Memoria histórica
Crónica de un monumento desahuciado

¿Derribar o resignificar y reconvertir? El debate sobre qué hacer con el Monumento a los Caídos irrumpe en Pamplona.

Monumento a los Caídos
Monumento a los Caídos de Pamplona Jone Arzoz

publicado
2017-09-13 08:45:00
Al final de la avenida Carlos III de Pamplona se alza desde hace décadas el Monumento a los Caídos, con el mausoleo a Mola y Sanjurjo, los artífices del golpe que provocó la Guerra Civil, la matanza en la retaguardia, y la dictadura franquista. Una suerte de réplica del Vaticano combinada con Los Inválidos de París, cuya cúpula destaca como un erguido obús sobre el cielo plomizo de la ciudad y cuya existencia es cuestionada abiertamente por la mayoría de la ciudadanía.

Tras la reciente exhumación de los restos de los golpistas se abre el debate sobre su futuro definitivo que, en principio, debiera resolverse en la actual legislatura. Esta es la urgencia que ha impulsado a la asociación memorialista ZER Dilemas Urbanos y Derivas Ciudadanas a plantear las jornadas ‘¿Qué hacemos con el Monumento a los Caídos?’, que han reunido a artistas, historiadores y activistas de la memoria. El evento se ha saldado con un notable éxito de público y, pese a lo sensible del tema, con un debate rico y de calidad.

¿Derribo o resignificación memorialista? Ha sido la disyuntiva que se ha discutido largo y tendido, siempre en el marco del respeto a la memoria histórica, y que ha removido argumentos y sensibilidades a favor de las distintas opciones y sus variantes.

Las asociaciones memorialistas cuestionan la continuidad de un edificio que ofende la memoria de las víctimas y que en los últimos tiempos ha sido utilizado de manera habitual como sala de exposiciones municipal. Mientras en la cripta la Hermandad de los Caballeros Voluntarios de la Cruz —un grupúsculo carlista residual— sigue convocando misas a mayor gloria de los golpistas, se han celebrado justo encima exposiciones artísticas por el euskara o desfiles de moda. Un “sinsentido”, denuncian desde estas organizaciones.

Las opciones parecen ser dos: el derribo y la reconfiguración del entorno como parque de la memoria, o su resignificación como museo de la represión del fascismo nacional–católico.

Se alternan emociones y razones que dan lugar a dudas y paradojas… Y ahí surge la discrepancia. El artista Francesc Torres, uno de los participantes, describió que su primer impulso era bombardearlo, para añadir a continuación que tras una reflexión sosegada era más partidario de reconvertirlo en un centro artístico para combatir el horror. La rabia justificada frente a las bondades de la pedagogía: cómo, partiendo del mismo rechazo absoluto al Monumento y a su simbolismo golpista, el debate se convirtió en un complejo caleidoscopio, donde una ola de pasiones populares a favor de la piqueta se cruzó con las reflexiones de artistas e historiadores que propusieron una profunda, y a vez escrupulosa, resignificación.La piedra de toque de la discusión fue el valor del edificio. Para muchas personas una mole de hormigón y piedra de sillería de estética totalitaria que domina la ciudad, para otras, justamente por ello mismo y debidamente señalizada e interpretada, la mejor lección tangible contra el fascismo. No cabe duda de su “valor de discordia” (streitwert), el concepto propuesto por Gabi Dolff-Bonekämper para aludir a la capacidad de provocar polémica. 

Soluciones para todos los gustos

¿Puede convivir el estigma del fascismo con la pedagogía democrática? En las jornadas se mostraron diferentes soluciones en lugares de la memoria marcados por el horror: desde el campo de exterminio de Auschwitz hasta el Centro de la memoria en la tristemente célebre Escuela de Mecánica de la Armada de Buenos Aires, del Centro de documentación sobre el nacionalsocialismo —al lado del derribado Templo de honor nazi— en la Königsplatz de Múnich, al Centro de documentación del fascismo en la antigua Casa del Fascio de Predappio, el pueblo natal de Mussolini. Las polémicas inacabables ofrecen soluciones para todos los gustos: derribos, levantamiento de museos-contenedores, o intervenciones de factura posmoderna, entre otras.

Más allá del dilema derribo-resignificación, el problema es que hace falta una política diferente y más activa de la memoria histórica. Como evidenció A sus muertos, el documental que estrenó Clemente Bernad, la mayoría de la población, especialmente la más joven, lo ignora todo sobre el Monumento a los Caídos. Pese a su preeminencia urbanística como remate de la “avenida imperial” del Segundo Ensanche, y gracias a la desmemoria alimentada por los Gobiernos anteriores, apenas se conoce su origen o su función. “Una iglesia”, contesta la mayoría de los entrevistados en el cortometraje. “Un monumento romano”, aventura un estudiante despistado.

Tras el primer impacto de las exhumaciones, la reflexión colectiva iniciada en las jornadas ha reavivado el debate ciudadano. Entre tanto, la intelligentsia navarrista, más o menos civilizada, no se ha quedado atrás: lanzó una campaña mediática con rezos de desagravio a las puertas de ‘Desenterrados’ —la exposición sacrílega de Abel Azcona—; se revolvió en el Consistorio pamplonés a cuenta del proceso de exhumaciones y, finalmente, ha lanzado la iniciativa para reconvertir el Monumento en un “museo de la ciudad” dedicado al urbanismo y a la historia local, sin apelaciones a su simbolismo golpista. Una propuesta que ha provoca la indignación de los colectivos memorialistas.

El Ayuntamiento toma el testigo de un proceso tenso e intenso, ya que tendrá que lidiar con la conciencia ciudadana y, al tiempo, con comisiones de expertos y legislaciones enrevesadas. A tal efecto, y de cara a 2017, se ha reservado una partida de 250.000 euros para un concurso de ideas que habrán de combinar urbanismo y memorialismo, y que probablemente acabe con una consulta ciudadana. Es de esperar que el proceso de­sentrañe la pregunta decisiva: ¿qué proyecto de memoria histórica democrática se quiere para el futuro de la ciudad?

El monumento está desahuciado y, como tal, tiene los días contados. En la capital de una provincia que, sin ser frente de guerra, fue castigada por una brutal represión, gobernada durante décadas por una derecha posfranquista, pero con un fuerte tejido memorialista, el destino de este complejo arquitectónico no es un debate menor. Por ello, en su resolución se condensa —casi— el cambio de época.

“Debería vincularse a las necesidades del barrio”

(Fernan Mendiola, profesor de Historia en la UPNA, especialista en trabajos forzados bajo el franquismo)

¿Qué claves podría tener un proyecto de “resignificación” memorialista del Monumento a los Caídos?
En primer lugar, la propia transformación del edificio, ya que su posición estratégica en la ciudad exige una intervención arquitectónica en el exterior que le despoje de su significado simbólico. En segundo lugar, el uso que se le dé: debería vincularse tanto a las necesidades del barrio como a su papel como lugar de la memoria.

¿Cómo podría convertirse en uno de los hitos de la memoria histórica de Pamplona?
Se trata de crear un centro que, aprovechando la potencia del edificio y de la plaza (con la escultura Coreano, de Oteiza), pueda tener proyección internacional. Habría que convertir la memoria de la guerra y la represión en una cultura de defensa de los derechos humanos. Se podrían tratar contenidos que afectaran tanto a la propia Guerra Civil como a la dictadura, dando también relevancia a aspectos más desconocidos como las guerras coloniales españolas, o a las guerras y la violación de los derechos humanos actuales.

“Esta monumentalidad fascista es difícil de resignificar”

(Ignazio Aiestaran, profesor de Filosofía en la UPV y poeta)

¿Por qué te has manifestado a favor del derribo del Monumento?
Primero, porque es un mausoleo diseñado para imponer la propaganda de un genocidio. Segundo, porque tiene tal monumentalidad fascista que es difícil de resignificar sin alterarlo en su totalidad. Tercero, porque es un lugar siniestro que agrede a vivos y muertos. Cuarto, porque Pamplona está saturada de edificios franquistas ampulosos. Quinto, porque su valor artístico es escaso, como mostraron algunas vanguardias. Y, sexto, porque necesitamos espacio y vida para construir nuevos símbolos. Es hora de proyectar nuestro futuro.

¿Podría crearse un futuro centro de la memoria histórica de Pamplona tras el derribo?
No me opongo a un centro sobre la memoria colectiva censurada y perseguida, pero ese es otro debate. Hay que pensar dónde y cómo hacerlo. No necesariamente tiene que estar en el lugar del mausoleo. Ahora mismo, es más urgente cambiar el sistema educativo, ya que todavía no se enseñan con el suficiente detalle el golpe de 1936 y el genocidio posterior.

“Debería visibilizar la represión que vivieron las mujeres”

(Gemma Piérola, profesora de la UPNA, especialista en la situación de la mujer durante el franquismo)

¿Podría ser el Monumento a los Caídos la base o uno de los hitos de un futuro centro de la memoria histórica de Pamplona o Navarra?
Por su ubicación podría ser un buen lugar, pero sus características arquitectónicas limitan bastante sus funciones. Tendría que ser un espacio vivo, interdisciplinar, con una temática amplia que alcanzara la Historia Contemporánea, relacionando procesos pasados con actuales como los exilios, los flujos migratorios, los bloques de poder emergentes, o la violencia social, económica y de género. Y tendría que vincularse a una investigación universitaria coordinada con las distintas asociaciones memorialistas.

¿Qué elementos tendría que incorporar desde la perspectiva de género?
Sería necesario que se visibilizara la represión específica que padecieron las mujeres. Debería ser un lugar que recogiera los recuerdos y las vivencias, pasadas o presentes, de las mujeres víctimas o testigos de la violencia. La recuperación de la memoria histórica no será tal si faltan ellas.

“Si fuera preciso, se realizaría una consulta vinculante”

(Alberto Labarga, concejal de Participación Ciudadana de Pamplona)

¿Cómo va a ser el proceso ciudadano sobre el futuro del Monumento a los Caídos?
Debe haber un debate articulado y propositivo en el que se activen la inteligencia y la memoria colectiva de la ciudad, para luego destilar las bases de un concurso internacional de ideas sobre la intervención a realizar. Deberá contemplarse una perspectiva urbanística, arquitectónica y memorialista. Finalmente, y si fuera preciso, se realizaría una consulta vinculante.

Más allá de la disyuntiva entre derribo o resignificación, ¿podría crearse un centro de la memoria histórica de Pamplona?
Son más importantes la coherencia, la sensibilidad y la limpieza del proceso que el propio resultado. El Monumento no puede seguir existiendo como homenaje a los golpistas, pero tampoco como sala de exposiciones o museo. Un centro de la memoria histórica de Pamplona sería una opción, aunque arquitectónicamente el edificio no da mucho de sí. Se construyó con un objetivo muy concreto, y su resignificación o su transformación son complicadas.

¿CONTRADISPOSITIVO MEMORIALISTA 2.0?
Con la llegada del Gobierno del cambio a Iruñea, la derecha descabalgada del poder ha espoleado una serie de “guerras culturales” que mantienen en vilo a la ciudad.
En el ecuador de la legislatura, y con la vista puesta en las próximas citas electorales, el recrudecimiento de los debates sobre los modelos lingüísticos o sobre la movilidad pretenden disputar legitimidades políticas y sociales. El conflicto de la memoria histórica y del Monumento a los Caídos es quizá el más profundo por su cualidad simbólica. ¿Existe una estrategia virtuosa para abordarlo?
En la relectura que el filósofo Giorgio Agamben hace de Foucault advierte que el tan traído y llevado concepto crítico de “dispositivo” no es un discurso, una institución o una estructura arquitectónica disciplinaria, sino la red que se establece entre estos elementos y que, con una función estratégica, condiciona y orienta las relaciones de poder y de saber. Si queremos emanciparnos, de nada vale destruir o usar de modo adecuado el “dispositivo”; solo creando un “contradispositivo” basado en la profanación (simbólica) seremos capaces de anularlo.
En este sentido, el dispositivo estético del fascismo que todavía es el Monumento a los Caídos, más allá de la engañosa dicotomía derribo–resignificación, solo puede ser combatido con la creación de un contradispositivo memorialista que “profane” cotidianamente el simbolismo fascista del edificio. Esto es que, sin perder de vista el pasado, se enfrente a la creciente desmemoria con un proyecto estratégico en red, capaz de generar un nuevo relato y un nuevo imaginario.
Derribado o resignificado, ¿cómo convertimos ese antimonumento en el nodo principal de un contradispositivo memorialista 2.0 que incluya el Fuerte de San Cristobal, el Colegio de Escolapios o el solar de la antigua cárcel de la ciudad?
Instituciones del cambio, colectivos memorialistas y ciudadanía alerta debemos responder, pues este, y no otro, es el verdadero debate. Nos jugamos el futuro de una memoria histórica democrática para las próximas generaciones.

 


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