Madrid
Un brote psicótico, una intervención policial y una muerte evitable: Nacho, 22 años, fallece en San Blas
Cerca de las once de la noche del 5 de junio Pau (nombre ficticio para guardar su anonimato), pareja de Nacho, volvía a casa. Llevaban meses viviendo en el bloque okupado de la calle Albasanz del barrio de San Blas-Canillejas, “resistiendo sin luz ni agua el acoso constante de Rogelio, un trabajador de la empresa de desokupación OPS2 Servicios contratado por un propietario que ni siquiera ostenta la totalidad del inmueble”, afirman desde el Sindicato de Barrio de San Blas. Nacho llevaba desde la madrugada anterior fuera con un amigo y vecino. Cuando regresó, Pau lo notó extraño, con el habla alterada. “Estaba como un poco, no psicoseado, pero sí diciendo cosas raras”, recuerda.
Pau bajó a la tienda de alimentación del barrio. A los diez minutos, Nacho empezó a llamarla nervioso, agresivo: “Como no subas, voy a empezar a romper las puertas”. Al volver a casa, él le arrebató el móvil y lo rompió. Pau, asustada pero convencida de que podía calmar a su compañero, pidió ayuda a un vecino para que la respaldase. En ese momento, un residente del edificio, sin consultar al resto, llamó a la policía.
“En lugar de coger a una persona que está diciendo ‘que me tiro, que me tiro’, le apuntaron con una pistola táser como tres o cuatro veces y le dejaron correr a la otra punta de la terraza”, describe Pau
Los agentes irrumpieron con la violencia con la que se entra a un territorio enemigo. “Me iban a tirar la puerta abajo”, relata Pau. Al abrir, cuatro policías apuntaban con linternas y “a saber qué cosa más”, alega ella. Ignoraron sus gritos de que se trataba de un brote psicótico y que él ya les decía que se iba a tirar. “En lugar de coger a una persona que está diciendo ‘que me tiro, que me tiro’, le apuntaron con una pistola táser como tres o cuatro veces y le dejaron correr a la otra punta de la terraza”, describe su compañera. Nacho, acorralado y aterrorizado, se precipitó al vacío desde el quinto piso.
La actuación policial no terminó con el impacto del cuerpo en el patio. Mientras Pau yacía en el suelo llorando, sin que nadie la atendiese, un agente se dirigió a ella y le espetó: “¿Pero qué más te da? Si es que ya no contabas con él”, contó a El Salto. De acuerdo a algunos vecinos el Samur tardó cuarenta minutos en aparecer y señalan que los protocolos de contención y asistencia en salud mental brillaron por su ausencia.
Nacho y la versión mediática
Apenas unas horas después del suceso, varios medios de comunicación publicaron la versión policial. Las primeras noticias hablaban de un “okupa armado”, de un “cuchillo escondido en el sofá” y de un presunto episodio de violencia de género. ABC y El Mundo enmarcaron la muerte como el desenlace inevitable de un maltratador que se tira por la ventana. La realidad, relatada por quienes compartían su vida, es otra.
Nacho era un chaval de 22 años, de Hoyo de Manzanares, arrastraba una historia de vida difícil, pero quienes le conocían hablan de un ser sin maldad: “Era un tío que iba por la calle, no tocaba los huevos a nadie, no robaba. Le faltaba una milésima para ser un ser de luz total”, dice Pau. En la plaza que ellos llamaban “los banquitos”, frente a la tienda de alimentación, pasaban las tardes bebiendo aquarius rojo, su favorito, charlando y riéndose. Su círculo era pequeño: algunos amigos, Pau, su abuela y su mejor amigo en la sierra.
Pau afirma a este medio que la excusa del cuchillo es falsa, y la del maltrato, un embuste construido para salvar el expediente. “Eso es mentira. En mi casa no tengo cuchillos, como mucho uno de cortar pan”, desmiente. Para a compañera de Nacho la única violencia que hubo esa noche fue la institucional: una persona en pleno brote, a la que en lugar de sujetar y calmar, se le disparó repetidamente con una pistola eléctrica mientras gritaba que se tiraba.
El Sindicato de Barrio San Blas-Canillejas lo denunció también en un comunicado: “No activaron ninguna clase de protocolo, mediación o asistencia sociosanitaria. Trataron una crisis médica como un escenario criminal”. Para este sindicato de barrio la versión que amplificaron los medios generalistas fue la que transformó a la víctima en culpable.
Circunstancias sociales: el acoso que te lleva al límite
Nada de esto ocurre en el vacío. La muerte de Nacho es el último eslabón de una cadena de violencia estructural contra los vecinos del bloque de Albasanz. Durante meses, Rogelio —que en la web de la empresa OPS2 Servicios aparece como asesor— ha sometido a las familias a un “auténtico terror”, según afirman Pau y el sindicato de San Blas. “Rompió los contadores de luz y agua, inundó el sótano casi electrocutando a ocho personas, gaseó con spray pimienta a un vecino mayor al que llaman “el abuelo” (con un pulmón menos), pateó las puertas y contó siempre con la connivencia de un turno concreto de la comisaría de San Blas” describen.
“El acoso inmobiliario nos lleva a situaciones límite, nos impide vivir en nuestras casas y perpetúa la dificultad de acceso a una vivienda digna”, resume el Sindicato de San Blas
La noche de la muerte de Nacho, el supuesto propietario de parte del bloque estuvo en el lugar de los hechos afirma Pau. “Esto solo puede ser porque la policía lo llamó a decirle que viniese al bloque porque estaba pasando todo esto, para que le sirviese como prueba de que somos problemáticos”, intuye Pau.
En ese clima de acoso inmobiliario que deja al inquilinato sin suministros y con la amenaza constante del desalojo se disparan las crisis de ansiedad, las recaídas y los consumos coinciden Pau y el sindicato. “La gente se ha quedado tocada. Miran todo el rato por la ventana. Una persona que se acerca es: ¿qué vas a hacer?”, cuenta la joven. La combinación de pobreza sobrevenida, represión policial y estigmatización mediática es letal. El Sindicato lo resume: “El acoso inmobiliario nos lleva a situaciones límite, nos impide vivir en nuestras casas y perpetúa la dificultad de acceso a una vivienda digna”.
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