Massive Attack y ‘Blue lines’, en la ensoñación trip hop

35 años después de la publicación de ‘Blue lines’, su estela no deja de expandirse. Inventores de la sensibilidad trip hop, la pulsión íntima aplicada por sus autores, Massive Attack, sigue siendo el faro para todas las hordas abonadas a la electrónica azul que, a día hoy, únicamente, sus vecinos Portishead han conseguido igualar en impacto emocional y estilo.
Massive Attack
Massive Attack en una fotografía con Shara Nelson que colaboró en el álbum "Blue Lines" (1991)
4 jun 2026 06:00

Ahora que Massive Attack retoman el pulso de la actualidad gracias a su memorable colaboración con Tom Waits en Boots On The Ground y a su actuación en el festival Primavera Sound en Barcelona, cabe recordar lo que sucedió en el arranque de los años 90, cuando los de Bristol abrieron una vía electrónica que invitaba al recogimiento personal y al onirismo hip hop sincopado. Una fórmula que a revolucionó la mentalidad pop de su época a través de Blue lines (1991), piedra filosofal de lo que fue bautizado como trip hop por parte de una prensa musical que, de golpe, desvió la mirada de una Madchester en decadencia hacia una ciudad portuaria como Bristol.

Con el paso de los años, la apertura social derivada de la situación geográfica de la ciudad generó una macedonia musical autóctona sustentada en el soul, el funk y el reggae, procedente de las diferentes comunidades que se fueron estableciendo en un Bristol de corazón pospunk, con bandas clave como The Pop Group, de la que Mark Stewart se erigió como sabio agitador de tendencias. Unas que iban de lo industrial al dub, en un mensaje que caló hondo, a mediados de los años 80, en The Wild Bunch, colectivo musical integrado por Robert Del Naja, 3D, Daddy G, Mushroom y Tricky, entre otros.

A esta conjunción de mentes inquietas que plantaron la semilla de Massive Attack hay que sumar a Nellee Hooper, productor de Soul II Soul, quizás el precedente masivo conectado más profundamente a los beats hipnóticos que ensamblaron Del Naja y los suyos a través del crossover definitivo de dub y jazz. El mismo del que mamaron grupos capitales como Portishead, hasta el punto de sintetizar su fórmula en una pulsión más concreta de ritmos espectrales, tan ralentizados que parecen ser absorbidos por el mantra crackológico que envuelve cada uno de sus dos primeros álbumes.

Sin embargo, aunque incluso Tricky fue más lejos que nadie más a través de un trago largo de futurismo distópico como Maxinquaye (1995) y su proyecto Nearly God, las claves de la receta tantas veces adulterada en años posteriores ya se encontraba en los mismos créditos de la carpeta interior de Blue lines, donde se cita como influencias a P.I.L., Neville Brothers, Marley Marl, Mahavishnu Orchestra, Isaac Hayes, Herbie Hancock o Billy Cobham.

Precisamente, un sample de batería sincopada de este último sirve de base para edificar la primera pieza del álbum,“Safe from harm”. Este cortesimboliza con todo detalle la profunda cualidad atmosférica y enigmática de un destilado soul planeador empujado, literalmente, a la estratosfera acústica por medio de “Unfinished simpathy”, a día de hoy el punto cardinal de la discografía cimentada por los bristolianos. Fue a través de este single como Massive Attack no solo definió un sonido, sino que le proveyó de unas facciones reconocibles a la altura de una misión por sintetizar la denominada electrónica azul, u otoñal, como se prefiera calificar, de la que surgió una vía de la que se han servido figuras que van de Radiohead a Hot Chip, pasando por Throbbing Pouch, Pole o The XX.

A partir de dicho punto de partida, el gen mutable inyectado por Massive Attack ha derivado en toda clase de ramificaciones, de la electrónica hip hop abstracta al pop minimalista. Todas claves de un sentir que, en cierta manera, quedó simbolizado en “Aftermath”, tema de Tricky perteneciente a Maxinquaye, que, en su momento, pudo formar parte de Blue lines, pero que 3D rechazó porque, directamente, dijo que era una mierda, a lo que añadió que Tricky jamás sería productor.

Cuatro años más tarde, dicho descarte formó parte del debut del propio Tricky, en el que estiró la fórmula trip hop hasta extremos casi irreconocibles, con “Aftermath” como ejemplo sintomático de lo que, a día de hoy, se puede entender como la reinvención del blues dentro de la caligrafía trip hop.

Maxinquaye fue también resultado de lo que Blue lines propagó como influencia surgida de un arte casi virgen en aquellos tiempos: el DIY sampleado casero, con el que miles de productores y músicos se encontraron ante una gran libertad creativa, sin tener que salir de su casa para grabar y producir. Y que tuvo tanta repercusión en la forma de crear música como lo fue el punk en su momento, cuando la ley de la técnica instrumental quedo desechada en pos de una legión de soñadores musicales que entendieron el beneplácito de la crítica y el público hacia formas musicales menos depuradas y académicas. Una fuente de poder artístico ilimitado dentro del canon asociado al error como forma compositiva.

En el caso de Blue lines, la receta consumada por 3D, Del Naja y Mushroom provenía de una sutil paleta sónica de ADN dub, cuyos tentáculos se introdujeron en la cultura pop justo en el momento en el que la liturgia indie y el credo dance encontraron un meridiano integrador en Screamadelica (1991) de Primal Scream, símbolo de una cultura de la que Blue lines representó el fin de la euforia rave. En su caso, una pulsión club de afterhours para una audiencia que comenzó a entender la tensión electrónica como una rítmica intimista. Una más cercana a una escucha relajante, resacosa, que a un disparador de endorfinas hasta la pista de baile.

Otro camino asfaltado por Massive Attack en su primer LP fue el concepto de una formación mutable, con una base sobre la que se alternan diferentes cantantes que aportan contrastes a un núcleo al que, a que, a lo largo de sus discos, se han sumado voces como Tricky, Elizabeth Fraser, Sidnead O’Connor y hasta el anteriormente mencionado Tom Waits. De esta idea, con una base de productores y un plus de miembros itinerantes, se han apropiado desde Gorillaz hasta Daft Punk, entre muchos otros.

De vuelta al LP en sí, la patente impuesta en los cortes de Blue lines definió una cadena en crecimiento de artistas ligados a sus enseñanzas que va desde Björk hasta el primer James Blake. Máximos referentes de una integración de la emotividad hidropónica como marco de rítmicas vaporosas, reduciendo los beats por minuto al máximo, de 90 a 64. De esta ralentización extrema no solo tomaron buena nota gurús de las atmósferas electrónicas nocturnas como Burial o Wagon Christ, sino también grupos surgidos de la ortodoxia postrock británica como Bark Psychosis o Laika.

La estilización sónica de ‘Blue lines’ sigue siendo la línea de flotación que condensa las virtudes más representativas del discurso sonoro de Massive Attack

Desgraciadamente, el camino labrado desde la sombra de Blue lines derivó en un listón insuperable para los bristolianos. Por más que Protection (1994) haya ganado en consideración con los años y Mezzanine (1998) se haya convertido en su título más exitoso e, incluso, emblemático para mucha gente y prensa musical, lo cierto es que la estilización sónica de Blue lines sigue siendo la línea de flotación que condensa las virtudes más representativas de su discurso sonoro.

Haber creado un artefacto que sigue sonando fruto de un experimento bien avenido, tal como en su momento lo fueron Metal Box (1979) de P.I.L., Isn’t Anything (1988) de My Bloody Valentine, Music Has The Right To Children (1998) de Boards Of Canada u Original Pirate Material (2002) de The Streets, induce a pensar en Blue lines como otro de los (contados) incunables surgidos contra las caligrafías establecidas de sus respectivas ligas estilísticas. Así de innovador sonaba hace 35 años este Dorian Grey de libro y así lo sigue haciendo, de forma tan relevante, tanto tiempo después.

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