberse encontrado el frame ideal no sólo para definir y revalorizar la actividad política de esta legislatura, sino también para justificar sorpresivas decisiones políticas del propio Gobierno, virajes inhóspitos y evitar evidenciar diferencias surgidas entre los socios del cuatripartito. Como si de una fórmula mágica se tratara, y presuponiendo contar con la empatía de la mayoría de la sociedad navarra nada más mencionarse, el recurso al mismo está generalizándose hasta alcanzar peligrosas cuotas. 

De cara a combatir una hipotética banalización del término, la ciudadanía debe continuar defendiendo con fuerza la concreción y dimensión de nuestras aspiraciones depositadas en forma de voto en las últimas elecciones, reivindicar las medidas en que queda materializado el cambio político y social que ansiamos y denunciar las prácticas contrarias a esta voluntad popular. No podemos permitir rebajar nuestras exigencias dirigidas a hacer de Nafarroa un territorio en el que todas quepamos sucumbiendo a la mera amenaza de una posible vuelta de UPN.

Las fuerzas políticas que abusan de esta técnica para justificar pactos de silencio, concesiones al Régimen o falta de valentía a la hora de enfrentarse a herencias envenenadas recibidas del mismo, merecen ser recordadas que la ciudadanía tenemos una forma ya definida de entender el cambio y que es esto, y no otra cosa, lo que pedimos cuando en ellas confiamos electoralmente. Porque cambio también debe ser otra forma de hacer política, simboliza el diálogo entre diferentes y el debate entre iguales. Necesariamente debe pasar por arrebatar el control de nuestras ciudades a las élites socioeconómicas para ponerlas a disposición de la gente y situar a las personas y la vida en el centro de las políticas. Porque a nadie se nos escapa que cambio no es perpetuar las desigualdades que genera la propiedad privada, ni tampoco ordenar a la Policía desalojar violentamente un edificio repleto de comunidad, desahuciar proyectos populares ni arremeter contra las vecinas empoderadas que sólo quieren ser las guionistas, actoras y dueñas de sus propias experiencias. El cambio no es un término vacío susceptible de manipulación; tiene entidad propia y dimensión única para la mayoría social. 

Por todo lo anterior, aprovechando y aprendiendo de la experiencia acumulada, y bajo la expectativa de lograr una profundización del cambio social en Nafarroa –más allá de revalidar un Gobierno con apellido “progresista” y nombre incierto– hemos de exigir un debate real de programas políticos, transparencia absoluta en lo que se refiere a posibles pactos postelectorales y, sobre todo, una apertura de espacios de diálogo horizontal, colectivo y plural que permitan conformar alianzas populares representativas de los intereses de la mayoría de la sociedad navarra. 

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